El viejo de la ventana

El viejo de la ventana

La vejez y el encierro, una historia para repensar la libertad.

cerveza

La libertad y el dinero no siempre se encuentran en la misma línea.

Foto:

Asif Hassan. AFP

Por: Gloria Inés Peláez
08 de mayo 2020 , 11:25 p.m.

No recordaba otra vida distinta a la que llevaba en esa habitación, como si siempre hubiese sido un viejo. Pero él tenía la culpa, le había apostado su poder a la conservación de la vida, huyéndole a la muerte.

Penosamente extendió sus manos y sus dedos aletearon débilmente antes de posarse en la rígida estructura que le servía de apoyo a sus cortas caminatas por el cuarto. Levantó su cuerpo y sintió cuánto le pesaban los doscientos años de vida al arrastrar sus piernas hasta el mirador.

Observó que no había ido el gorrión por su miga de pan, ni había rastro de la avecilla ni de ninguna forma de vida en el firmamento. El gris plomo del cielo no era el presagio de una tormenta, sino el ordinario color de la mañana.

Miró hacia los otros edificios y distinguió confusas manchas en las ventanas, adivinó en ellas a otros ancianos que también miraban. Abajo, como un río profundo visto desde la cima de una montaña, la avenida surcada por los tranvías le enviaba un zumbido amortiguado por la altura, amansado por la irreparable sordera de sus años.

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Entre las rejas se colaba el olor de la ciudad azotándolo con ráfagas de aire denso y seco, dejándole la impresión de una máscara de hollín en los pliegues de la cara.

Prefería asomarse a contemplar el tedioso panorama de grises y concretos que entregarse a la quietud hipnótica del sueño, o quedarse en la silla y ajustarse los audiovisores para recibir experiencias virtuales de un mundo que ya no entendía.

Los más recientes hechos sobrepasaban su capacidad de comprensión y él mismo se sentía un extraño, un huérfano de la civilización de los otros. Desde que era verdaderamente un anciano, hacía quizás cien años, había dejado de entender la lógica del poder, el progreso de la técnica y, sobre todo, la conducta humana.

Llegó a poseer riqueza, poder y una larga juventud. Cuando su voz estaba en ejercicio de mando impuso las leyes y bajo su brazo se construyó el imperio. Pero nunca quedó satisfecho, ambicionaba la juventud perpetua.

Invirtió la mitad de su imperio en centros experimentales y logró encontrar la clave del rejuvenecimiento y la conservación de los órganos vitales.

Prefería asomarse a contemplar el tedioso panorama de grises y concretos que entregarse a la quietud hipnótica del sueño

Desde entonces se sometió a la exposición de rayos gama, consumió los filtros y adoptó una severa rutina de conservación. Sin que él lo notara pasaron los años y cambiaron sus amigos, delegó en otros las decisiones sobre su imperio, alteró la geografía y lentamente disminuyó su poder hasta que al fin lo perdió del todo.

Terminó aceptando una habitación en un complejo megahabitacional para ahorrar sus energías, aislado de los demás por el temor al contagio.

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Ahora era una pieza más del museo viviente de la historia, poca compensación para quien siglos atrás fuera un poderoso gobernante, ocupado en distinguir en las sombras de las otras ventanas, los rostros envejecidos de sus ministros que también bebieron la pócima de la inmortalidad. Pero seguramente, como él, nada deseaban tanto como la muerte.

Con él se inauguró la generación de los viejos. Seres silenciosos que vivían apiñados en el complejo megahabitacional como una oscura mancha que venía del pasado, una incómoda herencia que ni siquiera tenía por objeto recordar la muerte.

Eran más bien una carga para el futuro, pues la ciudad crecía a expensas de las celdas que debían construir para albergar los ancianos esperados, generaciones improductivas que debía sostener por siglos.

Tan solo por eso era recordado el viejo de la ventana, por abrir el camino a las siguientes generaciones de longevos.

Y él ya no deseaba nada, apenas la ventana lo unía a la vida, con la mirada en ella esperaba al gorrión para darle una miga de pan, engañándose con el recuerdo del ave, sin aceptar que tan solo era el fantasma de una especie de vida ya desaparecida.

Nadie tan viejo como él forzando los barrotes para probar el viento sobre su cuerpo, arrojándose a las profundidades donde la borrosa imagen de los tranvías le aseguraba por fin el descanso eterno de la muerte. Con el cuerpo leve figurándose ser un gorrión, intentó un aletazo con sus brazos casi deshechos.

GLORIA INÉS PELÁEZ
Para EL TIEMPO

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