Fuimos nosotros quienes creamos la pandemia

Fuimos nosotros quienes creamos la pandemia

Este texto de David Quammen hace parte de la última reedición de su libro Contagio.

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Para Quammen, la acción humana en los ecosistemas, el contacto cercano con animales salvajes y los patrones de consumo son las causas de la propagación de nuevos virus.

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Getty Images

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de agosto 2020 , 12:49 a.m.

Este texto del escritor estadounidense David Quammen, publicado cuando el covid-19 empezaba a hacer estragos, hace parte de la última reedición de su libro Contagio.

El último de la sucesión de virus aterradores que ha capturado la horrorizada atención del mundo, provocado el confinamiento de millones de personas, alterado los viajes previstos en todo el planeta y desatado el acaparamiento de mascarillas médicas en lugares que van de la provincia China de Wuhan a Bryan, Texas, se conoce como nCoV-2019*. Un apelativo farragoso para una amenaza espeluznante.

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El nombre, elegido por el equipo de científicos chinos que aisló e identificó el virus, es la apócope de ‘nuevo coronavirus de 2019’. Refleja el hecho de que fue a finales de ese año cuando se tuvo la primera noticia de que el virus había infectado a humanos –en un mercado de pescado y animales vivos en Wuhan– y que pertenece a la familia de los coronavirus, un grupo lamentablemente célebre.

La epidemia de SARS de 2002-2003, que infectó a 8.098 personas en todo el mundo, de las que murieron 774, fue provocada por un coronavirus; como también lo fue el brote de MERS que comenzó en la península arábiga en 2012 y aún perdura (hasta noviembre de 2019, se habían infectado 2.494 personas, con 858 muertes).

A pesar del nombre del nuevo virus, y como saben perfectamente quienes lo bautizaron así, el nCoV-2019 no es tan nuevo como cabría pensar.

Hace varios años, en una cueva en Yunnan, una provincia situada a unos 1.500 kilómetros al sudoeste de Wuhan, un equipo de investigadores encontró algo que se le parecía mucho, y preocupado dejó constancia de su existencia.

La rápida propagación del nCoV-2019 es sorprendente, pero no era imprevisible. Que el virus emergiera de un animal no humano, probablemente un murciélago, y es posible que después de pasar por otra criatura, puede parecer inquietante, pero tampoco es algo que sorprenda en absoluto a los científicos que estudian estos temas.

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Uno de estos expertos es la doctora Zheng-Li Shi, del Instituto de Virología de Wuhan, una de las autoras principales del artículo que dio al nCoV-2019 su nombre e identidad.

Fueron Shi y sus colaboradores quienes, en 2005, demostraron que el patógeno del SARS era un virus de murciélago que se había contagiado a los humanos.

Desde entonces, Shi y sus colegas han seguido el rastro de los coronavirus en murciélagos, advirtiendo de que algunos de ellos eran particularmente susceptibles de provocar pandemias humanas.

Un virus de murciélago que se había contagiado a los humanos

En un artículo de 2017 describían cómo, tras casi cinco años recogiendo muestras fecales de murciélagos en la cueva de Yunnan, habían encontrado coronavirus en numerosos ejemplares de cuatro especies diferentes de murciélagos, incluido el murciélago de herradura intermedio, llamado así por el pliegue de piel semiovalado que sobresale como un plato alrededor de sus fosas nasales.

Ahora, Shi y sus colegas han anunciado que el genoma de ese virus es idéntico en un 96 por ciento al del virus de Wuhan descubierto recientemente en humanos. Ambos forman una pareja diferente del resto de los coronavirus conocidos, incluido el que provoca el SARS.

En este sentido, el nCoV-2019 es nuevo; y posiblemente aún más peligroso para los humanos que los demás coronavirus.

Los brotes de nuevas enfermedades víricas son como las bolas metálicas en una máquina de pinball: podemos lanzarlas con las paletas, sacudir la máquina agarrándola por las patas, o golpearlas contra los anillos vibrantes, pero el lugar donde acaben cayendo, además de todo lo anterior, depende de otros 11 niveles de suerte.

Esto es particularmente cierto con los coronavirus: mutan con frecuencia al reproducirse, y pueden evolucionar tan rápido como un monstruo de pesadilla.

David Quammen

David Quammen es un escritor que se ha dedicado a la divulgación científica. Muchos de sus libros tratan sobre epidemias modernas.

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Peter Daszak, presidente de EcoHealth Alliance, una organización privada de investigación con sede en Nueva York que se centra en las conexiones entre la vida humana y la fauna salvaje, trabaja desde hace tiempo en colaboración con la doctora Shi.

“Llevamos 15 años advirtiendo sobre estos virus –me dijo el viernes pasado reprimiendo la frustración–. Desde el SARS”. Daszak fue uno de los autores del estudio del 2005 sobre murciélagos y SARS, así como del artículo del 2017 sobre los numerosos coronavirus similares al SARS que habían encontrado en la cueva de Yunnan.

Me contó que, para ese segundo estudio, el equipo que se desplazó al lugar tomó muestras de sangre de unas 2.000 personas en Yunnan, de las cuales unas 400 vivían cerca de la cueva. Aproximadamente un 3 por ciento de ellas portaban anticuerpos contra coronavirus relacionados con el del SARS.

“No sabemos si habían enfermado. No sabemos si estuvieron expuestos cuando eran niños o adultos —explicó Daszak—. Pero lo que esto nos dice es que los virus están saltando continuamente de murciélagos a humanos”.

