Vamos a jugar con las travesuras que se le ocurren al lenguaje

Vamos a jugar con las travesuras que se le ocurren al lenguaje

La riqueza del idioma proviene de la posibilidad que tiene de ser divertido, flexible y curioso.

lenguaje

El lenguaje lleva las conversaciones por caminos inesperados, a través de juegos con el tiempo y con otros idiomas.

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Por: Juan Gossaín
06 de mayo 2020 , 09:42 p.m.

Bueno, ahora les propongo que cambiemos de tema para recrearnos un rato. Al mal tiempo vamos a ponerle buena cara, aunque sea para entretenernos un poquito en medio del coronavirus y su pandemia.

Resulta que durante las noches interminables de este encierro ha caído en mi correo electrónico una auténtica avalancha de mensajes que me mandan los lectores, con las bromas que la gente suele hacer, apoyándose en la lengua española. Es una verdadera tempestad de correspondencia lo que tengo aquí. Un aluvión.

Mejor dicho: como exclamaban las abuelas en aquellos tiempos, se juntaron el hambre y las ganas de comer. Porque ustedes saben que a mí me encanta ese tema. Siempre he dicho —y lo repito por centésima vez en estas mismas páginas— que el lenguaje es el juguete más inesperado y divertido que yo conozco.

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De manera, pues, que, cumpliendo con las elementales normas de urbanidad, lo primero que hago es agradecer a mis corresponsales todos los aportes que me han enviado. Ojalá mantengan esa buena costumbre.

Y vamos al grano, como dijo el cafetero. Ya que todos estos días de encierro hemos estado hablando, escribiendo y leyendo del hambre y de sus terribles fantasmas, les cuento que me escribe un ciudadano llamado Gustavo Adolfo Osorio, aficionado también a la travesura de las palabras, y me cuenta que ni la comida se escapa ya de las chanzas que se le ocurren al idioma.

El episodio que narra el señor Osorio demuestra que, para perplejidad nuestra, una conversación completa puede quedar al revés, con las patas para arriba, con solo cambiarle dos humildes letras. Dos letricas nada más, imagínese usted.

El vegetariano

Resulta que en Barranquilla, la tierra natal del señor Osorio, un hombre entra al restaurante a la hora del almuerzo, cuando el sol está en la mitad del cielo.

—Buenas tardes —lo saluda el mesero, haciéndole una venia.
—Buenas —responde el cliente—. Dígame qué tienen de comer.
—Tenemos muslo y pechuga.
—Lástima —se lamenta el cliente, haciendo ademán de dar la vuelta—, pero es que yo soy vegetariano.
—Ah, bueno —replica el mesero, sonriente—. En ese caso también tenemos musgo y lechuga.

En seguida, como si vinieran en fila india, riéndose los unos de los otros, repica el timbre de mi correo electrónico con otros mensajes similares.

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Uno de ellos me sirve de ejemplo magistral para demostrar que las travesuras lingüísticas son universales, no se paran en pelos ni se detienen en fronteras, y llegan hasta el insólito descaro de mezclarse con palabras de otros idiomas.

En inglés también

Desde Ibagué, el abogado Mateo Alzate me cuenta que un primo suyo, joven inteligente aunque atolondrado y díscolo, estudió en el Centro Colombo Americano de Bogotá, pero duraba poco en los empleos que conseguía. El otro día, ese mismo primo, emocionado, lo llamó por teléfono.

—Primito —exclamó el joven—, acabo de conseguir trabajo como profesor de inglés.
—Qué bueno —contestó Mateo—. ¿Trabajo estable?
—No —contestó el otro—. Table es mesa y trabajo es work.

Algunas de las pilatunas más risueñas que se le ocurren a ese diablillo retozón que es el lenguaje suelen aparecer cuando uno menos lo espera. Por ejemplo, cuando hay dos personas hablando de temas distintos, pero ellas creen que hablan de lo mismo. Como no se percatan del error, se arma un auténtico disparate. Auténtico, pero risueño.

Diálogo de sordos

Los antiguos gramáticos castellanos lo llamaban, graciosamente, “diálogo de besugos”. El besugo es un pescado muy famoso y apreciado en España. ¿Se imaginan ustedes lo que será un par de pescados hablando?

Posteriormente, para describir esas conversaciones deshilvanadas que van por diferentes caminos, fue acuñada una expresión que sobrevive hasta nuestros días. Se le denomina ‘diálogo de sordos’.

Entre mi correspondencia de la cuarentena encuentro un caso excelente para ilustrar lo que estoy tratando de explicar. Y, antes de terminar enredado por completo, les cuento cómo es el cuento: están dos viejos amigos conversando en una esquina de Cali, al caer la tarde, mientras toman un cafecito.

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Uno de ellos es profesor de Gramática en el bachillerato; el otro es boticario y trabaja en un laboratorio de medicamentos. El boticario resuelve hacerle una consulta al gramático.

—Dime una cosa, hermano —le pregunta—. ¿Arriba es adverbio de tiempo?
—No —contesta el profesor, tajante.
El boticario se queda pensativo y deja pasar unos segundos.
—¿Y ahora? —volvió a preguntar.
—Sí, ahora sí.
—¿Y antes no? —insiste el boticario.
—Antes también —exclama el gramático.—Pero antes me habías dicho que no…

Números y palabras

Desde los tiempos de nuestro amigo Pitágoras, los matemáticos suelen repetir que en este mundo no hay nada más exacto y preciso que los números. No cambian nunca. Dos más tres son cinco desde que Adán le entregaba a Eva la plata para el mercado. ‘Más terco que un dígito’ era un proverbio que se repetía en Francia por allá en la Edad Media.

