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La historia de cuando Colombia no existía
Carl Henrik Langebaek

Langebaek presentó su libro sobre los 14.000 años menos contados de este territorio.

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César Melgarejo

La historia de cuando Colombia no existía

Langebaek presentó su libro sobre los 14.000 años menos contados de este territorio.

Si la presencia humana en el país equivaliera a un día, 23 horas son antes de llegar los españoles.

En 1965, Gerardo Reichel-Dolmatoff publicó su obra Colombia, y 56 años después, el arqueólogo Carl Henrik Langebaek presenta el libro Antes de Colombia.

Después de escribirlo y publicarlo, Langebaek cayó en cuenta de que, de manera inconsciente, su título fue una respuesta al clásico sobre la arqueología del país del gran antropólogo del siglo pasado. Fue una forma de decir “no, esto fue antes de Colombia”, pues Colombia no existía. Si la presencia de la gente en el territorio actual del país correspondiera a un día, las primeras 23 horas pasaron antes de llegar los españoles.

Obviamente, explica Langebaek, el maestro austriaco-colombiano le puso a su libro un título perfectamente lógico, porque era parte de una colección mundial en la que cada país presentaba su arqueología.

Pero la razón consciente de Antes de Colombia, dice Langebaek, es defender la idea de que “nos hemos apropiado la historia indígena de una forma un poco abusiva, cuando hacemos alusión a ‘nuestros’ indígenas, como si los indígenas fueran nuestros”.

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Subraya que se trata de la historia de quienes vivieron en este territorio por más de 14.000 años, que “no tiene mucho que ver con Colombia, país que paradójicamente se llama así en honor a Colón”.

Es una historia que invita a pensar “en un tema central que, para mí, es el cuello de botella que tenemos hoy en día, no solo en Colombia sino en el mundo, que es el respeto a la diversidad, porque es que por definición el estudio de personas que eran distintas a nosotros”.

Portada de la obra de Langebaek

Foto:

Penguin Random House

¿Cómo contar lo que pasó cuando no había escritura y ya no hay memoria?

Esa es la pregunta del millón y es lo que hace a la arqueología fascinante. Hay un arqueólogo mexicano, Eduardo Matos Moctezuma, que lo resume de una forma muy bonita: dice que “la arqueología estudia todo lo que la muerte no se lleva”. Es decir, cuando muere una persona, a lo largo de toda su vida no ha hecho más que dejar evidencias materiales de su existencia que, incluso, culmina con sus propios restos físicos, con su esqueleto. Pero ha botado basura, ha modificado el paisaje, ha hecho un montón de cosas. Es un poco paradójico que estudiamos básicamente basura y muertos.

Hoy en día los arqueólogos te analizan unos dientes y te dicen qué comiste; un hueso, y te dicen si comiste más carne que plantas y, si comiste plantas, de cuáles, y si comiste animales, de qué clase. Se puede saber exactamente qué antigüedad tiene un hueso o qué antigüedad tiene un resto de una planta. Análisis muy sofisticados te permiten saber si la persona que murió en un sitio nació en ese sitio o si proviene probablemente de otro lugar donde las condiciones ambientales eran diferentes.

Podemos saber, analizando los restos de comida, si el animal que tú te comiste lo cazaste ahí, y te lo comiste ahí o si lo pasaste de otro lugar, y trajiste solamente ciertas partes que eran las que tenían más carne. Cuando yo estudié, el carbono 14 para datar objetos correspondientes a seres vivos era casi que una novedad. Hoy en día, eso es lo más elemental. Hay lo que tú quieras.

¿Y esos hechos materiales permiten ver también lo social o las instituciones?

Sí. Mucho. Podemos excavar una aldea, y saber en qué sitio la gente consumía las mejores presas de venado, dónde tenía los objetos suntuarios, probablemente obtenidos por intercambio a larga distancia. En un cementerio al sur de Bogotá se hicieron estudios genéticos de los individuos que tenían oro, para tratar de entender si eran parientes entre sí, y lo sorprendente fue que encontramos que los esqueletos que tenían oro en sus ajuares no eran parientes entre sí, no tenían nada que ver. En cambio, había individuos con oro que sí eran parientes de otros individuos que no tenían nada de ajuar. Entonces, ya puedes empezar a reconstruir cosas: bueno, aquí cómo funciona el parentesco, y si el parentesco es el que determina tener ‘riqueza’, etcétera. Podemos conocer otras cosas sobre organización religiosa. Hay casos en que claramente las prácticas funerarias parecen asociarse al nacimiento del sol.

