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Conciertos virtuales: ¿seguirán después de la pandemia?
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El ‘show’ virtual de Ricardo Arjona, presentado desde las ruinas de la Antigua Guatemala, ha sido uno de los más exitosos en este formato. Foto: Fenix Entertaiment

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Conciertos virtuales: ¿seguirán después de la pandemia?

Fernán Martínez analiza el fenómeno de los conciertos por 'livestraming' y considera si se quedarán.

En el 2019, ir a un concierto era una experiencia social, una celebración, lavada de pelo, se disfrutaba la buscada de la puerta de acceso, las filas, la cachada de los de seguridad, los perros calientes de 12.000 pesos, las cervezas en vasos de plástico para no agredir al artista, la apagada de las luces, el olor a humo para que se notara la iluminación, los aplausos, esperar la canción preferida, ir al baño en la canción más lenta (las filas del baño de mujeres siempre más largas), el final falso, el mutis, para que el público pida “otra, otra”, y el artista, muy rogado, salía dos o tres veces más, aunque no se lo pidieran.

Muchos iban a los conciertos más a que los vieran en los palcos caros, muy caros, que a ver el concierto. Y la salida, al final, a saludar conocidos y a buscar taxi. Esto para aquellos fans de verdad, que les tocó comprar arriba, mientras a los de los palcos (acompañados de mujeres ajenas y caras, amigas trofeo) los recogían en camionetas oscuras 4 x 4 a la salida del evento.

Eso se acabó. Y no se sabe hasta cuándo. Los conciertos están en pausa.
Pero, si los juerguistas no podían ir a los conciertos, los conciertos fueron donde los juerguistas.

Nos acostumbramos a ver partidos de fútbol sin público en las tribunas. Aprendimos que los jugadores hablan y gritan en la cancha. No importaba jugar de local o de visitante.

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Entonces aparecieron los conciertos virtuales, los live streaming, tomaron mucha fuerza y parece que vinieron para quedarse.

Psicológicamente, parece que hay algo atractivo cuando se paga por algo que antes era gratis.

En el 2020 se vendieron más de 600 millones de dólares en conciertos virtuales. Más de lo que se vendió por bajadas de las canciones y por ventas de discos. Con esta modalidad, ver a tu artista favorito en pleno confinamiento no solo era posible, sino seguro y barato.

En épocas prepandémicas, para ir a un concierto era necesario tener mínimo 500.000 pesos por pareja y contentarse con estar en el segundo anillo de la arena.
Con los conciertos virtuales, un solo acceso de 50.000 pesos brinda la ilusión de ver el concierto en primera fila, entrar el whisky, guaro o vino sin necesidad de contrabandearlo, hacer su picada de queso y salchichón, no tener que hacer cola para entrar al baño y cantar las canciones preferidas a todo pulmón. (No olvidar el tapabocas).

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Si ya se hacen cirugías a control remoto, vivir la experiencia de un concierto remoto es bastante más fácil y menos riesgoso. La tecnología acorta distancias. Con la nueva realidad aumentada, las cámaras enseñan más detalles de que los que puede ver el ojo humano.

Llegar a millones

El día de Acción de Gracias del 2020, cinco millones de personas pagaron para ver el concierto por live streaming de la nueva diva del pop Dua Lipa, una artista que, como las grandes y más bellas, nació en uno de esos países excomunistas, que se hizo modelo gracias a su rostro y su cuerpo y se convirtió en cantante gracias al Auto-Tune, a una maquinaria de mánagers y a una compañía discográfica.

Más de 1,9 millones de chinos, 95.000 fans en la India, se las ingeniaron para pagar en las plataformas el show de Dua Lipa y se vendieron accesos en 116 países.

El concierto, titulado ‘Studio 2054’, era una recreación del legendario club Studio 54 con toda la extravagancia de coreografía, humo, luces, bola gigante de espejitos, poca ropa, mucha piel, que incluía la participación de otras megaestrellas, como el niño de Medellín, J Balvin, el puertorriqueño Bad Bunny y el británico y antípoda musical, Elton John.

