Cuando el poder de la música transforma a las personas

Cuando el poder de la música transforma a las personas

En el Festival de Música de Ibagué hubo ejemplos de cómo la música nos hace mejores.

Ibagué

Pese a la lluvia, la Fundación Festival de Música Colombiana demostró, como lo ha hecho durante 33 festivales, que Ibagué, ciudad musical, tiene bien ganado su nombre.

Foto:

Jorge Cuéllar

Por: Francisco Celis Albán
27 de marzo 2019 , 10:12 p.m.

“Me llamo Nicolás Alejandro Olmos Ramírez —dijo el niño, con toda la propiedad del caso—, tengo 12 años, soy estudiante de la escuela técnica Joaquín París, grado 6.°. Hace tres años que estoy en los coros de los Jardines Musicales y eso me ayuda para el control de la ira, porque a veces tenía arranques de ira”.

Todo era un poco inusual porque a la cita vinieron seis personas: tres mujeres, dos niños grandes y una bebé, en un cochecito, y se suponía que entrevistaría a una profesora de música sobre el programa Jardines Musicales para la Convivencia, que funciona hace casi tres lustros en Ibagué. En el restaurante principal de Casa Morales, un elegante hotel de Ibagué, unos cuantos huéspedes comenzaban a llegar para la cena.

La profesora de música, Vianey Viviana Vallejo, mamá de las dos niñas, una de diez años y la otra era la bebé del carrito, expuso el asunto con el tono asertivo de quien ha dicho estas palabras muchas veces:

“Jardines Musicales para la Convivencia es un programa de la Fundación Musical de Colombia, patrocinado por el Ministerio de Cultura, la Alcaldía de Ibagué y la Gobernación del Tolima. Funciona hace 14 años y el propósito es sembrar la música colombiana en todos los niños de la ciudad”.

“Trabajo con la fundación hace 12 años. Las clases se dictan a niños de 7 a 12 años, en sectores de estratos 1 y 2. Se inició con ocho profesores, cada uno tenía a cargo dos coros y cada coro debe tener 20 integrantes. Este año hay solo cuatro profesores, por temas de presupuesto, pero lo que se ha pretendido es mantener los coros, que son un programa muy sobresaliente. Se inició en parroquias de los barrios y actualmente trabajamos en salones comunales, y en escuelas y colegios que nos abren el espacio para trabajar con los niños que están allí. Ellos estudian por la mañana y en la tarde van a estas actividades musicales”.

La profe de Nicolás

Luego presentó a la profe Luz Mila Cubillo Gil, quien dijo sin preámbulos:

“He sido directora de grados 4.° y 5.° de primaria de Nicolás. Lo conocí en enero-febrero del año antepasado. Cuando lo recibí, él tuvo una situación de ira bastante complicada. Un día me trató bastante mal. Pero mi experiencia como maestra no me daba como para decirle a la mamá ‘lléveselo’. En la escuela me dijeron ‘entrégueselo a la familia’. En muchos años en la docencia me han tocado casos bastante difíciles. Y dije: voy a apostar por Nicolás. Lo hice dos años y, lo puede decir la mamá, el año pasado le entregué a todo un señor. Siempre he sido una convencida de que si al niño se le da una oportunidad en el arte, se logran muchísimas cosas en el estudio. Al ser disciplinado, da mejor rendimiento académico”.

¿Cómo se logró?

“A través de la música. Cuando a él le daba ira, a la única maestra que atendía era a mí. Yo le decía: ‘Nicolás, tenemos un compromiso’. Y así lo hemos hecho con muchos niños en la escuela”.

Entonces, Alejandra Ramírez, madre de Nicolás, habló de los cambios: “El Nicolás que entró a los coros es totalmente diferente al de hoy. Para él un castigo es decirle: lo voy a sacar de los coros”.

María José Pinto Vallejo, hija de la profe de música, de 10 años, también quería testimoniar: “Yo era muy desobediente y en el colegio perdía materias. Los profesores me regañaban porque yo les pegaba a mis compañeros si me molestaban, y desde que entré al coro aprendí a ser respetuosa con los amigos. Ahora, mis compañeros de coro son como mi familia. Cuando vamos a las presentaciones les mostramos a las demás personas todo lo que practicamos y el talento que tenemos”.

Paulito, un músico en condición de autismo

Paulo Andrés Urrea, de 28 años, es Paulito para sus compañeros de grupo. Segunda voz y guitarra (además de tocar “cuerdas de bandola, tiple” y de hacer arreglos), es el lado genial del dueto Café Maduro.

Por su condición de autista, tiene desde niño oído absoluto, don que le permite reconocer una nota o la tonalidad de una canción o el canto de un ave con solo escucharla.
Él es el guitarrista oficial del dueto de Pereira, que integra junto con Sebastián Herrera, de 30 años, primera voz, comunicador social; y en el que Harrison Mejía, de 22 años, tiplista y trombonista, es acompañante. Café Maduro fue, con Aura y Paula de Entre Cantos, de Ibagué, y Asael y Andrés de Cali, un competidor en la reñida final, en la que el jurado se decantó por las jóvenes ibaguereñas.

Al entrevistar a Paulito ni se notan trazas de su síndrome. Sus compañeros tratan, sin éxito, de explicar su forma multidireccional de hablar. Pero todos coinciden en que la música lo sanó de modo milagroso, y que es la música la que lo sacó del silencio y del aislamiento.

FRANCISCO CELIS ALBÁN
EDITOR DE EL TIEMPO

Descarga la app El Tiempo

Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias.

Conócela acá
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.