Cuentos de Navidad: Es oficial, suspendida la Navidad de este año

Cuentos de Navidad: Es oficial, suspendida la Navidad de este año

Este escrito es de Sergio Ocampo Madrid y hace parte del especial de cuentos para esta época.

Ilustraciones Navidad

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Foto:

Gustavo Ortega

Por: Sergio Ocampo Madrid
23 de diciembre 2019 , 10:27 p.m.

El titular era tan absurdamente inusual que no se podía abarcar en una simple ojeada: “Este año no habrá Navidad”. Y el cursor pulsaba debajo como en un conteo regresivo apremiante.

¿Una broma? Tal vez, pero era 22 de febrero, y los inocentes habían pasado dos meses atrás. ¿Estrategia de ventas? Quizá, pero era muy sospechoso, en esa primera mirada, que abajo estuviera la foto del Papa. ¿Se prestaría Francisco II para una prosaica campaña de venta de algo?

Me senté. Había que leer aquello. Comencé de nuevo: “Este año no habrá Navidad”. Y abajo, en un sumario de una sola línea: “Por primera vez en 2.025 años el cristianismo suspende la Navidad hasta nueva orden”.

Bajé el cursor con afán, pero tercamente se empecinó en descender como si estuviera frenado. Al final se detuvo en el pie de foto: “Son tiempos turbulentos estos que vivimos; tiempos para repensar las cosas; tomar una pausa para revisar hasta dónde hemos deformado el mensaje de aquella primera Navidad en Belén”. Lo decía Francisco II con su rostro mulato en el que había dolor o tal vez una sonrisa que no pudo cuajar antes del resplandor de los flashes y quedó abortada en un gesto como de agonía.

¡Mierda, es verdad. Este año no habrá Navidad!

Raro eso de que cierta vez deje de llegar algo que cada año aparece cumplido, lo quieras o no, lo olvides o no; perentorio, como el cumpleaños, el pago de impuestos, el campeonato de fútbol; las rutinas inapelables, que además marcan los ciclos.

En 36 años que tengo alguna vez olvidé mi cumpleaños; se llegó la fecha y solo fui consciente cuando me lo recordó una primera llamada. Y así lo hubiera olvidado del todo, ese año de más no podría ser restado en mi cuenta. Ojalá. Los impuestos menos, y el fútbol, no sé. Pero la Navidad, la Navidad, ¿después de 2.025 veces de venir sin falta?

Un sentimiento como de nostalgia, de pérdida, me sobrecogió allí frente a esa pantalla; empezó a hurgar adentro, medio solapado, pero lo corté rápido con un mero golpe de realismo. Yo le había perdido la magia a la Navidad desde hacía 25, quizá 27 o 28 años.

Fue un desencanto lento que se inició ese diciembre cuando descifré la treta de papá y mamá de ponerme a escribir cartas a un niño Jesús que exigía ese trámite para soltar los regalos.

A los cinco escribí la primera en unas pocas líneas muy chuecas y con la letra espantosa que me quedó para siempre. Papá me dio papel, y un sobre también, pero no supo responder de inmediato cuando pregunté la dirección del envío. “Ehhhh, espérame –e hizo el gesto de leer en su billetera– nube 83, sector 34, El Cielo”, y yo le creí.

Ese 24 caí dormido antes de las 10 y al día siguiente encontré los regalos, casi todos, pero faltaban algunos. Revolqué todo el cuarto, pero nada. Nada de nada. Papá y mamá aparecieron al rato y fingieron cara de sorpresa. “¿Estás feliz?”, dijo mamá y se sentó en la cama para ponerse a alisar suavemente la sábana, pero en realidad para ver si de nuevo me había orinado en la noche. “Más o menos –contesté–; no llegó todo. Voy a escribir una queja; en el cielo debe haber una oficina para reclamar. ¿Será la misma dirección?”.

“Yo creo que sí”, dijo papá, y se rio. Creo que no me tomaron en serio, y por eso al día siguiente lo noté sorprendido al entregarle una nueva carta. Me imagino que fui cortés, siempre lo he sido, pero me quejé, e inclusive dejé la amenaza sutil de que al año siguiente quizá podría pedirles a los Reyes Magos o a Papá Noel.

Lo verdaderamente extraño es que cinco días después me llegó una respuesta. Atrás del sobre decía: “Remitente: Niño Dios y la dirección de nube 82 y sector 34. El Cielo”.
No lo recuerdo a la letra, pero comenzaba excusándose por el envío incompleto, aunque argumentaba que había demasiados niños en el mundo y yo superaba el presupuesto asignado, y que blablablá, con lo cual si este año me lo merecía debería llegar mi pedido con todos los requerimientos.

Bueno, asunto cerrado”, dijo mi mamá. Creo que fue en agosto o septiembre que la busqué en su alcoba. Madre, tenemos que
hablar

“Bueno, asunto cerrado”, dijo mi mamá. Creo que fue en agosto o septiembre que la busqué en su alcoba. “Madre, tenemos que hablar”. Hizo cara de gusto al verme entrar en pijama y sonrió dulce. Así la recuerdo. “Hay algo que no entiendo… ¿Por qué el Niño Dios y el ratón Pérez tienen la misma letra?”, y le extendí la carta de diciembre y otra de abril que me llegó al caerse mi primer diente de leche.