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Una bodega adaptada con varios ambientes, cinco meses de ensayo y una producción efímera de 1,5 millones de dólares para lograr una taquilla de 80 millones de dólares, el equivalente a lo que se puede recaudar en 50 conciertos en vivo. Ah, y sin pagar impuestos porque este dinero de las plataformas o tiqueteras globales todavía pertenece al planeta de las cibermonedas.

Fue tal el éxito de Dua Lipa que el concierto quedó disponible para que pagaran por verlo durante los cinco días siguientes, con una sofisticada estrategia cibernética para bloquear a los hackers y controlar a YouTube para que no colaran segmentos de la grabación.

En Hispanoamérica, Alejandro Sanz, Alejandro Fernández, Ozuna, Lucero, Paola Jara, Mijares, Andrés Cepeda y docenas más de artistas también hicieron sus conciertos virtuales, a escala, según su popularidad.

Hasta hoy, el live streaming de Arjona (sí, el de la señora de cuatro décadas) ha sido el concierto en español, castellano para ser más precisos, que más accesos globales ha vendido.

Ser creativo para que la experiencia sea única es indispensable para atraer la audiencia. No es suficiente cantar con tres músicos en un estudio casero con los niños. Arjona se craneó cantar desde un escenario único: las ruinas de la ciudad de Antigua Guatemala.

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Y lo hizo sin utilizar más iluminación que la de 5.000 velas, como si el concierto hubiera sido en 1750, para la inauguración del convento Las Capuchinas.

Cuando apareció el mortífero virus, uno de los sectores más afectados fue el de música en vivo porque representaba todo lo prohibido: una cantidad de personas, hombro con hombro, gritando y gozando.

Los artistas se enteraron de que sus conciertos se habían cancelado, los presupuestos del año se derrumbaron, los músicos que ganan por concierto y nunca pueden ahorrar se quedaron en sus casas con los instrumentos enfundados.

Entonces los artistas comenzaron a sufrir el síndrome del olvido y comenzaron a exponerse, con abuso, en Instagram, Facebook y Zoom, para evitar ese tormentoso olvido, pero lograron la saturación, la sobre- exposición.

Los que se guardaron, como Marc Anthony, reaparecieron con sus conciertos virtuales y vendieron miles de accesos y de paso promocionaron su música nueva y estarán más calientes para sus giras en vivo.

Silvestre Dangond fue de los primeros cantantes colombianos en invertir en una producción virtual real. En época navideña, arrancó su concierto, vestido de Papa Noel, en La Ventana al Mundo, en Barranquilla. Producido por un grupo de empresarios vallenatos que crearon la plataforma La Caja de la Música Live, arrancaron el proyecto con a mediados de mayo, en los altos picos de la pandemia.

Con Juan Carlos Centeno, artistas vallenatos han realizado 17 eventos hasta la fecha. Sin público, y se pueden ver en varios países. El de Silvestre fue el más exitoso, y cobró 40 dólares por cada acceso digital, casi el doble que Dua Lipa.

Los conciertos digitales también se han convertido en una nueva valla publicitaria para patrocinadores que pueden incluir sus marcas dentro de la transmisión y realizar campañas de fidelización rendimiento producto con accesos.

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En el 2019, Live Nation , la empresa promotora de conciertos más grande del mundo, produjo 40.000 conciertos en vivo que generaron ventas por 2.800 millones de dólares; en el 2020, vendieron 237 millones de dólares, pero las acciones de compañía siguen firmes. La industria prevé que cuando el planeta esté libre del virus, se soltará una impresionante avalancha de conciertos en vivo.

Live Nation entró en el negocio de los conciertos virtuales al adquirir Veeps, una empresa especializada en realizar conciertos sin público, pero vendiendo accesos en plataformas que antes solo vendía eventos en vivo, como Ticket Master.

El concierto en vivo, de Andrea Bocelli, en el Catedral del Duomo en Milán, obtuvo 24 millones de visitas en el canal YouTube. Pero era gratuito. ¿Cuánto hubiera vendido si se hubiera cobrado?

