Pancracio

Cuando el pequeño protagonista cometía sus travesuras generaba toda clase de enredos.

Pancracio, cuento de Navidad 2020
Foto:

LAURA PELÁEZ Q

Por: ALBEIRO ECHAVARRÍA
23 de diciembre 2020 , 11:00 p. m.

ba a ser la Navidad más aburrida de todas. A fines de noviembre ya había decidido aplicar un estricto código de austeridad para el fin de año, ya que tenía un saldo en rojo en el banco que había ido creciendo como una bola de fuego.

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Mi hija Juana iba a ser la gran damnificada porque no habría regalos. No había nacido Jacobo, así que ella era el centro de la atención. La única esperanza era que tías, primos lejanos o abuelos la compensaran de alguna manera. Ella les estaba pidiendo al Niño Jesús y a Papá Noel –simultáneamente, para mayor seguridad– un barco pirata para llevar a sus muñecas hasta la isla de los gnomos, cuya existencia y ubicación solo ella conocía.

La crisis económica me había alejado de los supermercados y me había llevado a las plazas de mercado, donde podía regatear el precio y pedir ñapa. La que empecé a frecuentar era famosa porque vendían un caldo de pajarilla que, según la leyenda, era capaz de revivir muertos y dar aliento a los desempleados.

Los pequeños puestos de comida estaban rodeados por un sinfín de locales que avivaban todos los sentidos con sus olores, formas y colores. Me gustaba observar con detenimiento esos puestos que exhibían con desparpajo enormes pirámides de naranjas ombligonas al lado de arrumes de cilantro que llegaban hasta el cielo. Una serie de contrastes maravillosos que disfrutaba mientras iba llenando la canasta del mercado.

Uno de esos días, absorto en mis composiciones visuales, noté un extraño movimiento debajo de un mostrador de madera repleto de espléndidas sandías. Pensé que era un niño; tal vez el hijo de la corpulenta matrona que desgranaba una mazorca mientras escuchaba una canción de Darío Gómez. Pero una mirada más profunda me permitió distinguir a un extraño ser con orejas y nariz puntiagudas. Para mi asombro, empezó a hacerme señas indicándome que me agachara y lo siguiera hasta el fondo del desván.

Permita que me presente –dijo el gnomo–. Me llamo Pancracio. Por un grave error que cometí fui expulsado de mi tierra y vine a dar a esta plaza de mercado

Sacudí la cabeza con la esperanza de que fuera una travesura de mi imaginación, la cual siempre anda a la caza de personajes para mis cuentos infantiles. Pero no, el personajillo insistía en que lo siguiera. Recordé que unos días antes había ojeado, en la casa de un amigo, un libro sobre el mundo de los gnomos. Pues bien, lo que tenía ante mis ojos era un gnomo igual al que aparecía en la cubierta amarillenta y desgastada de aquel libro. Iba vestido con un saco verde y un pantalón marrón hecho de retazos de hiedra. Lo que más llamó mi atención fue el brillo de sus enormes ojos azules. Miré a la mujer, buscando una explicación, pero ella seguía imperturbable en su tarea de desgranar la mazorca.

Quise seguir de largo, pero en ese momento el gnomo emitió un chillido tan estridente que clientes y vendedores empezaron a mirarse entre sí buscando al culpable. Para disimular mi turbación le pregunté a la señora por el precio de las sandías. Ella, mirándome con dulzura de abuela tierna, me dijo: “Hágale caso; no se arrepentirá”.
Decidí aceptar su consejo. Se me ocurrió que a lo mejor ese extraño personaje me traía un recado de algún mundo desconocido. O que tal vez quería avivar mi imaginación como recompensa por los golpes económicos de los últimos meses. Y si estaba con suerte, hasta una buena historia podría sacar del asunto. Sin pensarlo más, me introduje por la pequeña abertura.

Adentro estaba muy oscuro. Saqué de mi bolsillo el teléfono móvil para utilizarlo como linterna. Tal como lo suponía, el lugar era utilizado como depósito. Al fondo, sentado sobre un bulto de papas, divisé al gnomo.

–Honoraaaable caballero –exclamó el gnomo con voz nasal y un tanto chillona–.
Gracias por aceptar mi invitación.

–Pues yo... –alcancé a articular–. Usted es...

