El pájaro y su carcelero

El pájaro y su carcelero

Un cuento para salir del encierro, sobre los laberintos del aislamiento y la soledad.

pezjaula

ILUSTRACIÓN: GUSTAVO ORTEGA

Foto:

Gustavo Ortega

Por: Ramón Molinares Sarmiento
08 de mayo 2020 , 11:09 p.m.

El canario que cantando en la jaula ignora que lo han hecho prisionero; no sospecha que su malvado carcelero piensa que canta para él; no sabe que sus trinos de alto vuelo, de tenorio caribe, embellecen los crepúsculos del alba y del atardecer; no recuerda, no puede recordar el pobre pájaro enjaulado, que ha dejado empollados dos huevos en el nido.

Como el canario, el esbelto roble nada sabe de la hermosura de sus flores moradas, ni saben las lluvias de abril para qué o para quién es la música que crean entre las ramas. La rosa no advierte que una de sus espinas puede sangrar un dedo, y la piedra ignora que es el oleaje del mar el que la alisa y endurece.

El pájaro no ha salido nunca del Paraíso, nada sabe del bien ni del mal; su inocencia es como la del tigre, que tendido a la sombra de un árbol con la panza llena, bosteza y relame soñoliento la sangre de la víctima sin saber que ha matado.

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El que sí tiene conciencia de la muerte, de lo bueno y lo malo, de lo bello y lo feo, es el hombre que le redujo al pájaro su enorme espacio de cielos abiertos a los límites miserables de una cárcel de alambres; él sí sabe que lleva varios años preso y que le faltan muchos otros para cumplir la pena que le fue impuesta por haberle dado muerte a uno de su especie.

Menos que de los muros que lo mantienen encerrado, este hombre es prisionero de la memoria. La vida se le va ahora en recordar su pasado de ciudadano libre. No es el encarcelamiento sino el recuerdo de su libertad, que no recuerda el pájaro en su jaula, lo que lo atormenta.

En la cárcel ha descubierto que, como sus tripas, que no dan tregua, que quieren permanecer siempre llenas, su mente no puede estar un segundo sin sentirse colmada por una imagen del pasado o del porvenir.

Las mismas imágenes vuelven puntuales en cada nuevo día de prisión; llegan y se van en segundos, dan vueltas en redondo en su mente sin sosiego: se ve en las aguas azules de la bahía de Santa Marta, luego de unas zambullidas, excitado y abrazado al cuerpo semidesnudo de su mujer; se ve riendo en la misma calle y en la misma taberna, con los mismos amigos, bebiendo cervezas que les traen, coquetas, las mismas meseras de minifaldas y cuellos desnudos; y se vuelve a ver de regreso a casa recibiendo de su mujer el mismo beso con la misma sonrisa.

Son recuerdos felices que a la mente le llegan ahora contaminados de melancolía. Nunca antes los días habían sido para él el mismo día.

Todos están ganados por la monotonía, como ver y rever la misma película, pero no puede evitarlo, no puede dejar de imaginar, de pensar, de desear. No canta por cantar, como el pájaro en la jaula; a veces tararea canciones para que no lo humillen las lágrimas.

La del solar de su casa un domingo en la tarde, sentado él en una mecedora de mimbre a la sombra de un frondoso mango, es una imagen que no se cansa de volver. Se distrae, tendido en su cama de prisionero, recordando minuciosamente las sombras que van proyectando las ramas del árbol del patio.

Las ve progresando en la mañana, concentrándose alrededor del tronco, casi oscuras al mediodía, y las ve, cuando el sol declina, alargándose en la tarde; entonces, vuelve a ver con tristeza a la mujer que le trae hasta la mecedora la misma taza con el mismo café.

Ahí están otra vez el mismo día con la misma calle, los mismos amigos, la misma taberna y las mismas meseras en minifalda.

No hay noche, antes de dormirse, ni madrugada en la que, al despertar, no vuelva a ver el pecho ensangrentado del hombre al que mató de tres disparos.

Lo atormentan el asombro que notó en los ojos de la víctima cuando lo vio sacar y empuñar el revólver, y la idea, la más recurrente y perniciosa, de que su compañero de trabajo murió sin sospechar que cumpliría la promesa de matarlo si no le devolvía el dinero prestado.

Recuerda todas las noches y todas las madrugadas que se sintió embriagado de poder al disparar y que, solo días después, ya encarcelado, acosado por la culpa, comenzó a experimentar la sensación horrible de haber matado un hombre.

–Olvida eso, fue un acto de rabia. A cualquiera le pasa, no te dejes atormentar por el porvenir, por el tiempo que te queda para dar cumplimiento a la sentencia que te fue impuesta; aprende un oficio de los que enseñan aquí, en la cárcel, para que te ayude a sobreponerte al pasado, a vivir en el presente, le dice uno de los pocos amigos que no han dejado de visitarlo, pero ahora, cada vez que vuelve la imagen de la jaula que en domingo colgaba de una de las ramas del mango, piensa desconsolado que solo los pájaros viven en un eterno presente.

No hay noche, antes de dormirse, ni madrugada en la que, al despertar, no vuelva a ver el pecho ensangrentado del hombre al que mató de tres disparos

Enternecido, como con una sobredosis de culpabilidad, recuerda la mañana en que, en los alrededores de la casa de campo de unos amigos, capturó al pájaro en una trampa de madera.

Le amargan los días la posibilidad de que, en la noche de ese mismo día, los embriones, ya totalmente desarrollados, hayan roto las cáscaras de los dos huevos que pudo haber dejado incubados el canario en el nido.

Aprieta las lágrimas para no dejarlas correr por sus mejillas cuando, insistente, vuelve a ver la imagen de los recién nacidos sin pluma muriéndose de frío, con los ojos todavía cerrados y el pico abierto, a la espera del grano que los haría entrar en calor.

Recuerda una y otra vez que el pájaro capturado pataleó y se desplumó un tanto en su brusco aleteo contra las paredes de la trampa; que de regreso a la ciudad, luego de pasarlo a la amplia jaula que colgó de una rama del mango, comenzó a brincar con sosiego de un lado a otro, casi con alegría, como si la nueva situación lo divirtiera; y que al amanecer del día siguiente, después de beber de una vasija de barro y de comer alpiste en abundancia, dio los primeros trinos.

Desmemoriado, el pájaro cantaba sin dar señales de recordar su nido, sus huevos, su compañera de toda la vida.

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Cuando, en los días de visitas, el preso pregunta por el canario, su mujer, que ha comprado otro porque por el que pregunta ha muerto, le dice que sigue ahí, en la jaula, cantando a distintas horas del día.

La mujer no le miente porque, en realidad, todos los pájaros son el mismo pájaro; los canarios caribeños cantan del mismo modo y van siempre vestidos de amarillo.

No podríamos decir lo mismo de los humanos; todos los hombres no son el mismo hombre. Es verdad, la muerte los iguala, pero mientras llega, mientras pasan los años, los va diferenciando lo vivido, el pasado que cada uno guarda en la memoria. Memoria que no tiene el pájaro.

RAMÓN MOLINARES SARMIENTO
Para EL TIEMPO

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