‘Ser optimista es ser realista’: Steven Pinker

‘Ser optimista es ser realista’: Steven Pinker

El pensador asegura que la  humanidad mejoró estándares de existencia gracias a defender la razón.

Steven Pinker

Pinker es psicólogo cognitivo de Harvard y autor, entre otros, de ‘En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso’.

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AFP

Por: Luciana Vázquez - La Nación (Argentina) – GDA
11 de noviembre 2018 , 09:18 p.m.

Bajón. Es un lunes negro en la Argentina, con el dólar en la gatera listo para salir a trepar por los cielos. Los discursos presidenciales y ministeriales inquietan. Cada palabra pública, como la magdalena de Proust, dispara memorias de otras crisis. Todo puede ser peor: la ideíta sobrevuela en el aire argentino desde siempre. Y, cada tanto, insiste. Como en estos días. El pesimismo nos gana. Entonces, las incongruencias: en la pantalla de Skype se materializa uno de esos pensadores de fama global, casi una estrella pop de las ideas que atrae a seguidores incondicionales, y también críticos, que escribió un ensayo encendido sobre el progreso y sobre la certeza de que el mundo del presente es mejor que el del pasado. 

Dice que la razón, la ciencia, un humanismo secular, la educación, el respeto por la ley, la cooperación internacional, la democracia liberal son el camino para seguir construyendo bienestar. Que no es una utopía, sino que la humanidad lo consigue, de a poco, desde hace siglos.

Es Steven Pinker quien contesta desde la Costa Este de Estados Unidos. Hubo una época que fue hermosa, para Pinker: la Ilustración, a mediados del siglo XVIII, y los ideales y valores que cimentó sobreviven, actualizados, aunque jaqueados. Según Pinker, el optimismo es una posibilidad, pero no aliento motivacional de ‘cheerleaders’ de prepa norteamericana. Es optimismo basado en datos, en ciencia, en amor universal por el prójimo más allá de los de la propia tribu, en política pública efectiva fundada a partir de todo eso.

Así lo expone en su nuevo libro, ‘En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso’, publicado por Paidós. Recomendado por su amigo Bill Gates, lo mismo que su libro anterior, ‘Los ángeles que llevamos dentro’. Pinker, psicólogo cognitivo de Harvard, se coloca a contrapelo de la corrección política de los círculos intelectuales críticos, o con “fobia al progreso”, que suele desafiar. De ahí le llueven críticas. Como en una suerte de ‘grand slam’ de optimismo versus pesimismo, contesta cada revés, cada tiro a la red, cada pelota en el ángulo, confiado. Seguro. Vital. Sí, optimista.

¿Qué es ser optimista según su perspectiva?

Los mejores ángeles de nuestra naturaleza tienen que ver con la razón, pero esto se da solo a través de las instituciones correctas como la ciencia, la democracia liberal, el reinado de la ley, organizaciones para la cooperación internacional. Estas instituciones hacen surgir lo mejor de la naturaleza humana. Pero no busco argumentar en favor del optimismo, sino del realismo. Mucha gente ignora los desarrollos positivos que han tenido lugar en el mundo. Por eso ser optimista no es pedirle a la gente que vea el vaso medio lleno o el lado luminoso de la vida, sino que esté consciente de los hechos. Por ejemplo, la mayoría cree que la extrema pobreza permanece igual, pero en realidad decreció. No creo que esto sea optimismo. Es tener una mirada del mundo basada en hechos y en evidencia. Por supuesto, en relación con el futuro no hay bases para decir que las cosas mejorarán automáticamente. Todo depende de las elecciones y las políticas que hagamos.

Usted eligió 75 gráficos para mostrar que el mundo está mejorando. ¿Un pesimista podría escoger otros 75 gráficos para mostrar lo contrario?

No. Es totalmente falso. Algunas cosas están empeorando, es cierto. Hay países que están en guerra y otros, en paz. Hay gente que es asesinada. Pero si se miran las medidas de bienestar global, las tendencias son positivas. No hay manera de escoger intencionalmente datos sobre estándares de la vida humana que nieguen esa mejora.

Le propongo un dato. Llegado 2050, se calcula que diez millones de personas morirán por año por las enfermedades resistentes a los antibióticos. Es una nueva tendencia para nada optimista. ¿Cómo encaja en su tesis?

Estos 75 gráficos no tratan de pronosticar lo que pasará en 2050, lo cual sería un ejercicio de adivinanza, de conjetura. Muestran cómo es el mundo hoy comparado con cómo era el mundo en el pasado. Son hechos. En términos de lo que pasará en 2050, ese es el peor escenario posible en el caso de que la ciencia biomédica quede congelada en su actual estado de desarrollo. Hay una amenaza real, pero el peor escenario no es inevitable. Hay programas para desarrollar clases nuevas de antibióticos. Si se trata de imaginar, es tan posible imaginar un resultado terrible como resultados positivos.

Por eso ser optimista no es pedirle a la gente que vea el vaso medio lleno o el lado luminoso de la vida, sino que esté consciente de los hechos

Para eso último, según su perspectiva, es imprescindible que la razón y el conocimiento se pongan en juego.

