La conversión política del escritor Mario Vargas Llosa

La conversión política del escritor Mario Vargas Llosa

El nobel, invitado de la Feria del Libro de Bogotá, conversó en Madrid sobre su nuevo libro.

Mario Vargas Llosa, escritor peruano

El escritor peruano redacta sus novelas y ensayos a mano, en cuadernos como el que repasa en esta foto, y en las tardes transcribe los textos en el computador.

Foto:

Alfredo Arias / Revista Gatopardo

Por: Felipe Restrepo Pombo
25 de marzo 2018 , 11:30 a. m.

Mario Vargas Llosa está de buen humor. Esta tarde de lunes invernal, gélida pero soleada, no para de sonreír. Cuenta, con mucha gracia, una confusión que tuvo hace unos días: pensó que se encontraría con unos amigos en un restaurante del centro de Madrid, pero los había citado en su casa.

–Llegué temprano al lugar y no vi a nadie –dice entre risas–. En ese momento me llamaron para decirme que acababan de llegar a mi casa.

Se burla entonces de su edad y de los achaques. Luego continúa revisando la agenda de promoción de su nuevo libro, ‘La llamada de la tribu’. Con una vitalidad asombrosa –este miércoles 28 cumple 82– el peruano planea el 2018: irá a varios continentes (está invitado a la Feria del Libro de Bogotá). Esta no es una publicación cualquiera, un libro de Vargas Llosa es un acontecimiento mundial. Y más en este caso porque escribe sobre un tema espinoso: sus ideas políticas.

Se dirige a su escritorio. Saca de los cajones cuadernos de todos los tamaños. Algunos son libretas finas con tapas de cuero, otros son cuadernos escolares. Todos están llenos con una letra estilizada: la caligrafía de un alumno aplicado.

–Escribo a mano. Para mí el ritmo de una narración es el de la escritura a mano –dice.

–¿Qué pasa con esos apuntes?

–No son apuntes: son los textos. Los escribo por la mañana en los cuadernos y luego, en la tarde, los transcribo.

–¿Cómo nacen sus historias?

–El punto de partida es muy misterioso: nunca sé por qué ciertas imágenes que la memoria ha conservado me sugieren una historia.

Desentrañar el proceso creativo de Vargas Llosa es una tarea compleja. El primer paso es una extensa investigación, similar a la de un historiador o sociólogo. Al inicio tiene una idea muy general de una historia. Empieza a dibujar diagramas que detallan la trayectoria de todos los personajes. Luego entrelaza estos caminos y de ahí va naciendo el orden de cada capítulo. Es bien sabido que el peruano es un maestro de la estructura. En su técnica literaria, la forma es estructura y organización del tiempo. Siempre tiene claro a dónde quiere llegar, pero disfruta con los giros. Según él, esta complejidad les da una mayor profundidad a sus historias.

–Trabajo con la obra de Mario hace 20 años –me dice unos días después Pilar Reyes, la directora literaria de Alfaguara, en Madrid–. He publicado sus libros desde ‘El sueño del celta’, en 2010, como su editora original y la editora en Colombia desde 1998.

–¿Es verdad que tiene varias versiones de cada libro?

–Lo que Mario entrega es un texto finalizado. Eso no es ninguna revelación. Lo que sí lo es, es que las versiones a mano de sus cuadernos son asombrosamente limpias.

La disciplina de Vargas Llosa es semejante a la de un atleta. Tiene una disposición nula al alcohol y las noches de desvelo. Es un discípulo directo de Gustave Flaubert: el novelista francés que no creía en la inspiración sino en el trabajo arduo. Vargas Llosa es un profesional que se ciñe a horarios de oficina. Escribe desde las 10 de la mañana, encerrado en su estudio; no atiende llamadas ni responde correos. A la una de la tarde hace una pausa para almorzar y ver el noticiero. Después del descanso regresa a su escritorio a pasar a limpio las páginas que escribió en la mañana. En las noches, cuando no tiene compromisos, lee o ve películas y series.

Escribe desde las 10 de la mañana, encerrado en su estudio; no atiende llamadas ni responde correos. A la una de la tarde hace una pausa para almorzar y ver el noticiero

–Ahora estoy encantado con la serie ‘The Man in the High Castle’.

Camina hacia la biblioteca en busca de un libro sobre la Segunda Guerra Mundial. Lo encuentra y revisa concentrado. Debe estar alimentando el archivo de su mente privilegiada, en el que reposan millones de referencias literarias, políticas, históricas y sociales.

