Ara Malikian, el hombre que le dio otro sentido al violín

Ara Malikian, el hombre que le dio otro sentido al violín

Países, guerra y superación personal: Así se consolidó uno de los violinistas más aclamados.

Ara Malikian, violinista

Ara Malikian durante uno de sus vibrantes conciertos del pasado mes en Argentina.

Foto:

F. Maselli / La Nación

10 de junio 2018 , 10:23 p.m.

Capítulo tres. Es mediodía y el WiZink Center es un páramo. Hace algunas semanas, Ara Malikian (49) colmaba esta enorme sala de Madrid (España). Lleva consigo un violín para la producción de fotos, pero no el violín que sobrevive ya a tres generaciones Malikian, que salva vidas y dispara emociones. Este instrumento que inspiró su espectáculo ‘La increíble historia del violín’ y su potente hilo conductor: el devenir de la familia Malikian.

En este recorrido a través de países, guerras y pruebas de superación personal hay un final feliz, una evolución que conduce a la consolidación de un artista virtuoso que desafía toda convención. Esta historia personal suena al son de sus propias composiciones, pero también al ritmo de artistas de la talla de Bach, Paganini, Mozart, Beethoven, Schubert, Stravinsky, y también de Radiohead, David Bowie, Led Zeppelin y Jimmy Hendrix.

Capítulo dos

El papá de Ara Malikian era un hombre estricto. Fue él quien le dio a su hijo pequeño, el tercero luego de dos mujeres, el violín. A los tres años, en 1971, la música era un juego, pero luego, a los ocho, se convirtió en un objeto de estudio regular. Violinista profesional, su papá no le daba solo un instrumento, sino que le brindaba un pasaporte a su libertad que, como a su abuelo, lo llevaría a un país sin guerra.

Entre bombas y ‘pizzicati’, la familia Malikian corría a menudo a los refugios antiaéreos de El Líbano. “Para mí era normal escuchar las bombas y salir a esconderse. Pero no tuve una niñez trágica. Casi que era como un juego. Mis papás salieron del país, se mudaron luego a Marsella, y no querían recordar aquel tiempo”, dice Ara, y piensa también en sus padres ya fallecidos.

A los 15 años, su talento desbordaba cualquier escuela y programa de un país en guerra. Ara obtuvo una beca para estudiar en Hanover. Cuando llegó a Alemania debió sortear otra batalla: la del visado. Era menor de edad y, por lo tanto, no podría obtener una beca de estudios. Finalmente se pudo comprobar su virtuosismo y permaneció en ese país. “Me extrañó que no hubiera guerra, no escuchar las explosiones de las bombas. No te das cuenta de dónde vives hasta que no sales de allí. El violín no era solo una diversión, era la única manera de poder sobrevivir; si no lo lograba, me echarían de Alemania. Era de vida o muerte. Practicaba porque me gustaba, pero también con una angustia que no le deseo a mi hijo y que creo que era necesaria y que me formó como músico”.

Pronto encontró un trabajo que le dio dinero y no interfería con sus estudios ni compromisos con la beca. Ara Malikian se convirtió en el violinista estrella de bodas y ceremonias judías. Fue una maestría alternativa, no académica, que lo condujo por otros momentos de la historia del violín, por la música klezmer y la zíngara. Esta educación paralela, cosmopolita, ecléctica, sin exámenes ni tesis, le enseñó una lección: “Siempre fui muy trabajador, practicaba todo el día. Pero me di cuenta de que todo tiene que ver con la técnica y poco con las academias. Las academias no te ayudan a tener tu propia voz, a descubrir quién eres. Cuando me libré de las academias pude descubrir para qué sirve la música y el arte”.

A los 20 años se mudó al norte de Londres, a una zona algo peligrosa. Esa fue su residencia durante siete años y a ella regresó hace algunas semanas convertido en un astro del violín, cuando se presentó en Barbican Centre.

Me extrañó que no hubiera guerra. No te das cuenta de dónde vives hasta que no sales de allí. El violín no era solo una diversión, era la única manera de poder sobrevivir

Capítulo uno

El abuelo de Ara Malikian era un hombre serio. Lo curioso no era su carácter, sino que lo apodaran, a pesar de su temperamento, ‘Krikor, el bailarín’. No había en ese entonces tiempo para ironías ni para juegos retóricos. Había que pensar rápido y había que pensar un plan efectivo de inmediato. Era 1915, el genocidio arrasaba su Armenia natal y el único modo era –como sería dos generaciones después para otro Malikian– el violín. Krikor Malikian se hizo pasar por violinista y cruzó la frontera entre Armenia y El Líbano con aquel instrumento. Tenía la misma edad que su nieto cuando aterrizó en Alemania.

“Nunca supe la historia de mi abuelo hasta después de su muerte. El violín le salvó la vida”, reflexiona mientras se quita de los ojos la melena ensortijada. Desde los nudillos y a lo largo del brazo tiene un tatuaje de formas irregulares y finos trazos.

