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El poeta Miranda: memoria de una ausencia
Álvaro Miranda Hernández

El escritor Álvaro Miranda Hernández se graduó en Filosofía y Letras en la Universidad de La Salle, en 1975.

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Archivo familiar

El poeta Miranda: memoria de una ausencia

Pasajero de diabetes, la hipertensión y la artrosis, Álvaro Miranda llegó al final con ocho libros. 

Algunos dudan que Álvaro Miranda Hernández haya muerto. Todavía le escriben a su correo poetamiranda@hotmail.com y, por supuesto, él les contesta con la misma sonrisa, entre tierna y burlona, de aquel niño que abraza por la espalda a la bisabuela Ana Joaquina Peñate de Hernández, madre de Pedro Hernández Peñate, padre de Ana Joaquina Hernández, mamá de Álvaro, el ‘poetamiranda’.

Pedro Hernández Peñate, abuelo materno, muy pronto lo pondría a lavar botellas en su fábrica de vino San Roque de Barranquilla, para placer suyo y de sus primos. Eso, ese enredo de apellidos que siempre tuvo tan claro en su telar de historias y que con otra sonrisa benevolente creía que uno todo lo entendería, más todas las lecturas que llegarían años después, le darían a Álvaro Miranda Hernández las fuentes suficientes para escribir poemas muy originales, novelas delirantes, biografías entre apócrifas y reales, crónicas inesperadas, ensayos que, desafortunadamente, no pudo concluir.

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Los Hernández, Locarno, Peñate, Miranda, Falquez y otros más, las familias que él llamaba “el árbol de Álvaro”, le sirvieron de hogar en su nomadismo infantil entre Santa Marta, Barranquilla y Cartagena.

A los cinco años viajó por mar de su natal Santa Marta a la Barranquilla de su abuelo Pedro. Y de la casa-finca en Mamatoco, Santa Marta, pasaba a visitar a su tío, el capitán Marco Hernández, en Cartagena, a escuchar sus historias de mar. Más tarde vivirían en la casa de Manga, en Cartagena, en la av. California con Jiménez.

Pero por razones económicas, sus padres, el abogado Aquiles Miranda Locarno y Ana Joaquina Hernández, un día dejaron el mar y subieron al altiplano.

Un lenguaje personal

A los 11 años, Álvaro abandonaba el sol deslumbrante de la costa tropical y se llevaba consigo nombres de peces, árboles y frutales para vaciarlos en sus historias y poemas: bocachicos, sábalos y mojarras, plátanos verdes y amarillos, tortas de casabe y bollos de yuca o de maíz, tamarindos, naranjos, limoneros, achiotes, zapotes y mamoncillos, ceibas, carretos, guayacanes y guásimos.

En un Super Constellation de cuatro motores aterrizaron en el aeropuerto de Techo y pronto estuvieron en la casa del barrio Palermo que Aquiles Miranda, el padre, ahora funcionario del Idema, les tenía preparada en la carrera 22 con calle 45C, la misma casa que abre con dolor e ironía su última publicación en vida, ‘Casa iluminada’, en la antología ‘El bostezo de la mosca azul’ (Bogotá, Edit. Escarabajo, 2020). Esa casa cuya desaparición marcaría el comienzo del peregrinaje que termina en octubre del 2020, cinco meses después de que le dictara el poema del carpintero a la enfermera el día que le anunciaron su cáncer terminal.

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En Bogotá, década del 50, Álvaro Miranda pasó su primaria en el colegio de los Hermanos Maristas. Debe ir los domingos, bien vestido, a misa a la iglesia de Santa Teresita. En el colegio no le va muy bien en matemáticas. De alguna manera, con sus ahorros, compra ‘Tom Sawyer’, la novela de Mark Twain que leen por las tardes con su madre y que significa el comienzo de muchas confusiones (y fusiones), por ejemplo, ver el Magdalena y el Mississippi como el mismo río.

En adelante, fusionaría lenguajes, personajes y conflictos sociales o personales, de las más variadas épocas, de Colombia, de España y del mundo, para crear uno de los lenguajes literarios más personales y originales de la época.

No es sincretismo. Lo dice en uno de sus textos anfibios: “Entretanto, y delante de mí, la palabra crecía como una mujer gigante que traía en sus labios los signos de dos mundos reencontrados”. Y remataba: “Yo no era yo, sino lo que la palabra tejía de mí”. (‘Obra escogida, Leer el Caribe’, 2016). Algunos, en Colombia, por supuesto, le reclamarían esa irreverencia. Otros, como el poeta argentino Enrique Molina o el mexicano Marco Antonio Campo, lo premiarían y aplaudirían.