***

Llego temprano a nuestro primer encuentro, el viernes anterior, así que tengo tiempo de dar un paseo. La residencia está en las afueras de Madrid, en Puerta de Hierro. Es una zona residencial de construcciones amplias, protegidas por muros o bardas de piedra, atravesada por parques. El escritor pasaba temporadas en su apartamento en el centro, pero se mudó a la casa de Isabel Preysler. Desde que comenzó su relación, en 2016, la pareja es asediada por la prensa. Imagino que prefirieron la privacidad de este tranquilo suburbio.

Después de atravesar un portón de hierro, vigilado por cámaras, cruzo un sendero delimitado por pinos. En la entrada principal de la casa me recibe un mayordomo uniformado que me invita a pasar. Atravieso varios salones suntuosos, de techos altos, hasta llegar a la biblioteca principal. Me llama la atención una estantería en la que solo reposan biografías de presidentes de Estados Unidos en orden cronológico. En las paredes hay obras de arte contemporáneo que contrastan con el mobiliario clásico y las antigüedades. Sobre la chimenea hay un retrato al óleo de la señora Preysler.

Vargas Llosa entra y me saluda afectuosamente. Pronto se desvanece el hombre solemne que había imaginado. Es de modales impecables y entrañable. Viste una camisa clara, un suéter deportivo, pantalones de pana azul y mocasines de cuero. Reconozco movimientos que he visto en televisión o en alguna conferencia: su manera de cruzar los brazos mientras escucha o como acaricia su barbilla cuando responde. Su pelo blanco está peinado hacia atrás. Revisa su celular. Está escandalizado con la nueva filtración de los medios: aparentemente, en una reunión, Donald Trump dijo que Haití era “un agujero de mierda”.

–Nunca antes Estados Unidos había tenido un presidente tan impresentable –dice con su dicción perfecta y su tono de voz imponente–; felizmente, en Estados Unidos las instituciones parecen funcionar y le están dando una batalla admirable.

–En su nuevo libro usted escribe que algunos pensadores del siglo XIX alertaron sobre el surgimiento de líderes como Trump.

–Sí, de ahí el título. Esa llamada de la tribu trata del regreso al nacionalismo. Una idea que se sintetiza en el ‘America First’ de Trump. Es esa idea racista que sostiene que es un privilegio pertenecer a un país. Y que ese país es, de alguna manera, mejor que los otros.

–Es un sentimiento que no solo resurge en Estados Unidos…

–Está hasta en Europa, que era un proyecto generoso, incluyente, progresista. Si algún continente parecía blindado, era Europa, y fíjate cómo ese fantasma está regresando, en Hungría, en Polonia.

Vargas Llosa escribió este libro durante los últimos dos años, pero la idea viene de tiempo atrás. Hace 20 años leyó ‘Hacia la estación de Finlandia’, de Edmund Wilson, que relata la evolución de la idea socialista desde que el historiador Jules Michelet la propuso hasta que Lenin llegó a la estación de Finlandia, en San Petersburgo, en 1917, para dirigir la Revolución rusa. Al escritor peruano lo sedujo esta propuesta; narrar la trayectoria de un concepto. Fue así como decidió contar, a través de su lectura de siete de sus autores favoritos, cómo él mismo se convirtió en un pensador liberal.

–La mayor parte de esos autores estaban vedados para mi generación. Crecimos en un continente plagado de dictaduras militares. Además, con un apoyo explícito de Estados Unidos. Era muy difícil no ser de izquierda en mi juventud. Pero la izquierda te empujaba hacia un marxismo sectario.

–Y a esto se sumó el entusiasmo por la Revolución cubana.

–Esa fue la gran novedad. Es difícil imaginar hoy lo que generó entre nosotros esa revolución que nacía de idealistas progresistas. Y que, además, habían peleado de la nada hasta convertirse en un movimiento popular.

–Pero ¿se desencantó?

–Mi ruptura con Cuba fue a finales de los 60, cuando se crearon los Umap, esos campos de concentración para contrarrevolucionarios, intelectuales y homosexuales. Era una injusticia flagrante y le escribí una carta a Fidel Castro en la que le reclamaba. Luego vino el caso Padilla, ese fue el punto de quiebre.

–¿Estaba desconcertado?

–No pude apoyar más el modelo cubano. Me sentía como un cura que cuelga los hábitos, con una sensación de orfandad pero de mucha libertad. Fue ahí cuando busqué a estos autores. Me dieron una nueva perspectiva.

–¿Una especie de transformación intelectual?

–Sí, fue una conversión política.

