El concierto contra el hambre que financió armas en Etiopía

El concierto contra el hambre que financió armas en Etiopía

Fragmento del libro ‘Historia secreta de la música’, del DJ y periodista Alejandro Marín.

'Historia secreta de la música'

'Historia secreta de la música'. Editorial Planeta.

Foto:

Archivo particular

Por: Alejandro Marín
27 de abril 2019 , 08:00 p.m.

Los himnos –sean estos cantos a una causa, ciudad, país o a la nación mundial del rock– tienen esa característica: se pegan a la piel, se cantan a grito herido, sin que la letra sea tan importante como el sentimiento que producen –o las consecuencias de cantarlo en conjunto–. Y los himnos, no importa dónde o cuándo o cómo, se cantan con el aterrador poder de la guerra. En especial cuando se cantan en contra de ella. No importa cuál guerra sea. La de Vietnam, Colombia o África. Como le pasó a Mercury en Live Aid, en 1985.

Muy pocos himnos dedicados a la paz han trascendido las capas curdas de la conciencia colectiva, menos aún cambiado el mundo. Precisamente porque para cantarlos se requiere de una inconsciencia similar que no oye razones, solo quiere una razón para cantar. Lo que construye un himno es la masa; la masa requiere de voces; las voces deben entonarlo al unísono, una voz hecha de miles. Y nada conduce al canto colectivo más que el llamado a la batalla. Así la batalla sea contra el hambre, el terrorismo, contra el sida, contra un gobierno. Contra la guerra misma. Porque las batallas requieren de una irracionalidad que supera al análisis de por qué cantamos; ese es el enorme y aterrador poder de dejar atrás la causa propia para unirse a la masiva.

Nada despierta más sospechas que una causa colectiva, por más legítima que parezca, pues en ella la gente se halla cómoda con su destino, así este sea la propia muerte. Le pasó a Mercury, quien, sin hacer parte de un bélico mensaje, hizo temblar a Wembley por la guerra contra el hambre en África. La escena final de ‘Bohemian Rhapsody’ recrea ese momento para millones de nuevos jóvenes que han visto cómo el poder de su voz congrega todo un estadio a favor de su causa personal, cargada de ambivalencia sexual y valentía. Sin embargo, esta causa personal, llena de picardías artísticas de carácter popular –la narrativa conceptual de los Beatles, la maestría de Wakeman, los coros de los Beach Boys, la ópera– terminó en los ochenta siendo un propósito para batallar el hambre.

El hambre en Etiopía había sido el arma más contundente de sus gobernantes contra su pueblo. Lo fue durante el gobierno de Hailé Selassié –considerado por los jamaicanos como un dios y gestor involuntario, a partir de los escritos de Marcus Garvey, del rastafarismo– y lo fue luego de la llegada de la Unión Soviética a la financiación de un general que lo derrocó. Una cosa es clara: Freddie es el último gran gobernante del reino del rock, y los ‘millennials’ y ‘centennials’ lo ven y lo saben.

Presurosos como nosotros acuden a sus celulares para ver qué tan cierto es el encuentro de Rami Malek con Mercury en caracterización: y encuentran verdad. Malek revive segundo a segundo de un momento único en la historia de la humanidad: aquel en que, sin importar tu sexualidad, tu orientación política, tu raza, tu religión o tu condición social, tú ERAS LA VOZ de Freddie Mercury en ese estadio.

Visualmente, la escena es conmovedora como el momento en que la gente cantó ‘Bohemian Rhapsody’ en Hyde Park en el concierto de Green Day en 2017, luego de los ataques terroristas contra la música en París y Manchester. Y es conmovedora porque Rami ES Freddie, sus movimientos delante de la cámara perfectamente sincronizados con los de Mercury en ‘Live Aid’ en Wembley en 1985. Así como la gente se movió a donar por las víctimas del hambre en Etiopía, una nueva generación conoce y siente a Freddie Mercury en la gran pantalla gracias al cine.

Lo que esta generación no sabe –y la nuestra tampoco, por lo menos no al nivel masivo en que se sabe ‘Bohemian Rhapsody’– es que ese evento del 13 de julio de 1985, que se repitió en diferentes partes del mundo, organizado por el músico y activista Bob Geldof y cuyo fin principal era recaudar fondos para erradicar la hambruna de Etiopía, terminó siendo un combustible de poder enorme para la guerra civil que se libraba en el país. Geldof, un músico británico que se hizo famoso con la canción ‘I Don’t Like Mondays’ de su grupo The Boomtown Rats y protagonizó la película ‘The Wall’, de Pink Floyd, fundó una organización llamada Band Aid junto al cantante Midge Ure de la banda Ultravox. Al principio, Geldof y Ure intentaron hacer un ‘cover’, pero al darse cuenta de que hacerlo implicaba pagar las regalías correspondientes a una canción ya conocida –y, por lo tanto, esas regalías terminarían en manos de las disqueras y no de las víctimas del hambre en Etiopía–, decidieron escribir una canción.

Afanados por la urgencia de la crisis producida por aparentes circunstancias naturales como la sequía, buscaron a Trevor Horn, quien había tocado los teclados en la famosa ‘Video Killed The Radio Star’, del grupo The Buggles, y había avanzado en su carrera posteriormente como productor de grupos como Frankie Goes To Hollywood. Horn pidió seis semanas para producir la canción benéfica, a lo que Geldof y Ure rehusaron, dada la inminencia de la crisis humanitaria. Sin embargo, Horn accedió a prestar su estudio gratis durante 24 horas para que los dos músicos produjeran y grabaran la canción. En esa grabación estuvieron Duran Duran, Sting, Bono y George Michael, entre otros. ‘Do They Know It’s Christmas’ buscó una humilde meta: recaudar 70.000 dólares.

