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Ernesto Sábato, aquella figura centenaria que tuvo dos vidas
Ernesto Sábato

Se le ha vuelto a prestar la atención que se merece a la literatura y la figura de Ernesto Sábato en estos diez años que lleva muerto.

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Ernesto Sábato, aquella figura centenaria que tuvo dos vidas

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El viernes se cumplieron diez años de la muerte del escritor argentino. 

Cuando Ernesto Sábato nació, en Rojas (Provincia de Buenos Aires, Argentina), el 24 de junio de 1911, no había llegado la revolución rusa, la primera guerra mundial ni la crisis económica de 1929. Tres eventos entre tantos otros que al escritor argentino le tocó ver en su larga vida que termino hace tan solo diez años, que se cumplieron el viernes.

¿Qué se sentirá vivir 100 años? Qué se sentirá, por ejemplo, tener 70 años, haber escrito su obra narrativa completa, y saber que todavía se tienen por delante otros 30, que es más tiempo del que yo llevo estando vivo.

Y aunque puedan parecen muchos los 99 años y diez meses que Sábato vivió, para él no parecían suficientes.

En su primer libro de ensayos, Uno y el Universo, se preguntaba “¿Qué se puede hacer en 80 años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena. Un programa honesto requiere 800 años”. Pero, al hacer las cuentas de para qué usaría esos ocho siglos, concluye que necesitaría realmente 8.000, y así, progresivamente.

A él le tocó una buena porción de ese tiempo. Pocos alcanzan a vivir tanto, y, de ellos, seguramente algunos desperdician la oportunidad y pasan sus últimas décadas viendo cómo su aliento se extingue a un ritmo lento. Ese no fue el caso de Sábato. A él su centena de años le alcanzó nada más y nada menos que para construir, se podría decir, dos vidas: la de científico y la de escritor.

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La división no es tan maniquea: convivió con la dualidad de ambas disciplinas. Y aunque cada vez se alejaba más de la primera, esa oposición no fue un conflicto para él y fue quizás la base de algunas de sus posturas filosóficas que pretendían entender al hombre en su totalidad.

Dualidad constante

En una entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano para la Televisión Española en 1977 (en un programa que se llamaba ‘A fondo’, justamente, como esta sección de EL TIEMPO), Sábato parafraseaba al científico y filósofo Blaise Pascal para explicar ese juego de opuestos: "El hombre es un gusano y es un héroe; es una porquería y es una hermosura. Es un ser dual, trágicamente dual”.

El ejemplo que tenía el argentino era su propia vida, en la que experimentó dos maneras diferentes de acercarse al mundo. La primera fue la científica: en 1929 comenzó a estudiar Ciencias Fisicomatemáticas en la Universidad Nacional de La Plata.

Fue a dar allí muy joven, cuando partió de su pueblo a terminar el bachillerato en la ciudad que le da el nombre a la Universidad. Allí, mientras terminaba el colegio y antes de entrar a la facultad, fue discípulo de Pedro Henríquez Ureña, a quien reconoce como uno de sus mentores literarios. Pero, con todo y su influencia, se decidió inicialmente por el mundo de los números.

Los científicos, en su experiencia, no estaban muy alejados de la imagen fácil de artista atormentado con la que él también se sentía identificado.

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“Todos buscamos lo que no tenemos. Los astrónomos miran las estrellas porque no les alcanza la tierra. Kandinski hacía arte abstracto y geométrico en una búsqueda inexorable de lo que le hacía falta a su alma. Los espíritus románticos y tumultuosos a menudo buscan la matemática”, le decía a Soler Serrano, como explicación de la escogencia de su camino científico.

 Creo que la pluralidad y creo en la democracia. Se dice que la democracia es un régimen podrido, putrefacto y corrompido. Pregunto, ¿qué régimen no lo es? 

Mientras estudiaba en La Plata comenzó su activismo político matriculado en el comunismo. En 1934 viajó a Europa detrás de ese ideal y estudió en las Escuelas Leninistas de Moscú, de las que escapó cuando comenzó a dudar del movimiento.