***

–La palabra clave en su vida es libertad. Aborrece el autoritarismo, las figuras de poder absoluto –dice Sergio Vilela, desde Lima.

La palabra clave en su vida es libertad. Aborrece el autoritarismo, las figuras de poder absoluto

Vilela es tal vez una de las personas que mejor conocen la vida de Vargas Llosa. En 2011 publicó ‘El cadete Vargas Llosa’, un libro en el que rastrea el origen de las novelas del peruano.

–Si miras con atención, verás que se ha enfrentado a los dictadores, a su padre, a Fujimori o Alan García –señala Vilela.

Vargas Llosa ha dicho que se hizo escritor para desafiar a su padre. Hasta los 10 años pensó que era huérfano. Pero, en el verano de 1947, su madre lo llevó a conocer a su papá. La relación entre ambos fue desastrosa desde el comienzo. Vargas Llosa había crecido en Cochabamba, Bolivia, en una familia cariñosa. A su regreso a Piura, en Perú, se encontró con otra realidad: “Su padre le prohibía visitar a la familia, ver amigos, escribir, y lo molía a golpes con cualquier excusa”, escribió Leila Guerriero en El País, en 2013.

En el prólogo de ‘La llamada de la tribu’ cuenta que descubrió la política a los 12 años, en octubre de 1948, cuando el general Manuel Apolinario Odría derrocó al presidente Luis Bustamante y Rivero, pariente de su familia materna. Después de ese golpe militar, la aversión por la figura abusiva del padre se trasladó hacia los dictadores. Sus padres querían que estudiara en la Universidad Católica, a la que iban los hijos de las familias ricas limeñas, pero prefirió matricularse en la de San Marcos para estudiar Letras y Derecho. Entró en contacto con las juventudes comunistas y se unió al grupo Cahuide. Leyó a Marx, Engels y Lenin. No obstante, miraba con recelo el dogmatismo de los comunistas peruanos. Leía con más interés a Jean-Paul Sartre, quien fue, durante gran parte de su juventud, un modelo.

En 1954 dejó a los Cahuide. Ese mismo año se casó con Julia Urquidi y trabajó en el diario ‘La Crónica’, de donde viene gran parte de la inspiración para su magistral ‘Conversación en La Catedral’. La experiencia en el periodismo lo marcó: “Fui descubriendo un país que desconocía. En ese sentido, la experiencia del periodismo fue muy instructiva: me enseñó mucho sobre la realidad de un país que era más complejo, mucho más enconado, mucho más violento del que yo había vivido hasta entonces”, cuenta en ‘Conversación en Princeton’, de Rubén Gallo. También viajó a la Amazonia peruana: esas trayectorias fueron, a su vez, el origen de novelas como ‘La casa verde’ o ‘Pantaleón y las visitadoras’.

A finales de los 50, se mudó a Europa con la intención de convertirse en un gran novelista. Primero estuvo en Madrid y luego en París, donde escribió ‘La ciudad y los perros’, que narra la brutalidad de los años que vivió en el colegio Leoncio Prado. Esta historia le dio a su autor una dimensión universal y fue una de las obras fundadoras del Boom.

En 1970, el poeta Heberto Padilla fue detenido bajo el cargo de ser colaborador de la CIA. Un grupo de intelectuales envió una carta de protesta a Fidel Castro. Este los acusó de ser agentes del capitalismo y dijo que no podrían volver a entrar a la isla por “tiempo indefinido e infinito”. Este incidente también significó la ruptura de Vargas Llosa con amigos muy cercanos, como Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.

Su condición de exiliado de la izquierda le dio libertad. Se mudó a Inglaterra, con su segunda esposa, Patricia Llosa. Se hizo profesor de la Universidad de Londres y observó las reformas del gobierno de Margaret Thatcher. Al mismo tiempo, releyó a Adam Smith, Friedrich von Hayek y Karl Popper. Estos tres autores marcaron el camino de su nuevo pensamiento liberal. Un proyecto que, décadas después, llevaría al campo de batalla de la política peruana.

***

El día en que recibió el Premio Nobel de Literatura, Vargas Llosa prometió que no sería su entierro. El peruano continuó escribiendo con igual intensidad. Para ‘La llamada de la tribu’ releyó decenas de libros de Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel.

–El liberalismo se ha convertido en una mala palabra en Latinoamérica. Incluso degeneró en el neoliberalismo, que es visto como la gran máscara de la explotación de los pobres, del abuso de las grandes industrias. Pero el liberalismo es una política que se adapta a las circunstancias, que se transforma en nombre del pragmatismo.

