El papá de Gabo: una vida de novela

El papá de Gabo: una vida de novela

Hay hechos que, según el autor, no son exactos en el libro de Gerald Martin, biógrafo del nobel.

Gabo padres

Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, ambos ya fallecidos, padres del nobel colombiano Gabriel García Márquez.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Carlos Martínez Simahan
13 de marzo 2020 , 01:21 p.m.

Lo recuerdo cuando ponía, en la puerta de la casa “de la Pepa en el pie de La Popa”, la placa: Gabriel Eligio García. Médico Homeópata. Había nacido en Sincé en 1901, de los amores de su padre, Gabriel Martínez Garrido, “un maestro de escuela legendario”, con su alumna Argemira García, recién llegada a Sincé desde Caimito.

Gabriel Eligio se hizo bachiller en un momento cenital de la pedagogía en Sincé. Maestros y profesores, a la vieja usanza, enseñaban matemáticas, oratoria, preceptiva, teoría de la música. Cuando llegó a Aracataca, ya había sido el primer telegrafista de Magangué y había rotado entre Tolú, Caimito y Ayapel. No era el joven petimetre que describe Gerald Martin. Al contrario: tocaba el violín, hacía versos, escribía cartas de amor y era experto en el medio de comunicación más moderno de la época: la telegrafía. De trato exquisito, verbo incontenible e iluso, había aprendido el oficio en Sincé luego de retirarse de la Facultad de Medicina, en Cartagena.

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No fue su origen obstáculo para ascender en la vida. Entre otras razones, porque su madre, a pesar de 7 hijos con distintos amores, recibió en Sincé el trato considerado de la ‘niña Gime’, que es un apelativo que se les da en el Caribe a las mujeres respetadas.

Siempre abrigó la cándida esperanza de que el próximo hombre que la pretendiera se quedara a su lado para siempre

“Siempre abrigó la cándida esperanza de que el próximo hombre que la pretendiera se quedara a su lado para siempre”, dice bellamente el investigador Jesús Heriberto Navarro.

Su padre, Gabriel Martínez Garrido, era también hijo natural, como se decía entonces, de Leandro Garrido Piñeres, de origen momposino, ganadero y cazador de amores de ocasión. Con razón, dice Gabito, que la estirpe se llenó de mujeres célibes y hombres desbraguetados. Su madre, Sotera Martínez, era una joven agraciada de familia establecida, quien luego se esfumó en la niebla de la historia local.

Ligia García Márquez, experta en la genealogía de la familia, aseguró que tenía dotes de vidente y que al nacer Gabriel Eligio, predijo: “Mi nieto tendrá un hijo de su mismo nombre que será famoso en todo el mundo”.

El liquiliqui para recibir el Premio Nobel fue homenaje de afecto tanto al abuelo de Aracataca como al abuelo de Sincé. Don Gabriel Martínez dictaba clases a domicilio, a caballo y en riguroso liquiliqui. Tenía una innata capacidad para enseñar que le valió gran respetabilidad. Gerald Martin llama oscuros a esos orígenes humildes. Se confunde. Con más investigación hubiera encontrado en la familia de Gabriel Eligio García Martínez una estirpe de gente inteligente y soñadora.

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Por su afición a la lectura, Gabriel Eligio se destacaba entre los jóvenes de entonces. Estábamos en la Colombia pacata de las primeras décadas del siglo XX. Era un caribe integral: seductor, trashumante y soñador, pero no perdulario. En su camino de piedras afiladas encontró la homeopatía como tabla de salvación.

El académico Fernando Sánchez Torrez, en su nota ‘Una pesquisa sobre la medicina en la obra de Gabo’ (EL TIEMPO, mayo de 2014), dice:

En la vida Gabo se familiarizó desde niño con el quehacer médico, como que su padre incursionó en estas disciplinas… A finales de 1934, don Gabriel Eligio montó una farmacia y ejercía la medicina. A más de ser un buen lector de revistas y manuales médicos, tenía ínfulas de investigador. Inventó un ‘regulador menstrual’, denominado comercialmente GG (Gabriel García), que se anunciaba igual de bondadoso a los que ofrecía la industria farmacéutica extranjera… La Junta de Títulos Médicos del Departamento del Atlántico le concedió licencia para ejercer la Medicina Homeopática en su comarca. Pero su jurisdicción profesional iría más allá. Habiendo incrementado sus conocimientos y comprobado su idoneidad en la materia, en 1938 el Ministerio de Educación le revalidó la Licencia de Médico Homeópata, esta vez con alcance nacional”.

Gabriel Eligio montó más de seis farmacias, en Aracataca, Barranquilla y Sincé. En Sucre, a donde llegó en 1937, tuvo la familia una vida holgada. Era el “médico” más respetado de la comarca y atraía por su compostura y dedicación. Su competencia, el doctor Consuegra, fracasó en combatir la blenorragia en un sobrino. Gabriel Eligio, conocedor de la homeopatía alemana, preparó de su botamen una cataplasma que sanó al angustiado paciente y erradicó la enfermedad en la región. Su prestigio subió como espuma.

Tú cumplirás mi sueño de ser abogado. Léete el Código Civil para que aprendas a escribir

Se solazaba en contar la anécdota del cazador que asechaba desde la troja al tigre cebado. Descuidado por el sueño, no vio el salto del felino que le desgarró las carnes y lo obligó, moribundo, a tocar de madrugada en las puertas del doctor García.
Resistió durante dos semanas y, sin reponerse del todo, le dijo: “No tengo plata para pagarle, le juro que lo haré con la piel de ese tigre”. A los dos meses cumplió la promesa. La piel de tigre fueron los honorarios más altos recibidos nunca por Gabriel Eligio y se convirtió en el amuleto de la familia.