“Estoy en contra de cualquier tentativa violenta de imponer ideas. Creo en la pluralidad y creo en la democracia. Se dice que la democracia es un régimen podrido, putrefacto y corrompido. Pregunto, ¿qué régimen no lo es? La diferencia es que en la democracia se puede denunciar y castigar la corrupción. La democracia es el único régimen que permite mantener vivos y libres a las personas que quieren mejorarla”, le decía al periodista español en la entrevista del 77.

Su huida del comunismo marcó el inicio de un constante dinamismo de sus posiciones políticas, que difícilmente lograban permanecer en el mismo espectro por mucho tiempo. Esto le costó el desprecio de muchos sectores durante su vida.

“No se unía a ningún movimiento político estable”, explica a EL TIEMPO Alejandra Jaramillo Morales, escritora y docente de la Universidad Nacional e investigadora de la obra literaria de Ernesto Sábato. “Cuando se adhería a alguna corriente, rápidamente identificaba sus falencias y le era muy fácil criticarla, tomar distancia y abandonarla”.

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Algo parecido le sucedió con la misma ciencia, aunque su estadía en el arte fue bastante más duradera.

En 1936 regresó a Argentina y se casó. Se ganó un doctorado y con el apoyo de Bernardo Houssay —Nobel de medicina argentino—, regresó a Francia y avanzó investigaciones sobre las radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie.

Por entonces se cocinaba la Segunda Guerra y fue el momento en el que la ciencia se puso a su servicio y Sábato regresó a Argentina para convertirse definitivamente en escritor, en 1940.

Las torres de la ciencia

Cinco años después publicó Uno y El Universo. Allí dice que “la ciencia ha sido un compañero de viaje, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás. Todavía, cuando nostálgicamente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza ajena de los vicios carnales. Pronto desaparecerán de mi horizonte y sólo quedará el recuerdo”.

De hecho, contaba que por un tiempo sintió que traicionaba a su gremio cuando se cambió de profesión. Pero, en el mismo texto, aclara que más que una traición, se trató simplemente de seguir con “fidelidad a mi condición humana. De todos modos, reivindico el mérito de abandonar esa clara ciudad de las torres —donde reinan la seguridad y el orden— en busca de un continente lleno de peligros, donde domina la conjetura. Montaigne mira con ironía a los hombres porque son capaces de morir por conjeturas. No veo nada que merezca la ironía: en eso reside la grandeza de estos pobres seres”.

Comencé a comprender que la física iba a dominar el mundo y que la tecnología iba a arrasar con el hombre. (...) Nuestra crisis es espiritual, no económica.

Jaramillo comenta que en un momento dado “a Sábato la ciencia se le hizo insuficiente para comprender el mundo y la realidad, porque solamente abarcaba una dimensión del hombre: la racional. Está lo no cuantificable, la sinrazón, y eso no lo puede explicar el discurso científico”.

En cambio, para él, el arte no tenía esa limitación y era la única manera de abarcar todas las dimensiones del ser humano. En la misma entrevista con Soler Serrano explicaba que, según su experiencia, “la novela tiene ideas. Eso pertenece al mundo racional, como la ciencia o la filosofía. Pero en el otro extremo tiene símbolos, mitos, pasiones. Y el hombre es la totalidad”, la unión de ambas cosas.


Refiriéndose a la creación de la bomba atómica, hacia los años 40, Sábato le diría tiempo después a Soler Serrano que ese momento lo afincó en su posición de artista y que le hizo prever lo que sería el mundo en adelante, con tal exactitud que parecía un oráculo.

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Hablaba de los años 70, pero parecía hablando del año 2021, al que casi llega vivo: “Comencé a comprender que la física iba a dominar el mundo y que la tecnología iba a arrasar con el hombre. La ciencia positiva y la técnica le permitieron al hombre esta aventura prometéica de la conquista del mundo y de las cosas, pero a un precio paradójico y trágico: el humano conquistó el mundo de las cosas, pero con un gran riesgo para su alma: terminar por cosificarse. Nuestra crisis es espiritual, no económica”, le decía al periodista español hace 44 años.

Alejarse en un túnel

Esas certezas, opina la profesora Jaramillo, lo fueron alejando cada vez más del resto del mundo, como quien se adentra en un túnel que lo aparta de la sociedad, tal como le sucede, metafóricamente, a Juan Pablo Castel, el pintor y asesino que protagoniza su primera novela, El Túnel, publicada en 1948.

