Ástor Piazzolla, una vida de película

Ástor Piazzolla, una vida de película

Un compositor irrepetible, odiado e idolatrado por igual por sus contemporáneos.

Ástor Piazzolla

Piazzola posa delante del Arco del Triunfo en París, donde vivió.

Foto:

Archivo familiar Piazzola

01 de septiembre 2018 , 11:30 p.m.

Un gran bandoneonista le abrió la puerta a otro. Al menos fue así en el caso de Daniel Rosenfeld, quien empezó a pensar en una película sobre Astor Piazzolla allá por 2001, cuando estrenó en el prestigioso Festival de Berlín ‘Saluzzi, ensayo para bandoneón y tres hermanos’, largometraje que le exigió una intensa investigación sobre el músico salteño que en la década de los 50 conoció al creador de ‘Adiós Nonino’, el famoso tango que Astor le dedicó a su padre Vicente y que consideraba el mejor de los que compuso en su extensa carrera.

Rosenfeld, director de películas como ‘La quimera de los héroes’ (2003) y ‘Cornelia frente al espejo’ (2012), supo en aquel momento que esa idea podía tener futuro. Y casi veinte años más tarde esa película es una realidad: se llama ‘Piazzolla, los años del tiburón’. “Tuve que reunirme con Daniel, su hijo, para que me autorizara a usar música de Astor en el documental sobre Dino Saluzzi. Y fue él quien me dijo que la vida de su padre fue de película. Y, la verdad, no exageró”, rememora.

En este sólido documental cuyo título ilustra la afición de Piazzolla por la pesca de escualos, Rosenfeld recorre la vida del músico desde su infancia en Nueva York hasta su muerte en Buenos Aires, apoyándose en valioso material de archivo –imágenes televisivas, filmaciones caseras del propio Astor y casetes de audio con conversaciones que grabó su hija Diana para escribir una biografía publicada en 1987– y en los testimonios de Daniel.

Tan talentoso como polémico, Piazzolla brilló en los 50 con El Quinteto Nuevo Tango, empecinado en forjar su propio estilo, pero también inspirado por el clima de una época en la que artistas como Dave Brubeck, Charles Mingus, Oscar Peterson, Miles Davis y John Coltrane revolucionaban el mundo del jazz. Despreciaba el tango orientado exclusivamente al baile (“La música es para gente que piensa. Yo quiero que me vengan a escuchar y que piensen, no que se diviertan o hagan la digestión”, declaró en una entrevista rescatada por Rosenfeld. Del jazz tomó su ‘groove’ y la incorporación de la guitarra eléctrica, un símbolo de modernidad que, combinado con talante más tradicional del bandoneón, fue una prueba evidente de su afición por la hibridez y la experimentación.

“Fue un gran innovador, pero para eso se tuvo que quemar la cabeza estudiando. Tengo el recuerdo de verlo estudiando música a toda hora. Iba al Teatro Colón y seguía con la partitura lo que tocaba la orquesta. Siempre decía que su arte era 90 por ciento transpiración y 10 por ciento inspiración”, relata su hijo Daniel.

Nueva York, donde vivió en total 17 años (toda su infancia y luego un retorno de tres años en la adultez que terminó siendo muy frustrante), fue su ciudad favorita: allí vivió las aventuras de una familia que fabricaba y contrabandeaba whisky en los años de la Ley Seca y practicó boxeo siendo apenas un niño, motivado por un padre (el Nonino, que después hizo famoso con uno de sus temas más emblemáticos) que le aconsejaba “pegar siempre primero”, una recomendación que determinó su temperamento.

“Tenía un carácter especial, está claro –dice Daniel–. Cuando decidió disolver el Octeto en el que yo tocaba para volver a armar un Quinteto le dije que era un paso atrás. Me dejó de hablar y de ver diez años. Si hubiera sospechado esa reacción, me hubiera callado la boca”. Piazzolla tuvo problemas incluso con artistas que admiraba. El caso más patente fue el de Aníbal Troilo, con quien de joven deseó fervorosamente tocar, y a quien terminó despreciando en una entrevista con la desaparecida revista ‘La Maga’. Le preguntaron si pensaba que podía tocar como él y contestó: “Si me atan la mano izquierda a la espalda y me rompen tres dedos de la derecha, creo que sí”.

Forjando la leyenda

Mordaz y provocador, Astor fue escribiendo su propia leyenda a fuerza de bravuconadas: “Hago un tango nuevo, tanto desde el punto de vista armónico como del rítmico. Voy a contramano del ‘chin pun’ de todos”, dice en otra nota que recupera el ‘film’. “También estuvo distanciado durante años de su hija Diana. Parte de la reconciliación tuvo que ver con que ella decidió hacer el libro biográfico de Astor. Esas charlas que aparecen en la película les sirvieron a los dos para acercarse”, subraya Rosenfeld.

Para el cineasta, uno de los objetivos principales era “hacer una película de Piazzolla por Piazzolla, tratando de hacer valer esa fuerza creativa que tenía, más allá de sus contradicciones. A mí me gustan esos matices –añade–. No es tan fácil encontrar a alguien tan apasionado. También me interesaba resaltar su perfil de vanguardista. Más que enfocarme en su relación con el tango, la película pinta a un revolucionario de la música”.