Es así. El conocimiento y la razón al servicio del humanismo es el objetivo final: hacer que los seres humanos estén mejor.

¿Cuál es el papel de las religiones en esta noción de humanismo? ¿Está de acuerdo en que de alguna manera ayudaron a construirlo?

En general, no. La gran mayoría de las creencias religiosas no tienen que ver con tolerancia y amor universal. Se trata más de promover autoridad dentro de una tribu, diferenciar una tribu antigua de la otra, castigar a los que no se conforman o los que desafían a la autoridad. Esto no quiere decir que las instituciones religiosas nunca hayan jugado un rol constructivo. Hay ciertos elementos de las religiones, cuando se fusionan con humanismo, que pueden tener un efecto beneficioso.

¿Por qué defender la racionalidad, la ciencia, el conocimiento y el progreso? ¿Quién está atacando estos conceptos?

Hay elementos en nuestro sistema político que no son particularmente razonables. La gente busca armar argumentos a favor de sus propias coaliciones, tribus, ideologías, en lugar de mirar la evidencia que muestra cuáles políticas son más efectivas y benefician a la gente. La ciencia también es atacada por intelectuales en las humanidades, por críticos culturales.

Usted cuestiona muy particularmente la clase intelectual y su “fobia al progreso”. ¿Por qué cree que se da ese fenómeno?

Hay una clase de críticos culturales, intelectuales públicos que están analizados en referencia a un famoso libro de C. P. Snow, ‘Las dos culturas y la revolución científica’. La cultura de la ciencia y la tecnología, por un lado y, por el otro lado, la cultura de las artes y las humanidades. Snow alentaba su integración y acuerdo. Pero hay una clase de intelectuales que se opone a la idea de progreso, en parte porque esa idea parece reivindicar el sistema que es controlado por los factores culturales rivales: por la ciencia, la tecnología, los políticos, el comercio, el gobierno, que están separados de la cultura de los intelectuales literarios. Se trata un poco de una competencia entre diferentes élites. La élite asociada con los intelectuales literarios y críticos culturales se concibe a sí misma en competencia con los otros centros de poder. El control de ciertas enfermedades, del crimen, estos desarrollos positivos no dependen de los departamentos de literatura y humanidades, por eso hay ciertos celos. Esa cultura tiene una conexión con una veta del Romanticismo, probablemente en oposición a la Ilustración, que se ha intensificado desde los años 60, que está comprometida con la idea de que nuestra sociedad está corrupta y podrida, y está en un proceso de colapso. Entonces solo se merece un ataque para que podamos reemplazar nuestras instituciones actuales con algo diferente, que será mucho mejor. Es una creencia común entre algunos intelectuales de izquierda. También hay una versión en la derecha en Estados Unidos.

El conocimiento y la razón al servicio del humanismo es el objetivo final: hacer que los seres humanos estén mejor

¿Por qué cree que muchos intelectuales de izquierda, en el caso de América Latina, defienden gobiernos populistas? ¿Por qué no pueden asociar las democracias liberales y el capitalismo con progreso y bienestar para todos?

Sería conceder que a las instituciones que los mismos intelectuales han estado atacando, como la democracia liberal, la economía de mercado, podría estar yéndoles mejor que a sus alternativas, los gobiernos nacionalistas cuasiautoritarios y fascistas. Se da este extraño acuerdo entre los populistas de derecha y algunos de la izquierda. Ambos pueden estar de acuerdo en que nuestras instituciones están haciendo el mundo peor y necesitan ser radicalmente reemplazadas por algo diferente, mejor de lo que tenemos ahora. No están de acuerdo en qué sentido se haría ese reemplazo.

¿Cómo integra un gobierno como el de Trump en Estados Unidos con su punto de vista de un optimismo basado en datos?

El populismo ha surgido en parte porque demasiada gente está desinformada de los hechos relacionados con el bienestar. Trump planteó una plataforma distópica, con menciones a aumento de la pobreza, el crimen, las drogas, ignorando datos que muestran que han bajado en Estados Unidos. Intentar mejorar las cosas puede funcionar gradualmente; no es necesario tirarlas abajo y destruir. La gente se confunde y cree que se trata de una defensa del ‘statu quo’. Es exactamente lo opuesto. Deberíamos continuar descifrando el presente basados en lo que funcionó en el pasado. Le doy un ejemplo. La mayoría desconoce que desde la imposición de regulaciones medioambientales en los 70 en EE. UU., la calidad del aire y el agua mejoró. Como no lo saben, pueden pensar que las regulaciones medioambientales son inútiles. Hoy, la administración Trump intenta recortarlas o eliminarlas, y la respuesta natural es: “No hacen ningún bien, terminemos con ellas porque frenan el crecimiento económico y el comercio y los negocios”. La gente no está consciente de que con regulaciones inteligentes se pueden tener las dos cosas, crecimiento económico y protección medioambiental. Como no saben que las reformas pueden funcionar, que podemos reducir el crimen, la polución, las guerras, no encuentran razón para defender las instituciones que el populismo trata de destruir.

LUCIANA VÁZQUEZ
LA NACIÓN (Argentina) – GDA
En Twitter: @LANACION

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