–No se asuste, honoraaaable caballero. No está deschavetado y tampoco necesita un pellizco. Soy un gnomo de verdad. Sí, un auténtico gnomo.

Y yo soy un escritor de historias infantiles que a todas luces está perdiendo el juicio –dije con un toque de ironía–. Me da mucho gusto conocerlo, señor gnomo –agregué en voz baja, temiendo que alguien me escuchara–. ¿En qué lo puedo servir?

–Permita que me presente –dijo el gnomo–. Me llamo Pancracio. Por un grave error que cometí –soy un poco travieso y juguetón–, fui expulsado de mi tierra y vine a dar a esta plaza de mercado entre unas ramas de perejil.

Noté que los ojos del gnomo se habían puesto llorosos. Justo en ese momento se apagó la luz del celular. Temí lo peor: a lo mejor todo era un truco bien elaborado de una banda de asaltantes. A tientas, saqué la billetera de mi bolsillo y la metí entre las medias. El gnomo se quedó en silencio. Quise huir, pero sentí que el gnomo se había aferrado al dedo meñique de mi mano izquierda.

–Usted es mi última esperanza, honoraaaable caballero –exclamó el gnomo en medio de la oscuridad–. Debo encontrar un hogar antes de la Navidad o de lo contrario me extinguiré como una gota de agua sobre una caliza ardiente. Lléveme para su casa. ¡Se lo suplico, honoraaaable caballero!

–¿Que lo lleve para mi casa? Lo siento, pero en este momento no puedo ampliar la familia –respondí muy serio–. He tenido un mal año. No se imagina usted todas las deudas que tengo. Y si lo llevo, ¿qué dirá mi esposa? No sé tampoco cómo lo reciba mi hija Juana. Tal vez le parezca divertido, pero lo más probable es que salga corriendo del miedo. ¿Y cómo puedo saber si es cierto que se extinguirá si no me lo llevo?
En ese momento se encendió la luz del teléfono. Un vapor denso y morado empezó a salir de una de las piernas del gnomo. Era evidente que ese vapor le causaba un gran sufrimiento.

Solo los niños creen en los gnomos –dijo Pancracio, con desilusión–. Tenía la esperanza de que usted, que puede crear historias fantásticas, creyera en mí: un gnomo desterrado por sus travesuras. Un gnomo que ha de morir si no pasa la Navidad en un hogar de verdad.

–Creo en usted, Pancracio –respondí avergonzado–. Lo que pasa es que no sería fácil explicar la situación, ¿me entiende? Tendría que esconderlo cada vez que sonara el timbre de mi casa. ¿Y la alimentación? ¿Y el cuarto para dormir?

–Eso se puede solucionar –respondió Pancracio–. Ni quiero comida ni mimos, ni golosinas ni una cama blandita. Deme la oportunidad de tener un hogar en esta Navidad.

–Está bien –dije después de pensarlo–. Lo llevaré a mi casa pero con una condición: tendrá que guardar compostura y hacer lo que le diga.

–¡Delo por un hecho, honoraaaable caballero! –respondió el gnomo, esbozando una pícara sonrisa.

Al salir de allí la mujer se hizo la desentendida. Metí a Pancracio en una bolsa negra y le puse encima un manojo de yerbabuena que tomé del rincón de las yerbas.

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Cuando llegué a la casa me encerré con él en la habitación, busqué un metro y le tomé las medidas para que una amiga le hiciera un nuevo traje. Después, lo escondí en el cuarto de san Alejo.

Cuando el traje estuvo listo –un saco a cuadros blanco y rojo y un pantalón verde bombacho– lo presenté a la familia.

–Aquí les traje –dije en voz alta–. Esta es la única novedad que tendremos este año.
Juana lo abrazó, y después le brindó pleitesía como si fuera el rey de la isla de los gnomos. Previamente Pancracio había prometido quedarse quieto como un adorno navideño importado de China.

En la noche, cuando todos se acostaban, yo le ponía a Pancracio una manta que le robé a una de las muñecas de Juana. Hablábamos un rato y me iba a la cama. Pero ocurrió que de repente empezaron a desaparecerse cosas: un día, una sandalia; otro, una media, y otro, un peine o un cepillo de dientes.

