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Antonio Navarro, el ingeniero de la primera paz
Asamblea Nacional Constituyente de Colombia

Antonio Navarro firma la promulgación de la Constitución Nacional de 1991, con Horacio Serpa Uribe y Álvaro Gómez Hurtado.

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Archivo EL TIEMPO

Antonio Navarro, el ingeniero de la primera paz

Prólogo de Patricia Lara al libro 'Una asamblea que transformó el país', de Intermedio Editores.

El 17 de enero de 1974, cuando un comando del Movimiento 19 de abril, M-19, penetró en la Quinta de Bolívar, rompió la urna donde se guardaba la espada del Libertador, se la llevó y dejó una leyenda y un comunicado que anunciaban “Bolívar, tu espada vuelve a la lucha”; Antonio Navarro Wolff era un ingeniero sanitario que trabajaba como profesor de programación de computadores en la Facultad de Ingeniería de la Universidad del Valle y desarrollaba, en el norte del Cauca, un proyecto con la Fundación Rockefeller.

Como les ocurrió a muchos, a Navarro se le despertó la curiosidad cuando a mediados de enero de ese año se publicaron en la prensa avisos que decían cosas como “¿Parásitos? ¿Gusanos? ¿Falta de memoria? ¿Inactividad? Ya viene M-19”. Para entonces, nadie, ni siquiera Navarro, sabía de qué se trataba eso. Por la campaña de expectativa, algunos hasta llegaron a pensar que la publicidad se refería a un vermífugo. Sin embargo, cuando al anochecer del 17 de enero Navarro supo que había surgido un grupo que comenzaba su lucha apropiándose de la espada del Libertador, y que decía en el comunicado dejado en la Quinta de Bolívar que su espada había pasado a manos “del pueblo en armas”, se interesó en buscar contacto con ese Movimiento 19 de abril, pues consideraba que, si en las elecciones del 19 de abril de 1970 había habido un fraude, como muchos creían, debía buscarse una respuesta distinta.

(Lea además: 360 grados del conflicto, en la voz de nuestras mujeres, en el libro 'Las mujeres en la guerra')

Fue así como Navarro empezó una búsqueda entre antiguos compañeros de la universidad y, en el segundo semestre de 1974, halló uno que tenía algún contacto con el M-19. Entonces comenzó a ir a reuniones esporádicas, mientras continuaba trabajando como profesor en la Universidad del Valle.

En 1976, Navarro viajó a Inglaterra, becado por el Consejo Británico, e hizo un curso de ingeniería. A su regreso, lo nombraron decano de la facultad. Siendo decano, se involucró más de lleno en el M-19. Sin embargo, en la decanatura duró apenas dos años, pues renunció para liberar tiempo con el fin de dedicarse más al movimiento. No obstante, siguió siendo profesor.

En el M-19, Navarro trabajó primero en el aparato de propaganda armada. Su contacto era Iván Marino Ospina, el segundo en la jerarquía de la organización. Pero resulta que el 1 de enero de 1979, el país amaneció con la noticia de que el M-19 le había robado más de cinco mil armas al Ejército a través de un túnel que había construido para penetrar en el Cantón Norte de Bogotá, donde quedaba su mayor depósito de armas. Entonces el gobierno de Julio César Turbay desató una persecución sin precedentes, y capturaron y torturaron a muchas personas, entre ellas a un conocido de Navarro, quien lo delató.

De inmediato se hizo público que el antiguo decano de ingeniería de la Universidad del Valle pertenecía al M-19. Por eso, Navarro, en lugar de permanecer en Cali, se fue para Tierradentro, Cauca, y allí lideró un grupo de seis hombres que poco después se convirtió en uno de 76. Luego se fue para el Caquetá, donde Jaime Bateman, el jefe del movimiento, lo dejó al mando de su tropa de mil hombres, ya que él viajó a Bogotá para realizar una entrevista con el periodista Germán Castro Caycedo y, en plena toma de la Embajada Dominicana, hacer público que él, Bateman, era el jefe del M-19, y lanzar una propuesta de paz de tres puntos: amnistía general para los presos políticos que el gobierno negaba que existieran –“el único preso político soy yo”, había dicho el presidente Turbay–, levantamiento del estado de sitio y Diálogo Nacional.