Virtual, pero cercano

El poder de la tecnología 5G (no disponible en Colombia hasta dentro de cuatro o cinco años) beneficiará a los artistas por la velocidad de la transmisión, la nitidez del sonido y el hiperrealismo de la imagen.

5G no será la unión de la música y la tecnología, sino la unión de la humanidad y la tecnología. Es posible que muy pronto el público se pueda sentar en las filas más lejanas pero ver y oír en su celular, el concierto en perfecta calidad de imagen y sonido, sin ningún delay y disfrutando de la experiencia de estar en vivo, aunque lejos, como en primera fila. Íntimas experiencias online.

Los empresarios consideran que los conciertos virtuales crecerán. Están como Netflix hace seis años. Los artistas tendrán que ser más creativos para sorprender al público.
David Guetta, el divo de la música electrónica, hizo el suyo desde la pirámide de cristal en el Museo El Louvre; Kiss, desde Emiratos Árabes; Gorillaz creó una ciudad llamada Kong en un estudio enorme en Londres y apareció, en holograma, un robot que actuaba como otro músico más. Jarvis vendió su show virtual desde el centro de la tierra actuando en una gruta profunda.

“Si ya el público se acostumbró a trabajar desde la casa, pues es hora de que comiencen a ver los festivales virtuales, en parche, en la casa. Llorar y gritar será la obligación de los artistas que deben montar un buen show. Porque no es cantar en pijama desde el garaje de la casa, no, señor, es una producción llena de efectos visuales y sorpresas. Eso es un show virtual”, dice Julio Correal, empresario de la música.

La sofisticación del live streaming ya está mezclando los conciertos virtuales con los videojuegos, otro negocio del entretenimiento que es mayor que la misma industria de la música.

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Los conciertos de Travis Scott, Lil Nas X Roblox y Billie Eilish alucinaron a los jóvenes que conviven en el Metaverse, ese planeta virtual donde se puede aprender, jugar, e ir a shows con amigos que nunca se conocerán. Los niños, acostumbrados a la brevedad del TikTok, se pegarán a las pantallas para ver durante 90 minutos a sus artistas preferidos en Spotify y YouTube, magnetizados por los juegos electrónicos. 

Los equipos de los artistas que tengan el mejor manejo del marketing digital en las redes sociales serán los más beneficiados con esta modalidad de concierto.

Todos en la onda

El bigote y la creatividad de Camilo venderán miles de accesos. El cantante de música popular Christian Nodal el artista de moda en México, ya anunció su concierto virtual y se espera que aparezca con Belinda, su provocadora novia.

Artistas más tradicionales, pero no menos importantes, como Arelys Henao, Gabriel Arriaga y Darío Gómez, le meterán alta tecnología al despecho.

Los festivales de música también se vuelven virtuales, Pal Norte, el festival de Monterrey (México), que cumple diez años, se celebró anoche con más técnicos y músicos que público presencial. Molotov, Martin Garrix, Intocable, Mon Laferte y Yatra hicieron parte del variopinto elenco que actuó durante más de 1.000 minutos, en tres escenarios, tecnología 3D, y otros ganchos cinematográficos.

Según Eduardo Olea, socio fundador de TuBoleta y del Movistar Arena: “Los conciertos de los artistas internacionales retornarán a Colombia hasta finales del 2022 porque Brasil no estará habilitado por el crecimiento del covid y ese país es la base de las grandes giras latinoamericanas. El Movistar Arena será autorizado para capacidades del 40 al 50 por ciento en el tercer trimestre del 2021 y del 75 al 80 en el último trimestre”.

Los conciertos están suspendidos, pero la música sigue creciendo. Las sillas de La Chula, Los Capachos, El Campín, Milagro y los parques de los 1.000 municipios de Colombia se llenarán de música.

Los músicos desenfundarán los instrumentos, los técnicos se pondrán los arneses, la señora que vendía chuzos y mazorcas volverá a empujar su carrito a las puertas de las salas.

El público decidirá si se gasta 500.000 pesos en una noche, antes de la cena o si paga 50.000 para disfrutar en realidad aumentada a su artista favorito. Y sin hacer cola para ir al baño.

-FERNÁN MARTÍNEZ MAECHA
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