Los humildes inicios de la mujer más poderosa del mundo

Los humildes inicios de la mujer más poderosa del mundo

Intermedio Editores publica la primera biografía en español de Angela Merkel. Lea aquí un adelanto.

Angela Merkel

Angela Merkel es reconocida en todo el mundo como una de las políticas más influyentes y poderosas.

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EL TIEMPO

Por: Patricia Salazar Figueroa y Christina Mendoza Weber
20 de octubre 2019 , 07:49 a.m.

En noviembre de 1989, la hoy canciller germana, Angela Merkel, completaba once años de existencia monótona y cautelosa en la mitad de la Berlín prisionera detrás del Muro y el mismo tiempo de afiliación como investigadora en la Academia de las Ciencias de Alemania Oriental. Treinta años después, a los 65 años de edad, esta política, hija de un pastor luterano, ajusta el segundo año de su cuarto mandato de gobierno en Alemania y es reconocida en todo el mundo como una de las políticas más influyentes y poderosas.

¿Cuál es el origen y la historia detrás de este personaje de trascendencia mundial? En ciernes de la conmemoración histórica del treinta aniversario de la caída del muro de Berlín, Intermedio Editores presenta el primer reportaje biográfico escrito en español sobre Angela Merkel, la líder que descifró el código del poder y cómo mantenerlo desde la aplicación de la metodología científica y los valores éticos de su religión cristiano-protestante.

(Lea también: Mujeres en el poder, una ola que crece día a día).

'Angela Merkel: la física del poder' se compone de dieciséis capítulos y dos anexos (Acerca del feminismo y Las fórmulas del éxito), y fue escrito por las periodistas colombianas Patricia Salazar Figueroa y Christina Mendoza Weber. El reportaje contempla el recuento de algunos de los sucesos históricos más destacados de Alemania y la Unión Europea desde los tiempos de la división germana hasta la actualidad. A continuación, un fragmento del octavo capítulo del libro: La física del poder.

La deslumbrante metamorfosis y el consecuente itinerario de triunfos en la biografía de Angela Merkel –inimaginables para todos aquellos que la conocieron en Templin, Leipzig y Berlín– enseñan que toda mandataria, o mandatario, debería integrar en su ronda de consejeros por lo menos a un científico. Si además el personaje se conduce inspirado por el evangelista Mateo en cuanto a la astucia de la serpiente y la sencillez de la paloma, la trascendencia podría estar asegurada.

Dos semanas después de la caída del Muro, la precisión y objetividad implícitas en la metodología científica permitieron a la joven investigadora prever que su país experimentaría una fase de transformación, equiparable a un fenómeno de la fisicoquímica conocido con el nombre de intercambios iónicos. Este se presenta en la naturaleza en procesos de purificación, separación o disolución de sustancias y transmisión de átomos cargados de energía para generar elementos renovados.

Al trasladar el análisis a las circunstancias de las dos Alemanias, la teoría dictaba que su unión implicaría la desintegración de la RDA y la consecutiva descontaminación del comunismo de su sociedad. Además, tal como en el universo físico, la fase de engranaje de los dos países en una sola nación necesitaría de la acción de suficientes enlaces de coordinación que apoyaran la transición. Merkel, de 35 años de edad y sin lastre en su biografía, creía reunir las características para ser uno de aquellos enlaces esenciales. Con objeto de comunicarlo, ejecutó un salto de forma, altura, amplitud y aterrizaje perfectos, desde la ciencia hacia la política.

El impulso que la llevó al trampolín idóneo lo realizó a finales de noviembre de 1989. Por esos días, el estado de anarquía por la desaparición del Muro se había apoderado del acontecer en Berlín y delineaba, para los astutos, espacios de tiempo propicios para la búsqueda de oportunidades. Después de visitar algunas colectividades políticas y descartarlas, Angela decidió probar suerte en un minúsculo y recién nacido movimiento llamado Demokratischer Aufbruch, Despertar Democrático, que el pastor luterano Rainer Eppelmann, amigo de su familia, había fundado algunas semanas antes de la caída del Muro en sociedad con otros defensores de los principios democráticos.

La intención inicial de los fundadores era la de oponerse al régimen de Erich Honecker desde el interior del socialismo con el fin de conseguir reformas. Ya sin el Muro, en el periodo de eclosión del futuro posdictadura, ese grupo, conformado por tan solo ochenta afiliados, preparaba su actuación como partido político desde una oficina rudimentaria, situada en una casa de apartamentos para familias en el barrio Prenzlauer Berg, donde todo estaba aún por hacer. Angela ha contado que al asistir a una de las reuniones del colectivo identificó allí su espacio.