El libro es editado por Intermedio Editores.

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Archivo particular

Es en ese momento, los primeros meses de 1980, cuando justamente comienza este libro de Antonio Navarro Wolff, quien aquí relató esa historia tan convulsa y casi olvidada del proceso de paz con el M-19, del cual él fue protagonista principal.

Ese proceso, que bien vale la pena recordar hoy, se abrió paso de manera inverosímil, en medio de operativos militares y de asesinatos de dirigentes tan significativos como el exparlamentario Carlos Toledo Plata; o del ataque contra el Comandante Carlos Pizarro, quien firmó herido el cese al fuego; o del atentado que en Cali, en mayo de 1985, sufrió Antonio Navarro, quien entonces dirigía los diálogos de paz. A raíz de ese atentado, a Navarro le amputaron una pierna y su dicción quedó comprometida. Y también a raíz de él, y de otros episodios, cuando Navarro se hallaba sin pierna y medio muerto en La Habana, el M-19 declaró rota la tregua y, meses después, sin que él lo supiera –pues al estar enfermo y en el exterior se hallaba por fuera de la línea de mando–, el M-19 cometió la barbaridad de emprender la toma del Palacio de Justicia, a raíz de la cual murieron 111 personas, entre ellas el presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía, diez magistrados más y 35 guerrilleros. Por ese hecho, dice Navarro en este libro, “hoy y mil veces, las que sean necesarias, pediremos perdón”.

Después de la toma del Palacio, ocurrida el 5 de noviembre de 1985, Navarro siguió en el exterior. Dos semanas después asesinaron en Bogotá a Óscar William Calvo, líder del Epl, movimiento que también había estado negociando la paz, y en marzo del año siguiente mataron en la capital a Álvaro Fayad, quien entonces era el comandante general de la organización.

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Un mes más tarde, en abril de 1986, Carlos Pizarro fue elegido jefe del movimiento. Pizarro se dedicó entonces a trabajar en la unificación de las guerrillas y a conformar lo que se llamó la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y el Batallón América. En el marco de esa guerra desarrollada por él, en la que hubo fuertes confrontaciones militares, Pizarro ordenó, en mayo de 1988, el secuestro del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado. Y al mes siguiente envió una propuesta para su liberación, que contemplaba un cese al fuego y la realización de una cumbre por la salvación nacional. Así, el 14 de julio, hubo una reunión en la Nunciatura Apostólica de Panamá, entre voceros oficiales y eclesiásticos y dirigentes políticos y gremiales, con Antonio Navarro, quien se convirtió en el artífice del acuerdo que permitió la liberación de Álvaro Gómez Hurtado. Y fue a partir de esa liberación que se abrió paso al “primer proceso de paz exitoso en la historia contemporánea de Colombia”, como bien lo cuenta Navarro en este libro.

Es así como en enero de 1989, en medio de una ola incontenible de asesinatos de miembros de la Unión Patriótica, partido surgido a raíz de los acuerdos de paz que el presidente Belisario Betancur había hecho con las Farc, y del magnicidio del jefe del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, el M-19 decidió que ese movimiento negociaría solo la paz con el gobierno de Virgilio Barco, ya que los otros grupos que conformaban la Coordinadora Guerrillera se oponían a hacer parte de la negociación. Entonces Pizarro le pidió a Navarro que viajara a Colombia para que lo ayudara en el proceso.