Dicho de otro modo: la emergencia de Wuhan no es un suceso novedoso, sino que se encuadra en una sucesión de contingencias relacionadas que se remontan tiempo atrás en el pasado y, mientras persistan las circunstancias actuales, continuarán en el futuro.

Así que, cuando dejemos de preocuparnos por este brote, tendremos que preocuparnos por el siguiente. O hacer algo para cambiar las circunstancias actuales.

Las circunstancias actuales incluyen un peligroso comercio de animales salvajes para el consumo humano, cuyas cadenas de suministro se extienden a través de Asia, África y, en menor medida, Estados Unidos y otros lugares.

Ahora, ese comercio se ha prohibido en China, pero de forma temporal; como también se prohibió durante el SARS, aunque más tarde se permitió su reanudación: en mercados como el de Wuhan se amontonan hacinados murciélagos, civetas, puercoespines, tortugas, ratas del bambú, muchas especies de aves y otros animales.

Cuando dejemos de preocuparnos por este brote, tendremos que preocuparnos por el siguiente

Las circunstancias actuales también incluyen 7.600 millones de humanos hambrientos: algunos de ellos pobres y muy necesitados de proteínas; otros adinerados, derrochadores y capaces de viajar en avión adonde les plazca.

Estos factores no tienen precedente en el planeta Tierra: gracias a los registros fósiles sabemos, a falta de pruebas que lo desmientan, que ningún animal de gran tamaño ha sido ni remotamente tan abundante como los humanos lo son ahora; por no hablar de nuestra capacidad de acaparar recursos.

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Una consecuencia de esta abundancia, de esta capacidad y de los consiguientes trastornos ecológicos es el aumento de los intercambios víricos: primero de animal a humano, y a continuación de humano a humano, hasta alcanzar en ocasiones una escala pandémica.

Invadimos los bosques tropicales y otros espacios salvajes, que albergan una enorme cantidad de especies de animales y plantas; y, en el seno de estas criaturas, multitud de virus desconocidos.

Talamos árboles; matamos animales o los enjaulamos para enviarlos a los mercados. Alteramos ecosistemas y provocamos que los virus escapen de sus huéspedes naturales. Cuando esto ocurre, los virus necesitan un nuevo huésped. A menudo, ese huésped somos nosotros.

La lista de virus de esta clase que han emergido hacia los humanos suena como un sombrío repiqueteo de tambor: Machupo, Bolivia, 1961; Marburgo, Alemania, 1967; ébola, Zaire y Sudán, 1976; VIH, identificado en Nueva York y California, 1981; una forma de Hanta (ahora conocido como Sin Nombre), sudoeste de Estados Unidos, 1993; Hendra, Australia, 1994; gripe aviar, Hong Kong, 1997; Nipah, Malasia, 1998; Nilo occidental, Nueva York, 1999; SARS, China, 2002-2003; MERS, Arabia Saudí, 2012; ébola de nuevo, África occidental, 2014. Y esto no es más que una selección. Ahora tenemos el nCoV-2019, el más reciente redoble del tambor.

libro Contagio

Editorial Debate. Cuesta $ 62.000 y tiene 620 páginas

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Cortesía

Las circunstancias actuales también incluyen burócratas que mienten y ocultan las malas noticias, y representantes públicos que se jactan ante la multitud de talar bosques para crear puestos de trabajo en la industria maderera y agrícola, o de reducir los presupuestos públicos destinados a sanidad e investigación.

La distancia que separa Wuhan o la Amazonia de París, Toronto o Washington es corta para algunos virus —se mide en horas—, dada la facilidad que tienen para desplazarse en el interior de quienes viajan en avión.

Y si alguien piensa que dedicar dinero a estar preparados contra una pandemia es costoso, que espere a ver cuál es el coste final del nCoV-2019.

Por suerte, las circunstancias actuales también incluyen a científicos y personal médico de respuesta ante epidemias que son brillantes y entregados, como los del Instituto de Virología de Wuhan, EcoHealth Alliance, los CDC, los CDC chinos y muchas otras instituciones.

Gente que se adentra en cuevas de murciélagos, zonas pantanosas y laboratorios de contención de alta seguridad, a menudo poniendo en riesgo su vida, para extraer heces y sangre de murciélagos y otras evidencias valiosas para estudiar las secuencias genómicas y dar respuesta a las preguntas clave.

Mientras que el número de casos de infectados con nCoV-2019 —y las cifras de muertos que lo acompañan— ha ido aumentando, ha habido una métrica, la tasa de letalidad, que ha permanecido bastante estable hasta el momento: alrededor del 3 por ciento (hoy es del 4 por ciento**). Esto es algo relativamente afortunado: peor que para la mayoría de las cepas de gripe; mejor que para el SARS.

Esta buena fortuna puede que no dure. Nadie sabe hacia dónde irá la bolita metálica. Dentro de seis meses, la neumonía de Wuhan podría estar convirtiéndose en un mal recuerdo. O no.

Tenemos ante nosotros dos desafíos a vida o muerte, a corto y a largo plazo. A corto plazo debemos hacer todo lo posible, con inteligencia, tranquilidad y una plena dedicación de recursos, para contener y extinguir este brote de nCoV-2019.

A largo plazo, cuando la peor parte ya haya pasado, debemos recordar que el nCoV-2019 no fue un suceso novedoso ni un infortunio. Fue —y sigue siendo— parte de una serie de decisiones que estamos tomando los humanos.

*El 11 de febrero, la OMS anunció el nombre oficial del mal producido por este virus: enfermedad del coronavirus 2019 (covid-19).
** Nota de los editores de EL TIEMPO.

REDACCIÓN EL TIEMPO

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