Especial Cuentos de Navidad: El libro más bello del mundo

Especial Cuentos de Navidad: El libro más bello del mundo

Este escrito es de Marco Antonio Valencia Calle y hace parte del especial de cuentos para esta época

Ilustraciones Navidad

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Foto:

Gustavo Ortega

Por: Marco Antonio Valencia Calle
23 de diciembre 2019 , 10:35 p.m.

Este año la Navidad me trajo la angustia. Se instaló en mi corazón y casi me desaloja de esta vida. Resulta que nos robaron de la exposición anual que hacemos en los pasillos del convento de Santo Domingo El Libro más Bello del Mundo.

Y para colmo, hija, no vinieron a ver los pesebres ni la mitad de gente de otros años. Es como si el animalito de la apatía o la neblina de los nuevos tiempos no dejara sentir el espíritu de la Navidad en mucha gente. Después del robo, tuvimos que sacar con escolta policial y de prisa los tres ejemplares de Autos sacramentales de Popayán, por físico miedo a que también se los robaran.

Esta ciudad ya no es la misma que conociste de niña. La de guayacanes amarillos y aroma de eucaliptos en las tardes de verano. Ahora las abuelas temen dejar abiertas las puertas que dan a la calle para que entre el aire. Ya no se puede caminar sin sobresaltos en las noches para jugar con las sombras proyectadas en las paredes blancas de las casonas del sector histórico.

Un columnista de La Nigua dice que la gente de ahora no sabe respirar el orgullo de tener al Quijote enterrado en las ilusiones de sus habitantes, por falta de sentido de pertenencia. Que la gente de ahora no puede darse el lujo de decirle a un poeta como Neruda “poeta: ochenta mil poetas te saludan” porque el analfabetismo, como el gorgojo, se comió la poesía en sus habitantes.

Que la gente de ahora no tiene fuerza moral porque no alimentaron su niñez con melcocha y cancharina. Bueno, esa es la opinión de un articulista, de esos que critican todo y no proponen nada. En las columnas de prensa se dicen muchas crueldades.

La junta directiva del Club de Pesebristas me encomendó la misión de recuperar El Libro más Bello del Mundo, antes de que la noticia llegara a los medios. Allí me di cuenta de que en Popayán es común que se roben obras de arte. Hace pocos meses se robaron setenta y cinco lienzos originales del Museo Efraín Martínez.

El año pasado se esfumó del Museo Iberoamericano de Arte Moderno un grabado al aguafuerte firmado por Pablo Picasso. Ni para qué te cuento cuántas obras se han perdido en la docena de museos que tenemos aquí. Sí, aquí es moneda corriente que se desaparezcan valiosas obras de arte y no pase nada. Los asuntos de la cultura a las autoridades, poco, muy poco les importan. Imagínate, mi amor, que se llevaron de la catedral la Corona de los Andes.

La joya más vistosa y rica en piedras preciosas de la colonia española que había en Popayán. La vendieron a escondidas en Estados Unidos, y salvo algunos columnistas de diarios locales, que todo lo critican y no proponen nada, nadie dijo nada.

Pero este libro es otra cosa, hija. Es la única copia original que tiene el Archivo Histórico de la Universidad del Cauca. Y nos lo prestaron con mil condiciones para exhibirlo en nuestra feria anual del Club de Pesebristas Bíblicos. Ojalá alguien hubiera llamado para pedir un rescate por el libro.

Fue un descuido de mi parte imperdonable. Ese día yo tenía el turno de vigilancia en los pasillos del convento de Santo Domingo, donde hacemos la exposición. Entraron más de cuatrocientas personas, según la boletería vendida.

Como no hay cámaras ni se registra el nombre de los que ingresan, no sabemos quién pudo llevárselo ni a qué horas. Los otros libros: El nacimiento del Mesías, Herodes el grande y los Magos de Oriente, y Herodes el grande y los Reyes Magos, que datan de los años de mil ochocientos y usan para los preparativos y dramatizados de la fiesta de Reyes en enero, todavía están allí. Con su olor a viejo, sus páginas amarillas, sus historias vibrando entre líneas a pesar de los años.

El Libro más Bello del Mundo lleva por título Pesebres de trapo de Popayán, y fue publicado por la editorial Arco de Bogotá en 1976. Tiene 34 páginas, con textos de Jaime Paredes Pardo y fotografías de Fernando Vanegas y Gustavo Perry.

Dicen que allí se cuenta que los primeros pesebres en América llegaron directamente a Popayán. Eran de fina porcelana italiana de la casa Capo di Monti, y de La Granja de la reina María Amalia, la persona que más impulsó la moda de los belenes en el reino español.

