El Cigala, de sangre gitana y referente del flamenco, cambia de piel

El Cigala, de sangre gitana y referente del flamenco, cambia de piel

Un documental y un disco relatan su recorrido por el Caribe en busca de las raíces de la salsa.

Diego El Cigala

El artista se aproxima a la música caribeña y presenta ‘Indestructible’, un álbum sobre la historia de la salsa.

Foto:

Cortesía Cindy Byram Pr

02 de junio 2018 , 10:56 p.m.

Desde la aparición del indispensable ‘Lágrimas negras’ (2003), su colaboración con el legendario pianista cubano Bebo Valdés, la carrera del cantaor Diego El Cigala se proyectó al mundo. Ese álbum, producido por el cineasta Fernando Trueba, se transformó en un clásico del siglo XXI con un repertorio que abarcaba boleros clásicos como ‘Inolvidable’ o ‘Vete de mí’, mezclando la pasión caribeña con el ‘quejío’ flamenco. El Cigala, que se crió en el barrio madrileño del Rastro, hijo de una familia gitana de artistas, se posicionó desde entonces como un cantante iconoclasta, y estableció un vínculo especial con la música argentina.

“Porque todo lo que canta lo convierte en magia, / Porque todas las palabras del diccionario no me alcanzan, / Porque tiene arte, porque el arte es él”, escribió Andrés Calamaro en las notas internas de ‘Cigala & Tango’, disco en vivo que grabó el español en el teatro Gran Rex en el 2010, con el guitarrista Juanjo Domínguez y el bandoneonista Néstor Marconi. En esa ocasión, Calamaro ofició de anfitrión, amigo y ‘sommelier’. Tres años más tarde, El Cigala le dedicó a Bebo Valdés (“que me hizo sentir la confianza necesaria para trascender el flamenco y llegar a otras músicas”) su ‘Romance de la luna tucumana’, donde abordaba piezas del folclor argentino e incluía una colaboración post mortem con Mercedes Sosa.

Desde hace un lustro, El Cigala vive en la República Dominicana. Y en el afán de ampliar su repertorio grabó ‘Indestructible’, un álbum donde recorre la historia de la salsa, con versiones de piezas de Ray Barreto o Cheo Feliciano, acompañado por glorias como Oscar D’León, Roberto Roena, Jorge Santana y el virtuoso Gonzalo Rubalcaba. Pero su aproximación a la música caribeña no se limitó a la elección de las canciones y el personal para las grabaciones, sino que decidió ir a las raíces, en un derrotero que incluyó visitas y grabaciones por Cali, San Juan (Puerto Rico), La Habana, Punta Cana y también Miami y Nueva York. El proyecto incluye un documental que registra esas excursiones y el proyecto creativo del disco, que presentó en Argentina, acompañado por la Cali Big Band, donde una vez más se sale de lo que habitualmente se espera de un cantaor. Es que para El Cigala el flamenco no es un corsé, ni un género puro, sino un lenguaje. “Es una música del pueblo, con un lamento. Siempre he dicho que el flamenco se puede adaptar a muchísimas músicas, porque tiene una raíz muy de verdad, siempre están la impronta, la improvisación”, explica.

La improvisación es la esencia del jazz. ¿Qué lugar hay para la improvisación en tu arte?

Muchísimo. En este espectáculo, con la Cali Big Band, los temas nunca suenan igual. Aunque llevemos el formato del disco, salen con más aire, con otra impronta. Puedo cantar más libre, sobre todo en la salsa, que es todo rítmica, muy de tiempos. Y en el flamenco pasa lo mismo.

¿Por qué decidiste meterte con la salsa?

Este proyecto lo teníamos mi esposa, Amparo, que en paz descanse, y yo. A mí me gustaba la salsa, pero le tenía muchísimo respeto por los grandes como Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Johnny Pacheco, La Fania, ¡tanto genio ahí metido! Fue una odisea hacer este trabajo en homenaje a Amparo, porque desde hace años llevábamos escuchando la plena salsa, la salsa de calle, de barrio, como Roberto Roena, Luis Perico Ortiz, Bobby Valentín y todos estos genios de la Fania (el emblemático sello discográfico), que luego Dios me los ha ido poniendo en el camino. Ha sido como un sueño magnífico, como cuando entras a hacer un disco de flamenco y te toca la guitarra Paco de Lucía.

¿Cómo sintió la relación entre las rondas de tambores en el Caribe y las ventas del flamenco?

