El drama del matrimonio infantil: cuando una niña no tiene voz

El drama del matrimonio infantil: cuando una niña no tiene voz

Lea un capítulo del libro ‘No hay vuelta atrás’, de Melinda Gates, que propone cortar este fenómeno.

Los 10 países con más casos de matrimonio infantil

En Indonesia, la edad legal para el matrimonio es de 16 años, en el caso de las mujeres. Para los hombres es de 19 años, con el permiso de los padres. 

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EFE

Por: Melinda Gates
01 de septiembre 2019 , 05:30 a.m.

En un viaje que hice hace casi veinte años para conocer algunas de las realidades más duras de la pobreza, llegué en carro a una estación de ferrocarril de la India. No estaba allí para subir a un tren, sino para reunirme con la directora de una escuela. Parece un lugar extraño para encontrarse, pero es que allí estaba la escuela: en la estación, en el andén. Lo llamaban la escuela del andén de tren porque en ese lugar se daban las clases.

En toda la India hay niños que viven dentro de las estaciones de ferrocarril y en los alrededores. La mayoría de ellos han huido de abusos en casa, y son muy pobres. Obtienen dinero recogiendo botellas, hurgando en busca de monedas y cometiendo pequeños hurtos. Las escuelas en los andenes ofrecen estudios a esos niños. Los directores de esos peculiares centros también dirigen varios albergues, intentan que los niños regresen a sus casas cuando sea posible y les consiguen asistencia médica cuando están enfermos. Para mí, conocer a esos niños que salían adelante con muy poco dinero o comida fue una prueba hiriente de que el viejo mito (por desgracia aún presente) de que los pobres no son ingeniosos, creativos ni tienen energía no es cierto. Esos niños y su profesor eran de las personas más imaginativas que había conocido jamás.

La directora de la escuela me saludó en cuanto bajé del carro, y enseguida me dejaron de piedra sus formas. Era muy nerviosa y hablaba en un tono muy agudo y rápido. Debió de ver algo en mi reacción, porque me dijo: “Siento estar tan alterada. No suelo ser así. Acabo de volver de rescatar a una niña cuya familia iba a venderla para prostituirla”.

Aquella mañana había recibido una llamada de un hombre que oyó gritar a la niña en la casa de al lado. Le estaban dando una paliza, no su padre, sino su marido. Era una niña casada que había sido entregada a la familia en un matrimonio forzado. El hombre que oyó los gritos luego oyó decir al marido de la niña que tenía pensado venderla. Por eso llamó a la directora de la escuela, y esta había ido a recogerla y se la había llevado.

Le pregunté por qué el marido le pegaba. Me explicó que la familia de ella había dado la dote que le habían pedido, pero la familia del novio decidió que no era suficiente y volvieron a pedir más. La familia de la novia no tenía más dinero, así que la del novio se enfadó y empezó a pegarle a la nuera.

Esa fue mi primera experiencia con el trauma y la tragedia del matrimonio infantil. Es difícil reflejar en una frase o dos el daño que supone el matrimonio infantil para las niñas, las familias y las comunidades. Aun así, intentaré definir los peligros que conlleva. Una relación equitativa en el matrimonio fomenta la salud, la prosperidad y el progreso humano. Invita al respeto. Eleva a los dos miembros de la pareja. No hay nada más lejos de una pareja equitativa que el matrimonio infantil. En todos los aspectos en que una pareja equitativa resulta beneficiosa, el matrimonio infantil es degradante. Crea un desequilibrio de poder tan amplio que el abuso es inevitable. En la India, donde algunas familias de niñas siguen pagando dotes (pese a que ahora son ilegales), cuanto más joven es la niña y menos estudios tiene, menor es la dote que su familia paga por casarla.

Parias en su comunidad

Las niñas que son obligadas a casarse pierden a su familia, amigos, escuela y toda opción de progresar. Incluso a los diez u once años se espera que asuman las tareas domésticas –cocinar, limpiar, dar de comer a los animales, ir a buscar leña y agua– y, más tarde, la maternidad.

Muchos años después de oír hablar por primera vez del matrimonio infantil, visité un hospital para fístulas en Níger y conocí a una chica de dieciséis años llamada Fati. La habían casado a los trece años y se quedó embarazada enseguida. El parto fue largo y laborioso y, pese a que el dolor era horrible y necesitaba la atención de un asistente con formación, las mujeres de su pueblo se limitaron a decirle que empujara más fuerte. Tras tres días de parto, la llevaron en burro a la clínica más cercana, donde su bebé murió y ella supo que tenía una fístula.

Una fístula obstétrica suele producirse durante un parto largo y obstructivo, normalmente cuando el bebé es demasiado grande o la madre demasiado pequeña para que el parto sea fluido. La cabeza del niño ejerce presión en el tejido de alrededor, limita el riego sanguíneo y forma un agujero entre la vagina y la vejiga o entre la vagina y el recto.

