Cristóbal Colón, el pirata que descubrió América

Cristóbal Colón, el pirata que descubrió América

En ‘Mar de sangre’, Arturo Aparicio recupera la imagen de estos temidos navegantes de los mares.

Cartagena

Aparicio creció jugando entre las murallas y los cañones de Cartagena.

Foto:

Yomaira Grandett / EL TIEMPO

Por: Arturo Aparicio Laserna
21 de agosto 2018 , 11:24 p.m.

En ningún momento mi deseo ha sido suplantar a los historiadores. He tenido una fascinación atávica por la bella Cartagena, sus murallas y su mar. De niño miraba extasiado aquella fortificación. Observaba esos viejos cañones erosionados por el paso de los siglos; carcomidos por el ambiente salobre y por tantas caricias de las manos sudorosas de los turistas. Cerraba mis ojos y trataba de ver esos viejos cañones disparando hacia el mar, con su ruido ensordecedor, seguido por el olor a pólvora negra y una bala imaginaria que haría blanco en un barco de bandera negra con una calavera cruzada por dos tibias.

¿Cuántas balas he disparado en mi mente, cuántos tiros he fallado y cuántos han roto cornamusas, cuántas balas han desgarrado velas, astillado mástiles y derrumbado velámenes enteros? ¿Cuántos disparos tuve que soportar escondido tras la muralla, prácticamente inexpugnable, y cuántas veces explotaron los barriles de pólvora haciendo volar en pedazos a mis compañeros imaginarios?

Los piratas escalaban el contrafuerte o penetraban por algún boquete hecho a tiros de cañón. Era el momento de tomar la daga y la espada para defender la vida, porque estos hombres de mar, sin ley, no nos la perdonarían. Venían a conquistar las riquezas de las ciudades para dilapidarlas luego bebiendo en una taberna de mala muerte, jugarlas a los dados o entregarlas a cualquier prostituta de cantina. A lo sumo, estas riquezas durarían solo dos o tres semanas. ¡Tanta sangre derramada para terminar en una borrachera! Estos hombres no conocían el miedo ni tenían el sentido de la prudencia para aceptar la derrota. Para ellos, la muerte era solo un suceso más de la vida.

Quienes imaginariamente estábamos dentro de la fortaleza debíamos luchar por la vida, ni siquiera por defender la ciudad, aunque esta fuera nuestra misión. La rendición era incierta. Dependía de los términos en que se planteaba y de ante quién se hacía. En algunas ocasiones los piratas respetaban al vencido con honor. En otras, sin fórmula alguna de juicio, torturaban salvajemente al derrotado con los castigos más crueles para que confesara dónde escondía sus tesoros y, sin el menor reparo, de una puñalada podían arrancarle el corazón de un tajo.

Pero ¿quiénes eran estos asaltantes? Se los ha llamado piratas. La piratería ha sido un oficio tan antiguo como la humanidad misma. Y, en lo que se refiere al Nuevo Mundo y al Caribe en particular, se puede recordar que Cristóbal Colón, ya en su primer viaje de regreso, tuvo un encuentro con corsarios franceses, cerca de la isla de Madeira, una situación que no le era desconocida, razón por la cual logró sobrevivir.

En el libro de María Ángeles Massisimo Piratas y filibusteros encontramos una curiosa referencia en la que algunos autores como Renato Llamas Niubó, en su obra titulada El enigma de Cristóbal Colón (Ediciones Marte,1964), y un artículo de Baltasar Porcel, en La Vanguardia (26 de marzo, 1967), señalan que, de joven, Cristóbal Colón –entonces con el nombre de Joanot Colom, y Tomeu, su hermano– se dedicaban a la piratería en las costas de Andratx y en el litoral de Felanitx, de donde eran oriundos. Fue al huir en busca de una “patria más generosa” cuando el navegante tomó el nombre de Cristóbal Colón. Como cabe imaginar, estas afirmaciones han causado un revuelo mayúsculo.

Es claro que en aquellos tiempos casi todos los marinos practicaban la piratería. De hecho, en su primera expedición, Vicente Yáñez Pinzón, que había sido pirata, pilotó La Pinta. Su pariente, Martín Alonso Pinzón, pirata, condujo La Niña, en compañía de Juan de la Cosa y de Pedro Niño; pirata también, del clan de los Niño, nieto de Pedro Niño, terror del Mediterráneo, que dirigió la Santa María.

