El viaje de Magallanes y la sabiduría de lo imprevisto

El viaje de Magallanes y la sabiduría de lo imprevisto

Recuento de una expedición significativa para la humanidad. Así fue la primera vuelta al mundo.

Mapa de la vuelta al mundo

El navegante portugués y sus hombres encontraron el único paso natural entre los océanos Atlántico y Pacífico.

Foto:

Archivo Particular

Por: Mónica Chamorro
24 de marzo 2020 , 08:04 p.m.

Ya lo decía Igor Stravinski: de una nota equivocada puede surgir un nuevo acorde, otra música, una novedosa armonía. Esto es lo que los ingleses llaman serendipity (en español serendipia), la fortuna de ir más allá de las propias intenciones; el lograr consecuencias inesperadas y casuales a partir de acciones que tenían otro objetivo.

De serendipity está plagada la historia de los descubrimientos humanos: la tuvo en buenas dosis Fleming, quien no solía limpiar muy bien su laboratorio y descubrió la penicilina; gozó de ella Marconi, quien no conocía la correcta expansión de las ondas de radio y se topó con la ionosfera. Y más moderna –y modestamente– se tropezaron con ella los descubridores del LSD y del viagra, quienes querían encontrar la cura para enfermedades serias y en cambio se encontraron con curiosos efectos secundarios.

En 2019 se conmemoraron los 500 años de la expedición de Fernando de Magallanes y esta efeméride –no exenta de polémicas– enfrentó a España y Portugal. Ambos países reclaman, respectivamente, el honor de llevar la batuta: que si Magallanes (su auténtico apellido era Magalhães) era portugués, que la corona de Castilla puso los indispensables maravedíes, que fue Elcano, vasco de nacimiento, quien completó la hazaña.

En realidad, la circunnavegación del globo terráqueo fue una aventura transnacional, resultado de los saberes náuticos acumulados por las dos naciones, y también de la capacidad de Magallanes de empecinarse en el error y así poner en marcha las potencias de la serendipia.

Porque Fernando de Magallanes deseaba llegar al oriente navegando hacia el occidente, como Colón (otro agraciado por la casualidad)
y, al igual que el genovés, quería alcanzar, en la actual Indonesia, las islas Molucas: el paraíso de las especias, ese oro negro de la época que valía tanto como los metales preciosos. Con pimienta, que compraban a los árabes y vendían a 80 veces su valor, los súbditos de la Serenísima República de Venecia habían edificado sus palacios sobre el agua. La hazaña náutica de la circunnavegación era accesoria para el portugués; de hecho, fue Sebastián de El Cano o de Elcano, quien, después de la muerte de Magallanes, decidió seguir con la peligrosa expedición, volver a España rodeando el África y completar así la vuelta al mundo. Pudo haber desistido, entregarse a los portugueses o tomar otro camino.

La repartición del mundo

Gracias a los oficios de Enrique el Navegante (quien al parecer, curiosamente, navegó poco o nada), Portugal había impulsado las expediciones a oriente. De este modo, a finales del siglo XV la ruta hacia las especias era un mare clausum, un mar cerrado, y solo los portugueses tenían la llave de ese monstruo que devoraba naves e ilusiones.
España, por su parte, se había quedado con las vacas flacas. En América no se producía pimienta ni nuez moscada. Y tampoco, por el momento, demasiado oro. Para empeorar las cosas, el Papa, con el tratado de Tordesillas, había dividido el mundo entre las dos naciones ibéricas, dejando dentro del hemisferio portugués el archipiélago de las Molucas: anulaba así todo derecho de la corona de Castilla sobre el fabuloso reino de las especias.

Magallanes supo hacer de la necesidad una virtud: habiendo sido rechazado por el rey Manuel de Portugal, llevó a España sus proyectos de un nuevo paso hacia las Indias y la redefinición de los límites de Tordesillas: sostenía que había una equivocación cartográfica y que las islas Molucas pertenecían a la corona española. Él lo demostraría, iría hasta el fin del mundo, cruzaría con sus naves del Atlántico al Pacífico –ruta veloz–; conquistaría nuevas tierras, estas sí prolijas de especias capaces de hacer que la comida de todos los días tuviera el sabor de lo desconocido.

