El infierno según 'Tina Turner: My love story'

El infierno según 'Tina Turner: My love story'

La autobiografía donde la cantante repasa los momentos más oscuros de su vida al lado de su esposo.

Tina Turner

Tina Turner ha sido una de las voces más aclamadas del firmamento musical.

Foto:

Steffen Schmidt / EFE

Por: Tina Turner
02 de marzo 2019 , 09:54 p.m.

Nuestra loca rutina de giras no nos dejaba tiempo para la vida familiar. Casi di a luz a nuestro hijo Ronnie mientras aún estábamos en esa primera gira. Afortunadamente, Ike se dio cuenta de que estaba de parto y me llevó a un hospital en Los Ángeles, donde teníamos reservadas actuaciones en algunos clubes. Él confiaba en que tendría al bebé y volvería rápidamente al escenario. Por tanto, dos días después de ser madre, estaba cantando y bailando nuevamente como si nada hubiera sucedido. La realidad era que si no cantaba, no había espectáculo, y sin ‘show’ no había dinero.

Cada vez que pienso en eso, me siento completamente desconcertada. ¿Por qué Ike no me trató mejor? Suena como a una de las canciones de Ike, pero era verdad. Él no pensaba racionalmente. Si hubiera sido amable conmigo, si hubiera sido cuidadoso y respetuoso, habría deseado quedarme con él. ¿No resulta lógico? Podría haberlo amado como lo hice al principio. Y si hubiéramos colaborado de una manera más profesional, podríamos haber tenido el éxito que era tan importante para él, como Mickey y Sylvia, un dúo popular en ese momento. Pero Ike siempre fue su peor enemigo, destruía todo lo que era bueno, simplemente no podía evitarlo. Ahora veo que nuestra vida juntos era una pantomima de relación ‘normal’: determinada por el abuso y el miedo, y no por el amor o incluso el afecto.

Hicimos las cosas que hacen las parejas felices y tuvimos un hijo juntos. Ike nos trasladó a Los Ángeles y alquiló una casa, donde vivimos con nuestras dos familias –de manera similar a los de la serie ‘Brady Bunch’–, con Ike júnior y Michael, los hijos que él había tenido con Lorraine, que crecieron junto a Craig y Ronnie. Yo era la ‘madre’ de cuatro niños con edades comprendidas entre dos y cuatro años, cuando yo solo tenía veintitrés. Luego, en 1962, nos casamos en esa deprimente ceremonia civil en Tijuana.

En Los Ángeles, estábamos viviendo en un hermoso lugar con un clima perfecto, cielos azules y palmeras… pero no había paz en el mundo de Ike. Insistió en poner un estudio de grabación en la sala de estar, y en las raras ocasiones en que estábamos en la ciudad, trabajaba toda la noche. Yo no podía seguir así. Habría terminado en un hospital.

–Dime, ¿qué haces por mí? –me decía a veces Ike con seriedad, mirándome fríamente. Yo quería responderle que todo. Que yo cantaba, cocinaba, limpiaba y hacía todo lo demás que había que hacer, pero me mantuve en silencio pensando ¿cómo voy a sobrevivir a esto?

Nuestra casa solía ser desagradable, pero estar de gira también tenía sus problemas. Nos ausentábamos de la casa más tiempo de lo que estábamos en ella, lo que nunca fue bueno para los niños, y eso me hacía sufrir. Ike nos mantenía tan ocupados después de nuestra primera gira que teníamos funciones para rellenar el espacio que teníamos entre nuestras funciones. Por lo general, los músicos viajaban en nuestro autobús, mientras que nosotros (Ike, yo y probablemente una amante) los seguíamos en el Cadillac Brougham que tenía instalada una caja fuerte en el maletero.

Ike siempre fue su peor enemigo, destruía todo lo que era bueno (...) nuestra vida juntos era una pantomima de relación ‘normal’: determinada por el abuso y el miedo

Viajar era maravilloso cuando íbamos a lugares exóticos que nunca imaginé ver, como Nueva York y Londres. Cuando era pequeña, la única vez que salíamos de casa era para visitar a parientes, y la mayoría de mi familia vivía cerca, así que nunca había hecho un viaje largo. Nuestro círculo era tan pequeño que, cuando mi madre se escapó, mi padre pudo descubrir dónde estaba escondida estrechando la búsqueda entre la gente que ella conocía, hasta reducirlo a sus familiares de Chicago, Detroit y San Luis, donde finalmente la encontró. Con Ike y Tina Turner Revue, sin embargo, tuve la increíble oportunidad de ver el mundo. Nunca tuve tiempo para ser una turista, pasear o visitar museos porque Ike nos hacía trabajar demasiado como para eso. Pero vi gente y vi cómo vivían, y aprendí de ellos.

Había una parte del mundo que me hubiera gustado omitir. Durante la década de 1960 fue muy difícil para nosotros viajar por el sur profundo de Estados Unidos, porque era probable que nos encontráramos con conflictos raciales. No puedo decirte cuántas veces fui testigo de situaciones como la siguiente: íbamos conduciendo a través de Mississippi y un oficial de policía blanco veía nuestras caras negras y hacía una señal para que nos detuviéramos.