Para llegar a las Indias y de alguna forma gracias a su genialidad, Colón tuvo acceso a la carta de Paolo dal Pozzo Toscanelli, escrita en 1474, en la cual se afirmaba que se podía llegar a la India por el oeste y se trazaba un mapa según el cual, primero se llegaba al Japón. Esta era la misma afirmación del geógrafo griego Estrabón, quien, en el siglo I, afirmaba que era posible llegar a las Indias partiendo desde España. Ya desde hacía varias generaciones se aceptaba que el mundo era redondo. Otro geógrafo griego, Ptolomeo, hablaba de que la Tierra era una sola masa rodeada de agua. En el fondo, Toscanelli tampoco decía nada nuevo. Estas ideas figuraban ya en los mapamundis, en varias cartas italianas y en el mapa de Fra Mauro.

Algunos historiadores coinciden en afirmar que cuando Colón vivía en Madeira recogió a un náufrago que se encontraba en muy mal estado de salud y a quien cuidó en su casa, donde pasaron largas horas conversando sobre un viaje fantástico por tierras desconocidas. Antes de morir, en señal de gratitud, el náufrago entregó a Colón unos papeles con el relato, el rumbo y un mapa de la expedición al oeste. Este náufrago ha sido conocido como el ‘protonauta’, y en los escritos de Bartolomé de las Casas y, después, en los del Inca Garcilaso de la Vega, es llamado Alonso Sánchez de Huelva.

La sagacidad, el ingenio y el valor llevaron a Colón a hacer suya la idea del viaje a las Indias, juntando la carta de Toscanelli y el mapa del náufrago. Sin embargo, Colón no pudo convencer al rey Juan II de Portugal para poder iniciar su anhelada aventura en 1484.

A Colón le tomó mucho tiempo acercarse a los reyes de España, Isabel y Fernando. Isabel la Católica, mujer brillante y emprendedora, vio seguramente en esta expedición la posibilidad de conquistar riquezas, aunque pensaba sobre todo en los muchos más seres humanos que podían ganarse para la fe católica. La reina no tuvo que empeñar ni vender joyas para juntar los dos millones de maravedíes que costaba la empresa. El tesorero real autorizó el desembolso, al igual que los banqueros, inversores y comerciantes florentinos y genoveses.

Colón recibió el apoyo de influyentes familias de armadores y navegantes expertos que participaron en la expedición. Entre ellos: los Pinzón, de Palos. Los comerciantes Gómez Rascón y Cristóbal Quintero aportaron la carabela La Pinta, donde se embarcó Colón. La otra carabela, La Niña, era propiedad de Juan Niño, oriundo de Moguer.

Estas carabelas tenían 21 metros de eslora, ocho y medio de manga y tres de profundidad. Eran embarcaciones de 55 a 60 toneladas, de tres palos. Estas dos naves viajarían bajo el mando de los hermanos Pinzón. Después adquirieron una tercera, la Mari Galante, que desplazaba cien toneladas. Era de propiedad de Juan de la Cosa y fue bautizada como La Santa María, por tratarse de una expedición católica.

Colón era un navegante conocedor del cielo y las estrellas, pero sus cálculos estaban errados. Le puso a la Tierra 20.400 millas de circunferencia ecuatorial, 10.000 kilómetros menos de lo real. Toscanelli decía que la masa oceánica tenía 160 grados de latitud. Colón le restó los veinte grados de latitud ya explorados hasta las Azores. De acuerdo con Marco Polo, se calculaba en quince grados de latitud para llegar de Catay a Cipango (Japón). Esto le daba una cifra similar a la establecida en el siglo I, a. C. por el Marino de Tiro, que había calculado la masa oceánica en veinte grados. Por su parte, el profeta Esdras había calculado que solo una séptima parte de la Tierra estaba cubierta por agua, alrededor de 51 grados de latitud, y que esta debería ser la distancia desde las Canarias hasta Cipango.