De nuevo, volvió a sonreír, me apretó duro contra ella, y solamente exclamó mientras se reía: “Ni idea, mi amor. Así son los misterios de Dios”. Nada que hacer. La duda había quedado sembrada: el error en la dirección de respuesta a mi queja, la letra idéntica del ratón y de Dios; esas disculpitas por los regalos a la mitad. Finalizando ese noviembre se lo pregunté a un chico más grande, y me reveló mi primera verdad de la vida. Y mi primer desengaño.

A pesar de eso, la Navidad siguió teniendo su magia por un tiempo más hasta que ya no la tuvo. ¿Volvió otra vez? ¿Ya? Pero cada vez regresaba con menos de las cosas que a mí me hacían feliz: esos globos de papel que se hinchaban con el humo negro de la gasolina; el destape de los regalos cada 24; la alegría tan breve de las estrellitas que salían misteriosamente desde las bengalas; aquellas tarjetas de papeles finos con sus letras como de persona vieja, que en enero se iban para la basura cuando podrían haberse usado y reusado en los años siguientes.

¡Si siempre decían lo mismo! Eso sí, ver el camión de basura alejarse con mis tarjetas de la Navidad significó por unos cuantos años una sensación de duelo, un huequito en alguna parte del cuerpo al pensar que de nuevo faltaban once meses para repetir esas emociones.

Ya luego la vida me fue entregando distintas versiones cada vez más prosaicas de ese tiempo que alguna vez fue glorioso, desde la del London School of Economics de que sin el pico del comercio en el último mes, el PIB caería hasta un 20 por ciento para el mundo entero, hasta la muy pendenciera de mi amigo Schaumet, un suizo medio troglodita, para quien la Navidad solo era una inaceptable exaltación del adulterio impune pues a un hebreo ingenuo del siglo I su prometida le había salido con aquel disparate de que estaba encinta pero se mantenía virgen y que el causante de todo era el Espíritu Santo o un ángel o algo más o menos así.

Volví a la nota del diario; de todas maneras, un año sin Navidad era más noticia que la comprobación de que Dios existe o de que no existe; lo que Hawking nunca logró, o de que hay marcianos, o que se revirtió el cambio climático. Casi veintiún siglos ininterrumpidos celebrando una fecha que nunca estuvo muy clara y, quizá por eso, con el pasar de los siglos se volvió un mes entero, que cabalgó sobre todos los tiempos y supo acomodarse para seguir siempre vigente, cumplida, despuntando el décimo segundo mes, con muchos devotos y uno que otro enemigo.

Y ahora, de un solo plumazo un Papa africano ordena que este fin de año de este 2025 no debe haber fiesta, ni misas de gallo para el 24, ni a ninguna hora; el 31 tampoco, ni día de reyes el 6 de enero siguiente. Cero regalos; no a los villancicos.

Leyendo otro par de párrafos, supe que no era una orden sino un llamado “firme y amoroso” para que la Navidad no se celebrase, y un año se juntara con el otro solo por la tradición mundial de que el 31 termina una vuelta al sol y empieza una nueva.

También, que no era solo el Papa católico sino cincuenta y tres altos mandamases de todo el mundo cristiano, incluidos los patriarcas ortodoxos de Jerusalén, Estambul, Chipre; el primado de Etiopía, el de Armenia y Asia menor; los pastores más connotados de la Europa del norte, incluido Carlos III, el anciano rey inglés defensor de la fe, y su reina Camila; los coptos de Egipto; los antioqueños, no de Medellín, sino de la iglesia Maronita de Antioquía, en Siria; los últimos valdenses, a quienes el Papa anterior había pedido perdón por haber quemado vivos a sus antepasados ocho siglos antes; los líderes amish, con sus barbas y sus camisas y prendas sin ningún botón, en fin, todo ese universo de mitras, cruces, anillos, sotanas, de todos los países y todos los tiempos.

Más adelante hablaba un tal Fouad Twal, patriarca latino de Jerusalén: “El árbol pagano se la ganó al pesebre de Francisco de Asís; Sinter Klaas y sus duendes y renos vencieron al Niño Jesús; el desenfreno, al recogimiento; el comienzo de la Navidad ya va en septiembre y a este paso vamos a estar en Navidad todo el año. Hay que parar esta esquizofrenia de cifras y lucro, ya sin ninguna sustancia; hay que parar. Volver al origen. Eso es lo que pretendemos hacer”.

Se anunciaba entonces un concilio ecuménico extraordinario en Belén, año 2025, primero en la historia de un cristianismo que llevaba partido al menos nueve siglos y medio, según decía un recuadro. Allí, en Belén, donde todo arrancó, unos 200 obispos o sus similares de todas las sectas e iglesias se encerrarían a deliberar, sin término fijo, y luego de pedir luz al Espíritu Santo, sobre cómo regresar a la esencia genuina de la Navidad.

“Uffff, reingeniería a la Navidad. Eso pinta pa’ largo”, y ya no leí más.

SERGIO OCAMPO MADRID
Especial para EL TIEMPO

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