El virus

El virus

Una historia sobre el aislamiento, la soledad y las ausencias.

Ilustración de casa abandonada
Foto:

Ilustración de Pixabay

Por: Javier Zamudio
23 de mayo 2020 , 02:03 a.m.

El tipo miró por la ventana y dijo a mi madre que yo tenía el virus. No parecía médico, estaba en pantaloneta y usaba una camisa a la que le faltaba un botón. Las lagañas se asomaban en sus ojos negros y tenía una mancha de crema dental en la comisura de los labios. No me examinó. Ni siquiera me preguntó qué sentía. Se limitó a decirle a mi mamá que yo lo tenía y que, aunque pareciera triste, no debía dejarme salir de casa ni estar en contacto conmigo.

Una semana antes, Mamá se había mudado. La sentí salir a la madrugada y poner llave a la puerta; cuando me asomé por la ventana estaba entrando a la casa de la vecina de enfrente. Reconocí sus ojos pequeños, cansados, su cabello blanco y la boca pequeña. Parecía decepcionada, pero no me detuve a pensar en esto. Era muy tarde, así que volví a la cama y me quedé dormido.

A la mañana siguiente empezaron sus visitas, se quedaba a un par de metros de la ventana y me contemplaba como a un animal enjaulado. Los vecinos la acompañaban, pero yo sabía que no lo hacían por simpatías hacia ella. Nunca las tuvieron. No era más que el afán de chismosear. Ella estiraba la cabeza para mirar el interior y me daba indicaciones:

–Limpia la casa. El médico dijo que te puedes curar si mantienes una rutina de limpieza estricta. Y recuerda que te dejé comida en la nevera. Hay comida para que prepares.

No me atreví a llevar la contraria a mi madre, ni siquiera porque no presentara síntomas. No tenía fiebre, ni dolor en los huesos, ni adelgazamiento repentino. No tosía. Nada, no me pasaba nada.

Parecía decepcionada, pero no me detuve a pensar en esto

De hecho, me sentía con más energía y en las mañanas, antes de prepararme el desayuno, realizaba una rutina de ejercicios. “No es más que unas cortas vacaciones”, me dije y me dispuse a seguir las recomendaciones al pie de la letra: me despertaba, me duchaba y comenzaba a limpiar. La basura, como era de esperarse, comenzó a acumularse, pero no le di importancia. Me dije que era cuestión de pocas semanas para que me curara y pudiera salir.

–Tasa la comida, no comas todo de un solo bocado –dijo mi madre en la veinteava visita, cuando regresó con el médico. Esta vez el tipo sí parecía trabajar en la rama de la salud. Usaba un pantalón de tela, una camisa negra y encima una bata blanca. Media cara estaba cubierta con un tapabocas. Usó un palo de escoba para correr un poco la cortina, me miró, sacudió desconcertado la cabeza, y dijo que no, que seguía teniendo el virus y debía mantenerse el aislamiento.–Pronto saldremos de esto –dijo mi madre antes de marcharse.

La comida se estaba terminando, pero no se lo comuniqué. Las dos libras de arroz, la media botella de aceite, las pocas cucharadas de sal y la bolsa de lentejas podrían durarme sin problemas dos semanas.

Era cuestión de saber repartir las porciones para cada día y mantenerme ocupado. Acondicioné el patio para ubicar la basura y dije a mi madre, gritando a través de la ventana, la crisis sanitaria que se estaba formando. “Ya casi salimos de esto mijo, con la ayuda de Dios”. Había moscas y gusanos. A veces, para entretenerme, me sentaba en el patio y los miraba.

Las moscas volaban en círculos sobre los desperdicios, que rebozaban las bolsas negras, y luego pasaban a zumbarme la cabeza o a inspeccionar la cocina. Los gusanos, con un destino más desafortunado, subían y bajaban el plástico, se acercaban al sifón y desaparecían por la tubería. Eran blancos y no medían más de un par de milímetros.