Jaramillo reflexiona que “el conocimiento margina a las personas. Mientras Sábato más entendía el mundo, más se alejaba de los demás”, porque no se sentía parte de una sociedad que obligaba a alguien a comerse una rata viva, como cuenta el narrador de El Túnel que le sucedió a un expianista en un campo de concentración.

Se sentía, quizás, como la mujer que miraba al mar enmarcada en una pequeña ventanita en uno de los cuadros de Castel, su personaje: nadie se fijaba en ella porque estaba en un rincón. Representaba la soledad de no pertenecer, de no encajar con el resto de la pintura.

Aunque la manera de tramitar la preocupación de habitar ese “túnel” fue diferente en el personaje que en el autor: el primero terminó por cometer un feminicidio injustificable y el segundo vivió casi 100 años y le entregó su vida a las letras y a las causas políticas nobles. 

Abandoné la física para escribir algo que yo sentía muy profundamente adentro. Eran grandes temas: la vida, la muerte, la esperanza, la revolución, el estilo del hombre. Son cosas grandes.

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Qué curioso que Sábato haya ideado a Castel. Pero, de hecho, Jaramillo explica su relativamente corta producción literaria con una reflexión sobre ese tipo de personajes oscuros. “Se tardaba escribiendo novelas porque le temía a los posibles ‘Sábatos’ que podrían salir de ahí. Escribir, pensar, enfrentarse al ser humano es doloroso”.

Quizá por eso solo público tres novelas: la ya mencionada, El Túnel, en 1948; Sobre héroes y tumbas, en 1962, y Abaddón el exterminador, en 1974. En cambio, publicó una veintena de ensayos sobre diferentes temas que abracaban lo político, lo filosófico, lo literario y muchos otros.

La explicación del mismo Sábato era distinta y un poco derrotista: “Después de Cervantes, escribir es una osadía. He publicado tres novelas y creo que es demasiado. (…) He quemado más de lo que he publicado. Lo he escrito con dolor y lo he quemado con dolor. Pero creo que han sido bien quemadas estas obras”, contó en la entrevista para la Televisión Española.

Esa personalidad combría y el pesimismo que le imprimía a sus visiones sobre los tiempos venideros tenían su origen en una sensibilidad profunda y una constante actitud reflexiva y crítica respecto a la realidad misma.

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“Yo me he propuesto escribir sobre cosas grandes, pero no lo he logrado. Abandoné la física para escribir algo que yo sentía muy profundamente adentro. Eran grandes temas: la vida, la muerte, la esperanza, la revolución, el estilo del hombre. Son cosas grandes. No vale la pena ponerse a escribir si no es sobre cosas grandes”, reflexionaba en el programa de Soler Serrano.

Mirar hacia adentro

Pero, ante el vértigo de la infinitud, las aproximaciones al pensamiento y la comprensión las pudo encontrar solamente en la creación literaria y en la propia revisión de su ser.

Esto se puede leer en la frase con la que comienza su ensayo Hombres y Engranajes (1951): “Uno se embarca hacia tierras lejanas, o busca el conocimiento de hombres, o indaga la naturaleza, o busca a Dios; después se advierte que el fantasma que se perseguía era Uno mismo”.

Detrás de ese afán por comprenderse y comprender el universo es que Sábato, hasta sus últimos días, defendió el arte como “lo único que permite la expresión total de esta crisis del hombre del siglo XX”.

Así, dos décadas después de acabado ese siglo, sus textos y visiones siguen siendo vigentes. Y, sobre todo, lo son sus obras literarias, que en una búsqueda profunda de la comprensión de la condición humana han logrado perdurar y lo seguirán haciendo más allá de su figura biográfica.

Su doble vida de ciencia y letras se sigue reconciliando ahora, diez años después de haberse acabado. La longevidad de su vida y de su obra quizás se encaminen hacia la construcción de aquel “proyecto honesto” que durará 800 años.

-MATEO ARIAS ORTIZ
Redacción Domingo 
EL TIEMPO
En Instagram y en Twitter: @mateoariasortiz

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