Gabito relata las penurias que pasaron en la Cartagena de los años 50: “Fue, dice, mi tío Hermógenes Sol el hombre providencial en aquella emergencia” (Vivir para contarla). Se trata de mi padre, Hermógenes Martínez Mesa, quien consiguió algunos empleos para Gabriel Eligio, Luis Enrique y, para Gabo, uno en el censo de esos años, con la condición de que no fuera por ahí excepto a cobrar cada quince días.

Posteriormente, Gabriel Eligio fue oficial mayor y secretario de juzgados en Cartagena. Era psicorrigído en la honestidad, decía su sobrino Cristo Osorio Martínez, a quien abrazó cuando supo que había ingresado a la Facultad de Derecho. “Tú cumplirás mi sueño de ser abogado. Léete el Código Civil para que aprendas a escribir”. Ese consejo explica la insistencia del padre para que su primer hijo estudiara abogacía.

Las tensiones entre ellos fueron las obvias entre hijos remisos y padres que desean tener un profesional en la familia. Gerald Martin, quien no pudo comprender las vicisitudes de una familia pobre en busca de futuro, se salta a la torera el hecho de que, cuando a Gabo ya le habían publicado varios cuentos en El Espectador, sus padres le mandaron de regalo de cumpleaños una moderna máquina de escribir con una nota: “Felicitaciones. Te soltamos la perra. En adelante, tuyo es el camino”. ¿Sería para escribir memoriales? Ni memoriales ni cuentos ni novelas, la máquina fue llevada muy pronto a la casa de empeño y murió virgen entre las llamas del 9 de abril de 1948.

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Asistí al lanzamiento de la obra de Martin, Gabriel García Márquez una vida (2009), tanto en Bogotá como en Cartagena. En ambas ocasiones, Jaime García Márquez refutó los cargos de abusador, payaso e irresponsable que en ella se le endilgan a su padre.

Resulta curioso que Martin haya ignorado lo que Gabo consigna con toda intención en Vivir para contarla: “Nunca compartí la visión maligna de que la paciencia con que mi padre manejaba la pobreza tenía mucho de irresponsable”.

Basta con leer esa autobiografía para desmontar lo que se ha dado en llamar el desencuentro con su padre, que lo hubo, casi siempre referido al abandono de la Universidad. Pero no fue intenso ni permanente. El reencuentro inicial ocurre en Barraquilla. Gabriel Eligio andaba a la caza de mejores oportunidades para la familia que languidecía en Aracataca. Gabito, quien lo acompañó en ese viaje, se complacía porque su padre lo trataba como adulto y le confiaba obligaciones impensadas para un joven de su edad. Cuando regresaron las penurias Gabriel Eligio, el trashumante, salió nuevamente a buscar fortuna. Gabo lo registra así:

Se dirigió a mí con un tono evangélico: en tus manos los dejo, en tus manos los encuentre. Me partió el alma verlo salir de casa con las polainas de montar y las alforjas al hombro...

“Se dirigió a mí con un tono evangélico: en tus manos los dejo, en tus manos los encuentre. Me partió el alma verlo salir de casa con las polainas de montar y las alforjas al hombro, y fui el primero que se rindió a las lágrimas cuando nos miró por última vez antes de doblar la esquina y se despidió con las manos. Solo entonces y para siempre, me di cuenta de cuanto lo quería” (Vivir para contarla).

Expoliado por las críticas, Jaime se ha propuesto hacer conocer la figura de su padre. Al mismo tiempo, investigadores e historiadores de Sincé se han dedicado a divulgar la saga escondida de la familia García Martínez y a demostrar la influencia del fecundo mundo sabanero y de la mítica región de La Mojana en la obra del escritor de Aracataca.

Citemos aquí a Dasso Saldívar: “La imaginación de Gabriel Eligio, los versos que escribió en la juventud y su pasión por la lectura y el violín, tal como aparece descrito en El amor en los tiempo del cólera son algunos de los elementos que sin duda están en la raíz de la vocación literaria de su hijo”.

Recordemos que Gabo cuenta cómo, en unas vacaciones en Sucre, a los 9 años, se hizo muy amigo de su padre: “... dedicábamos largas horas a conversar”. Y, si a eso se agregan los cuentos repetidos que refería Gabriel Eligio a sus hijos sobre fantasías de la niñez en su tierra natal, no hay que escarbar mucho para encontrar elementos, circunstancias y hechos muy propios de Sincé en la obra de García Márquez.

Esas charlas se reanudaron en Cartagena en 1951. Por las noches los oía conversar largo y tendido hasta el canto madruguero del gallo capón. También se sabe de las preguntas del Gabo famoso a sus padres antes de escribir El amor en tiempo del cólera y Vivir para contarla. Seguramente, el verboso que era Gabriel Eligio aprovechaba la ocasión para referir la novela que a sus allegados y amigos nos contaba múltiples veces sin lograr definir ni el principio ni el final ni el escenario de su narración.
Afortunadamente, encontró un buen pretexto para no escribirla: “Cuando Gabito me preguntó por el verbo enclavijar, supe que estaba escribiendo mi misma novela, la de nuestras vidas”. Buen quite en el mismo burladero.

CARLOS MARTÍNEZ SIMAHAN
Para EL TIEMPO

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