–Oye, muchacho –decía provocador a Jimmy Thomas, que era nuestro chofer y uno de nuestros cantantes–, parece que llevas un poco de exceso de velocidad, ¿no?

Jimmy respondía tan cortésmente como le era posible.

–No, señor, yo mantenía el límite de velocidad.

Entonces comenzaba el juego del gato y el ratón y el oficial seguía:

–Eso no es lo que he visto en mi contador. Creo que tengo que detenerte.

Esa era la señal para que Jimmy lo atajara:

–Señor, usted sabe, somos cantantes y vamos con un poco de retraso. ¿Podemos solucionar el tema de alguna forma?

Inevitablemente, siempre se terminaba con una transacción económica.

El oficial de policía se alejaba un poco más rico y nosotros éramos libres para llegar a nuestro próximo trabajo… hasta la próxima vez que nos detuviesen. Hubo una vez que Jimmy, que era un gran negociador, nos hizo salir a Ike y a mí del Cadillac para cantar y demostrarle al policía que éramos músicos. Cuando Rhonda comenzó a trabajar para nosotros en 1964, tuvimos que ser extremadamente cuidadosos por los caminos sureños porque la vista de una mujer blanca que viajaba con una banda de negros garantizaba atraer la atención y la hostilidad. Si teníamos un conductor blanco o un guitarrista, como a veces teníamos, él y Rhonda se sentaban juntos. Una vez en que necesitamos gasolina en un lugar particularmente poco acogedor, Rhonda tuvo que tumbarse en el suelo del coche y la cubrimos con abrigos y mantas para que nadie pudiese verla mientras llenábamos el depósito.

Viajar era estresante, pero comer en un restaurante, a menos que estuviera ubicado en el lado negro de la ciudad, era como caminar por un campo de minas. Siempre existía la posibilidad de que una simple comida se convirtiera en una peligrosa confrontación. Recuerdo una vez que fuimos a un restaurante, nos sentamos y ordenamos, pero la camarera llamó a la policía solo porque nuestro grupo era negro. Entonces ella comenzó a gritar, llamándome “perra negra”. Yo salté y, aunque Ike me detuvo, le dije muy claramente:

–Pero soy una perra negra bonita. –Eso me hizo sentir mejor.

Muchas veces, después de terminar un espectáculo tarde, eludíamos el problema comiendo en la terminal de autobuses de Greyhound, allí no llamábamos la atención. Era más seguro, pero la comida no era muy apetecible.

Si no estábamos haciendo un concierto en el camino, lo que significaba que no había tiempo para dormir entre los lugares de los distintos escenarios, reservábamos habitaciones en cadenas de hoteles y moteles, y siempre teníamos confirmaciones de telegramas a nuestras reservas. En los viejos tiempos, cuando ibas a un Holiday Inn, las habitaciones vacías tenían las cortinas corridas y una lámpara en el centro, para que pudieras ver lo ocupadas que estaban. En alguna ocasión nos pasó que llegamos a un hotel vacío y con las reservas en la mano, solo para que nos dijeran que el lugar estaba repentinamente “lleno” y nos rechazaran. La verdad era que no querían negros, especialmente músicos negros, durmiendo en el hotel.

Rhonda, que era una mujer peleona, se negaba a aceptar un no por respuesta. A veces ella entraba sola al hotel para registrarse, y el resto de nosotros la seguía después. Finalmente llamó a la oficina central de la cadena hotelera para explicarles la discriminación que hacían en algunos de sus hoteles. Gracias a Rhonda, cuando nuestras reservas no eran respetadas, ella se encargaba de que el gerente del hotel se encontrara en serios problemas con su jefe.

Hubo algunas veces en que nuestro programa era tan loco que no había dónde parar, entonces nos quedábamos en el coche o en el autobús, y en verano era maravilloso dormir al aire libre sobre el césped.

Hicimos todo ese tipo de cosas. Lo que fuera para salir adelante y llegar al próximo espectáculo. Viajar se convirtió en una forma de vida.

Ya sea que estuviéramos en la carretera o de regreso en Los Ángeles, para ese entonces Ike había comprado una casa en Olympiad Drive en el barrio de View Park. La estrategia de Ike era tenerme cerca de él para hacerme sentir pequeña. Si conseguía mantenerme dentro de la burbuja de ‘Ike y Tina’, rodeado por su estrecho círculo de gente, yo no conocería el mundo exterior ni mi posible lugar en él. En 1966 llegó la oportunidad de grabar ‘River deep, mountain high’ cuando más lo necesitaba. No puedo describir lo especial que me sentí cuando Phil Spector, el legendario productor de discos, contactó con Ike porque quería trabajar conmigo. No sabía mucho sobre él, pero el hecho de que alguien, aparte de Ike, creyera en mí me hacía sentirme maravillosa. Por supuesto, la respuesta de Ike al principio fue:

–No, de ninguna manera.

Hasta que se dio cuenta de que esta era otra oportunidad de usarme para ganar dinero. Él siempre actuó así conmigo, como un proxeneta.

* El capítulo se titula ‘No quiero pelear’

TINA TURNER

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