‘Ser un rock star no significa nada’: Fito Páez

‘Ser un rock star no significa nada’: Fito Páez

El cantautor argentino conversó con EL TIEMPO sobre el rock, su carrera y su último álbum.

Fito Páez

Fito Páez además de ser cantautor es compositor, músico, escritor y director de cine. Sin duda, es uno de los más importantes exponentes del rock argentino.

Foto:

Guido Adler. Sony Music.

Por: Mateo Arias Ortiz - EL TIEMPO
18 de abril 2020 , 11:39 p.m.

Para hablar de Rodolfo Páez Ávalos (Rosario, Argentina, 1963), se puede citar un verso de su canción Un vestido y un amor (1992): “Todo lo que diga está de más”. Su carrera musical, de más de 40 años, habla por sí sola.

Es una leyenda viva del movimiento del rock en español en Argentina y en toda Latinoamérica. Eso lo sabe la historia, pero él no se lo toma tan en serio. Tal vez por eso sigue haciendo música y ahora, que estrena su disco número 23, simplemente se define como el papá de Martín y Margarita.

A Margarita, a quien bautizó como a su madre, le hizo una canción y un video con su nombre en 2014. Y fue a través del celular de ella que conversó con EL TIEMPO, pues él no tiene uno propio. Habló de su visión de la vida, la música y de su nuevo disco desde su casa, en Argentina, en donde pasa la cuarentena componiendo canciones y ofreciendo varias presentaciones en vivo a través de sus redes sociales.

Para comentar el momento que vive el planeta, Fito Páez usa una metáfora sacada de una de las canciones de su nuevo disco, que a su vez extrae del cuento ‘Un descenso al Maelström’, de Edgar Allan Poe. Maelström es un gran remolino marino de las costas de Noruega. Y el artista dice que es justo lo que le sucede al mundo, una tormenta: “un atolladero de locura del que no sabemos cómo vamos a salir”.

La conquista del espacio, que se estrenó en marzo de este año, tiene otras nueve canciones además de Maelström. Juanes participa en la primera de la lista, que tiene el mismo nombre del álbum. En el proyecto también participa el baterista Abe Laboriel Jr. que es, en palabras del rosarino, “un músico con la fuerza de un roquero y la técnica de un jazzista”.

Laboriel ha trabajado con artistas de la talla de Paul McCartney, uno de los cuatro integrantes de la mítica banda The Beatles, que es una de las favoritas de Páez y comenta constantemente la influencia que tuvo en su música. También habla con frecuencia de Charly García y de Luis Alberto Spinetta, sus amigos personales y otros de los grandes nombres del rock argentino.

Fito es un creador prolífico. Su faceta más conocida y aclamada (no sin méritos) es la de músico, pero también ha escrito varios guiones para películas y tres libros: La puta diabla (2013), Diario de viaje (2015) y Los días de Kirchner (2018). Ahora, en la madurez de su carrera, habla con sinceridad y entre carcajadas.

Después de sacar 23 discos, ¿cómo hace para no repetirse?

Desconfía siempre de las personas que te dicen que se están reinventando todo el tiempo. Aunque la música ofrece unas situaciones paradójicas. Por un lado, el lenguaje musical es infinito. La cantidad de combinaciones que te permite el lenguaje es inabarcable. Y, por otro lado, uno es quién es y cada vez se parece más a uno mismo. Esas repeticiones inevitables van creando, con el tiempo, un estilo. Estoy en contra de esa posición pretenciosa de decir que siempre te reinventas. No son más que falacias.

¿Esta es una conclusión reciente? Es decir, ¿en algún momento creyó en esas ‘falacias’?

Déjame volver sobre el tema: lo único que te permite, no digamos reinventarte, sino aportar algo diferente sobre tu propia naturaleza es el conocimiento del lenguaje musical. Pongamos que yo voy a Bogotá y me llevas a un bar y me enseñas la cumbia. Yo me la puedo aprender bien y luego incorporarla a mi música. Esa es la manera. No existe otra forma de reinventarse, porque la música ya está toda hecha y muy bien, por cierto. Lo único que nos queda por delante es generar nuevos híbridos que le toquen el corazón a la gente y que puedan traer una cierta novedad, entre comillas, a la ya tan amancillada música popular.

Sería agotador que no hubiera nada nuevo que mezclar en la música.

Claro, claro. Y eso depende de que los artistas tengan una necesidad de aprenderse una nueva secuencia de acordes, de aprenderse algo de un lenguaje que esté por fuera del que ellos manejan. Te tienes que enfrentar a la gran pregunta: ¿quién soy yo para la música y qué le aporto? Por eso, escuchar el mismo track en 430 canciones me hace pensar: “Muchacho, ya, dame un poquito de algo más”, ¿viste? Y no es algo exclusivo de ahora: ¿cuántos imitadores de The Beatles hubo en los años 60?

Se ha definido a usted mismo en canciones. ¿Cómo lo haría en palabras sueltas?