Pues, bien. Pueden decir lo que quieran, pero ni los números logran salvarse de las bromas con que les encanta divertirse a las letras. Se burlan hasta del 1, que es tieso y rígido como un señor malgeniado.

Si no me creen, basta con que miren este ejemplo. Una dama ya mayorcita, o ‘entrada en años’, como se decía antiguamente para disimularle la vejez, y también en kilos, llega a una cafetería de comida italiana en el centro de Bogotá, cerca de la catedral, en la plaza de Bolívar. Toma asiento y llama al camarero.

—Por favor —le pide—, deme una pizza grande para llevar.
—Con gusto —dice él, muy caballeroso, y sale para la cocina.
Poco después, el hombre vuelve a la mesa, donde la señora está hablando por celular.
—Perdón —la interrumpe—. ¿Quiere que le corte la pizza en cuatro porciones o en ocho?—En cuatro —replica ella, sin dudarlo—, porque no creo que yo me vaya a comer ocho.

Ni los números logran salvarse de las bromas con que les encanta divertirse a las letras

Pequeño muestrario

Sigue repicando mi correo. El deslizamiento de mensajes, que antes parecía un alud, se ha convertido ya en un verdadero derrumbe. Me alegra que así sea. Son tantos que me veo obligado, por razones de espacio, a seleccionar solo algunos, e incluso a abreviar otros. En fin. Ya habrá tiempo para evacuar los demás en crónicas futuras.

Un corresponsal anónimo me cuenta la historia de un bromista incorregible que no se aguantaba las ganas de coger las palabras para tomarle el pelo a la gente.
El hombre era bastante joven, vivía en las afueras de Cartagena y gozaba fama merecida de pintoso, encantador y cautivador con las mujeres, simpático con los hombres. Y, como si fuera poco, todo eso lo adornaba con un lenguaje florido y retórico, algo pomposo.

Un atardecer en que nuestro hombre paseaba su estampa por los rincones coloniales de Cartagena, entre baluartes y murallas, pasó un pequeño grupo de turistas. Entre ellos iba una muchacha que se quedó atónita a la vista de aquel varón. Se sintió prendada de semejante adonis, seducida a primera vista, y, en un acto de valentía femenina, se acercó a él y lo saludó como si ya lo conociera.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la jovencita, meneándose, coquetona.
—No soy el ayer —respondió él, con solemnidad, como si estuviera recitando un poema—. No soy el pasado anciano ni soy el futuro incierto. Soy la verdad de cada día. Soy el presente.
—Que cómo te llamas —insistió ella, ya intrigada.—Eloy —le contestó el hombre, muerto de risa.

La envidia

¿Se dan cuenta? El lenguaje es tan capaz de usar a un ser humano para divertirse, que pone a una persona a burlarse, incluso, de su propio nombre.

Sigamos. Hace un momentico les dije que he tenido que resumir muchas de esas historias, y prescindir de otras, con el único propósito de que me quepan en el espacio de esta crónica. Miren con cuidado la que viene a continuación. Es, en el fondo, y a pesar de su apariencia sonriente, una lección contra los malos sentimientos que algunos llevan escondidos en el alma.

Resulta que dos señores son vecinos en un barrio de Bucaramanga. Se conocen desde niños. Se pasaron la infancia jugando juntos. El uno es un tendero exitoso, trabajador y dueño de dos automóviles hermosos.

El otro, en cambio, intentó estudiar tres carreras diferentes, pero en todas fracasó. Hoy es una persona huraña, envidiosa, que le echa la culpa a los demás y vive rezongando contra su propio amigo. Se pasa el día entero renegando contra la gente.

Cierta noche, con unos tragos en la cabeza, el fracasado empezó con su cantaleta: ‘Por qué a ti te va bien en la vida y a mí todo me sale mal, ¿qué hice yo para merecerme esto?, ¿es que acaso tú eres más que yo?’.

De repente, el amargado aquel, lleno de frustración y de ira, agarró a su amigo por el brazo, le pegó un tirón muy agresivo y le preguntó, casi a gritos:

—¿Qué tienes tú que no tenga yo?
El otro, sin perder la calma, y con una voz muy dulce, le respondió:—Una tilde.

A modo de epílogo

El sentido del humor del lenguaje es tan genuino, tan espontáneo y tan infinito, que hay ocasiones en las que ocurren hechos realmente insólitos. Tanto, que hay episodios en los que, a veces, aunque parezca una increíble ironía del destino, el que resulta ganador es el ignorante, el que no ha tenido ocasión de prepararse y formarse, y el perdedor, en cambio, es el hombre educado.

En Medellín se conoce el caso que le sucedió al rector y propietario de una universidad privada, famosa y repleta de estudiantes. Además de exitoso y rico, el hombre es un letrado estudioso, que se graduó como lingüista en la universidad española de Salamanca.

Pues, bien. El rector había contratado como chofer suyo a un hombre humilde, servicial, amable. Un día iban en el carro rumbo a la rectoría.

—Doctor —dijo el chofer—, quiero contarle que la semana pasada contrají matrimonio.
—Contraje —lo corrigió el doctor, sin levantar la cabeza.
—Sí, señor —exclamó el otro—. Con traje negro.

Punto final.

JUAN GOSSAÍN
Para EL TIEMPO

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