Secciones
Síguenos en:
Carlos Vives y su oda de amor al ciclismo colombiano
Egan Bernal

Egan Bernal (centro), campeón, Geraint Thomas (izq., segundo), y Steven Kruijswijk, tercero del Tour 2019.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Carlos Vives y su oda de amor al ciclismo colombiano

Este es su emotivo prólogo a 'Egan Bernal y los hijos de la cordillera', del francés Guy Roger.

La primera imagen fuerte, impactante, de ciclismo que tengo en mi memoria es ver a mi mamá pegada a un radiotransmisor, en nuestra casa en Santa Marta, escuchando a un locutor hablar sobre Martín Emilio Cochise Rodríguez, en una carrera muy importante en Italia (Mundial de pista, Varèse, 1971). Yo tenía diez años y nunca olvidaré esa emoción. Para mi mamá, nacida en Medellín como Cochise, para todos los paisas, para todos los colombianos, el gran Cochise era una figura muy querida. Oír de repente que Martín Emilio había perdido me sumergió en la tristeza, cuando de repente, unos segundos más tarde, dijeron que había triunfado. Entonces, ver a mi mamá salir a la calle, corriendo, gritando, «¡Cochise, Cochise! ¡Cochise campeón!», queda como una de las cosas más hermosas de esa época.

Unos meses después, mientras visitábamos a mis abuelos en Medellín, nos enteramos de que Cochise estaba firmando autógrafos en una tienda de jeans, marca Caribú, y haciendo fila obtuvimos nuestra foto con dedicatoria. Ver ese día en carne y hueso a este gran campeón ciclista fue otro momento que todavía queda grabado en mi mente. Pero mi historia con Cochise no terminó ese día. Cuando mis papás se separaron nos fuimos a vivir a Bogotá. En 1975 yo tenía amigos del colegio que habían traído de Estados Unidos unas BMX, bicicletas tipo cross. Un día, mi amigo me pidió que lo acompañara a la tienda para el mantenimiento de su bici. Ciclopedia, se llamaba la tienda, quedaba en el barrio El Chicó, en la calle 100 con carrera 15. El dueño, que nos tenía cariño, nos preguntó si queríamos hacer parte de un equipo BMX de ciclocross y así fue. Sin saber que ese equipo estaría dirigido por Martín Emilio Cochise. Y fui uno de los primeros corredores de BMX en Colombia. Tiempo después, cuando yo ya era cantante, en una entrevista que nos hicieron tuve la oportunidad de recordarle esa anécdota a Cochise.

(Lea además: Carlos Vives: ‘Sentimos vergüenza y hemos despreciado lo que somos’)

Cuando uno nace en Santa Marta llegar a vivir en Bogotá es muy duro, pero fue acá donde empecé a entender la cultura del altiplano boyacense y hoy vivo conectado, eternamente enamorado de esa cultura campesina de origen indígena, de la nobleza de esta gente. Y por supuesto empezamos a querer a los escarabajos, parte de la cultura ciclista de nuestro país, y a esos muchachos les decían repartidores, ganándose el pan, trabajando en las droguerías, compitiendo con los carros y las motos en el caos de las calles, aprendiendo equilibrio, velocidad y astucia con sus «panaderas». No fue casualidad si me enamoré de Lucho Herrera, Fabio Parra o Patrocinio Jiménez. Sus cabalgadas me marcaron profundamente. Además, había algo en la esencia, en un territorio muy hermoso. Se llama cordillera.

