Carlos Ossa dejó un libro revelando detalles de su enfermedad cerebral

Carlos Ossa dejó un libro revelando detalles de su enfermedad cerebral

Fragmento de 'No más historias fallidas', su libro póstumo, que también incluye su mirada del país.

Carlos Ossa Escobar

Carlos Ossa Escobar nació en Manizales, en 1947, y murió en marzo pasado.

Foto:

Cortesia Intermedio Editores

Por: Carlos Ossa Escobar
22 de julio 2019 , 09:51 a.m.

Hoy, aquejado por una enfermedad muy grave, irreversible e incapacitante, sobre la que me referiré más adelante, siento que primero es un deber inaplazable agradecer a mis familiares y amigos el valioso apoyo que he recibido en esta dura etapa de mi vida para hacer realidad la escritura de este libro y compartir, con la verdad monda y lironda, intimidades de mi vida, triunfos y también fracasos, al igual que humildes reflexiones de mi experiencia que aspiro que sirvan al país, como hasta ahora lo he intentado y como espero que se perciba.

Pido excusas por esta digresión emocional que será breve. He sido un colombiano sin preferencias regionales ni territoriales. El amplio conocimiento que tengo del país por motivos de trabajo y de placer, aun de los lugares más recónditos, vedados o poco visitados de nuestra geografía, me enseñó a querer a todos los colombianos, especialmente a los más necesitados, los indígenas, los afroamericanos, los campesinos, los desplazados, los pobres, los marginales y a todos aquellos que sufren por razones de violencia, ignorancia o enfermedad.

Asimismo, sentí un aprecio entrañable por muchos de los funcionarios, asesores y colaboradores con quienes trabajé en tantas responsabilidades de privilegio que asumí, porque ellos siempre se sumaron a las banderas del servicio público y privado en beneficio de mis compatriotas, acompañado en esta gesta desinteresada por una pléyade de dirigentes capaces, altamente educados y honestos, quienes muchas veces fueron mis colegas o mis jefes, y me acompañaron o brindaron oportunidades que ellos creyeron que merecía. De los corruptos y deshonestos ya he hablado.

A pesar de ser ajeno a toda discriminación, también doy las gracias por haber nacido y vivido varias etapas de mi vida en el Eje Cafetero, especialmente las primeras y esta última, porque esa cultura paisa pujante, forjadora y emprendedora ha dejado su impronta en mi vida. Mi amor por esta región me lo inculcó mi abuelo Carlos Ossa Tobón, un arriero y colono en estas tierras y de quien heredé su nombre. De igual manera, los paisajes de esta región son los que más me reconfortan: el verde de su vegetación, los olores del café, el sonido de sus corrientes de agua, su gente maravillosa y sus casas en las que la caña siempre está presente. Todo esto sin dejar de querer los majestuosos ríos, sabanas, selvas, mares ni otros asombrosos paisajes del país, ni tampoco a sus habitantes, pero el terruño es entrañable.

Para mi fortuna, redacto este texto, con apoyo de un digitador, desde una casa en las afueras de la ciudad milagrosa de Armenia, unos kilómetros adelante en la vía que conduce hacia el municipio de Circasia, tierra paradisíaca y fértil que en algo me reconforta de mis inmensos sufrimientos y dolores.

Carlos Ossa

El libro es publicado por Intermedio Editores.

Foto:

Archivo particular

Maldita enfermedad

En la actualidad, tengo setenta y un años de edad y hace un poco más de quince años comencé a notar un dolor en la cadera, leve pero persistente, así como un temblor de las manos incipiente y ocasional, el cual se manifestó con intensidad un día en el que debía firmar cientos de documentos y me fue imposible, llevándome a arrojar al piso el estilógrafo y los papeles con desesperación e impotencia.

Al otro día estaba mejor y dejé de prestarle la importancia debida, pero el dolor de espalda persistió y el temblor volvió a repetirse, aunque no con intensidad. Pasados unos meses, por fin decidí ir al médico y preguntar qué me estaba pasando. Luego de establecer los síntomas y hacerme el control físico de rigor, el médico me hizo pasar del consultorio a una sección diferente de la clínica, donde otro especialista me realizó un examen ritual de párkinson, consistente en caminar cinco pasos en una dirección, luego caminar en semicírculo y otras actividades referidas a estirar las manos.

