‘La escritura es un delirio organizado’: António Lobo Antunes

‘La escritura es un delirio organizado’: António Lobo Antunes

El portugués, que suena como candidato al Nobel de Literatura, habla sobre su obra y la escritura.

Lobo Antunes

Lobo Antunes es médico especializado en psiquiatría. Suma unos cuarenta libros publicados.

Foto:

Rafael Espinosa / Archivo EL TIEMPO

Por: Pedro Pablo Guerrero - El Mercurio (Chile) - GDA
31 de agosto 2019 , 10:35 p.m.

"No había muertos, toda la gente estaba viva”, le parecía cuando niño. De los muertos solo se hablaba en los periódicos. Su abuelo disfrutaba leyendo el obituario y al nieto no se le ocurrió nada mejor que iniciarse en la literatura redactando notas necrológicas para consumo doméstico. Como no conocía a ningún difunto, escribía de Mickey, Donald y otros personajes infantiles.

António Lobo Antunes (1942) era el mayor de seis hermanos, todos hombres. Formaba parte de una respetada familia de Lisboa que vivía en una gran casa del siglo XVIII con servidumbre. Su padre, catedrático en la facultad de Medicina, lo obligó a seguir su profesión al ver que pensaba dedicarse al ‘hockey’ –llegó a ser seleccionado nacional– y, peor aún, a la escritura.

Regresaba de una especialización en psiquiatría cuando su madre le tendió un papel sin poder mirarlo a los ojos: lo movilizaban a la guerra de Angola como médico del Ejército. “Llegué a un país que no conocía. A un clima que no conocía. A una belleza increíble. Gente, ruidos, olores maravillosos, y en medio de todo esto, la muerte, la muerte, la muerte. Siempre delante de ti”, recuerda todavía. Vio caer a uno de sus guardaespaldas en un ataque de la guerrilla. Vio cómo la policía política asesinaba a los prisioneros que capturaban sus soldados. Vio cosas que nunca hubiera querido ver durante los 27 meses que sirvió en una compañía de combate.

Tardío debut

“Portugal era un país muy pobre, con una dictadura feroz. Algunos de mis soldados eran chicos de 18 años que nunca habían visto el mar. Yo escribía todos los días y creo que eso me salvó”.

De vuelta en Lisboa atendió, como psiquiatra, a veteranos con estrés postraumático mientras intentaba publicar su primera novela, de notorios rasgos autobiográficos. El manuscrito rebotó de una editorial a otra, durante tres años, hasta que un modesto sello aceptó publicarla. ‘Memoria de elefante’ (1979) llegó a vender 200.000 ejemplares. Meses después apareció ‘En el culo del mundo’. El escritor volvió al tema de la guerra en sus libros posteriores, que hoy casi llegan a los cuarenta. Traducidos a muchos idiomas, han alcanzado importantes reconocimientos internacionales y la aprobación unánime de la crítica. “La prosa de António Lobo Antunes ofrece complejidad, rigor y un talento verbal de proporciones casi intolerables”, dijo el escritor mexicano Antonio Ortuño al presentar en Guadalajara su novela ‘No es medianoche quien quiere’, traducida al español. En ella se cuenta la historia de una mujer de 52 años –convaleciente de un cáncer, el suicidio de un hijo y un matrimonio fracasado– que vuelve a una casa de playa donde vivió. Empeñada en recuperar el pasado, su voz se une a las de otros personajes que alguna vez fueron niños.

“Lobo Antunes no es menos que Proust, no es menos que Faulkner o Nabokov”, aseguró Ortuño, elogiando su maestría para jugar con el tiempo y las palabras, rasgos que hacen del autor un sólido candidato al Premio Nobel de Literatura.

“Escribir es escuchar con más fuerza las voces que te hablan. Solamente tienes que traducirlas y organizarlas. La escritura, si la ves mejor, es un delirio organizado”, dice el narrador y psiquiatra portugués.

Como en sus novelas anteriores, ‘No es medianoche quien quiere’ superpone distintas voces. “No hay libro que no lo haga, cualquiera sea el autor”, afirma Lobo Antunes. “No es uno quien decide, es el libro el que lo exige. Su estructura. Cuando está bien hecho, tiene sus propias reglas. Usted no puede hacer más que seguirlas. La persona que escribe debe limitarse a contestar las preguntas que las voces interiores le hacen. Yo solamente las oigo. Un libro es una cosa muy rara. De esta novela ya no me acuerdo. La he hojeado ayer y me quedé muy sorprendido porque no recordaba casi nada. Ya no es mía. Es como un matrimonio que terminó y luego empiezas a olvidar, porque si no lo haces, no puedes empezar otro”.