A nosotros la cordillera nos define como país. Es la madre. La cordillera es la cuna del agua. Somos un país anfibio, de grandes montañas y de grandes ríos. Desde hace siglos, en la cordillera se refleja la vida y el sufrimiento de los escarabajos, campesinos, estudiantes. Ella esculpe las piedras y las piernas de los ciclistas. Pasan las generaciones, pero la cordillera, por cuestión de clima, de pendiente, de altura, sigue produciendo campeones ciclistas, sigue dándonos esos «momenticos» llenos de emoción. Hablar de mi cariño, de mi ternura por los ciclistas colombianos a veces me deja un sabor agridulce por lo que puedo escuchar. Porque como colombianos hemos sido muy desunidos, siempre estamos en cosas que nos apartan, siempre estamos viviendo en nuestras diferencias. Es nuestra historia. Hemos vivido muchas guerras civiles. La política siempre, hasta hoy, exacerba las diferencias sociales cuando de repente las cosas hermosas, naturales, nos sorprenden y nos damos cuenta de que estamos todos unidos a través de un evento.

El libro es editado por Luna Libros y Laguna Libros.

Foto:

Archivo particular

Nos unió un niño como Egan con su grandísimo Tour 2019. Nos unió un sentimiento como el que se refleja en la cara y la nobleza de los escarabajos. Y de repente todos nos abrazamos y todos nos queremos y todos somos iguales y todos somos colombianos. Yo me pregunto: ¿por qué eso no puede ser así siempre? Como artista, he tratado de que en mi música salga eso. Que mi mensaje sea orgullo colombiano, reconocernos en nuestra gran diversidad cultural, igual que en nuestra diversidad geográfica. Canto vallenatos y cumbias que son como una respuesta de la mezcla que somos. A mí como ciudadano me llaman mucho la atención esas cosas tan «populares» de nuestra gente. Como que peleamos y, de repente, nos une el cocido boyacense o el ajiaco o la bandeja paisa. Somos un país de regiones y siempre peleando. Que si el costeño, que si el cachaco, que si el paisa... Digo eso porque yo soy del Caribe y llegué a vivir en el altiplano y a enamorarme del ajiaco, enamorarme del campesino que hace el queso, enamorarme del ciclista que va de repartidor.

Cuando escribí «El orgullo de mi patria» supe que me iban a dar muy duro porque dejé por fuera a mucha gente clave. A Álvaro Mejía, por ejemplo, por confundirlo con un tío mío que fue atleta y un fondista muy importante de Colombia en los años setenta. Y a otros porque no cabe en mi canción la historia de todos. Tienen razón, faltan muchos. Pero les digo que yo exploro con la música colombiana, y lo que he tratado de hacer en «El orgullo de mi patria» es una carranga, que es el género de ellos. Jorge Velosa también le hizo canciones al ciclismo. Toca la figura del pionero de ese género y nos enseña cómo entenderlo. Mi canción salió de lo más profundo, de verdad. «Que no hay gente más buena que yo haya visto en otro lugar», dice. Quise cantar esa inocencia, esa nobleza, esa belleza, esa pureza que tienen ellos y que tiene su familia. Es algo que me conmueve profundamente y me hace enamorarme al ponerme mi ruana. En «La bicicleta», que la canto con Shakira, un verso dice: «una bici que [nos] lleve a todos lados». Es verdad, sin la bici los colombianos, repartidores, campesinos, escarabajos, habrían sido huérfanos. Y yo nunca hubiera podido conocer el sufrimiento que es pedalear. Cuando Rigoberto Urán me invitó a su carrera de gran fondo en 2018, no lo pensé dos veces y por primera vez en mi vida me subí en una bicicleta de competición. En el menú, un recorrido de 100 km con puertos incluidos. Lo hice todo en tenis, sin poder usar los chocles. La carrera no pasaba por el Alto de Minas (42 km de largo, 15% de pendiente máx.), pero cruzaba un puerto llamado Filandia, por el lado de Manizales. Sufrí terrible. La gente me animaba: «¡Ya vas a llegar! ¡Filandia es lo más duro! Después será más suave. ¡Dale, dale!». Por fin, arriba, encontré un letrero de Rigo que decía: «Ya superamos lo más difícil. Ahora falta lo más hijuepucha». Así son los chistes de Rigo… Luego, en la meta, todos me felicitaron como si fuera un héroe. Lucho Herrera, Alejandro Valverde, Iván Basso me preguntaban: «¿Hiciste 100 km sin chocles? ¿Con estos tenis?». Sí, señor, pero lo mío es pura vanidad. El sacrificio de los escarabajos es algo más profundo, se nota la pasión en sus ojos y su dolor se llama coraje. Se merecen flores, elogios y no sólo cuando ganan. El Tour de Francia 2019 de Egan me llenó de emoción. Viendo a un niño con su camiseta amarilla en los Campos Elíseos me sentí orgulloso porque son mensajes que salen de nuestro territorio. Creemos que Colombia puede ser un mejor país para nuestra gente, que podemos superar tanta violencia, tanto odio, y que estos jóvenes, estos niños nuestros del campo, de nuestro pueblo, se merecen un mejor país. Verlos triunfar es un mensaje para nosotros, pero también para el mundo. Ver a Egan intentando hablar en francés, ver con esa personalidad, esa dignidad, a Nairo, Rigo, Chavito, «Supermán», Higuita, Dani Martínez, Harold, Dayer o Winner, quiero que el mundo sepa qué es Colombia. Cuando sucede, en el fondo uno piensa «eso es lo que se merece nuestra gente». Y si por cualquier motivo no se suben al podio como ocurrió en el Tour 2020, no hay que criticarlos. A esos que se quejan o les dan duro –«hey segundón, hey no sé qué…»–, les digo: «están equivocados, están confundidos, no saben valorar». A mí me parece increíble su lucha. Porque desde el principio, desde que son muy jóvenes, luchan y son muy grandes.

