Cholo Valderrama, un jinete del paraíso

Cholo Valderrama, un jinete del paraíso

En palabras del cantnate, Jinetes del paraíso, el documental, ‘calca la vida del Llano’.

Jinetes del paraíso

El documental Jinetes del Paraíso está disponible en la plataforma Mowies . 

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CORTESÍA

Por: Alejandro Marín (*) - Para EL TIEMPO
27 de junio 2020 , 11:30 p.m.

Jinetes del paraíso es un documental dirigido por Talía Osorio Cardona que presenta, a través de un trabajo de más de una década, la riqueza de los Llanos Orientales al mundo. Su narrador es Cholo Valderrama, un jinete y músico cuya pasión por su tierra lo ha convertido, más que un vocero de esa región, en un rapsoda de la Orinoquia colombiana.

El cantante, ganador del premio Grammy en 2008 por su álbum Caballo, conversa sobre los motivos que lo llevaron a acompañar a la directora del documental en esta nueva aventura audiovisual y sobre la relación del vaquero colombiano con su caballo y con su tierra, la protagonista absoluta de esta fascinante producción.

¿Dónde queda su casa?

En una vereda llamada Guanábana, en el municipio de Pore, en Casanare.

¿Cuánto lleva viviendo allá?

Desde el 73. No es muy grande, pero yo soy feliz.

Los campesinos gringos dicen que un hombre no es un hombre hasta que no tiene su propio rancho...

Tienen toda la razón. Y más si lo hace uno con sus propias manos.

¿Cómo hace uno una casa? ¿Cómo escoge el lugar? ¿Cómo la compra?

Yo tuve la oportunidad, por allá en los años 70, 72, 73, de conocer esta tierra, baldía todavía. Eran sabanas rápidas que no tenían dueños, y no había cercas. Aquí se andaba por travesías y la gente paraba un rancho y decía: “Yo soy dueño de aquí hasta allá”, y se encontraba con el vecino, y el vecino decía: “Bueno, entonces el lindero mío es esta matica, este caño…”, y todo era así, como muy comunitario, como muy bacano. Y me fundé; escogí el sitio, paré un rancho de palma, que me quedó como bonito, medio torcido, pero me quedó bonito. Y entonces lo puse Vida Tranquila. Y dije: “Aquí voy a hacer mi vida, aquí fue”… y aquí es.

¿Estaba casado en esa época?

No, completamente soltero. Pero algo que le enseñan a uno acá en el Llano es parecido a lo que usted me cuenta de los farmers gringos. Que uno debe tener su rancho, debe tener su casa. En ese tiempo era fundarse. Y ya cuando está uno ‘volantón’, de más de 18 años, pues ya no es que lo vieran muy bien ahí dentro de la casa, entonces “haga su cuento aparte”.

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Pero en esa época todo era baldío, no había sino sabana y travesía, puros caminos. Usted no encontraba en aquella época una cerca que lo trancara. Luego ya vino la titulación del Incora, y al titular, la gente empezó a cercar; ya vino gente que no era necesariamente llanera, compró tierras, y ya se popularizó la cerca. Yo conocí el Llano que no era cercado. Absolutamente libre.

¿Qué impacto ha tenido eso en la vida de los llaneros?

El impacto sobre todo está en la travesía, porque ya no se puede andar como nosotros, a caballo. Yo me iba a veces a visitar a un tío en Puerto Rondón, que quedaba a tres días de acá, y andaba por donde quisiera sin que me parara ningún alambre… eso ha cambiado, ya vinieron las carreteras y eso ha cambiado la libertad de acción del llanero, sobre todo porque todavía nuestro principal medio de transporte y de trabajo es el caballo.

Eso, me imagino que como cualquier cosa en la vida (como tocar un instrumento, hacer radio, qué se yo), requiere práctica...

Era bastante fácil porque es una forma de vida. Así se criaba uno; simplemente era ensillar al caballo, pegar la maletera, o capotera… en la capotera va enrollado el chinchorro, el mosquitero, la cobija y la muda de ropa, o la ropa interior; lo pega al anca del caballo, donde también va el ‘pollero’ o por si acaso el bastimento, compuesto de carne frita, bofios, y otras cosas. Y cuando le daba hambre, pues paraba y tomaba agua, que en esa época era cristalina porque aún no había llegado la agricultura de alta proporción. En cualquier ‘cañito’ se podía tomar agua… y si le daban ganas de carne por el camino se mataba un venado, o un cachicato, o coger un marrano ‘cerrero’, que había mucho marrano por ahí, y seguía uno por ahí. Montaba uno por lo general tipo cuatro y media, cinco de la mañana, hasta llegar a alguna posada que fuera más o menos conocida y llegaba tipo cinco y media de la tarde. Como ocho, diez horitas de trote.

