Cien años del nacimiento de la cantante Chabuca Granda

Cien años del nacimiento de la cantante Chabuca Granda

Recorrido por la vida de la autora de Fina estampa y La flor de la canela.

Chabuca Granda Fina Estampa

Chabuca murió en Miami en 1983. Su corazón le falló. En Bogotá, en 1980, durante un concierto ante 15.000 personas, había tenido un primer infarto.

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Archivo Particular

Por: Myriam Bautista
16 de febrero 2021 , 11:17 p. m.

Un video musical colgado y replicado decenas de veces en las redes sociales, que se inicia con la siempre sentida interpretación de Pablo Milanés de Cuba y sigue con las voces o música de importantes artistas de España, Portugal, Argentina, Uruguay y, claro, un número considerable de peruanos, así como con la participación de Carlos Vives y, por derecho propio, con la de Chabuco (a quien su padre, admirador de la compositora y cantante peruana, le puso ese sobrenombre que lleva con orgullo no disimulado) por Colombia, fue el homenaje musical a Chabuca, cuyas canciones Fina estampa y, sobre todo, La flor de la canela, considerada casi un himno en Perú, se conocen y reconocen en el mundo entero.

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Y en el programa Música y literatura que dirige Carmen Millán de Benavides, que se transmite los domingos, de 9 a 10 de la noche, con repetición los sábados, de 8 a 9 de la mañana, en la Emisora 91.9 en FM, de la Universidad Javeriana, también se dedicó una emisión a recordar a Chabuca de manera profunda, sin reducirla a sus dos canciones icónicas.

Emotivas añoranzas de esta artista y pretexto para relatar algunos aspectos de su vida y de su obra.

Chabuca murió en Miami en 1983. Su corazón sensible le falló. Ya se lo había advertido tres años atrás en Bogotá, 1980, en un concierto ante quince mil personas, cuando tuvo el primer infarto.

La relación de Chabuca con Bogotá trasciende ese infortunado episodio. En 1969, el alcalde mayor de la ciudad, Emilio Urrea, la declaró huésped de honor y le entregó las llaves de la ciudad. Y en los años cincuenta, sin ser aún la señora compositora que fue, recién separada, conoció a una pareja de bogotanos que la retaron a que volviera canción ese amor que sentía por Lima, la capital de su país y a la que se refería con poéticas expresiones.

Chabuca aceptó el desafío y escribió un bello valse, Lima de veras, que sus amigos enviaron a un concurso radial y obtuvo el primer premio.

A partir de ese momento no paró de escribir, sumando centenares de canciones a lo largo de sus treinta años como compositora. Además de canciones escribió poemas, guiones de cine y algunas obras de teatro, que siguen descubriéndose.

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Fue Chabuca una mujer original, decidida, inteligente. Se casó de 22 años con el militar brasileño Enrico Demetrio Fuller, con quien tuvo tres hijos, dos hombres y una mujer

Carmen Millán de Benavides, directora del Instituto Caro y Cuervo, indagó a fondo para transmitir a sus oyentes el legado de la artista peruana y me compartió el libreto de su programa, que comenzó así: “Para entrar en la complejidad de una voz poética que pasa de la añoranza de una Lima colonial al dolor por la muerte de un poeta guerrillero y se convierte en un tercer momento de su vida en cultora de la música afroperuana, me voy a servir del libro Música popular y sociedad en el Perú contemporáneo, escrito por los especialistas Raúl Romero y Santiago Alfaro”. Y extrajo de ese texto apartes que dan cuenta sus excelsas condiciones como letrista.

Chabuca comenzó escribiendo canciones de corte muy nacionalista. La mayoría dedicadas a esa Lima señorial que cambiaba su fisonomía, poblándose con gentes venidas de todos los rincones del país. Fue la primera etapa de su carrera, en la que los personajes típicos y los sitios hermosos de ese bello país, sobre todo los de su adorada Lima, se hicieron temas musicales que despertaron el chauvinismo y se popularizaron como espuma.