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No muy lejos de la casa del barrio Palermo, Álvaro conocería a dos compañeros de bachillerato en el Gimnasio Boyacá, figuras importantes de nuestras letras: el también samario José Luis Díaz-Granados, y el Turco, como lo llamaban, Luis Fayad, años más tarde autor de ‘Los parientes de Ester’. Con ellos continuaría las lecturas que jamás les permitirán terminar pronto una carrera (o nunca, como en el caso del autor de ‘El laberinto’ o ‘Las puertas del infierno’).

Las recuerda en su texto incluido en ‘Obra escogida’: “… lecturas del romanticismo, de los surrealistas, europeos y americanos, de Whitman, Álvaro Mutis, Manuel Scorza, Pablo Neruda, el siglo de oro español, Quevedo, la generación del 27”. Y, también, Dante, Saint-John Perse, León de Greiff, Jorge Zalamea, Carlos Germán Belli y Luis Vidales.

No había sino una opción, lo dice: “Caminar con un mundo simulado frente a las repulsiones del mundo real”. Por eso, aunque se matricula para estudiar Derecho en el Externado de Colombia, prefiere pasear, allí muy cerca, por la casa de León de Greiff, en el barrio Santa Fe.

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Entra en conflicto con su padre y, en cambio, publica sus dos primeros cuadernos de poesía en 1968, ‘Ubarí’ y ‘Tropicomaquia’.

Sus títulos lo denuncian y marcan una impronta que será indeleble y lejana –en su lenguaje, composición y sentido– al de quienes integrarán con él, en Madrid, Editorial Adonais, 1970, el libro de Jaime Ferrán, titulado ‘Antología de una generación sin nombre’. (Últimos poetas colombianos). Era el resultado, en parte, de los encuentros iniciados en el Externado, de donde Miranda y Cobo Borda habían desertado. Un sábado de abril de 1968, Juan Gustavo, en su casa de la calle 94, había reunido a esos poetas jóvenes para tomar una foto que nunca apareció en la revista ‘Lámpara’, que dirigía Fabio Henker Villegas.

Es la famosa foto donde aparecen, de izquierda a derecha, Darío Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, José Luis Díaz-Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, Álvaro Miranda y Augusto Pinilla. Dicen que Aurelio Arturo los llamó así (otros mencionan al periodista Álvaro Burgos Palacios). Meses más tarde, Héctor Rojas Herazo los presentaría, con la foto, en ‘Lecturas Dominicales’, de EL TIEMPO.

A partir de este momento, la carrera de Álvaro Miranda sería como las sesiones de magia de su amado abuelo Pedro Hernández Peñate, el de los vinos de San Roque, quien hacía teatro con los nietos sacando y volviendo a su lugar el ojo de vidrio que nadie advertía que tenía y que había perdido en un accidente casero. Componer la cosmogonía, visión de mundo, mitología, poética y principios políticos de un reino que siempre sería simulado, barroco, grotesco y trópico-cómico, jamás fue fácil.

Su sabiduría de la historia

Miranda, con su sabiduría de la historia –en la que su padre había influido–, con el manejo camaleónico del humor, la ironía y la sátira, con la magia de la palabra engendrada más allá del Atlántico y más acá del Caribe, allá y acá, dueño de las virtudes y mañas de conquistadores y conquistados, de sátrapas y humillados en pleno siglo XX, consciente de la soledad en medio de la pujanza de tantos líricos apacibles, libró una larga carrera de obstáculos que dejaría como resultado, no obstante, ocho libros de poesía, dos novelas publicadas, más los libros, publicados o inéditos, escritos bajo la técnica mixta de la investigación histórica, la ficción novelesca, la crónica literaria y los recursos narrativos y poéticos que fue generando y consolidando.

Libros que mezclan su curiosidad y perspicacia de contador nato con las necesidades económicas del momento: ‘Colombia, la senda dorada del trigo. Episodios de molineros, pan y panaderos’, 1800-1999 (2000), ‘León de Greiff en el país de Bolombolo’ (2004), ‘Crónicas para olvidar la historia’ (2007), ‘Jorge Eliécer Gaitán, el fuego de una vida’ (2008), ‘Totó la Momposina, la memoria del tambor’ (2011), ‘Roberto Triana, la memoria audiovisual’ (2015), entre otros.

