El curioso origen de tocayo, cucayo y de la palabrita aquella

El curioso origen de tocayo, cucayo y de la palabrita aquella

Hay palabras que nunca sabremos de dónde salieron o qué pueden significar. Gossain lo averiguó.

El curioso origen de tocayo, cucayo y de la palabrita aquella

Tocayo viene del vocablo nahuatl ‘notocayoh’, que significa ‘el que tiene mi nombre.

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Por: Juan Gossain
18 de septiembre 2019 , 11:32 p.m.

Le apuesto lo que quiera a que usted no sabe lo que significa la palabra ‘colombroño’.
Para ser honrados, le confieso que yo tampoco lo sabía hasta la semana pasada, que fue cuando me la tropecé por puro accidente en un crucigrama. Bueno: así es como ocurren muchas cosas felices en esta vida. Fue así como Colón descubrió América, por pura chiripa, creyendo que había llegado a la India.

Pues resulta que, desde los tiempos del colegio, hay palabras que me seducen, me persiguen, se me pegan en la cabeza, me dan vueltas en la oreja y se me meten en el corazón. Me he pasado la existencia entera investigándolas, buscándoles el sentido, hablando con ellas a ver si les sonsaco algo de su vida privada.

Una de esas palabras es ‘tocayo’. Sí, sí, ya sé que tocayo es aquel que tiene el mismo nombre de otro: José con José, Carmen con Carmen. Pero es que a mí lo que me tenía inquieto e intrigado no era su significado, sino su origen. Es decir, su etimología. De dónde proviene y por qué. Quiénes son su padre y su madre. Cuál es su familia.

Para empezar, debo decirles que esa palabra es tan curiosa que solo existe en la lengua castellana. La razón es muy sencilla: su origen no es latino ni griego, francés o catalán. Lingüistas tan ilustres e ilustrados como Joan Corominas sostenían hasta hace cuarenta años que su procedencia era incierta y desconocida. (Corominas es coautor del Breve diccionario de etimología de la lengua castellana, tan breve que en su edición más pequeña tiene seis tomos).

Pero en los años más recientes, con la ayuda formidable de internet y la tecnología, se ha logrado establecer que la palabrita ‘tocayo’ es de procedencia americana, ya que se deriva del vocablo notocayoh, que en el antiguo lenguaje náhuatl de indígenas mexicanos significaba ‘el que tiene mi nombre’.

Comparado con otros términos americanos, la incorporación de tocayo al español es relativamente reciente. Se está usando apenas desde el año 1700.

(Lo invitamos a leer más reportajes y crónicas de Juan Gossaín aquí)

Y aquí viene la palabrita

Ustedes me sabrán excusar, y les encarezco que me comprendan, pero es que no se trata de una grosería sino de curiosidades de la lengua española. Mi único propósito es que tengamos un rato de entretenimiento metiéndonos en las entrañas más profundas de las palabras. Ya he dicho varias veces que, si se le mira bien, y si se le busca y rebusca con cuidado, no hay juguete más divertido que el lenguaje.

Para no darle más vueltas al asunto, les cuento que lo mismo que me ocurrió con tocayo me pasó con la palabra ‘puta’. ¿Dónde nació, y cuál es su procedencia? Se me fue media vida en esas pesquisas.

Por fin encontré la respuesta en el gran Sebastián de Covarrubias, que hace 400 años publicó la primera edición de su incomparable Tesoro de la lengua castellana o española.

Nos explica él que “puta es la ramera o ruin mujer. Dícese casi pútida porque está siempre podrida o de mal olor”.

De manera, pues, que el origen de puta es la palabra ‘pútrido’, que significa podrido, corrompido, putrefacto. Pobres mujeres: así las tratan desde aquellos tiempos. Hasta el idioma las ultraja.

En defensa del idioma

La palabra cucayo viene de las tribus quechuas que se regaron por las montañas andinas de Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Chile e incluso Colombia.

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El disgusto

Hay otros ejemplos de curiosidades del lenguaje que quiero compartir con ustedes en este recreo que nos estamos dando en medio de tantos problemas, escándalos, corrupción y conflictos diarios que ocurren en Colombia. De vez en cuando cae bien un descanso.

No resisto las ganas de contarles el caso de un terminacho bello que me persigue desde que yo estaba niño y vivía en las tierras benditas de San Bernardo del Viento, a orillas del río Sinú y el mar Caribe, en el departamento de Córdoba, una región que se extiende hacia el vecindario de Sucre y Bolívar.

Yo recuerdo que mi madre, para mi asombro infantil y mi disfrute, usaba mucho esa palabra cuando llegaban las primeras brisas y lloviznas invernales. Empezaba a toser y le asomaban en la cara los síntomas de la gripa, el dolor de cabeza, el malestar en la garganta. Cerraba los ojos, apretándolos, y se tocaba la frente a ver si tenía fiebre. Entonces exclamaba: “Tengo el cuerpo disgustadito...”.

(Le puede interesar: Los consejos de En defensa del idioma, columna de Jairo Valderrama)

De salado a salado

En esa misma región los aldeanos solemos usar todavía hoy la palabra ‘salado’ para describir a la persona infortunada, desdichada, a la que todo le sale mal. ‘Mi compadre Joselito sí es salado, primero se le perdió la vaca y ahora se le muere el ternero’.

Lo que quiero contarles ahora es que en aquellas tierras, situadas entre el mar y la sabana abierta, también se le llamaba salado, hasta hace pocos años, al que no tenía ingenio ni gracia, al que no era capaz de contar un cuento con donosura, al que le faltaba sentido del humor.