“El solo nombre ya contenía un programa. A pesar de que el estado de la sede era caótico, me gustó estar allí. Me di cuenta de que podía contribuir al desarrollo del movimiento y obedecí al sentimiento de quedarme donde hacía falta. Por ejemplo, al pasar la vista por el despacho advertí que varios computadores nuevos habían sido apilados en una esquina a medio desempacar. Pregunté y me respondieron que estaban en aquel lugar porque no conocían a nadie que pudiese instalarlos para su correcto funcionamiento. Entonces lo hice yo”, contó Merkel en un discurso en 1999.
A continuación, ella se presentó en la sede como ayudante espontánea todos los días, en horas de la tarde, después de su trabajo regular en la Academia de las Ciencias. Pocas semanas después, a finales de diciembre, se afilió al Partido.

Su primer biógrafo, Wolf-gang Stock, destaca el alto grado de competencia social demostrada por ella en su interacción con los integrantes del grupo político y su disposición para ejecutar labores modestas muy inferiores a las que usualmente se le confiarían a una científica doctorada, tales como preparar café para el equipo o servir de telefonista del presidente del Partido, Wolfgang Schnur, y del vicepresidente, Erhardt Neubert.

Basado en testimonios de copartidarios de la época, Stock sostiene que la humildad le aseguró a Merkel el ingreso en la nómina de los proselitistas, desde los primeros días de enero de 1990, cuando el grupo comenzó a recibir ayuda financiera del occidente para su funcionamiento. Su cargo era el de auxiliar general, el último en la relación de plazas. Con el nombramiento en las manos, ella tramitó un permiso de suspensión temporal del contrato como investigadora en la Academia de las Ciencias y dedicó su tiempo de lleno a ser la “chica para todo” en el Despertar Democrático. En pocas semanas se hizo cargo de las tareas de coordinación de agenda, recibimiento del público y explicación del programa del Partido, de tal forma que los líderes del movimiento comenzaron a referirse a ella como su portavoz dejando, también en sus manos, la interlocución y estructuración de la argumentación en el diálogo con políticos y periodistas del occidente.

El agente descubridor

Los personajes del capitalismo franqueaban las frescas y polvorientas ruinas del Muro, y se acercaban a la sede del Despertar Democrático dadivosos, pero también grandilocuentes. Sobresalían entre los alemanes orientales por vestir trajes a la moda de paños finos, pañuelos de seda, calzado de legítimo cuero lustroso, y también porque se comportaban con los mismos ademanes de recelo que caracterizan a los inspectores sanitarios cuando examinan un entorno plantado en suelo todavía infesto. Su misión era la de verificar si aquella naciente y prometedora colectividad cumplía, de veras, con los requisitos de salubridad política y moral que la hiciesen apta para ser incluida en proyectos conjuntos con partidos de la República Federal.

La diligencia era de importancia alta y carácter urgente, puesto que los occidentales no podían dejar pasar la oportunidad de participar, en alianza con líderes anticomunistas locales, en las elecciones generales del 18 de marzo de 1990 en Alemania Oriental. Las mismas se convertirían en los primeros y únicos comicios efectuados sin el monopolio del Partido Socialista Unificado, SED.

Uno de aquellos visitantes ilustres resultó ser Jürgen Warnke, por entonces ministro en el gabinete del canciller Helmut Kohl, quien quería conocer al presidente del Despertar Democrático, Wolfgang Schnur.

Mientras el ministro y el presidente hablaban de lo suyo, Angela y el asistente del ministro, Hans-Christian Maaß, se entretuvieron en una plática durante la cual él le reveló a ella que acompañaba a su superior, no solo en calidad de ser su vocero, sino de consejero en asuntos de la RDA. Él era un germano-oriental al que años atrás la Stasi había puesto detrás de las rejas por su rebeldía contra el sistema, y se había salvado de ulcerarse en la cárcel gracias a que el Gobierno federal había pagado por su liberación en 1974. Desde entonces vivía en Bonn, donde se había insertado en el trabajo proselitista del Partido Unión Social Cristiana de Baviera, CSU, corporación hermana de la Unión Cristiano Demócrata, CDU, del canciller Helmut Kohl, en el poder desde 1982.

Saltaba a la vista la evidencia de que Hans-Christian Maaß, de 39 años de edad, cuatro mayor que Angela, era un ejemplar humano de los enlaces de coordinación detectados en los fenómenos de la naturaleza por los sabios de la fisicoquímica.

Desde ese día se generó entre Merkel y Maaß una comunicación asertiva que los animó a seguir en contacto. Las circunstancias facilitaron su amistad porque ambos tuvieron que interactuar en la agitada fase de estructuración de una nueva asociación llamada Allianz für Deutschland, Alianza por Alemania, pactada el 5 de febrero de 1990 en Berlín Oriental por los partidos CDU del occidente, CDU del oriente y el Despertar Democrático, un triunvirato que contaba con todas las condiciones para lograr imponerse en los comicios generales de marzo.

Justamente, Hans-Christian Maaß fue la persona que, más adelante, introdujo a Merkel en los círculos de poder bajo la influencia centelleante de Helmut Kohl, desde donde la física acertó a hacer la segunda pirueta de técnica insuperable que la instaló en la maquinaria proselitista de la Alemania reunificada.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA - CHRISTINA MENDOZA WEBER
Para EL TIEMPO

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