Se apagó una de las mejores voces soprano del siglo XX

Se apagó una de las mejores voces soprano del siglo XX

La cantante Montserrat Caballé falleció este sábado en su natal Barcelona.

Montserrat Caballé

Montserrat Caballé falleció a los 85 años.

Foto:

Víctor Fraile / REUTERS

06 de octubre 2018 , 11:26 p.m.

Como una de las mejores voces (cálida, potente y versátil) de la ópera del siglo XX en el mundo será recordada la soprano Montserrat Caballé Folch, quien falleció en la madrugada de ayer en el hospital Sant Pau de Barcelona (España), a los 85 años, luego de varios episodios médicos que pusieron a tambalear su frágil salud.

“Posee una de las más bellas voces que haya salido de una garganta humana”, escribió en una ocasión la revista Stereo Review sobre ella. Los críticos de la música no escatimaban calificativos para su voz: ‘reluciente’, ‘aterciopelada’, ‘sobrenatural’, ‘voluptuosa’, ‘celestial’, etcétera.

Caballé nació el 12 de abril de 1933 en el barrio Gracia, de Barcelona. Hija de una familia modesta, adquirió su gusto por la música de su madre, quien tocaba el piano, e ingresó a los 11 años en el Conservatorio Superior de Música del Liceo (teatro lírico) gracias a una beca. Se graduó en 1954 en una accidentada prueba final en que llegó a perder el conocimiento. Un año más tarde hizo su estreno con el papel de Serpina de La serva padrona, de Giovanni Battista, en el Teatro Principal de Valencia, el 27 de junio. Estaba casada con un tenor y tenía dos hijos.

Aunque durante medio siglo de carrera rompió esquemas (al interpretar piezas con variados estilos, tanto de Rossini, Bellini o Donizetti como de Mozart y Dvorak, por ejemplo, además de cantar en italiano, francés, alemán, castellano y catalán), la artista recordó en una entrevista que, cuando tenía 21 años, un agente muy prestigioso de la época le sugirió que se dedicara a otra cosa. “Era muy tímida y tras una audición en Roma me dijo: ‘Mire, tiene usted un sonido muy hermoso y seguramente canta muy bien, pero no tiene carácter para estar en el mundo de la ópera. Es más, tiene que irse a España, casarse y tener hijos, usted puede ser una mamá perfecta’ ”, recordaba Caballé.

Pero su voracidad artística no conocía límites y su melodiosa voz retumbó en los teatros más selectos del mundo: Scala de Milán, Staatsoper de Viena, Royal Opera House Covent Garden de Londres, la Ópera de París, Bolshoi de Moscú, el Teatro Colón de Buenos Aires, el MET en Nueva York, el Teatro Real de Madrid y las óperas de San Francisco, Hamburgo y Múnich.

Tenía “un timbre personalísimo, una calidad absolutamente única, una técnica prodigiosa y una sensibilidad sorprendente para adaptarse a todos los repertorios”, explicó el exdirector artístico del Teatro Real de Madrid, Joan Matabosch. “Un timbre insólito, una técnica vocal de acero, de solidez espectacular”, mencionó.

A lo largo de su carrera, Caballé, a quien no le gustaba que la llamaran diva, pues no se consideraba una ‘leyenda’ y simplemente hacía su trabajo “lo mejor posible y al más alto nivel”, compartió escenario con todos los grandes artistas del momento. Y no titubeaba en reconocer que tenía una química especial con tres: Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y el también catalán José Carreras.

“Cuando cantaba Manon Lescaut con Plácido Domingo, que estaba maravilloso, él me decía que descubría un nuevo mundo cantando conmigo, y a mí me sucedía lo mismo. Con José Carreras he tenido una relación muy especial; nos quedábamos embelesados escuchándonos mutuamente. Y con Luciano Pavarotti, es que era como un padre”, recordaba.

El gran momento

Tras haber interpretado más de 80 personajes operísticos, la versatilidad de Caballé fue un paso más allá en 1988, cuando grabó junto a Freddy Mercury, del grupo de rock británico Queen, el álbum Barcelona, que después se convirtió en el himno de los Juegos Olímpicos de 1992. Aquel día, cuando dos mundos musicales aparentemente tan distantes coincidieron en un mismo escenario, una amistad nació y la fama de Caballé desbordó.

Según le cuenta a EL TIEMPO el experto argentino Roberto Herrscher, parece que cuando a Freddy Mercury le propusieron cantar junto a Montserrat Caballé, “pensó que debía ponerse serio y solemne, moderar su furor roquero, bajarse del caballo. Actuaría con una dama clásica entrada en años”, pero no fue así.

Bastó un instante, apenas unos minutos, para que la soprano abriera su boca y una poderosa voz saliera de ella. El roquero entendió entonces que estaba frente a una verdadera reina de la ópera, y de las más cotizadas de su generación.

Mercury ya la había escuchado cantar en 1983 en la Royal Opera House de Londres, en una representación de Un ballo in Maschera, de Verdi. La canción Barcelona, sin embargo, no la pudieron interpretar juntos. Mercury falleció ocho meses antes de la inauguración de los Juegos.

Herrscher, quien tuvo la oportunidad de ver a Caballé dos veces en escena —tanto en la cima de su carrera como pasada la época de gloria—, recuerda que era “una voz prodigiosa, cristalina, pura y bella. La versión femenina de Pavarotti: una señora que se planta en escena y cuya actuación es su voz”.

REDACCIÓN CULTURA
Con información de EFE y AFP. 

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