–Uno de los autores a los que dedica un capítulo en el libro, Isaiah Berlin, dice que algunas ideas políticas contradictorias pueden convivir, ¿cómo se entiende esto?

–Creemos que todos los valores pueden coexistir. Como el lema de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Pero ¿qué pasaría si esos valores fueran contradictorios? Porque no necesariamente puede haber igualdad sin restringir cierta libertad. Es una paradoja a la que nos enfrentamos todos los días. Lo que propone Berlin es buscar compromisos sociales, que son la civilización.

Le pido que me muestre todos los libros que utilizó durante esta investigación. Me cuenta que esta no es su biblioteca personal, que ha traído algunos ejemplares suyos, pero que en realidad la mayoría le pertenecieron a Miguel Boyer, quien fue ministro de Economía y Hacienda español y el tercer esposo de Isabel Preysler.

–Todos los autores que menciona en el libro comparten un interés por avanzar.

–Berlin, por ejemplo, dice que la libertad económica trae progreso pero también puede llevar a que “los lobos se coman a los corderos”. Y añade: “La libertad económica llenó de niños las minas de carbón”. Creo en el liberalismo que no es solo una doctrina económica, sino una idea de progreso para todos.

–¿Qué tan flexible es esta escuela hacia la derecha y hacia la izquierda?

–Se toca con ambos extremos. Con la izquierda tiene semejanzas con la socialdemocracia y con la derecha comparte ciertos valores conservadores.

–Popper creía que la filosofía se remite a problemas concretos y eso lo llevó a enfrentarse a pensadores de su época, como Wittgenstein, ¿por qué?

–Popper defendía que la filosofía no podía ser una jerga incomprensible y que tenía que servir para discutir los problemas concretos. Señalaba que la filosofía se estaba volviendo una disciplina de exquisitos en la que el profano no tenía ni siquiera las herramientas lingüísticas para acceder a esa complejidad. Llegó a decir que las palabras no importaban. Lo cual es peligroso porque las palabras importan, y mucho.

–Algo similar ocurrió con Revel, otro de los autores del libro, quien se enfrentó a sus contemporáneos por considerar que sus obras eran demasiado intrincadas.

–Para mí fue muy importante. Era un intelectual que escribía en los diarios. Sin empobrecer sus ideas, estaba convencido de que la cultura debe llegar al público. De él aprendí la importancia de saber llegar al gran público, de comunicar un discurso accesible.

–¿Los escritores deben ser personajes públicos?

–Tienen que entender su tiempo y saber comunicar sus ideas.

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–Pensé en escribir una biografía de Mario desde comienzos de los 70 –cuenta Gerald Martin–, pero cuando empecé a trabajar en el proyecto, en 2011, él ya era una figura diferente. Desde un punto de vista intelectual, era un personaje opuesto al que me atrajo en un primer momento. Esto hizo que el reto fuera aún más interesante.

Martin es un investigador y crítico literario británico, reconocido por sus biografías de García Márquez y Miguel Ángel Asturias. Es profesor de literatura latinoamericana en diferentes universidades. Su libro ‘Gabriel García Márquez: una vida’ es considerado la biografía definitiva del nobel colombiano. Desde hace siete años está dedicado a la figura de Vargas Llosa y, aunque es muy reservado sobre su trabajo, deja entrever que las ideas políticas del peruano serán un tema central en su nuevo libro.

–La derrota en las elecciones de 1990 fue un golpe durísimo para él. Pero, para 1998, cuando murió Octavio Paz, y 12 años antes de que le dieran el Nobel, Mario ya era el intelectual público más prestigioso del mundo hispano –dice.

La derrota en las elecciones de 1990 fue un golpe durísimo para él. Pero cuando murió Octavio Paz, y 12 años antes de que le dieran el Nobel, Mario ya era el intelectual público más prestigioso

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El 28 de julio de 1987, Vargas Llosa escuchó en la radio a Alan García, presidente de Perú, anunciar su decisión de nacionalizar el sistema financiero del país: bancos, financieras y aseguradoras. Esta medida le dio un giro inesperado a la vida del novelista, lo obligó a rebelarse, otra vez, contra el poder establecido. En agosto de ese año fundó el Movimiento Libertad y se convirtió en candidato a la presidencia por el Frente Democrático. Su proyecto era convertir a Perú en una democracia liberal.