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Afuera las cosas habían cambiado; siempre había una persona espiando a través de la ventana: un vecino o alguien que había escuchado la noticia de la infección. Miraban hacia dentro buscándome. Usaban tapabocas la mayoría de las veces. Se mantenían a una distancia prudente. Algunos incluso hacían ruidos para llamar mi atención.

Si los descubría, me quedaba un rato observándolos. No intentaba iniciar una conversación. Traté un par de veces, pero me dejaron con la palabra en la boca.

Mes y medio después de iniciada mi cuarentena, recibí la visita de varios noticieros. Los periodistas se ubicaron a varios metros de la casa y apuntaron con sus cámaras a la ventana. Mi madre estaba entre ellos.

–Entre más gente sepa lo que pasa, será más fácil conseguir ayuda –dijo.

Mi madre estaba entre ellos

Yo había adelgazado mucho. La comida se terminó y vivía al día con pequeñas raciones que mamá dejaba en bolsas sobre el marco de la ventana. La crisis sanitaria era alarmante. La basura ya podía verse desde la sala. Además, me habían cortado la electricidad y solo me quedaba el agua, que no demorarían en quitar, pues la factura no se había pagado.

Las entrevistas se hicieron a gritos. Alguien preguntó mi nombre, otra persona cómo estaba mi salud. Una muchacha, que parecía de mi edad, 25 años, me arrojó una chocolatina que cruzó los barrotes de la ventana y cayó sobre el sofá.
Luego de contar mi historia, pregunté cuántos infectados había en el país y si se estaba trabajando en una cura. Recibí la misma respuesta: todavía era muy pronto para saberlo, no se podía decir nada concluyente.

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Los días que siguieron fueron un reto para mi mente. Mi madre apenas venía y, cuando lo hacía, evitaba verme. Mi cara se iba convirtiendo en una sopa de huesos forrada de piel. Estaba barbado, con el cabello crecido y me acostumbré a los soliloquios. Leí y releí hasta el aburrimiento los únicos libros que teníamos en casa: La peste, de Albert Camus, y El tambor de hojalata, de Günter Grass. No me preocupaba ya por la limpieza. Comencé a llenarme de polvo y moscas, como los muebles, la cama, la cocina y el patio.

No sé cuántos días llevaba encerrado cuando llegó una nota por debajo de la puerta. El gobierno daba la orden inmediata de abandonar el barrio. Los vecinos comenzaron a marcharse, pasaban usando tapabocas y cargando sus enseres. Uno que otro volteaba su cara hacia la casa. No supe nada de mi madre.

Me paré cerca de la ventana buscándola entre el gentío. No me desgasté en gritar su nombre o preguntar por ella. La calle quedó vacía en menos de 48 horas. Pensé en forzar la puerta para salir, pero me sentía débil y estaba convencido de que esa situación no podía durar más tiempo. Quizá, me dije, habían desalojado el barrio para que pudiera entrar el equipo científico que iba a tratarme.

Una semana después la vida en la casa se vio interrumpida por la aparición de ratas, eran grandes, pardas y paseaban tranquilas por los muebles, el cuarto y la cocina. No me molestaban y aprendí a disfrutar de su compañía. Si el hambre acosaba, cazaba alguna y me la comía. Así distraía el estómago mientras llegaba el equipo científico o mi madre regresaba.

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Hoy he recibido otro mensaje. No sé quién lo dejó. Me parece que es la letra de mamá. El papel amarillento puede ser de uno de sus viejos cuadernos. Dice que van a tumbar las casas, quieren borrar cualquier rastro del virus. Espero sentado entre la basura, con las moscas y los gusanos, entre ellos no parezco tan extraño.

JAVIER ZAMUDIO
Escritor y editor. Autor de las novelas ‘El hotel de los difíciles’ y ‘Hemingway en Santa Marta’, y del libro de cuentos ‘Espiar a los felices’. Ganador de varios certámenes literarios. Finalista del Premio Nacional de Cuento La Cueva, 2018. Tercer puesto, Premio Nacional de Periodismo Digital, categoría crítica, 2019.

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