‘No es medianoche quien quiere’ plantea, justamente, un regreso al pasado mediante recuerdos selectivos, expuestos desde puntos de vista contrapuestos, anclados en la niñez. “Un hombre o una mujer siempre vuelven a la infancia porque es donde todo ha nacido, donde tu obra ha empezado, continuado y terminado”, dice el escritor portugués. “No conozco un libro bueno que no sea un regreso a la infancia. ‘Pedro Páramo’, por ejemplo, que es para mí una de las obras mayores de la literatura universal, es un retorno a la infancia y a la relación con la madre, el padre y la forma de mirar las cosas. Es un libro perfecto”.

Usted ha dicho que escribe por los que no tienen voz: el niño que vio morir de leucemia a los cinco años en un hospital o pacientes que le ha tocado atender.

Es verdad. Aquellos a quienes nadie escucha. En general, ya nadie escucha a nadie y las personas están muy solas aunque vivan con una mujer que aman. Pero también hay una parte nuestra que siempre está sola. Para escribir tienes que estar solo y eso siempre es difícil con una familia.

Más de una vez ha reconocido a William Faulkner como uno de sus maestros.

Sí, pero yo tengo centenares de maestros. Aprendo con todos. No estoy pensando en escritores, sino en personas, en general. He escuchado de gente en la calle, de enfermos en los hospitales donde he trabajado, palabras milagrosas, extraordinarias, de una inteligencia y sensibilidad increíbles. De los niños también. Uno está siempre aprendiendo. Como puede darse cuenta, no me gusta hablar de los libros, que son mi trabajo. Me parece una falta de pudor. Los escritores no son personas muy interesantes. Yo no soy muy interesante. Soy un hombre que escribe.

Admite que esto puede sonar a falsa modestia. “Todos los escritores piensan que son los mejores”, responde. “Si no tuvieran esa certidumbre interior, no merecería la pena escribir. Nunca he creído en la modestia de los artistas, pero la necesitan por defensa propia, para protegerse. La duda está siempre con usted. Es una extraña mezcla de placer, de alegría, de angustia. Siempre es temprano para decidir la calidad de lo que se está haciendo. ¿Cuántos de los autores que están escribiendo ahora van a ser leídos en 2050? No lo sé. Y en muchos casos serán escritores de los que no se ha hablado.

¿Conoce a los escritores portugueses de las nuevas generaciones?

No tengo mucho tiempo para relaciones sociales. Leerlos es un problema aún más difícil, porque para leer se necesita tiempo. En los últimos meses me he interesado en releer a Balzac. Para hablar con franqueza, hay muy pocos escritores que me gusten, sean de donde sean. Primero, tengo que respetarlos y, después, poco a poco, tienen que seducirme: darme flores, invitarme a cenar, decirme cosas tiernas al teléfono. Si no, prefiero seguir viéndome con amantes que ya tengo desde hace mucho tiempo. Los libros buenos son los que tienen insomnio. Uno se acuerda en la noche de ‘Los hermanos Karamazov’ y ve sus ojos que lo están observando desde la biblioteca. Los libros malos son aquellos que no se pueden leer de noche.

Lobo Antunes ha dicho alguna vez que escribe novelas porque no sabe hacer poesía. Se burla de los pésimos versos que enviaba a los diarios, firmados con seudónimo, en su juventud. Frases de sus novelas, sin embargo, tienen una fuerte resonancia poética, al igual que los títulos que suele tomar prestados, tal como reconoce en sus epígrafes. ‘Buenas tardes a las cosas de aquí abajo’ (2004) es una frase de Valery Larbaud citada por Enrique Vila-Matas en ‘Bartleby y compañía’, así como ‘No es medianoche quien quiere’ es un verso de Entrevista, de René Char.

“Me gustan los títulos bonitos –admite–. ‘Suave es la noche’ es un título maravilloso, tomado de Keats. ‘Por quién doblan las campanas’ es de un verso de John Donne. Los títulos de Javier Marías vienen de libros de Shakespeare. Y algunos son muy buenos... los títulos. Pero Javier es un amigo y es difícil hablar de un amigo”.

¿Está trabajando en un nuevo libro?

No lo sé todavía. Es muy difícil para mí transformar emociones en palabras. No sé lo que es la inspiración, porque nunca nada me ha sido dado; tuve que ganarlo. No creo tanto en el talento como en el trabajo. No hay talento, hay bueyes. Empiezo a escribir desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde. Como, y sigo hasta las ocho. Después de las nueve y media, trabajo unas dos horas.

Todos los días. No hago nada más. Si quieres escribir, no puedes hacer nada más. No inventas nada tampoco. Tienes que transformarte casi en un esquizofrénico: esperar que las voces empiecen a hablar. La primera hora es perdida; después, me limito a copiar lo que dicen. La parte más horrible es la de las correcciones, que son incontables.

En ‘No es medianoche quien quiere’ alguien se lamenta de lo injusto que es el tiempo: por qué en la infancia es tan lento y tan rápido después. “El problema de la vida es que, pasados los 60 años, es el caballo quien manda”, reflexiona Lobo Antunes. “Todo lo que podemos esperar es seguir encima del caballo”

PEDRO PABLO GUERRERO
EL MERCURIO (Chile) - GDA

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