La causa de Etiopía conmovió al Reino Unido y llamó la atención del músico y activista Harry Belafonte. Yo creo que los gringos no se querían quedar cortos; que los británicos se les adelantaron en la causa africana y eso hirió el ego de Belafonte, quien había sido una voz importante en las marchas hacia la igualdad del reverendo Martin Luther King Jr.

En enero de 1985, unos meses después de ‘Do They Know It’s Christmas’ en Reino Unido, Michael Jackson, Lionel Richie, Stevie Wonder y Quincy Jones, junto a la crema y nata de la música pop, compusieron y grabaron ‘We Are The World’, luego de fundar la organización United Supporting Artists (USA) For Africa. ‘We Are The World’ salió en marzo de 1985. La filantropía musical era, ahora, universal, y tenía dos himnos contundentes. Luego de su lanzamiento en diciembre de 1984, ‘Do They Know It’s Christmas’ entró directamente al número 1 y estuvo allí durante cinco semanas, la canción que más rápido ha vendido según los listados en la historia de Reino Unido –1 millón de copias en su primera semana y 3 millones de copias “obligadas” acumuladas en la víspera de año nuevo: recaudó 9 millones de dólares. Por su parte, ‘We Are The World’ recaudó 63 millones de dólares y ha vendido a la fecha 20 millones de copias.

Luego del enorme recaudo de dinero de ‘Do They Know It’s Christmas’, faltaba lo más importante: hacer llegar el dinero a África.

La hambruna de Etiopía era culpa, según el gobierno, de la sequía que abatía al país, la más agreste de todas en un siglo; 400.000 personas murieron por culpa de ella. Organizaciones como Médicos Sin Fronteras le advirtieron a Geldof que más de la mitad de los muertos eran producto de abusos a los derechos humanos y de un conflicto interno agudizado por la llegada al poder del general Mengitsu Haile Mariam. Apoyado por la Unión Soviética, Mariam había derrocado al emperador Ras Tafari Makonnen –más conocido como Haile Selassie– y fue aliado de Geldof en su lucha por hacer llegar los dineros recaudados a la nación etíope. La hambruna en Etiopía, sin embargo, no había comenzado con Mengitsu, sino con el emperador Selassie. Directo heredero de la dinastía de Salomón, Selassie había sido destronado por Benito Mussolini en 1936 y regresó al poder en 1941. A su regreso al trono, reinó como lo hacen los semidioses humanos: con mano firme y corazón grande, desplazando campesinos, quedándose con sus tierras, privilegiando a la élite dinástica y asesinando a cuanto opositor –civil o militar– se alzara en su contra.

Selassie, quien había sido pionero en la fundación de la radio, la prensa y la televisión en Etiopía, no logró controlar los reportes emitidos por la disidencia, que denunció los abusos del emperador y, en 1974, una junta militar liderada por Mengitsu lo hizo caer.

Mengitsu entró al poder de Etiopía con la fundación de una comisión de rehabilitación y alivio, pero el hambre, ese foco de control absoluto, continuaría siendo su arma más letal. Sería también una fuente de inagotable entrada de recursos internacionales para “combatirla”; ya cuando llegaron los años ochenta, la sequía se unió a las profundas grietas dentro del Partido Comunista y el dictador declaró que el 46 por ciento del producto interno neto de la nación se destinaría a la defensa de su régimen.

A pesar de las cifras compartidas a Geldof y a su equipo, de las proyecciones del aumento de la epidemia del hambre, y de una última advertencia de Médicos Sin Fronteras de que no entregara la ayuda recaudada por ‘Do They Know It’s Christmas’ y por Live Aid, hasta que no estuviera lista una infraestructura confiable para entregar los recursos, Geldof contestó que estaba dispuesto a “estrecharle la mano al diablo” para llegar a los necesitados.

Geldof avanzó contra las recomendaciones de la comunidad internacional. 100 millones de dólares fueron recaudados. Solo 10 millones de dólares llegaron a manos de los afectados por la hambruna en Etiopía. Otros 20 millones de dólares fueron a parar a manos del ejército que combatía contra el régimen de Mengitsu. Gran parte del dinero lo usaron para comprarles armas a los soviéticos, quienes también advirtieron a Geldof de los riesgos de la operación humanitaria. Cientos de miles de toneladas de comida se pudrieron en los puertos del Mar Rojo. Las promesas de Mengitsu de reubicar en campos de abastecimiento a 600.000 damnificados terminaron en 100.000 muertos como resultado del hacinamiento en camiones y aviones del ejército etíope. Para finales de 1986, Médicos Sin Fronteras había sido expulsado del país, que acumulaba 600.000 muertos. Las Naciones Unidas dicen que la cifra se acerca al millón de personas. Geldof lo niega rotundamente. Fotos del filántropo en la tarima de Live Aid lo muestran mesiánico, global, profundamente humano. “Danos tu plata”, decía en los noticieros durante la jornada maratónica de música del 13 de julio de 1985, “no vayas hoy al bar y danos tu plata”.

Live Aid fue visto por más de mil millones de personas alrededor del mundo. La presentación de Queen en Live Aid, liderada por un africano nacionalizado en Inglaterra llamado Freddie Mercury, y uno de los esfuerzos humanitarios más ambiciosos que conozca el mundo moderno a partir de la música, es considerado a la fecha –sin importar su fracaso filantrópico– el concierto más importante de la historia.

ALEJANDRO MARÍN

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