Y qué trote, ¿no?

Y eso es cerquita. Porque aquí se hacían travesías… yo alcancé a hacer travesías a Yopal… por aquí se hacían travesías con ganado… desde Arauca, Villavicencio, que duraban 45 o 60 días llevando ganado. La trashumancia... creo que todavía se hace por el Vichada, y por las sabanas de abajo del Meta todavía se arrea ganado ocho, diez o 15 días.

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Por aquí donde yo vivo ha llegado más el desarrollo y se maneja el ganado en camiones y las subastas… pero más adentro todavía existen hatos donde hay treinta mil cabezas de ganado, donde hay cincuenta hombres trabajando el ganado 35, 40 días y ahí trabaja uno y se acostumbra. Pero no hay entrenamiento. El entrenamiento se lo dan a uno desde que nace, desde pequeño, se lo van inculcando… es duro, pero ahí va uno aprendiendo, a la guapeza.

¿Cuántos caballos ha tenido usted en la vida?

Yo monto caballo desde los dos, tres años. He montado bastante caballo en la vida. Pero hay caballos que lo han marcado a uno… hay caballos que he querido mucho… por ahí unos cinco, que realmente he querido porque eran sobresalientes ‘en la madrina’, que llama uno. Caballos inteligentes, superdotados. No eran muy mansos que digamos... sobre todo un caballo canelo llamado Cubiro; no era muy manso, pero era un señor caballo. Grande.

Es curioso que diga que los caballos que más ha querido no han sido los más mansos...

En esas épocas en que tuve a Cubiro y tuve a Desengaño, también estaba yo joven, y me rendía un pedazo en el lomo de un caballo. No era tan pendejo para la cuestión. Entonces era también el reto de tener caballos de fuerza. Ahorita que está uno de viejo le toca montar en el más mansito. Ya uno de viejo, los huesos nos son tan duros. Y el que monta a caballo sabe que el que monta se cae, y hay golpes muy duros, fracturas. Yo tuve un golpe a los 18, 19 años… duro. Muy duro.

Y todo fue así, porque no hubo un guion, ni “haga usted esto, o esto”, ni “párese aquí para verse menos viejo”, ni “póngase este sombrero que le queda más bonito”… nada.

¿Cómo se cayó?

Coleando en la sabana. Se me atravesó un toro y el caballo le pegó al toro, y caí al frente del caballo. Me pasaron los dos, el toro y el caballo, por encima. Tuve bastantes fracturas. Estuve hospitalizado, en estado de coma. La vaina fue jodida. Pero ‘taba pollo. Y la vaina era recuperarse pa’ volver uno al cuento. Es de esas caídas que, como decimos en el Llano, cuando va uno pa’l suelo, le sabe la boca a sangre.

Hábleme de Jinetes del paraíso, de esta nueva aventura de narrar un documental...

Me cogieron de narrador y yo no creo que haya sido narrador de nada, realmente (risas). Esta es una historia bastante simpática: conocí a Talía y a la doctora Francisca Reyes, antropóloga… ella hizo una tesis sobre el Llano muy bonita, estudió en la Universidad de los Andes. Me pasó la tesis y tuve la oportunidad de leerla... ella se interesó siempre en el Llano… fueron allí, y empezaron a filmar, casi que exactamente calcado lo que yo le estoy contando. Eso es lo que me gusta de Jinetes del paraíso, y lo que me gustó cuando supe del proyecto y Talía me dijo: “Yo quiero hacerte unas preguntas, y de pronto las saco en la película”.

Y todo fue así, porque no hubo un guion, ni “haga usted esto, o esto”, ni “párese aquí para verse menos viejo”, ni “póngase este sombrero que le queda más bonito”… nada. Solamente los dos hablando y un camarógrafo que estuvo aquí en la finca unos tres, cuatro días, y ahí nació todo este cuento. Pero te cuento una cosa, hermano: una de las cosas bonitas, cuando vi Jinetes del paraíso, es que Talía dejó hablar al Llano. Obvio, hay la mano de un director, fotografía y muchas cosas, pero ahí habló el Llano. Dejó hablar a la tierra. Y eso es lo que me parece más bonito de Jinetes del paraíso: que es el Llano mismo, mostrándose y diciéndole a la gente: “Yo soy así. Véame que yo soy así”.