El especialista se mostró preocupado y me dijo que aunque no era fácil diagnosticar el párkinson, él creía que yo podía sufrirlo. Decidí consultar otras opiniones médicas, para confirmar o descartar esa enfermedad, en Bogotá, Cali, Pereira y Armenia, pero ningún doctor lo confirmaba ni lo negaba. Cuando el consenso fue que sufría la enfermedad de Parkinson, fue impactante, pero me recuperé rápido de la impresión. Empecé a actuar como si hubiera estado preparado para esa noticia desde hacía mucho tiempo. Me recetaron medicamentos que no me hicieron bien.

En citas médicas posteriores, ante la falta de certeza del diagnóstico, se llegó a sospechar que padecía de alzhéimer, debido a que comencé a olvidar ciertas cosas, cuando toda mi vida, y aún hoy, me he preciado de tener una memoria privilegiada. Para no extenderme, finalmente me diagnosticaron cuerpos de Lewy, una enfermedad del cerebro que comparte algunos síntomas con varias otras enfermedades y a veces se superpone a estas, entre las que se encuentra el párkinson y el alzhéimer, y de allí las confusiones en el diagnóstico.

El nombre técnico de este mal es enfermedad difusa con cuerpos de Lewy, consistente en un deterioro gradual y progresivo de la capacidad mental que afecta la memoria, los procesos de pensamiento, la conducta y la actividad física, con síntomas como leve temblor en las manos, rigidez muscular, problemas para moverse, aunque varían de un paciente a otro, así como la velocidad de su avance. A veces produce pérdida de conciencia y ataques temblorosos en los que pierdo mi alma e ingreso en un limbo extraño e intemporal, como en otra dimensión, hasta que vuelvo a la realidad y me siento relativamente bien durante tiempos variables.

Esta es una enfermedad canalla y traicionera porque el paciente no sabe si es mejor que ataque o que se repliegue. Cuando uno está bien, la enfermedad, que simula alejarse como un terrorista agazapado, se fortalece y prepara un ataque más sólido, y cuando ataca, uno deja de vivir en este mundo, pero continúa respirando. De todas maneras, siempre pierde el paciente, ataque o se repliegue. Por eso es una enfermedad tan bellaca y sofisticada, porque, además, en mi caso, es lenta; se complace en sus torturas y no pierde tan fácil a su víctima. Yo hablo con ella y en ocasiones la insulto, u otras veces hasta me hago su amigo y le cuento chistes, pero nunca se ríe.

Lo que es seguro es que es irreversible y cada vez más va dando pasos hacia el final, cosechando triunfos en la lucha contra su víctima, todos los días, como un cruel verdugo que quisiera ser sutil. Su causa es desconocida hasta el momento, así como su cura o su tratamiento adecuado, ya que cada caso es único en el mundo y lo que es bueno para unos pacientes es malo para los otros. Esta arrogante enfermedad hace bien su tarea prolongando la muerte y, a diferencia de otros males, el paciente está indemne y no tiene el más mínimo control sobre su comportamiento y desarrollo. Sea como sea, el paciente siempre pierde. Como dirían mis ancestros: en pelea de gallos, el muerto siempre es liberal.

Después de la descripción de estos pesares y tristes pensamientos, debo decir que, por lo demás, mi vida es llevadera por la compañía de mi familia, de las personas que me asisten todo el tiempo, por la naturaleza y belleza de esta tierra paradisíaca, y por los tres nobles perros que me acompañan con su cariño incondicional (...).

Finalmente me diagnosticaron cuerpos de Lewy, una enfermedad del cerebro que comparte algunos síntomas con varias otras enfermedades

Carlos Ossa

Carlos Ossa con sus hijos pequeños.

Foto:

cortesía familia Ossa Escobar

De mi legado, el mayor tesoro son mis hijos

Después de estas reminiscencias tan desoladoras, es conveniente mirar las alegrías de mi vida, que han sido mis hijos y los triunfos del fútbol de la Selección Colombia y del Deportivo Independiente Medellín (DIM). Mi amor por el “poderoso” Independiente Medellín se originó una tarde dominguera, cuando estudiaba en el Colegio General Santander del municipio de Sevilla y, en compañía de mi hermano Jaime, hincha del América de Cali, viajamos al viejo estadio San José de Armenia, donde el DIM goleó al Deportes Quindío: tres a cero, con una encantadora exhibición de fútbol liderada por el “Caimán” Sánchez, acompañado entre otros del “Turrón” Álvarez, el “Manco” Gutiérrez, y el “Canino” Caicedo, como bautizaron los narradores radiales a esos jugadores.