Canción social

En los años sesenta, al calor del triunfo de la Revolución cubana y habida cuenta de que la desigualdad e injusticias sociales no se podían tapar con la mano, Chabuca dedicó sus composiciones a relatar esos tópicos con enorme sensibilidad que traspasaba la poesía para hacerse radical y contestataria sin ser panfletaria.

Capítulo aparte merecen las canciones que surgieron de su pluma después del asesinato del poeta Javier Heraud, un joven escritor perteneciente a la burguesía limeña que, desde su temprana adolescencia, escribió poemas importantes, como los recogidos en el libro El río, para citar tan solo uno de los que le fueron publicados con gran acogida por la más exclusiva crítica literaria.

Por su liderazgo en la universidad, a los 18 años Heraud fue invitado a Moscú y luego viajó a Cuba, con una beca para estudiar cine. A su vuelta a Lima se hizo integrante del grupo guerrillero Ejército de Liberación del Perú, donde se dieron cita muchos estudiantes universitarios.

En un primer encuentro armado con el ejército, en la selva, a pesar de que su compañero de escaramuza pidió que no les dispararan, que se entregaban, fueron acribillados.
El cuerpo de Javier, que su padre reconoció, tenía treinta tiros.
El año pasado, en la Casa de la Literatura Peruana, en el centro histórico de Lima, al lado del Palacio de Gobierno, visité una exposición temporal que, bajo el título de ‘Heraud. Dimensiones de un viaje’, recogía fotografías, libros, cartas, testimonios de su rauda y corta vida, en la que fue considerado como una de las voces más importantes de la poesía peruana, al punto de que muchos críticos la comparan con la de César Vallejo.

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La admiración por Heraud

“… Cuando el compañero de mi hijo gritó: ‘No disparen más’ –escribió en carta pública Jorge A. Heraud Cricet, padre de Javier–, estando ya cerca de la ribera desde donde les disparaban, y según versiones orales que he recogido en la población, un capitán gritó: ‘Fuego, hay que rematarlos’. Un teniente, más humano y más respetuoso de las leyes de la guerra que prohíben disparar contra el enemigo ya inerme y herido, contuvo el fuego, pero ya era tarde…”.

La admiración de Chabuca Granda por la poesía de Javier Heraud y por su altruismo de revolucionario convencido en que tenía que empuñar las armas para transformar su país fue el motivo que la llevaron a cantarle no en una, sino en varias composiciones, entre ellas: Las flores buenas de Javier, El fusil del poeta es una rosa, Silencio para ser cantado, Un bosque armado, Desde el techo vecino o Una canoa en Puerto Maldonado.

Chabuca nunca fue de izquierda, pero el asesinato del poeta la conmovió hasta lo más hondo de su alma y una manera de hacer pública su indignación fue escribir esas canciones que marcaron su etapa de compromiso con las causas populares.

Fue en aquella época en la que también homenajeó a la compositora chilena Violeta Parra, con varias canciones, siendo la más reconocida Cardo o cereza.

Y de esta etapa es la que le dedicó al gobierno revolucionario de Velasco Alvarado (1968-1975) y que tituló con el pomposo Paso de vencedores.

Raúl Romero, autor del capítulo ‘Música y poder: aristocracia y revolución en la obra de Chabuca Granda’, citado por Millán, sostiene: “La mayoría de la opinión pública percibe esta etapa como el producto de la tristeza de la compositora ante la muerte de un joven e idealista poeta, descontextualizando por completo el componente ideológico de la trayectoria de Javier Heraud, quien fue visto a duras penas como un poeta soñador, en lugar del guerrillero ideológicamente comprometido en el que se había convertido”.

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Negritudes

Enérgicas fueron las composiciones que Chabuca dedicó a la población afroperuana, en las que resalta el menosprecio y el desdén con que se trataba a los negros, y el silenciamiento hacia sus formas de expresión cultural.

Chabuca buscó músicos afroperuanos con los que conformó el grupo musical que la acompañaría en sus presentaciones de los años setenta y ochenta, y rescató instrumentos nunca utilizados, como el cajón, al que le sumó el zapateo característico del baile de los afros.