La mejor prevención de la fístula obstétrica es retrasar el primer embarazo y contar con asistentes especializados en el parto. Fati no tuvo ninguna de las dos cosas. En cambio, después de ser obligada a casarse siendo una niña y a quedarse embarazada, su marido la echó de casa por una dolencia de cuya causa ella no era responsable. Vivió en casa de su padre durante dos años hasta que pudo ir al hospital a que le trataran la fístula. Allí tuve la oportunidad de hablar con ella, y le pregunté cuáles eran sus esperanzas. Me dijo que su mayor esperanza era que la curaran para poder volver a casa con su marido.

El hecho de conocer a Fati y de enterarme en el andén del tren del caso de la niña que sufría abusos fueron parte de mi formación, temprana y muy deficiente, en matrimonio infantil, una formación que dio un fuerte acelerón cuando conocí a Mabel van Oranje en 2012, unos días después de conocer a Fati. Mabel fue una de las mujeres que asistió a la cena que he mencionado con anterioridad la noche de la Cumbre sobre Planificación Familiar en Londres. Las mujeres de la mesa hablaron acerca de diferentes temas relacionados con mujeres y niñas, y Mabel habló del matrimonio infantil. Antes de la cena, me enteré de que Mabel era la esposa del príncipe Friso de Holanda, hijo de la reina Beatriz.

En la universidad participó en los debates del Consejo de Seguridad de la ONU sobre genocidio, y luego fue becaria en la ONU. Creó su primera organización antes de terminar la universidad y pasó la década siguiente defendiendo la paz. Como directora general de The Elders, un grupo fundado por Nelson Mandela que une a líderes globales para defender los derechos humanos, Mabel viajaba mucho. En uno de sus viajes conoció a una joven madre que aún parecía una niña. Le preguntó cuántos años tenía cuando se casó, y la niña no lo sabía: creía que entre cinco y siete. Mabel se quedó horrorizada, y empezó a utilizar su experiencia, sus recursos y sus contactos para saber más sobre el matrimonio infantil y promover nuevas iniciativas para ponerle fin. Así acabó en la cena conmigo aquella noche en Londres. Me causó una profunda impresión, aún más porque mantenía su labor pública en plena tragedia personal. Cinco meses antes de la cena, el marido de Mabel se había quedado sepultado bajo una montaña de nieve tras ser alcanzado por una avalancha mientras esquiaba. Se quedó sin oxígeno y acabó en coma. Aquel verano en que conocí a Mabel pasaba tiempo con su marido en el hospital, ayudaba a sus hijos a superar el trauma y a la vez seguía trabajando todo lo posible por las causas que defendía. Un año después, su marido falleció sin haber recuperado la conciencia.

Las niñas que son obligadas a casarse pierden a su familia, amigos, escuela y toda opción de progresar

Un reto enorme

Cuando Mabel y yo hablamos aquella noche en Londres ella dirigía una organización llamada Girls Not Brides, creada para acabar con el matrimonio infantil cambiando los incentivos sociales y económicos que lo alimentan. Es un reto enorme. En la época en que Mabel y yo nos conocimos, se habían producido más de 14 millones de matrimonios infantiles anuales durante los diez años anteriores. Una de cada tres niñas de las economías emergentes se casaba antes de cumplir los dieciocho. Una de cada nueve se casaba antes de cumplir los quince. Mabel fue la primera persona que me hizo ver la relación entre la planificación familiar y el matrimonio infantil. Las niñas casadas suelen sufrir una fuerte presión por demostrar su fertilidad, lo que significa que el uso de anticonceptivos es muy reducido. De hecho, el porcentaje de mujeres que utilizan anticonceptivos es menor donde la prevalencia del matrimonio infantil es mayor.

El uso reducido de anticonceptivos por parte de las niñas es letal: entre las mujeres de quince a diecinueve años de todo el mundo, la principal causa de muerte es el parto. Aquella noche Mabel atrajo mi atención y se convirtió en mi profesora.

Empecé por los datos. Y aprendí que la tasa de VIH entre las niñas casadas era mucho mayor que entre las no casadas. Tienen más probabilidades de sufrir violaciones y palizas en manos de sus parejas. Tienen un menor nivel de estudios que las chicas solteras. Tienen más probabilidades de que la diferencia de edad con su marido sea mayor, lo que magnifica el desequilibrio de poder y desemboca en más abuso.

Asimismo aprendí que en muchas comunidades donde existe el matrimonio infantil también se practica la ablación genital.

Distintas comunidades practican diferentes tipos de ablación. En la más severa, además de cortar el clítoris cosen la vagina para cerrarla y volverla a abrir cuando la niña se casa. Una niña de Bangladesh recuerda que las primeras palabras que su marido le dirigió fueron: “Deja de llorar”.

Las niñas casadas son objeto de abuso. Un estudio sobre mujeres en varios estados indios descubrió que aquellas que se casaban antes de cumplir los 18 años tenían el doble de probabilidades de sufrir amenazas, bofetadas o palizas por parte de sus maridos. Con el paso de los años, es probable que esa niña casada tenga cada vez más hijos, quizá más de los que puede permitirse alimentar, educar y cuidar.

MELINDA GATES

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