Dice también que una vez en el Nuevo Mundo se extendió la moda de celebrar la Navidad con villancicos y belenes, comenzaron a traer de Quito imágenes talladas en madera. En el Museo de Arte Religioso de Popayán todavía se conserva un pesebre del maestro Caspicara, el mejor imaginero de los años de mil setecientos. Que la palabra ‘pesebre’ es un colombianismo. En fin. Detalles. Poemas. Ternuras. Y las ocurrencias de un poeta como don Jaime Paredes.

En La Tertulia Popayaneja suelen comentar que quienes no podían comprar pesebres de porcelana se inventaron los pesebres de trapo. Así nació La Comunidad de la Aguja y el Dedal. Un grupo de mujeres dedicadas a la costura por las mañanas y que después del almuerzo se reunían a zurcir y moldear pesebres por encargo. Los hacían con retazos que sobraban de los trajes familiares, medias de seda rotas, sobrantes de hilos, pedazos de alambres y algodones apelmazados. Intenta imaginar a Emérita Malo con un tizón pintando los ojos y las barbas de San José. Emérita Malo es la autora del pesebre de trapo fotografiado para el que sería El Libro más Bello del Mundo.

Distinción que obtuvo en la Feria Internacional del Libro de Leipzig en 1977. Hecho que marcó el nacimiento de corporaciones, clubes, asociaciones, fundaciones... de pesebristas de Popayán.

Este robo es una vergüenza para la ciudad. Un dolor de cabeza para el Club de Pesebristas. Una angustia líquida y punzante para mí. Imagina la escena de todos los pesebristas mirándonos entre nosotros con sospecha. Alguien incluso acusó a las costureras de Palmira, que son la competencia directa de las popayanejas en el arte de hacer pesebres de trapo.

A mí, en lo personal, no me cabe en la cabeza que fuera un payanés. Tal vez, digo yo, no sé, se lo robó alguno de esos foráneos que recién llegaron a vivir a la ciudad y todavía no conocen el valor del patrimonio que tenemos. No todos los que han llegado desprecian las tradiciones nuestras. Pero hay algunos, como langostas, que de manera inexplicable quisieran arrasar con todo y sembrar su nadaísmo de desarraigo por todas partes.

Pasados los días, se hizo necesario avisar del robo al director del Archivo Histórico. Un tipo muy organizado. En tiempo récord llamó a su equipo de trabajo. Un literato, un bibliófilo, una bibliógrafa, un bibliólogo, una filóloga y hasta un bibliómano, que de inmediato se pusieron a la orden para la búsqueda del libro.

El pesebre de Emérita que aparece en el libro son muñecos de diez centímetros de altura donde los pobres pastores están vestidos como pobres y los Reyes Magos ataviados como reyes. Además de la Sagrada Familia con un Niño Dios gordo y sonriente, está la chirimía de seis músicos con tamboras y flautas. Hay un diablito que tiene la cola en alto y estira con la mano derecha un colador para recibir las contribuciones del público. Hay también un ejército con uniformes republicanos. Esos trajes de gala con chacós y penachos de colores, como se usaban en la antigüedad, sobre un desierto hecho de costales. Y las fotos. Son espectaculares.

Nos dividimos el trabajo de la búsqueda con la gente del Archivo Histórico. En la primera semana nos dedicamos a visitar iglesias y pesebristas para tratar de conseguir, con disimulo, alguna información valiosa que nos permitiera encontrar el libro, pero nada.

En esas excursiones vimos de todo. Pesebres de porcelana, marfil, tagua, arcilla, porcelanicrón, madera, guadua, icopor, cartón, plastilina, cristal... Pesebres dibujados, pintados, hechos a mano. Pesebres como joyas artesanales traídas de todas las ciudades del mundo por encargo de coleccionistas. Pesebres enormes, y otros tan pequeños que caben en un grano de café. Pesebres bíblicos muy apegados al texto sagrado. Pesebres alborozados de toda suerte de animalillos para seguir las indicaciones de san Francisco de Asís. Pesebres folclóricos con ciudadelas de nuestro tiempo y personajes populares como el bobo, el borracho, la prostituta y el guerrillero del pueblo. Unos pocos, muy pocos, usan todavía el musgo natural y el aserrín de pino para simular pastales y desiertos.

Nos dimos cuenta de que los pesebres de trapo ya no se hacen, o al menos ya no se hacen a mano como antes. Aun así, encontramos varios. Los que quedan son herencia que guardan familias devotas, gentes curiosas, excéntricos o juguetes de coleccionistas. La belleza de los pesebres de Emérita Malo es que cada muñeco se hacía a mano y, por lo tanto, era único, irrepetible.