En la historia de la Vuelta a Colombia trabajé en 1983 como actor, en una serie de televisión que se llamaba «El Faraón». Hablaba sobre la vida del «León de Tolima» (Pedro J. Sánchez). Ese papel lo hizo Jorge Emilio Salazar, un actor que –en paz descanse– murió muy joven. Yo hice el papel antagónico de un mensajero del alcalde del pueblo que competía por primera vez en esa Vuelta a Colombia. Mi personaje se llamaba Capitolino Rojas. Esa serie de televisión, muy humilde, recreaba las primeras competiciones de los ciclistas, corriendo por carreteras sin pavimentar, en bicicletas pesadísimas, las «panaderas». Me acuerdo de ese dato porque la vida siempre me puso muy cerca de la vida de ellos. Poco después trabajé en televisión en un programa para niños, muy famoso, donde estuve cuatro años como presentador. Cantaba, bailaba, payaseaba, me disfrazaba y fui la voz de un personaje animado que se llamaba el «Colombianito corredor». Era un personaje animado que promovía el ciclismo en esa compañía de Caracol que patrocinaba entonces la Vuelta a Colombia.

Hacía una voz de caricatura y cantaba una canción: «Pedaleando / Pedaleando / Pedaleando / Abre mi camino / Que ya voy llegando / Pedaleando / Pedaleando / Pedaleando / Mi tierra soñada / Que llego a casa / Casi volando…».

Guy Roger, periodista francés del medio deportivo ‘L’Équipe’.

Foto:

cortesía Luna Libros y Laguna Libros

Un día, una persona muy querida, amigo de la casa, Farid Salja, me dijo: «Para que aprendas a cantar te falta sufrir mucho». Valoro esa frase porque me permitió descubrir un sentimiento a través del cual yo pude expresar todo mi sentir. Con el tiempo, a través de mis personajes y sobre todo de mi música, me encontré con mis raíces, poder tener de verdad algo de qué agarrarme para cantar. Eso tiene algo que ver con la lucha por la vida, la de los mensajeros, de los escarabajos o de los artistas. En mi caso, todo empezó por un guiño del destino. Al principio, para complacer a mi papá que es médico, también quería ser médico. Pero no pude aguantar la visión de la morgue. Un día que estaba acompañando a una amiga italiana a un lugar, pasamos por una casa muy grande, muy linda, donde se estaba representando una obra, con músicos, actores. Paramos para ver el teatro callejero y nos olvidamos de la cita. De repente, todos los artistas entraron a la casa. Por curiosidad me acerqué a la puerta y me di cuenta de que era la Escuela Nacional de Arte Dramático. Era la época de las inscripciones, conseguí registrarme, después presenté exámenes, hasta que un día estaba adentro de esa casa. Aprendí mucho sobre folclore de maestros como Guillermo Abadía Morales, que para mí fue muy importante para entender después y definir el camino musical que tomé. Pero en estos tiempos si uno quería ser moderno había que ser músico de otra parte. Y si uno quería ser músico colombiano, había que ser muy antiguo y muy viejo. Trabajando con la música local entendí que podíamos ser modernos con algo que tenía que ver con nuestra esencia. Rechacé la propuesta muy colombiana que nos enseñaron –«el que triunfa es el que se va»– e hice todo lo contrario. Yo escogí ser colombiano y no irme.