¿La herencia indígena, entre quienes no se reconocen así, es tan evidente como la herencia hispana?

Sí, los genetistas han identificado que buena parte de la población colombiana tiene herencia masculina española, obviamente con unas diferencias regionales enormes. Pero la herencia materna indígena es muy fuerte. Tiene mucho que ver con el trabajo doméstico de mujeres indígenas en haciendas y en propiedades de colonizadores, que propició muchísimo el mestizaje.

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¿Y en lo cultural también es evidente esa herencia indígena?

También. El español se impuso, y se sigue imponiendo. Es una lengua conquistadora, y va desplazando otras lenguas. Lo está haciendo en San Andrés con el creole; lo está haciendo en el Amazonas con las lenguas indígenas. Pero, independientemente de eso, tenemos mucha herencia indígena… ¡la comida! Y la comida, ¿a través de quién se hereda?

De la mamá...

... De la mamá. Todos los días comemos cosas indígenas, y lo vemos como perfectamente natural. Nuestra dieta sin el maíz, sin envueltos, tamales, es incomprensible. Lo cual no quiere decir que no haya también huella gastronómica española… ¡la morcilla! Empezando por ahí. La longaniza. Esas cosas tan nuestras. Claro, hay un mestizaje profundo en muchas cosas, hay mestizaje en las maneras de ver el mundo.

Usted resalta el hecho de que los indígenas o son muy exaltados o son muy menospreciados. ¿Qué consecuencias trae eso?

Todo grupo humano es etnocentrista. Cree que tiene valores superiores a los demás. No solo los españoles sintieron eso. Los estudios sobre Moctezuma son impresionantes. La cultura azteca se creía superior. Eso es humano. Por supuesto, nos puede llevar a serios problemas. Claramente, la construcción del indígena ambiental, del indígena sabio, el indígena bueno, así como la construcción del indígena caníbal, ignorante, la idealización o el rechazo absoluto, se pueden encontrar en una misma persona.

Si estás frente a un español, empieza a hablar maravillas de los indígenas, pero si su hija se va a casar con un indígena, entonces le dice que “cómo se va a casar con el indio bruto”. Esa dualidad tan terrible viene de Colón. Cuando lees el diario de Colón, dice todas las cosas que decimos nosotros. En una parte dice que es la gente más buena del mundo, y unos cuantos días más adelante dice que son unos salvajes y que hay que esclavizarlos.

Esa imagen exacerbada idealizada, como ese desprecio nos imposibilita verlos como seres humanos que son, con toda su complejidad, que implica grises. Por supuesto, hay que decir que la imagen positiva es retórica. Pero la imagen negativa ha tenido unas consecuencias desastrosas. Este país hizo expediciones militares para matar indígenas hasta fines del siglo XIX, por no hablar de las expediciones que se hacían en los Llanos para matar cuibas y guahibos hasta los años 70.

En Colombia no hay esas manifestaciones monumentales de otras partes de América, lo que lleva a que haya quienes digan que eran culturas menores. ¿Qué les dice?

Lo que hace atractivo el pasado indígena en Colombia es precisamente que no sucedió lo que ellos consideran que es un tributo a la civilización. Esas historias de civilización que admiramos, por ejemplo, la Gran Muralla China o las pirámides de Egipto, son historias terribles, de cómo unos seres humanos abusaron de otros.

Y aquí se optó por un camino muy distinto, y no tiene nada que ver con la capacidad intelectual. Esas barbaridades que se hicieron construyendo pirámides y otras cosas no creo que nos vayan a enseñar mucho sobre cómo hacer las cosas hoy. Pero de pronto otro tipo de trayectoria, otro tipo de opción, como la que ocurrió en el trópico sudamericano tiene un valor impresionante.

¿Qué lecciones puede haber en esa trayectoria?

Una de las más grandes es cómo debemos manejar el trópico. Fíjate lo absurdo, que a veces pensamos en Bogotá que cuando bajamos a Girardot estamos yendo al trópico. Ernesto Guhl se burlaba mucho de esa idea de que ir a tierra caliente es “ir al trópico”. No. Aquí todo es trópico. No hay nada más tropical que el páramo. El trópico es distinto, y muchos de nuestros modelos de desarrollo no son conscientes de eso ni de la enorme importancia de preservar la diversidad.