Esa pasión de la que habla Rosenfeld fue muy estimulada por un padre que en su momento le compró a su hijo un bandoneón en una casa de remates sin saber demasiado del instrumento. “Tiene el sonido que escucho todas las noches en la radio”, dijo el abuelo de Astor cuando el niño lo tocó por primera vez. Muy pronto, Nonino haría los esfuerzos para que su hijo estudiara con Terig Tucci, un argentino nacido en Balvanera y radicado en Nueva York gracias a un contrato del sello RCA, que fue director de la orquesta que acompañó a Carlos Gardel en las películas que filmó en Estados Unidos. En una de las más famosas, ‘El día que me quieras’, actuó Piazzolla cuando era apenas un niño.

El documental de Rosenfeld incluye la escena en la que Piazzolla aparece como un cándido repartidor de diarios y el relato de una historia muy simpática: “Fui a un asado de Gardel y toqué unos cuantos tangos –cuenta Piazzolla–. Cuando terminé me dijo: ‘Pibe, el fuelle lo tocás fenómeno, pero con los tangos parecés un gallego’ ”. Difícil concluir si la anécdota es veraz o no, sobre todo porque Piazzolla estuvo siempre muy atento a edificar con detalle su mitología personal.

Con Gardel, todavía hay más: en el documental aparece la historia de un gaucho tanguero tallado en madera por Nonino que la familia Piazzolla le obsequió al Zorzal Criollo y que, luego del trágico accidente aéreo de Medellín en el que murió el cantor, reapareció chamuscado en un comercio de Nueva York. Piazzolla podría haber subido a ese avión, dado que Gardel lo invitó a sumarse a la gira latinoamericana que estaba por emprender, pero Nonino consideró que a los 13 años lo mejor era que su hijo se dedicara a los estudios. “El destino se va cruzando de maneras muy misteriosas en la vida de Piazzolla”, dice Rosenfeld.

También fue el destino el que determinó que el director se cruzara en el MOMA de Nueva York con las fotografías de Saúl Leiter, un norteamericano cuya obra captura con precisión el espíritu y el valor poético de una época de esa ciudad tan unida a los sentimientos del músico argentino. Rosenfeld consiguió el permiso para incluirlas en su película y de paso se enteró de otra casualidad: “Son fotos hechas en los años 50 que coinciden con las filmaciones que Astor hizo en 1956. Pensé que era imposible conseguirlas, pero finalmente me autorizaron. Cuando fui a la Fundación Saúl Leiter me enteré de que él vivía a la vuelta de donde vivió Piazzolla, un barrio que además se llama, casualmente, Astor Place”.

Eterno neoyorquino

Nueva York tiene un papel destacado en el documental. Queda claro que es la ciudad donde Piazzolla se sentía más a gusto. En sus propias palabras: “Tengo a Nueva York metida en la sangre y las entrañas. Todos los grandes compositores que conozco son de Manhattan, y el 50 por ciento de mi música tiene que ver con mi vida en esa ciudad”, dijo alguna vez. Pero lo cierto es que la Gran Manzana fue bastante hostil con su música y lo obligó, luego de tres años de esfuerzos infructuosos por instalarse para desarrollar su carrera allí, a regresar a Buenos Aires, donde finalmente montó el Quinteto, su formación más celebrada.

Para pagar los pasajes de toda la familia, Piazzolla vendió los derechos de ‘Adiós Nonino’. “Es un tema con el que tengo una relación de amor/odio –dijo años más tarde–. Lo compuse pensando en mi viejo, a quien quise muchísimo, pero también me recuerda todo el tiempo que tuve que irme de Nueva York, donde soñaba con quedarme”.

Lo confirma su propio hijo, Daniel: “Hizo ahí la escuela primaria y secundaria, tuvo muchos amigos, incluso fue parte de alguna ‘gang’ (pandilla) barrial, algo que contaba con cierto orgullo. Buenos Aires es una ciudad que amó y extrañó, como lo refleja buena parte de su música. Pero no quería vivir aquí. Y en París, donde vivió sus últimos veinte años antes de enfermarse –Piazzolla quedó con medio cuerpo paralizado, sordo de un oído y ciego de un ojo–, encontró el reconocimiento que tanto buscaba”.

Una de las virtudes de ‘Piazzolla, los años del tiburón’ es reflejar con rigor y minuciosidad la enorme dimensión de Astor como músico: el audaz que logró sumarle al discurso del tango que más valoraba (Troilo, De Caro, Pugliese) la influencia de Stravinsky, Ravel y el hard bop; el discípulo avanzado de Nadia Boulanger a quien definió como “una gran maestra pero también una torturadora” por su nivel de exigencia y el socio del gran saxofonista neoyorquino Gerry Mulligan.

Como bien sintetiza la contratapa de ‘El mal entendido’, un apasionante libro de Diego Fischerman y Abel Gilbert que la familia Piazzolla nunca vio con buenos ojos, “el nombre de Astor Piazzolla fue durante décadas sinónimo de repudio y devoción, de polémica y jerarquía, todo al mismo tiempo. Su llegada a la escena porteña marca un antes y un después que altera una tradición y se lanza a un rumbo por entonces desconocido. La matriz de su arte es cualquier cosa menos simple. De su personalidad puede decirse lo mismo”.

ALEJANDRO LINGENTI
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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