En estas composiciones refleja claramente su vergüenza y la de muchos de sus compatriotas por esos trescientos años de esclavitud. Siempre que tenía oportunidad expresaba su rechazo a estos años como el más ignominioso capítulo de la historia de su país.

Al cabo de diez años
de matrimonio le expresó a su marido el deseo de reanudar su carrera artística, a lo que él se opuso de manera cortante. Ella no lo dudó. Se separó

Por su inmersión en el mundo afroperuano, conoció y estimuló dos voces fundamentales en el ámbito artístico local, las de Susana Baca y la de Eva Ayllón, quienes siempre la reconocen como apoyo fundamental en sus triunfantes carreras.

En 1979, Chabuca inauguró en el exclusivo barrio de Miraflores un café concert que denominó como Zeñó Manuel, en el que daba cuenta de esas tres etapas de su vida de compositora. Y no se cansaba de hablar sobre el origen de cada canción y la razón de ser de cada una. Obra que fue muy aplaudida y duró meses en cartelera.

¿Qué es hacer una canción? Se preguntaba, y respondía: “Es como escribir una carta. Si no tienes nada que contar, no la escribes”.

Con Armando Manzanero

El año pasado, coincidiendo con su centenario, murió el enorme cantante mexicano y en algunos periódicos peruanos se recordó que un joven Manzanero de 25 años llegó a Lima, en los años sesenta, para trabajar con Chabuca en algunos proyectos musicales.
Cuando él, muy tímido y reservado, le enseñó algunas de sus composiciones, ella, deslumbrada, lo invitó a un almuerzo dominical en casa de la familia Miró Quezada, dueños del diario El Comercio, al que concurrían personas muy influyentes.

Chabuca presentó a Manzanero y le pidió que interpretara sus canciones, que fueron recibidas con gran entusiasmo y publicitadas, ocasión calificada como el arranque de su carrera como intérprete de sus propias composiciones.

A lo largo de los años, la relación de Manzanero y Chabuca fue estrecha y él siempre señalaba esa invitación como definitiva.

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Su vida de guerrera

Fue Chabuca Granda una mujer original, decidida, inteligente. Se casó de 22 años con el militar brasileño Enrico Demetrio Fuller con quien tuvo tres hijos, dos hombres y una mujer. Al cabo de diez años de matrimonio le expresó a su marido el deseo de reanudar su carrera artística, a lo que él se opuso de manera cortante.

Ella no lo dudó. Se separó, lo que fue escandaloso en esos años cincuenta en la cerrada sociedad limeña.

No le importó. Comenzó a trabajar como vendedora de productos de belleza marca Helena Rubistein y a la par a escribir su poesía, en la mayoría de las veces, hecha canción. Muy rápidamente logró despuntar como una de las artistas más solicitadas de Hispanoamérica.

La belleza de sus canciones, la manera singular de interpretarlas y la simpatía que derrochaba en cada una de sus presentaciones la hicieron popular y muy taquillera.
Además de sus atributos físicos, era muy habladora y eso le encantaba a su público, que no solo escuchaba sus canciones, sino el marco teórico que les hacía.

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Fina estampa la escribió para su padre, Eduardo Granda, ingeniero de minas, muerto a los cuarenta años, por el que sintió una especial devoción, y La flor de la canela, que hizo en honor a una mujer negra, lavandera, a la que admiró por su dignidad y andar hierático.

Chabuca Granda, grande y especial. No hay día en que sus composiciones no sean escuchadas con devoción o admiración en Perú o fuera de él.


En el paseo de Recoleto, en Buenos Aires, en el distrito de Hortaleza en Madrid (España), en la comuna Conchalí en Santiago de Chile, en Barranco en Lima y en muchas otras ciudades se levantan monumentos que recuerdan a esta cantante cuya música fue declarada patrimonio cultural del Perú en 2017.

MYRIAM BAUTISTA

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