Me sentí muy hermanado. En Cuba, por ejemplo, estar con los Muñequitos de Matanza era como estar en una casa de gitanos. Una casa igual, las mismas maneras de vivir, con el niño más chico que te coge una percu y te toca, el otro te coge una clave, el otro te canta un guaguancó. Son muy familiares, muy religiosos a la hora de ejercer la musicalidad.

esa bohemia de la noche en que, cuando se toman uno o dos tragos, y son las dos de la mañana, salen a relucir los más grandes de la música

El embrujo jazzístico

A principios del nuevo milenio, cuando Fernando Trueba había lanzado el documental ‘Calle 54’ (así bautizó luego su sello discográfico), Madrid experimentó una explosión de jazz latino. “Ese fue el periodo más fértil y creativo de la vida de El Cigala. Y yo pude vivirlo”, recuerda desde Madrid el periodista y crítico José Gómez Guif, autor de ‘Tribulaciones de un DJ flamenco’ y conductor del programa ‘Planeta Jondo’, de Radio Gladys Palmera. “En ese momento, El Cigala se convierte en la voz cantante de los Piratas del Flamenco, un grupo en el que militan el productor Javier Limón, el guitarrista Niño Josele, los bajistas Javier Colina y Alain Pérez, Piraña en el cajón, al pianista lo recuerdo de espaldas y Jerry González en trompeta y congas. Se hacen fuertes en dos clubes de jazz, el Berlín y el Clamores.

De alguna manera, en el Café Berlín y el Clamores se reinventó como cantante. ¿Qué recuerdos tiene de esa época?

En el Clamores se hicieron ‘jam sessions’ en las que llegábamos un día Andrés Calamaro, otro día Jerry González, otro Caramelo de Cuba. Ahí empezó a grabar Alain Pérez. Y ahí empezaron a salir todos los del ‘latin’ y todos los del jazz. Con ellos, cuando terminaban de tocar, empezaba a escuchar la música de Dizzy Gillespie, Charlie Parker. Siempre me quedaba ahí, en un rincón, y era como el lugar de encuentro, de bohemia, donde terminábamos los flamencos, los jazzistas y los del ‘latin’.

¿Qué era lo que más te atraía de esas situaciones?

A mí lo que me atraía era el alma, el alma de tanta verdad y esa bohemia de la noche en que, cuando se toman uno o dos tragos, y son las dos de la mañana, salen a relucir los más grandes de la música. Y eso ocurría en el Café Berlín y en el Clamores; no ocurría en ningún otro lugar.

Hay una frase de Jean-Paul Sartre que dice que el jazz es como los bananos, que hay que consumirlos en el lugar donde se producen. ¿Prefiere la música en vivo?

Me gusta la música en vivo. Por ejemplo, el otro día en La Habana, donde presentamos la película ‘Indestructible’ en el Festival de Cine, acabamos viendo a Alain Pérez y a los Van Van. Fue una lluvia de emoción de ver tanta musicalidad en directo: la música de ellos te hace sentir, llorar, vibrar, te hace sentir esa emoción todo el rato.

Su último disco se llama ‘Indestructible’, y muchos piensan que es debido a excesos que cometiste sobre todo en los 90. ¿Se siente un sobreviviente de excesos?

Sí, creo que sí. Pero también es un tributo a la vida, a los momentos difíciles que ha pasado uno en la vida, a poder alcanzar ese grado de superación. O te vuelves indestructible o te quiebras. Te haces indestructible también por amor a los hijos y a los que ya no están.

Hace dos años, cuando falleció su esposa, decidió salir igual a escena en Los Ángeles. ¿El escenario le sirve para exorcizar el dolor?

Totalmente. Me han pasado cosas fuertes en la vida. Esa ha sido una. Y al año de morir Amparo, estaba cantando en el DF, en México. Estaba en el escenario y me dieron la noticia de que acababa de morir mi señora madre, también.

Por el patio de la infancia de su casa, donde se crió, transitaron los grandes del flamenco, amigos de su padre. ¿Qué recuerdos tiene de Camarón de la Isla?

Yo era muy joven, tendría unos doce años, cuando llegaba mi padre del tablado de Torre Bermeja y del Arco del Cuchilleros. Y veía llegar a Camarón y lo veía rubio como las candelas. Ese es el recuerdo que tengo, de ver a ese gitano rubio, parecía un alemán con ese pelo dorado, y hablando tan bajito, y así muy menudito, muy tímido y mi señora madre, se ponían allí en el patio y ella sacaba una ensalada de tomates, una botella de vino, y se ponían allí a cantar y empalmaban un día con otro, sin dormir, y de ahí al tablado. Yo llegaba con ese balón de fútbol, de jugar de la calle y en el momento en que veía esas reuniones, me paraba en un sitio, me sentaba y na’ más me ponía a escuchar. Y mi padre siempre me decía: “Niño, fíjate tú ahí lo que tienes enfrente, si tú quieres cantar, ve cogiendo y ve observando”.

Si tuviera que mencionar algún detalle técnico o musical que aprendió del cante de Camarón, ¿cuál sería?

La rítmica que tenía, el sentido musical. Es que Camarón era tan completo, tenía mucha armonía en la garganta, pero a mí lo que más me sorprendía de él era la capacidad rítmica que tenía a la hora de cantar.

El hijo de Camarón acaba de lanzar su primer sencillo o está sacando algunas canciones hip-hop, ¿lo escuchaste?

Un horror, eso me parece un horror.

¿Por qué?

Porque me parece que está fuera de lugar, que no tiene ningún sentido de nada, y creo que José, desde el Reino de los Cielos, estaría diciendo: ¿esto qué es?

HUMPHREY INZILLO
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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