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Y trazaría un nuevo meridiano que pondría todo aquello bajo el dominio de su Graciosa Majestad, Don Carlos V de Alemania y I de España, quien era un joven casi imberbe cuando en 1518 recibió a ese veterano navegante de 39 años que arrastraba una pierna herida en combate.

Aquel día en Valladolid, el rey, quien tenía un excelente olfato flamenco para los negocios, después de escuchar a Magallanes seguramente le preguntaría por dónde –¡diantres!– pensaba pasar al Pacífico, si todas las expediciones no habían hecho más que tropezarse con el continente americano, cuya mole parecía extenderse hasta el polo Sur o inclusive hasta el abismo. “Vuestra Majestad –le habrá respondido Magallanes inclinándose–, el pasaje existe. Os lo juro”. Y habrá extendido ante los ojos del monarca un mapa secretísimo. Un documento reservado extraído del archivo privado del rey de Portugal, en el que aparecía dibujado el fabuloso canal que unía los dos mares y que abría una nueva ruta hacia oriente.

Carlos V por supuesto aceptó, y Magallanes partió con cinco naves y 239 hombres del puerto de Sanlúcar. Pero el Gran Capitán se equivocaba. Después de navegar durante dos meses y superar el Brasil, observó que el continente doblaba hacia el oeste y sus carabelas siguieron entusiastas la ensenada por 200 kilómetros, hasta que a alguien se le ocurrió hundir la mano en el agua y se dio cuenta de que era dulce. Ese no era el esperado pasaje hacia el Pacífico.

Se encontraban en el inmenso delta del río de la Plata y tuvieron que dar la vuelta. Otro capitán habría renunciado. Pero no él. Siguió creyendo en sus profecías y navegó hasta el país de los patagones y sus dioses demoniacos. Hubo motines, represalias y naufragios, además del invierno gélido y de la angustia permanente de desbarrancarse en el abismo bíblico.

Cuando por fin Magallanes se internó en el estrecho que llevaría su nombre, pensó que había doblado su cabo de la Buena Esperanza. Pero de nuevo erraba. El Pacífico no era un mar doméstico sino un océano que le reservó una larga travesía en la que sus hombres murieron de hambre y escorbuto. Este error de cálculo acarreó a su vez otro: por pocos grados, las Molucas no podían ser españolas; eran de Portugal.

Triple fue la equivocación de Magallanes y aun se equivocaría una cuarta y fatal: con sus pocos hombres decidió tomar algunos territorios de las actuales Filipinas. Creía que, como en América, los habitantes de las islas serían derrotados fácilmente. Pero los futuros filipinos estaban en contacto con diferentes civilizaciones, y el asombro, decisivo en la conquista de los incas y de los aztecas, no jugó a su favor.

Magallanes murió en una escaramuza que no merecía una espada como la suya; fue Sebastián Elcano quien completó la hazaña,
volviendo a Sevilla con solo 17 supervivientes en septiembre de 1522. El Gran Capitán ni siquiera tuvo el consuelo de una digna sepultura: los indígenas se negaron a entregar su cuerpo mutilado, que quedó abandonado en una playa. Tuvo una mala muerte, pésima, peor que la de Colón, quien murió en el descrédito y la amargura. Los une este final infeliz, pero también la gloria de ser superiores a sus propios sueños.

Colón y Magallanes no sabían que sus sueños eran pequeños, inferiores a sí mismos y, sin quererlo, se encontraron cabalgando y dominando inmensidades. Colón había ido por pimienta y volvió con un Nuevo Mundo, Magallanes buscaba nuez moscada y acabó regalándole al mundo la hazaña de la circunnavegación terrestre.

Nada volvió a ser lo mismo después del viaje de ese desafortunado y a la vez afortunado portugués que se empecinó como pocos en perseguir sus errores. La prueba de la redondez del globo definió la política expansionista de las potencias, acabó con el universo ptolemaico y desparrancó definitivamente las puertas a la modernidad.

Y también nos confinó para siempre a los designios paradójicos de la esfera: a sus maldiciones, pues por más que tratemos de huir hacia el abismo, aquel que está más allá de las Columnas de Hércules, estamos condenados a acabar tropezando con nosotros mismos. Y a sus bendiciones, puesto que solo en una Tierra esférica podemos estar seguros de que cuando creemos estar más lejos de nuestra propia casa, en realidad estamos justo a punto de volver a ella.

MÓNICA CHAMORRO
Especial para EL TIEMPO

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