Fui tan aficionado que coleccionaba los recortes de periódicos con las fotografías de las increíbles atajadas del “Caimán” Sánchez, y escuchábamos emocionados el radio sintonizando en Sevilla La Voz de Antioquia, con las narraciones de Pastor Londoño y Wbeimar Muñoz, quien era sevillano de nacimiento y un orgullo del pueblo. Sin embargo, los campeonatos y clásicos ganados por el DIM no se comparan con la alegría que sentí el cinco de septiembre del año 1993, cuando la Selección Nacional de Colombia goleó cinco a cero a la de Argentina, jugando en el Estadio Monumental de Buenos Aires, con Colombia como visitante, que clasificó al Mundial de Fútbol de 1994 en Estados Unidos y acabó con un invicto de Argentina como local de seis años. Ese día fue uno de los más felices de mi vida.

Pero estas inmensas alegrías futbolísticas no son nada comparadas con las que me proporcionó el nacimiento de mis cuatro hijos con mi esposa Ofelia Parra. En su orden, son Marcela, Alfonso, Juan Pablo y Viviana. Marcela es una mujer comprometida con nuestra familia. Siempre está dispuesta a trabajar por la armonía entre nosotros. Es sicóloga de la Universidad de los Andes y al momento de redactar este libro, está culminando un doctorado en Educación en Boston College, Estados Unidos.

Con gran esfuerzo personal Marcela está, además, criando tres hermosos hijos y se financia trabajando como asistente de investigación, mientras termina su doctorado. Sin su impulso y coordinación, este libro no se hubiera podido escribir, y ha sido la mayor promotora de este proyecto en el que ella recopiló muchas de las anécdotas aquí presentadas.

Por su parte, mi hijo Alfonso es un profesional en todo sentido. Estudió Ingeniería Civil en la Universidad de los Andes y se especializó en Gerencia en London School of Economics, en Londres, Inglaterra, y en Políticas Públicas y Macroeconomía en la Universidad de Columbia, en Nueva York, Estados Unidos. Como se recordará, Alfonso me acompañó a visitar a Tirofijo cuando era consejero de paz del gobierno del Presidente Virgilio Barco y él era aún un niño. Tiene un hijo y ha dedicado su trabajo a la construcción de acueductos en numerosos lugares del país.

A su vez, Juan Pablo es politólogo también de la Universidad de los Andes y realizó un doctorado en Desarrollo en la Universidad de Nueva York, en esa ciudad de Estados Unidos. Es una persona muy cálida. Tiene dos adorables hijos y es muy solidario. Ha trabajado para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y participa como investigador en uno de mis sueños: un interesante proyecto para que sea posible cultivar maíz, plátano, yuca, cacao y otros productos en reemplazo de la coca, con ganancias equivalentes o superiores en lo económico y lo social.

Finalmente, mi hija Viviana es tecnóloga en Comunicaciones y se especializó en Diseño. Como hija menor ha sido consentida. Tiene un hijo que vive con mi esposa y conmigo y alumbra mis días con su barullo y su inocencia.

Doña Ofi

Hace un poco más de dos años, cuando estaba planeado este libro, le dije a mi hija Marcelita, “este libro también será la oportunidad de reivindicarme con tu mamá”. No fui un buen esposo. Estuve ausente, fui enamoradizo, y le generé muchas amarguras a Ofelita. Esas amarguras generaron dolor y tensión en nuestra familia, pero a pesar de esto, siempre prevaleció el amor incondicional de doña Ofi. En este libro he compartido mis aciertos y desaciertos, y al mirar atrás en mi vida familiar, reconozco que me entregué a los asuntos públicos y profesionales, y descuidé los familiares.

Hoy, en el medio de mi difícil enfermedad, me pregunto cómo habrían sido estos últimos días de mi vida si hubiera establecido un mejor balance entre mi vida pública y familiar. Afortunadamente, doña Ofi, con su fortaleza e inteligencia, me brindó el orgullo de mis cuatro hijos, y el calor de un hogar al que siempre fue un descanso llegar. Ofelita es y ha sido mi ancla y mi puerto seguro. Sin ella no hubiera llegado a donde llegué, y es ella la que, en estos días en los que la enfermedad se ha ido apoderando de mí, me da un sentido de seguridad.

Carlos Ossa

En sus épocas de actividad política.

Foto:

cortesía familia Ossa Escobar

CARLOS OSSA ESCOBAR
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