Colón cometió aquí otro error: debía convertir los grados en millas. Basado en el cosmógrafo árabe Alfagrano, para quien una milla equivalía a 1.973,5 metros, Toscanelli estimaba que la distancia de un grado era de 56 millas y dos tercios. No obstante, Colón, acortando la distancia, tomó la milla genovesa de 1.481 metros. Aparte del error de la distancia, la ruta era correcta y precisa y los vientos y corrientes adecuados.

Se dice que fue Rodrigo de Triana quien divisó por primera vez el Nuevo Mundo. Sin embargo, la investigadora A. B. Gould ha demostrado que el pasajero Triana no estaba en el viaje. Fue Juan Rodríguez Bermejo el primero en divisar una cabeza de playa en una de las islas de las Bahamas que los indígenas llamaban Guanahani y que hoy conocemos como San Salvador. Sabemos muchas cosas de estos viajes, pero también son muchas las que ignoramos.

Una vez desembarcado en esta primera isla de Guanahani, bautizada por Colón con el nombre de San Salvador –Watling, una de las Bahamas–, los navegantes siguieron a Santamaría de la Concepción (Rum Cay), Fernandina (Long Island) y Juana (Cuba). Allí, los habitantes semidesnudos no tenían los ojos rasgados como los orientales, su color de piel era diferente al de los habitantes de Cipango. Colón presumió haber llegado a la India, y por eso las denominó Indias occidentales. Aquí, según Ricardo Herren, llamó a su escribano y señaló el descubrimiento de un continente. Para refrendar su afirmación hizo firmar a la tripulación. Negarse a firmar hubiera significado severas multas, azotes e, incluso, el corte de la lengua. De modo que todo el mundo sostuvo esta insensatez.

Los diccionarios definen a los piratas como “ladrones del mar”. Según Dionisio de Anselmo y Herrera, la palabra viene del griego peirates, ladrón que andaba navegando por el mar. Existían varias clases de estos ladrones del mar: piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. Su actividad era más o menos la misma, pero con pequeñas diferencias. La mejor definición de la piratería nos la da Azcárraga: “Aquella expedición armada o empresa por mar con un fin lucrativo y sin autorización del Estado”. Estas expediciones iban dirigidas contra barcos o poblaciones, sin tener en cuenta su bandera. El corsario figura dentro de esta misma definición, pero con la particularidad de que un rey le daba una patente de corso para atacar barcos o poblaciones enemigas del reino.

Equivalían a ejércitos móviles, sin mando directo. Atacaban a las potencias enemigas, entorpeciendo su desarrollo comercial. En contraprestación, el corsario retribuía al rey con una porción del botín. Otra porción iba al dueño del barco, una tercera porción correspondía a quien armaba la expedición y dos porciones eran para la tripulación y su capitán. Un claro ejemplo es el de Jean Florín, llamado el florentino, aunque su verdadero nombre era Giovanni da Verrazzano, al servicio de Francisco I de Francia.

En 1522 asaltó y tomó las naves en que Cortés enviaba los tesoros que por engaño había sustraído a Moctezuma, en México. Cinco años más tarde fue hecho prisionero y confesó haber capturado y hundido más de 150 navíos. Antes de llegar a la prisión fue ejecutado por orden del rey de España. Bucaneros y filibusteros estaban integrados por desertores, náufragos y colonos ingleses, franceses y holandeses.

Actuaron en una región delimitada del mar Caribe y en un espacio de tiempo, entre los siglos XVI y XVII. En 1624, el rey Carlos I envió a un corsario llamado Thomas Warner a tomar posesión de la isla de San Cristóbal (Saint Kitts). Al llegar fue atacado por los fieros caribes y cuando estuvo a punto de ser derrotado, la suerte lo salvó.

Una expedición corsaria francesa, bajo el mando de Pierre Belain d’Esnanmbuc, quien también participaba en una incursión expansionista organizada por Richelieu, fue atacada y derrotada por un navío español. Su maltrecho barco encalló en San Cristóbal, donde prestó ayuda a los ingleses. Franceses e ingleses se repartieron la isla para cultivarla, pero en 1629 fueron asaltados por una flota española encabezada por don Fadrique de Toledo, al mando de 36 galeones y catorce buques de guerra. Los hombres tuvieron que huir a La Española y Tortuga.

ARTURO APARICIO LASERNA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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