La aventura política resultó extenuante y un intenso desencanto. Vargas Llosa tenía la intención de llevar a cabo una campaña limpia. Su rival fue Alberto Fujimori, quien tenía una estrategia diferente. Los seguidores de Fujimori comenzaron a difamar a Vargas Llosa. Lo acusaron de ser el candidato de la oligarquía que traicionaría a los más pobres una vez elegido. Incluso utilizaron su obra literaria en su contra. La estrategia fue efectiva y, a pesar de liderar las encuestas, Vargas Llosa perdió en la segunda vuelta.

–No le ha importado nunca ser incómodo ni quedar mal. Como cuando vino a México y dijo que el PRI era una dictadura perfecta. O en la campaña presidencial, cuando criticó a antiguos amigos. Ha sido muy consecuente a la hora de enfrentar situaciones que consideró injustas –dice Ricardo Cayuela.

Cayuela entrevistó a Vargas Llosa cuando viajó a México a presentar ‘El pez en el agua’. Desde entonces mantienen una buena relación y Cayuela, director editorial de Random House México, es el encargado de editar sus libros en el país. ‘El pez en el agua’ fue el intento de Vargas Llosa de explicar(se) qué había pasado en su fracasada incursión política.

Después de perder las elecciones regresó a España. Ante el hostigamiento del gobierno de Fujimori, el Gobierno español le dio la nacionalidad.
Permaneció en un exilio voluntario, desde donde criticaba duramente al presidente.

Algunos peruanos vieron esto como un acto de traición. En el 2000, regresó a Lima a presentar la monumental novela ‘La fiesta del Chivo’. En ella, Vargas Llosa narra la dictadura de Leónidas Trujillo en la República Dominicana. Pero aprovechó para hablar sobre los gobiernos autoritarios: “Lo terrible de los dictadores es que sí son como nosotros. Salen de allí, de lo que somos todos, y se comportan como seres ordinarios hasta que llegan al poder. El poder es el que saca al monstruo”. En ese momento, el gobierno de Fujimori ya era una dictadura civil.

Desde entonces, muchos de sus críticos insisten en que Vargas Llosa se convirtió en un radical de derecha y que, además, su literatura ha perdido calidad.

–Muchos dicen que su obra ha perdido fuerza con los años...

–No estoy de acuerdo: no creo que haya un escritor vivo con tantas obras maestras publicadas.

Vargas Llosa no ha perdido su disciplina para escribir ni el ímpetu para defender las causas en las que cree. En octubre se unió a la marcha de Barcelona a favor de la unidad de España, en la que dio un discurso enardecido que recordó sus épocas de candidato.

–Es un intelectual que no tiene miedo a cambiar de opinión –dice Pilar Reyes–. Parece pensar que si la realidad cambia, el pensamiento debe hacerlo también.

***

La noche ya empieza a caer durante nuestro segundo encuentro. Pero Vargas Llosa no está cansado.

–En este libro seleccionó ensayistas y filósofos. ¿Ha pensado en escribir otro ensayo sobre los novelistas que lo han marcado?

–Sí, claro, pero en cierto sentido ya lo he hecho. He escrito ensayos sobre Flaubert, Víctor Hugo, García Márquez, William Faulkner.

–¿Qué es lo que más disfruta de ser un escritor?

–No me divierto haciendo las primeras versiones de los libros; es una lucha contra la inseguridad: siento que soy pésimo. En las siguientes versiones llegan el placer y el gozo de la escritura. Me gusta cuando puedo dejar libre la intuición porque la misma historia me da sorpresas.

–¿Qué ha aprendido en estos años de escritura?

–La elocuencia del silencio. En un ensayo es muy importante la claridad: la transparencia que pide Popper. En cambio, en una novela importa la densidad, oscurecer, narrar entre las tinieblas. A veces, lo que no se dice en una historia es lo más importante.

¿Qué ha aprendido en estos años de escritura?
La elocuencia del silencio

Caminamos juntos hacia el recibidor y las escaleras, donde lo espera el fotógrafo. Frente a la cámara emerge el Vargas Llosa legendario, el intelectual emblemático de mirada intensa. Comentamos rápido algunos temas de la actualidad.

–¿Tiene remedio Latinoamérica?

–El panorama parece oscuro, pero yo soy optimista. Latinoamérica está mucho mejor hoy que en mi juventud.

Atravesamos el jardín. Una ráfaga de viento helado nos golpea en la espalda. Los árboles despoblados se mueven de un lado al otro, las hojas muertas caen sobre el agua de la piscina. Vargas Llosa se peina con la palma de su mano y sonríe de nuevo.

La versión original de este texto se publicó en la edición 189 de la revista ‘Gatopardo’ (www.gatopardo.com).

FELIPE RESTREPO POMBO
En Twitter: @felres

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