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Durante dos años investigó y escribió, como ratón de notaría, porque lo hizo en la Notaría 1.ª de Bogotá, ‘La vida íntima de los bogotanos’, que permanece inédito, como, también, ‘Muchachas como nubes’ (vida novelada del poeta Gilberto Owen), ‘Sor Francisca Josefa del Castillo y Guevara, 400 años de historia de los alimentos’, ‘El general José María Melo’ (escrito en México, residencia del 2003) y ‘Un poema para cada día’ (365 poemas).

Álvaro Miranda Hernández se graduó en Filosofía y Letras en la Universidad de La Salle en 1975. Viajó a Buenos Aires a comienzos de 1982 y, para cumplirle a la novia y conseguir unos pesos, escribió, en tiempo récord de una semana, para el Concurso Nacional de Novela Universidad de Belgrano, ‘La risa del cuervo’.

Cuando fueron a poner el sobre al correo, tuvieron que hacerlo con el nombre de la novia porque Álvaro, como extranjero, no cumplía con las bases. Ganó el primer premio, la Universidad de Belgrano la publicó en 1983 con el nombre de la novia. Revisada y recompuesta, esa novela ganaría el Premio Pedro Gómez Valderrama de Novela, Colcultura, en 1992. Y fue el premio argentino el que originó una nueva etapa en la vida del poeta, ahora novelista.

Se casa con la periodista

A su regreso a Colombia, sin novia, sin plata y sin novela, pero con premio, la revista ‘Cromos’ le pidió una entrevista. Se la hizo la periodista Adriana Grosso y allí comenzaría una de las etapas más nutridas del poeta: se casa con la periodista de ‘Cromos’, fundan la empresa Thomas de Quincey Editores, editan libros, sacan las revistas ‘Panadería&Pastelería’ (3.000 ejemplares cada dos meses, origen de su libro sobre la historia del pan y, también, me consta, de la panadería que funcionaría en Chía) y Verso Libre, e incluso, adelantándose en el tiempo, editan unos casetes literarios con la voz de escritores latinoamericanos, etc.

Antes, en 1977, Miranda con Díaz-Granados, José Cardona López y Henry Canizales habían publicado, en formato alto y angosto, muy particular, una revista que sería de breve vida y largo alcance: ‘El Papagayo de Cristal’.

Al cierre de su vida, con cuatro hijos (Sergio, Verónica, Laura y Adriana), trashumante entre la ciudad y el campo (Bogotá, Silvania, Chía y Cajicá), confiado y estoico pasajero de la diabetes, la hipertensión y la artrosis, el poeta, narrador e historiador Álvaro Miranda Hernández llegó, al final, con ocho consagrados libros de poesía, que son como un Aleph de la poesía latinoamericana: ‘Ubarí y Tropicomaquia’ (1968), ‘Indiada’ (1970), ‘Cuatro de Lebrija’ (1979), ‘Los escritos de don Sancho Jimeno’ (Premio Nacional de Poesía, Universidad de Antioquia, 1982), ‘Simulación de un reino’ (antología de sus libros anteriores y otro inédito, 1996), ‘La otra épica del Cid’ (2010), ‘El libro blanco de los muertos’ (2017, U. Externado de Colombia, producto de la residencia en México), ‘El bostezo de la mosca azul. Antología poética 1968-2019’ (2020, Escarabajo Editores y Abisinia Editores).

Los tres hijos, artistas todos, del abogado Aquiles Miranda Locarno y Ana Joaquina Hernández vivieron unidos hasta cuando se extinguió la “casa iluminada” del barrio Palermo.

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Álvaro había despedido, hacía pocos años, a su hermano Pedro Joaquín, con un memorable poema a los caballos. Y hacía 14 años no veía a su hermana Olivia. Un día después del reencuentro, Álvaro murió, en la madrugada del 9 de octubre de 2020.

Pero, ya lo dije, él sigue contestando el correo con la humildad, la sabiduría, la generosidad y la juguetona ingenuidad tan suyas. El día que le pronosticaron que su hígado andaba mal, le dictó a la enfermera, celular en mano y sonrisa en cara, el poema del carpintero, en el que le pide no dejar por fuera clavos que puedan interrumpir su sueño, pero, sobre todo, que use “una buena madera, un cedro que arome mis huesos, mi hígado y mi corazón”. Por su rostro de ojos nobles corría la misma sonrisa tierna con que abrazaba a la bisabuela Ana Joaquina Peñate de Hernández.

ISAÍAS PEÑA GUTIÉRREZ
Para EL TIEMPO

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