Soy un hombre que a los 57 años no comprende absolutamente nada de la existencia. Me dirijo a un lugar que me asusta muchísimo, porque no sé de qué se trata. Por otro lado, amo mucho a las personas con las que vivo. Y tengo la posibilidad de ser un hombre afortunado, que con un poco de voluntad y un poco de suerte, disfruta de una obscena libertad.

¿Qué significa hoy el rock?

Me voy a remitir a un concepto de David Bowie: el rock es una cultura. Esto es una manera de vivir, de pensar, de actuar. Es decir, que Oscar Wilde también es rock, Fernando Vallejo también es rock. El rock es ser salvaje. Con los tonos salvajes, a lo Hendrix. Pero aguarda, que Hendrix también es muy refinado. Se trata, más bien, de dar la mirada alternativa. Producir la sonrisa, hacer la mofa. Es nunca creer que te vas a transformar en algo. Es no dejar de ser amateur. Musicalmente, se puede expresar en muchas variantes, pero, en todo caso, al roquero lo vas a identificar porque está sonriendo.

¿Se siente igual ser un ‘rock star’ a los 20 que a los 57?

Obvio. Y a la vez ser un rock star no significa nada. Yo no me considero una estrella. Yo soy, primero, el papá de mis hijos. Y me interesa la mirada que ellos tengan de mí, que a veces es más canalla, más divertida, más atenta. Por eso me llevo bien con ellos, aunque Margarita me está mirando raro mientras te digo esto. La tengo acá al lado. Mi lugar, en todo caso, está abajo del podio, porque allí están los aburridos.

¿Qué está escribiendo?

Estos días estuve terminando un guion que comencé hace un año y medio. En 12 jornadas muy activas, pude resolverlo. Esa es mi actividad de escritura por ahora. Y otra vez estoy haciendo música. Estoy preparando la parte instrumental de las canciones. Lo hago a distancia, con un amigo que me está grabando.

La música es un bien inútil para el mundo capitalista. No se consume, se aprecia. Es inmaterial, pero tiene un poder invisible: atraviesa cualquier situación

¿Qué tal ve a Charly García y a Andrés Calamaro, que son contemporáneos suyos y también siguen haciendo música?

No los veo mucho. Con Charly hablo por teléfono. Nos saludamos para los cumpleaños, nos hacemos bromas pesadas. Y a Andrés no lo veo porque anda muy encerrado. Ambos me parecen artistas que siempre están generando cosas por lo menos interesantes. García es inmenso. Parece de otro siglo, como esos compositores de 1700. Y Andrés es curioso. Siempre está investigando con géneros y sonidos. Y a la vez tiene un formato de canción muy conservador, pero muy efectivo. Es un muchacho que sabe hacer canciones.

¿Le ha surgido un interés por la moda? Sube muchas fotos a su Instagram mostrando sus atuendos.

Sí. Me hace gracia. Tengo muchos amigos y amigas a los que les gusta la ropa, como a vos, y hago las fotos para ellos. A las chicas que me diseñan el vestuario para los conciertos les gustó la idea y las publican en mi Instagram siempre. Es como un juego, pero por supuesto que me interesa la moda.

Se ha vuelto activo en redes. Parece que ha entendido las nuevas formas de consumir música.

No, no. “Consumir” música, no. A lo mejor estás queriendo decir otra cosa.

Sí, entiendo que la música no es un bien de consumo del mercado.

Exactamente, es mejor un bien inútil para el mundo capitalista. La música no se consume, se aprecia. Es inmaterial, pero tiene un poder invisible: atraviesa cualquier situación. Si sucede algo dramático en el mundo, acudimos a la teta de la música en primera medida. Las canciones nos acompañan, nos dan calidez. Ese es el valor que tiene y es inmenso. Y por alguna gracia genética o por una cuestión circunstancial, tuve la suerte de poder desarrollar este arte.

¿Qué tan al tanto está de la movida actual del rock argentino?

La verdad es que no estoy muy al tanto. No quiero ser hipócrita. Como estoy escribiendo, haciendo música, pasando tiempo con mis hijos, yendo de gira, no tengo tiempo de revisar mucho lo que está pasando. Sí tengo contacto con algunos artistas jóvenes que me muestran material. Mi novia, María Eugenia Kolodziej, por ejemplo. Ella es amiga de todos los de las generaciones nuevas y me muestra las músicas de ahora y la verdad es que hay muchas que están increíbles. Los que más me impactaron son Ca7riel y Paco Amoroso. Son un dúo que hace un trap pasado por Spinetta Jade y por Prince. Logran algo muy hermoso y roquero. Me recuerdan mucho a como éramos nosotros cuando éramos pibes.

Ca7riel canta en el primer sencillo de su disco con otros siete artistas, ¿cómo los escogió?

Escogí a algunos amigos. El último en entrar a la colaboración fue Juanes. La letra ya estaba construida cuando lo llamé a él y le cuajaba perfecto: la canción habla de que los artistas andamos dando vueltas por el mundo, alrededor del sol. Me parecía lindo combinar a una gran estrella de la música popular del mundo con artistas emergentes en un mismo tema. El sentido de invitarlos a todos era dar el mensaje de que todos los artistas vamos en el mismo barco.

MATEO ARIAS ORTÍZ
 @mateoariasortiz

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