Por ejemplo, el monocultivo es suicida. Ideas como ‘bueno, vamos a llenar los Llanos de cultivos de palma africana’ son peligrosísimas. El trópico pasa cuenta de cobro, y no tiene nada que ver con cambio climático. Pasa con o sin cambio climático.

¿Y ante el trópico, cómo respondieron los primeros habitantes?

Una de las lecciones bonitas del pasado es que en Colombia no hubo esta secuencia de que primero había unos señores cazadores que no sabían nada de plantas, que luego fueron aprendiendo de plantas y que luego se volvieron agricultores. Entonces, como se volvieron agricultores, y eso “por supuesto es más inteligencia”, entonces produjeron más excedentes, entonces unos señores muy malos se apropiaron de esos excedentes, y entonces surgieron la sociedades entre comillas civilizadas. Ese es el cuento que hay en el mundo.

En Colombia no es así. Los primeros cazadores sabían de plantas. ¡Mucho, pero mucho! Esos son los señores que domesticaron las plantas en América. No los agricultores. Fueron los cazadores, los que las domesticaron, y además en el trópico -con mayor énfasis- porque en el trópico la variedad de plantas es tan grande, que la posibilidad de encontrar plantas domesticables es enorme. Entonces, ese proceso en el trópico fue impresionante.

Incluso, se ha encontrado una cosa interesante: plantas que no fueron domesticadas en el trópico sí adquirieron toda su variedad maravillosa en el trópico. Un caso es el maíz. Y esa diversidad permitió que cuando se trasplantaran al Viejo Mundo pudieran prosperar desde África hasta los países nórdicos, porque el trópico produjo el maíz que prospera en tierra fría, en tierra húmeda, en tierras secas, en fin. Luego, los agricultores nunca dejaron de ser cazadores. Los muiscas eran cazadores.

¿Qué hacían para vivir en este medio?

La gente tuvo que acudir, como estrategia de sobrevivencia, a dos cosas muy valiosas: fomentar la diversidad y moverse. Hay estudios muy bonitos que demuestran que el Amazonas, que vemos virgen, no lo es. Ha sido domesticado durante miles de años, y buena cantidad de la distribución de las plantas es producto del ser humano.

Como las palmas, maravillosas por el alimento que producen, por tantas otras cosas. Intencionalmente el ser humano las intensificó y las llevó de un sitio a otro durante miles de años, y hoy la selva virgen es resultado de eso.

Y la gente no estaba quieta. Cuando los españoles les preguntaron a los indígenas de Bogotá “¿ustedes qué siembran?”, ellos dicen “yuca”. Obviamente en la sabana no estaban sembradas. ¿Dónde estaban sembrando la yuca? En las faldas del Magdalena, y cada familia tenía no un bohío con cultivo, sino dos, tres o cuatro, y se movían.

Comunidades enteras se movían como hoy lo hacen los koguis. Sus pueblos están abandonados excepto en momentos ceremoniales. Ellos se van moviendo por la sierra. Los u’wa, en la sierra nevada del Cocuy, también. Moverse y diversificar fueron dos estrategias que ocurrieron desde la llegada de los seres humanos al trópico hasta la llegada de los españoles, y hasta hoy, en los grupos que sobreviven.

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¿Y cómo llegaron a habitar los lugares más espesos del trópico?

Nuestra visión del medio es tan terrible que durante muchos años una de las preguntas que se hacían los arqueólogos era ‘¿y cómo es posible que los indígenas hayan atravesado el Tapón del Darién?’. Ese es un problema para un carro. Pero no es un problema para una sociedad indígena.

Incluso hubo hipótesis muy interesantes que decían que en la Amazonia la población humana tuvo que haber llegado muy tarde y tuvo que haber sido muy pequeña, y fíjate Chiribiquete, La Lindosa, todos estos hallazgos que muestran que el hombre entró desde muy temprano a la selva tropical porque ella tiene un montón de cosas que ofrecer, siempre y cuando te muevas y respetes la diversidad. Obviamente, para quien no lo haga el trópico es una amenaza. La lente actual tergiversa por completo cómo pudo ser el pasado. El pasado no fue así.

¿Cómo termina esta historia (o al menos el libro)?

El último capítulo es qué pasa después de la llegada de los españoles. Pero lo quiero llevar hasta hoy, para mostrar que la conquista de alguna manera continúa.

MAURICIO GALINDO
Editor de Economía
@galmau

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