La Constituyente surgió a partir del movimiento de la Séptima papeleta, que movilizó al país.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

En el mes de octubre de 1989, mientras el M-19 realizaba su décima conferencia y acordaba la dejación de las armas para emprender el camino de la paz, se fortalecía un movimiento estudiantil que había surgido a raíz del asesinato de Galán y que pedía, entre otras cosas, que se eligiera una asamblea constituyente, con lo cual coincidía Antonio Navarro. Los muchachos propusieron que, en las elecciones presidenciales de mayo de 1990, se incluyera una séptima papeleta que le permitiera a la gente votar si estaba a favor o en contra de que se eligiera una Constituyente.

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Pero antes de esa elección, el 9 de marzo de 1990, en la Casa de Nariño, el presidente Virgilio Barco, Carlos Pizarro y Antonio Navarro firmaron la paz entre el Gobierno y el M-19. Dos días más tarde, Pizarro y Navarro se presentaron como candidatos a las alcaldías de Bogotá y Cali, respectivamente. No les fue tan mal. Lo que no imaginaron fue el horror que sobrevendría después: el 22 de marzo fue asesinado en el aeropuerto El Dorado de Bogotá el candidato presidencial de la Unión Patriótica, Bernardo Jaramillo. Y 35 días más tarde, el 26 de abril, Carlos Pizarro, el candidato presidencial del M-19 y de la convergencia de fuerzas de izquierda y alternativas, fue acribillado de manera inverosímil durante un vuelo de Avianca que viajaba de Bogotá a Barranquilla.

Entonces Antonio Navarro tomó, en compañía de su organización, una decisión que el país nunca terminará de agradecerle: la de que, no obstante que habían asesinado a su líder, cumplirían su palabra y seguirían por el camino de la paz.

Después del entierro de Pizarro, Navarro heredó su candidatura y, en las elecciones de mayo, en las que con la Séptima Papeleta se aprobó la Constituyente y se eligió presidente a César Gaviria, le ganó al Partido Conservador, y quedó de tercero después de Álvaro Gómez.

Gaviria nombró a Navarro ministro de Salud, cargo en el que se sentía a sus anchas, pues él, como ingeniero sanitario, había tenido experiencia en salud pública. Sin embargo, duró poco, pues del ministerio salió a organizar la lista del M-19 para las elecciones de la Asamblea Constituyente. Esa lista obtuvo la mayoría. No obstante, hubo tres fuerzas políticas representadas en ella de manera bastante equilibrada: el M-19, el Partido Liberal y el Movimiento de Salvación Nacional, liderado por Álvaro Gómez Hurtado. Por esa razón, la Constituyente nombró una presidencia colegiada compuesta por Gómez, por Horacio Serpa (q. e. p. d.) en representación del Partido Liberal y por Antonio Navarro.

Pero dejemos que sea el propio Navarro quien, en este interesante libro, nos relate los antecedentes, las dificultades y los logros de esa asamblea que promulgó la Constitución de 1991, la cual, como dice él, transformó nuestras instituciones, “escribió una detallada Carta de Derechos con instrumentos para hacerlos valer como la tutela, la acción de cumplimiento y las acciones populares”, todo lo cual generó un camino, aún no concluido, que convertirá a Colombia en un Estado social de derecho, que “dejó atrás el uso generalizado del estado de sitio, les dio espacios reales a las minorías poblacionales indígenas y afrocolombianas, empezó un camino de discriminación positiva para la mujer, abrió una política que durante 140 años se había reducido a la existencia de solo dos partidos (…), dio pasos hacia el fortalecimiento de la democracia participativa, (…) y fue el último gran momento de consenso nacional hasta hoy y el cuerpo colegiado con más apoyo público en generaciones”.

Lástima que en ese gran consenso que dio paso a la Constituyente de 1991 no hubieran participado las Farc y el Eln. Si lo hubieran hecho, nos habríamos ahorrado decenas de miles de muertos. Y hoy habría paz completa.

Esa es la tarea pendiente.

Como también queda pendiente una tarea de Antonio Navarro: la de que acabe de contarnos su interesante historia, desde el principio hasta el final.

PATRICIA LARA SALIVE
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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