Resulta y pasa –como dicen en Bogotá– que me quedé con la boca abierta, atónito, anonadado, abrumado y patidifuso, el día que confirmé que en España le dicen salado precisamente a lo contrario: a la persona chistosa, ocurrente o aguda. Así aparece en el diccionario oficial de la Real Academia Española, que es el árbitro de la lengua.

¿Cómo es posible, me pregunto yo, aturdido, que una palabra sea su propio antónimo, que sin cambiarle ni una letra signifique una cosa y también su contraria, que al mismo tiempo sea su positiva y su negativa? ¿Cómo es posible que una misma palabra, en el mismo idioma, llegue a tener dos sentidos tan antagónicos?

No conozco caso igual en la lengua castellana. Si alguno de ustedes tiene noticia de otro ejemplo como ese, le agradezco de todo corazón que me lo cuente.

En cambio, he investigado la vida de una expresión similar, aunque no igual, que se le parece mucho pero no es una palabra aislada, sino una frase común del idioma. Ahí va.

Así de apasionante es el idioma. No basta con las palabras; a veces hay que mirarles la cara a ver qué gesto están haciendo

¿Faltaba o no faltaba?

–¿Me puedes prestar tu celular? –pregunta un amigo.
–Faltaba más –responde en Madrid un español de malas pulgas, con cara de bravo.
–No faltaba más –contesta en Popayán un joven servicial y sonriente.
–Faltaría más –exclama en Buenos Aires una secretaria furiosa que acaba de pelear con su jefe.
–Ni más faltaba –dice en Villavicencio un llanero generoso.

Con el no o con el ni, o sin ellos, a primera vista da la impresión de que todas las respuestas significan lo mismo. De entrada parece que fueran sinónimos. Cualquiera pensaría que se trata de cinco expresiones que significan exactamente lo mismo: claro que sí, lo hago con mucho gusto, cuenta con eso, sí te lo presto. Lo curioso es que unas son positivas y las otras, negativas.

Pero si todas se escriben con las mismas palabras, podría preguntar alguien, ¿cuál es, entonces, el misterio que las rodea? Ahí es donde está la gracia. Porque, aunque en algunos casos son respuestas positivas sobre prestar el teléfono, también podrían significar lo contrario: de ninguna manera, cómo se le ocurre, claro que no, ni de fundas, ni de vainas, no se lo presto.

La insólita verdad consiste en que lo uno o lo otro –respuesta positiva o negativa– no depende tanto de las palabras que use el que contesta, sino de la cara que ponga, de su ceño fruncido o sonriente. Así de apasionante es el idioma. No basta con las palabras; a veces hay que mirarles la cara a ver qué gesto están haciendo.

Su majestad el cucayo

En las grandes ciudades de la costa colombiana del Caribe lo llaman cucayo, pero en todas las regiones del país recibe nombres diversos, como pega, pegado, raspado o raspa. Los filólogos, que son más refinados, lo llaman encostradura. Me refiero, naturalmente, a esa sabrosura incomparable que es el arroz que se adhiere a las paredes del caldero, se endurece y se oscurece.

Pues bien: en sus primeros tiempos, la palabra ‘cucayo’ se usaba para describir las provisiones de viaje, esas cositas de comer que antiguamente se llevaban en la maleta para no pasar hambre en los recorridos largos, cuando no había fondas en el camino.

¿Pero de dónde proviene un término tan curioso?

Las investigaciones más recientes coinciden en que su origen, como el de tocayo, también se encuentra en la América Latina. Viene de las tribus quechuas que se regaron por las montañas andinas de Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Chile e incluso Colombia. En las lenguas quechuas, kokau significaba ‘pegado’, literalmente.

Dura pero sabrosa

El diario barranquillero El Heraldo publicó, hace unos años, una estupenda investigación periodística sobre el ascenso social que ha tenido el cucayo en los últimos tiempos, viajando desde el caldero desportillado de los ranchos pobres hasta los restaurantes más distinguidos y encumbrados.

Y a mí mismo me ocurrió un episodio inolvidable. Viajando hacia Montería, al pasar por la legendaria población musical de San Pelayo, detuvimos el carro para tomar algún refresco en una enramada que se levantaba a la vera del camino. Es que el calor apretaba demasiado.

El vendedor estaba sofocado. Me contó con tristeza que el verano había dañado las cosechas y el ganado estaba muy flaco. De repente sonrió y me dijo una frase digna de Aristóteles: “Lo que pasa, amigo, es que la vida es como el cucayo: dura, pero sabrosa”.

Epílogo

Por andar metido con ustedes en todas estas chifladuras apasionantes, se me estaba olvidando contarles el cuento de la palabra que les mencioné desde la primera línea de esta crónica. Me refiero a nuestro amigo colombroño.

Se trata, simplemente, de un sinónimo de tocayo. Entró en desuso hace muchos años y solo existe en su forma masculina. Tocayo sí tiene femenino (‘tu hija Luisa es tocaya de mi nieta Luisa’), pero colombroño no, porque es palabra neutra. (‘Tu Luisa es colombroño de mi Luisa’). Colombroña no existe.

El diccionario de la Academia Española dice que colombroño proviene de las expresiones ‘con’ y ‘nombre’, que son de origen latino. Con el perdón de los señores académicos, a mí no me parece muy convincente esa explicación. ¿Podrían ustedes, amables y pacientes lectores, ayudarme a seguir rastreando a ver si encontramos otras pistas? Ya es hora de que ustedes también hagan algo.

JUAN GOSSAIN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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