Emérita, que consagró su vida a diseñar pesebres de trapo, se quedó ciega con la llegada de la vejez, como les pasaba a la mayoría de las costureras de antaño. Pero, gracias al libro de Jaime Paredes, su fama de artesana trascendió el continente y los pesebres de Popayán se hicieron famosos en el mundo. Su trabajo hizo visible a La Comunidad de la Aguja y el Dedal, y las muñecas de trapo se pusieron de moda por muchos años.

En estos días de angustia tuve tiempo para pensarte. Cada noche que regresaba después de ver tantos pesebres, me decía que hubiera sido lindo visitarlos contigo. Recordé, por ejemplo, aquella vez, tenías tres o cuatro años, que me preguntaste por qué las noches no son de otro color, para decirme luego que te gustaba la Navidad para cambiar el color de las noches con luces de todos los colores. Para traer las estrellas y la alegría del cielo al jardín de las casas, así fuera con luces de mentiras.

Me acordé también, del día que hicimos juntos nuestro primer pesebre para El Club y me dijiste, mientras armabas una casita de cartón, que la Navidad no era para celebrar el nacimiento del Niño Dios, sino para poder jugar a Dios mismo creando un mundo, porque armar un pesebre era como armar el mundo de alguna manera. He querido llamarte para contarte lo del libro desaparecido, pero te imaginé muy ocupada con tus cosas.

Con la angustia puesta como una enjalma que me quitó la tranquilidad de los días y las horas de sueño, llegó la fecha de iniciar la novena. Entonces, desde el Club de Pesebristas inventamos un concurso para premiar el pesebre más bello de los barrios populares y así tener licencia para seguir entrando a las casas y hablar con la gente. En la mayoría de hogares, la novena es amenizada con música de chirimía de flautas traversas, tamboras, guarachas y carrascas.

En otras se reza el santo rosario antes de los villancicos. En la mayoría nos compartieron el plato típico de Nochebuena Patoja. Ya sabes: limones desamargados, brevas caladas, papayuelas, cidra, papaya verde, manjar blanco, majarillo, buñuelos de almidón de yuca, rosquillas. A veces, tan solo sirven tamal, carantanta o rosquillas con manjar blanco.

En varias casas jugamos aguinaldos. En el barrio La Paz, la bibliómana aborrece el ruido de la pólvora, tan arraigada en nuestras tradiciones populares, y termina dando cantaleta. Seguimos siendo un pueblo, decía. En ciudades civilizadas, los cuetones y sacaniguas son cosas del pasado.

En nuestra búsqueda nos involucramos en “la Bajada de la Virgen” de la iglesia de Belén a la capilla del Carmen. Ya sabes, las fiestas en vivo de los Desposorios de José y María. Recuerdo que te gustaba mucho ese evento. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas al monaguillo con matraca imponiendo silencio? Y la apertura con la ñapanga quemando incienso para conectar el espíritu de todos con la presencia divina que habita los cielos. San José vestido de túnica, sombrero y vara en las manos.

Montada en un burro la Virgen. Vestida de blanco, ramo de novia y en la cabeza una corona de azahares. Luego, el obispo Simeón, la gente en procesión con sus veladoras y la chirimía interpretando pasillos y bambucos. Para cerrar la romería, los polvoreros.
El Club de Pesebristas y la directora del Archivo me dieron plazo hasta el 24 de diciembre para reponer el libro.

El filólogo buscó por internet y encontró que Amazon vendió el único ejemplar de segunda que tenían en ciento sesenta dólares. A la bibliófila se le ocurrió que la familia de Emérita Malo pudiera tener un ejemplar, pero ninguno de sus descendientes quiso venderlo, donarlo, prestarlo siquiera. La bibliómana dictaminó que un libro así no tiene precio, y aconsejó salir a los medios a pedirle al que se lo llevó que lo devolviera.

El 23 de diciembre nos reunimos el equipo de búsqueda por última vez. Te confieso que no podía con la rasquiña en el corazón de la pura rabia. Era como si tuviera el pecho plagado de niguas. Me anunciaron que en enero el Consejo Superior de la Universidad se reuniría para tomar una decisión administrativa contra el Club de Pesebristas, y por supuesto, contra mí. Nos retiramos en silencio.

Y ahora tú aquí, llegándome de sorpresa para pasar la Nochebuena conmigo después de tantos años viviendo en Estados Unidos. Y además, Dios mío, con este regalo tan, pero tan maravilloso. Se me va a reventar el corazón de la pura alegría. No puedo creer que hayas comprado una copia de El Libro Más Bello del Mundo en una librería de segunda a precio de baratija. ¡No lo puedo creer! Razón tenían los abuelos en decir que algunas cosas no valen por lo que son, sino por quien las tiene.

MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE
Especial para EL TIEMPO

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