Armenio, español, inglés, alemán, árabe, francés e italiano. Estos son los siete idiomas que habla este músico, un instinto de supervivencia. “Hablo armenio, me siento armenio, pero no siento a Armenia porque no me identifico con ella, pero sí con su cultura porque siempre he tenido la música, la historia, su idioma. Hablo los demás idiomas por necesidad”.

Capítulo cuatro

Ara Malikian no es un hombre estricto ni serio. Su hijo Cairo, de tres años y medio, le tiró el violín en la cara la primera vez que se lo acercó. El futuro dirá, pero sí tiene la certeza en el presente de que el pequeño no vivirá en el clima de angustia que él padeció cuando era niño en El Líbano.

El músico eligió Madrid como lugar de residencia. Ciudadano del mundo, embajador internacional del violín, empadronado en una ciudad que le ha abierto las puertas de salas tan disímiles como el teatro Real y de la plaza de toros de las Ventas. “La gente me para en la calle y me reconoce porque soy el violinista de los pelos”.

¿Por qué eligió Madrid para vivir?

Me gustó que hubiera más sol que en Alemania o Londres, y que la gente sea más alegre que en otros sitios. Encaja más con mi estilo de vida. Este es un lugar de cruces donde han pasado muchas culturas. La cultura occidental está muy presente, pero también la zíngara, la árabe y la latinoamericana. Acá hay un coctel de culturas y estamos muy cerca de África.

¿Dónde está su cabeza cuando toca?

Cuando toco no pienso. Para mí, estar en un concierto es como estar en el mismo estado que la meditación, en un trance. Disfruto, lo gozo, pero es un momento vacío. El escenario es un lugar sagrado donde me siento muy feliz. Tengo un deber: transmitirle al público la felicidad que tengo. Me costó muchos años darme cuenta de que lo que uno hace en el escenario no es solo para uno mismo.

¿Cuándo pudo ser usted mismo sobre el escenario?

Poco a poco, pero lo más importante y drástico ocurrió después de un concierto que di hace mucho tiempo para niños. Ellos no lo soportaron y me pregunté qué estaría haciendo mal. Es que no puedes estar dos horas sin involucrarte, sin el corazón. Los niños son muy sinceros. Tenía que emocionarles. Tiene que haber una perfección para que no suene feo, una técnica, pero en el escenario no tienes que pensar en otra cosa más que en lo que transmites. Empecé ahí a involucrar más mi cuerpo, mi corazón.

También colaboró con sus partituras en películas, por ejemplo, con Pedro Almodóvar ¿Cómo es esa experiencia de crear a partir de una historia?

Todo está ya hecho cuando llega la parte de mi trabajo. No hice ninguna creación, todo está montado. Fue un honor, muy emocionante, pero simplemente era meter el violín en tal parte donde hacía falta.

¿Siente que tiene algo de docente al acercarles a los jóvenes los clásicos y a las generaciones formadas con los clásicos el rock?

No es mi intención hacer un trabajo docente con las nuevas generaciones, pero sí me gustaría que hubiese cierta reconciliación de un público con la música clásica, porque piensan que no la van a entender, y, sin embargo, cuando toco a Mozart o Vivaldi, se emocionan. Y también pasa al revés, cuando alguien escucha a Hendrix.

¿Cómo analiza el presente de la música clásica?

Me gustan los artistas que arriesgan, que se equivocan y que luego vuelven a acertar. En el mundo de la música clásica se está perdiendo esa sensación de bohemio; todo es más estricto, uniforme. Hacer música en ese mundo no me parece muy inspirador. Que te digan ‘Bach no se toca así’ es un encasillamiento que no entiendes por qué sucede, si ha durado más de 300 años y tantos músicos han tocado su música.

Juglar posmoderno, el suyo es un relato autobiográfico que busca conmover a un auditorio amplio, de todas las edades, a través de un mensaje pronunciado en esperanto.

¿Por qué sigue apostando por el público infantil?

La música es indispensable para los niños porque el arte es sinónimo de belleza y de libertad. Si creces con música, creces de otra manera. Creo que es imposible que un niño tenga ganas de delinquir o de hacer cosas oscuras si le das música.

¿La música es entonces un modo de construir la paz?

Al conflicto de los refugiados no le veo hoy ninguna solución o posibilidad de mejora. Está todo estancado. Hace algunos años se hablaba de que había más de 60 millones. Creo que la generación de mi hijo Cairo es la que hoy lleva la esperanza, la que será solidaria con las causas humanitarias. A mí la música –el violín en particular– me salvó la vida, me alejó de la oscuridad.

Capítulo cinco

Malikian no luce frac ni vestido de gala, y la gomina brilla por su ausencia. Nada hay de estático en este músico que vibra con cada acorde. Juglar posmoderno, el suyo es un relato autobiográfico que busca conmover a un auditorio amplio, de todas las edades, a través de un mensaje pronunciado en esperanto.

Las cuerdas de Malikian se extienden para abrazar al público mientras pronuncia un discurso de tolerancia y de piedad hacia el género humano.

El músico se fusiona con su instrumento, y así, sujeto y objeto se convierten en una única entidad compleja de definir.

LAURA VENTURA
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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