(Le puede interesar: Héctor Abad Faciolince invita a protestar en paz como lo hizo su padre)

Debo confesar que con mis papás, muy melómanos, nuestra casa en Santa Marta parecía muchas veces una república bananera por todos los tipos de música que había. Discos de Yves Montand, Charles Aznavour por mi papá, tangos de Gardel por mi mamá, cumbias, juglares de vallenatos. Todo eso me marcó la vida. Escuchar a Enrique Martínez y Leandro Díaz —un compositor ciego, acompañado por su hijo que le decía quién estaba y él empezaba a improvisar—, personajes que se quedaron en mis afectos. Yo quería más bien ser como ellos. Sin saberlo eso fue lo que yo cogí, el afecto de mis papás por estos artistas. Yo soy así: siempre me conecto a través del afecto. Tanto con el vallenato como con la gente. Me decían: «el vallenato es muy pobre. Es la música de una localidad, sin importancia». Todo lo contrario. El vallenato me conectó con la música del mundo. Eso tan humilde, tan pequeñito, me enseñó a entender mucha música del mundo.

Aprendí sobre todo que en esta vida la entrega es fundamental. Sé que lo que haga debe estar bien hecho.

La carrera en la Escuela de Arte Dramático, la carrera de gran fondo de Rigo, el compromiso con la infancia que llegó a tener mi familia «Embajadora Unicef», con Claudia Elena, mi esposa, son retos muy diferentes, pero todo es lucha. Con los niños conocí una realidad de mi departamento en el Caribe, muy fuerte. En mayo de 2020 decidí grabar una canción y un video sobre la historia de una niña en el delta del Magdalena, un territorio que ha sufrido por la violencia, la guerrilla, los paramilitares, las malas políticas ecológicas que han perturbado el medio ambiente, empobrecido a nuestra comunidad y los niños. La canción se llama «Cumbiana» y el video se grabó en la ciudad de Ciénaga. Este video muestra una problemática muy difícil, pero invita a la reconciliación y cierra con mucha esperanza hacia el futuro porque fundamentalmente tiene que ver con los niños maltratados. Esa región de donde vengo producía muchas perlas y decidí bautizar mi fundación «Tras la Perla». En 1700, un padre escribió un libro sobre la provincia de Santa Marta, llamándole la atención al rey de España porque ya la estaban abandonando con todas sus virtudes y sus perlas. En Europa no se conocía Santa Marta porque era como una perla oculta y había que abrirla. Y mi fundación asumió ese reto. Hoy digo: soy un cazador de perlas y tenemos que ayudarnos entre todos y abrir las perlas. Es decir, mejorar la calidad de vida y salvar a los niños de la pobreza. Todos tenemos adentro algo de superhéroe, de quien lucha contra la injusticia. Chavito, Rigo, Egan, Nairo, todos tienen sus fundaciones, sus escuelas o sus proyectos humanitarios dedicados a los niños de Colombia. Son nuestros escarabajos. Son el orgullo de mi patria.

CARLOS VIVES

*Cortesía de las editoriales Luna Libros y Laguna Libros.

Otras noticias de libros:
Sigue bajando para encontrar más contenido

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.