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Tomas Tranströmer: el último premio Nobel de Literatura sueco
Tomas Tranströmer

Tranströmer (1931-2015) con su esposa, Mónica.

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EFE

Tomas Tranströmer: el último premio Nobel de Literatura sueco

Tranströmer (1931-2015) con su esposa, Mónica.

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Una década sin el nobel sueco Tomas Tranströmer, poeta homenajeado en esta Feria del Libro.

En la primera página de un libro, un poeta comienza a escribir la historia de su vida. El poeta, un señor de sesenta años, interpreta el papel de un niño de tres, y el niño, a su vez, imagina que ya es un hombre adulto. En el presente del poeta, él ha dejado ya de ser el niño, y en el pasado que reescribe, el niño aún no ha llegado a ser adulto. Pero en el papel, los tres –el viejo, el adulto y el niño– son a la vez el mismo hombre.

Así es como el poeta sueco Tomas Tranströmer se da a luz a sí mismo en la colección de textos autobiográficos Visión de la memoria. Tranströmer es uno de los escritores suecos más reconocidos del siglo XX, nacido en 1931 y fallecido en 2015, ganador en 2011 del premio Nobel de Literatura, psicólogo, autor de más de una docena de libros de poesía y, al día de hoy, traducido a más de 60 idiomas. Pero el Tranströmer que se vislumbra en su obra es un hombre más silencioso.

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El poeta habla de sí mismo inaugurando una teoría del tiempo. Como lo descubre el lector ya en las primeras páginas de Visión de la memoria, Tranströmer nace como la visión de una trinidad. “Ahora estoy en el extremo de la cola del cometa, tengo sesenta años cuando escribo esto”, nos advierte, y en seguida descorre el telón del primer acto de su vida: “El recuerdo más temprano que puedo registrar es un sentimiento. Un sentimiento de orgullo. Acabo de cumplir tres años y alguien dice que esto es muy importante, que ahora ya soy grande”. Al entrar en escena como viejo, adulto y niño, Tranströmer nos dice que ni él ni ningún hombre son una sucesión de hechos, sino la condensación permanente –en cada momento del presente– de todas las edades del tiempo.

Libro de Tomas Tranströmer.

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Archivo particular

Así es como la poética de Tranströmer lleva a cabo un falso ejercicio de memoria. El primer recuerdo no es realmente el primero de su vida, pero sí el primero que quiere registrar. El primer recuerdo es un sentimiento, no un suceso, ni una imagen, ni una persona ni un lugar. Y, al ser un sentimiento, ese primer recuerdo es la contradicción: es aquello que los hombres tenemos en común y, a la vez, la experiencia subjetiva incompartible. Tranströmer persigue, entonces, la contradicción de la contradicción, al pretender el sentimiento de ser falsamente otro: el niño envanecido que cree ser lo que no es: grande.

Tranströmer es un autor que, como nos lo dice el título de su autobiografía, concibe la escritura como una visión –como aquello que se percibe directamente en la realidad y, a la vez, como la fantasía sobrenatural que se juzga verdadera–. Su escritura es lo tangible y lo impalpable a la vez. También ella, como el sentimiento, es la contradicción. Y es por ello que, en el lenguaje, Tranströmer forma un territorio de lo mutuamente excluyente. En su escritura es posible la visión de una única memoria que, a la vez, condensa la infinitud de todas las memorias del hombre.

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Libro de Tomas Tranströmer

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Archivo particular

En español, los poemarios de Tranströmer han sido reunidos en las antologías Deshielo al mediodía y El cielo a medio hacer, ambas publicadas por Nórdica Libros en la traducción de Roberto Mascaró. Estas compilaciones reúnen una extensa selección de poemas que abarcan más de 50 años de escritura: desde la poesía inicial de 1954, en la que Tranströmer reconoce la libertad poética detrás de las formas métricas más clásicas a la vez que comienza a explorar los grandes temas de su obra (la relación entre el hombre, la ciudad y la naturaleza; la música; o la correspondencia entre la ciencia y lo trascendental), hasta su paso por el haiku y la llegada a una poesía de la concisión, preocupada por alcanzar la ambición del infinito mediante formas poéticas cada vez más depuradas.

La poesía de Tranströmer urde un territorio que transparenta las costuras del mundo, así como los mecanismos artificiales del quehacer poético. Es una poesía que pretende filtrar sus propios artificios y que, en últimas, constituye una filosofía poética: así como Dios ha creado a un hombre con libre albedrío, el poeta ha de cortar el cordón umbilical de su fruto.

Libro de Tomas Tranströmer

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Archivo particular

Y el Dios de lo profundo llama de lo profundo:

“¡Libérame! ¡Libérate a ti mismo!”

(de El interior es infinito)

Tranströmer es, entonces, autor de una poesía del libre albedrío. En ella, el lenguaje se ha liberado –se ha destetado– de la palabra y del poeta:

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no
lenguaje,
Parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras”.

(De marzo del 79)

En 1990 Tranströmer sufrió un accidente cerebrovascular que significó un punto de quiebre en su vida y su escritura. Afásico, pero aún capaz de producir palabras en la mente, Tranströmer se da cuenta de que su instrumento de trabajo no es sino un artificio más. La palabra que pretende encerrar el lenguaje en una forma audible y visible no es el lenguaje, sino una mediación. El verdadero lenguaje, como los sentimientos, es un bien común del hombre que a la vez es su tesoro incompartible. Y así el poeta sueco llega a una poesía que se emancipa de la palabra misma.

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Libros de Tomas Tranströmer.

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Archivo particular

Tranströmer logra vislumbrar el infinito a través de su opuesto: el zoom puntilloso a los elementos más básicos de la naturaleza, como el agua, el aire y la tierra. Y cuanto más observa el mundo terrenal, cuanto más consciente es el poeta de los límites del cuerpo tangible, tanto más lejos llega su visión, y tanto más aguda es su percepción de que toda prisión es capaz de encerrar el infinito. Así nos lo dice en un poema como Siesta, en el que al cabo de cada estrofa el poeta nos repite que la naturaleza y la ciudad son como “palpitantes puños de la eternidad cautiva”, o en uno de los haikus inspirados en su paso, como psicólogo, por un centro penitenciario sueco:

“Él bebe leche
y se duerme en su celda,
madre de piedra”.

(de Nueve haikus)

Tranströmer, que siempre trabajó en paralelo como psicólogo de reinserción, haría de la celda de prisión un espacio reiterado. Esta celda, que es la madre –el útero– y la piedra –el sepulcro–, es también la metáfora de aquella eternidad que, a sabiendas, el poeta porfía inútilmente en cautivar.

Cada poema de Tranströmer es un mundo depurado de mediaciones y es, por lo tanto, el mundo. Es la percepción del poeta, tan agudamente destilada de todo ruido que hasta el poeta mismo desaparece de su propio texto. Al dar a luz una poesía que reniega de su propio progenitor, una poesía infinita que escapa de su celda maternal, Tranströmer recrea la fábula de la Creación: su poesía da muerte al creador así como el hombre moderno aspira a dar por muerto a Dios.

NICOLÁS BARBOSA*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
* Gestor cultural y candidato a Ph. D. en Literatura de Brown University

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