¿Cuánto dura la película?

Por ahí una hora, una hora y diez. Pero duraron doce años filmándola. Un tiempo. Creo que Talía aprendió incluso a andar descalza y a montar a caballo y vivió en los hatos donde filmaron. Yo conocía a muchos de los trabajadores de esos hatos, y sabía lo que ella estaba haciendo, por lo que había conversado con ellos, que no se iban a dejar embolatar por cualquiera. Incluso muchos de esos trabajadores llaneros criollos usaron las cámaras para mostrar las cosas como las vivían ellos. Yo creo que esta es la película que mejor muestra al Llano porque lo muestra como es, bravío, el Llano de caballo, toro y soga. No son las telenovelas esas, donde lo quieren pintar a uno de machito, con el revolver así estilo far west y todo ese cuento. Tú sabes cómo es la vaina. No me quiero meter en ese paseo, mejor dicho (risas).

Sí, sí. Pues es que usted sabe que el cine tiende a coger… el cine coge el mafioso y lo estereotipa, el vaquero, y lo estereotipa, el llanero, y lo estereotipa. Es muy típico del cine de Hollywood, sobre todo.

Sí claro… yo estoy muy contento con este documental. No por salir en él, hablando ‘macumba’, hablando cháchara. Sino muy contento porque realmente se está mostrando la tierra y mi lucha por mostrar la tierra y la cultura llanera la he tenido toda una vida.

Habló el Llano. Dejó hablar a la tierra. Y eso es lo que me parece más bonito de Jinetes del paraíso: que es el Llano mismo, mostrándose y diciéndole a la gente: “Yo soy así. Véame que yo soy así”.

¿La lucha suya por mostrar la tierra es lo que finalmente lo conecta con la música?

Sí; digamos que la música está ahí porque el Llano es musical. Aquí tenemos un dicho los llaneros: ‘Llanero que no canta, silba’. Pero la música está ahí. Póngale la firma. Y en cualquier rancho sabanero hay un cuatro, una bandola, y hay quien la rasgue y quien le saque unos versos. Usted se levanta a las 4:30 a. m., se toma un café, para la oreja y oye infinidad de pájaros, un concierto impresionante. Y si uno se va de travesía, como lo hablábamos hace un rato, uno va silbando. Siempre va silbando. Entonando una canción.

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No es mostrar la tierra con la música, es que la tierra en sí es un compendio de todo. Es el gran bagaje cultural. Yo no es que sea artista, y no me gusta que me digan que lo soy, porque no sé si tengo un arte. Lo que sí sé es que soy un llanero al que le gusta cantar, así como hay llaneros que son buenos para el coleo, hay otros que son buenos para enlazar, otros pintan, otros ordeñan, otros nadan. A mi me gusta cantar. Y pa’lante. Porque pa’trás, ni pa’ coger impulso, panita.

Absolutamente de acuerdo. ¿Y a usted alguien le dijo alguna vez que usted tenía ese don para cantar?

Yo creo que cantar, cantar, cantar… todo el mundo le canta a esta tierra. Yo empecé muy pequeño a cantar porque mamá, cuando ordeñaba, cantaba muy bien las tonadas de ordeño, le gustaba cantarles a las vacas. Porque a las vacas entre más les cante, más leche dan. Y si las ordeña una mujer, dan más leche que si la ordeña un hombre. Debe ser por los apretones. No sé. Pero así es. En serio. Mi mamá empezaba a ordeñar y empezaba (entona su voz rápidamente y sin esfuerzo y tararea)… yo esos cantos no me los aprendí: vinieron conmigo, como ser humano. Ahí, dentro de mí, y se fueron desarrollando dentro de mí, como un vehículo de la tierra.

Eso es lo que yo siempre he querido ser. No que mi nombre sea rimbombante en avisos y cosas, sino que sea un vehículo para mostrar la tierra. Mi aspiración, más que un sueño, fue que el mundo se diera cuenta de que nosotros existíamos como pueblo. Como gente. Porque es que nosotros, Alejandro, pertenecemos a una Colombia olvidada, pero jamás olvidamos que somos Colombia.

-ALEJANDRO MARÍN 
Para EL TIEMPO
(*) Experto musical, ‘podcaster’ y autor del libro ‘Historia secreta de la música’ (2019).
Escuche el pódcast de esta entrevista en la web de La X: www.laxmasmusica.com. Y vea el programa de televisión de Alejandro Marín, ‘#ElPodcast’, todos los lunes, a las 10 de la noche, por el Canal Trece.

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