Entonces supe que ese era el tipo de travesuras que llevaron a Pancracio a ser desterrado del mundo de los gnomos. No podía vivir sin estar escondiendo las cosas ajenas. Hablé con él y le dije que dejara de esconder nuestras cosas o tendría que marcharse después de Navidad. Permaneció mudo.

La gota que rebosó la copa se derramó en vísperas de Navidad. Íbamos a hacer la novena de aguinaldos cuando descubrimos que el Niño Jesús había desaparecido. De inmediato se me vino a la memoria el juego que hacían mis tíos antes de las doce, la noche de Navidad, que consistía en esconder el Niño Jesús con un fajo de billetes. Los niños revolcábamos la casa al derecho y al revés con tal de encontrar el anhelado premio.

Con la convicción de que Pancracio lo había escondido, inicié una búsqueda por toda la casa. A mi esposa y a mi hija les parecía imposible que el Niño Jesús no estuviera en el pesebre donde había permanecido desde comienzos de diciembre. No tuve oportunidad de preguntarle a Pancracio –los ojos de ellas dos estaban sobre mí–, así que seguí buscando. Al cabo de un rato lo encontré debajo de mi almohada: junto al Niño Jesús había algo más... Un sobre amarillo que reconocí al instante.

Dos años atrás, cuando la situación económica no estaba tan mala, mi esposa y yo habíamos planeado un viaje a Egipto. Habíamos reunido tres mil dólares. Los fuimos guardando poco a poco en un sobre hecho especialmente para la ocasión, pero un día el sobre desapareció. Dedujimos que se lo habían robado y todas las sospechas recayeron sobre Dorotea, nuestra empleada doméstica. La despedimos sin darle una explicación.

Dentro del sobre estaban los tres mil dólares. Me senté en la cama y escondí la cabeza entre las manos. ¿Dónde lo había encontrado el gnomo? ¡Qué injusticia habíamos cometido!

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Esa noche se me agotaron las palabras para agradecerle a Pancracio lo que había hecho por nosotros y por devolverle la honra a Dorotea. Él se negó a explicarme dónde había descubierto el dinero.

Tuve que decirle a mi esposa que yo mismo lo había encontrado detrás del armario, mientras buscaba al Niño Jesús. Lógicamente ya no habría viaje a Egipto, pero sí nos serviría para ponernos al día con las cuotas del banco y comprar los regalos.
Al día siguiente busqué a Dorotea, y la invité a pasar la Navidad con nosotros. Con ella y sus siete hijos, hicimos una fiesta increíble: ¡la mejor Navidad que habíamos tenido!
Juana desempacó su barco pirata y lo llenó de muñecas que al instante emprendieron un largo viaje por mares infestados de tiburones rumbo a la isla de Pancracio, como la rebautizó, en compañía de los hijos de Dorotea.

Después de la medianoche, salí al balcón a ver los juegos pirotécnicos. Mi esposa se dirigió a la cocina. Al poco tiempo escuché una exclamación:

–¡Amooooor! ¿Qué se hicieron los buñuelos?

Miré a Pancracio, que se había acercado subrepticiamente, tomándome del dedo meñique, y le reclamé por haber escondido los buñuelos. Se tocó el estómago y me devolvió una mirada de absoluta culpabilidad y cero arrepentimiento.

–Lo siento mucho, honoraaaable caballero –dijo entre dientes.

No me percaté de que Juana estaba observando la escena. Al instante pegó un grito que se escuchó en toda la cuadra:

–¡Pancracio es un gnomo de verdad! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Solo me resta decir que Pancracio es ahora un integrante más de la familia. Solo adquiere condición de muñeco cuando salimos a la calle o cuando llega una visita. Le construí una casa de madera, una cama hecha a su medida, y un desván donde siempre encontramos las cosas perdidas.

Juana creció siendo su mejor amiga, y Jacobo llegó a convertirse en su compinche inseparable.

Cuando escribo, se sienta a mi lado.
Le pido que se quede callado, pero él insiste en proponer ideas para mis historias, las cuales siempre termino aceptando. Tanto que ya no sé cuál de los dos es el autor de las novelas que publico.

Esa es la pura verdad. Tengo que decirlo porque de lo contrario no sería un “honoraaaable caballero”.

ALBEIRO ECHAVARRÍA
*Escritor de literatura infantil y juvenil, con más  de 30 libros publicados

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