La mujer que paró una fábrica en la Medellín de 1920

La mujer que paró una fábrica en la Medellín de 1920

En 'Algún día, hoy', Ángela Becerra revive a la hilandera paisa Betsabé Espinal.

Ángela Becerra

Ángela Becerra vuelve a las librerías con un relato épico, inspirado en un hecho histórico.

Foto:

Cesar Melgarejo/EL TIEMPO

Por: Carlos Restrepo
12 de junio 2019 , 11:25 p.m.

En un desvelo, hace unos años en Cartagena, la escritora Ángela Becerra prendió el televisor y alcanzó a ver el final de un documental que contaba la vida de Betsabé Espinal, una paisa que protagonizó una de las primeras huelgas femeninas en el país.

La imagen de esta mujer comenzó a dar vueltas, de manera incesante, en la cabeza de la escritora caleña, radicada en España hace más de dos décadas, para quien Betsabé se convirtió en una obsesión. “Ya no dormía, pues fue como si se me hubiera quedado mirándome. Y le dije: ‘Te voy a resucitar. ¿Cómo? Pues con la palabra’ ”, comenta Becerra.

Cuando ya tenía en curso otro libro, lo guardó de nuevo y se montó en una investigación y la escritura de uno nuevo que le tomó más de cinco años. El resultado es Algún día, hoy, la nueva novela, de corte épico, de Becerra, que recibió el Premio Fernando Lara.

La escritora cuenta que de Betsabé solo conocía tres datos históricos puntuales: la fecha de su nacimiento (1886), el día que se sublevó ante sus patrones en una fábrica textil de Medellín (1920), que quedó registrada por la prensa de la época, y la fecha de su muerte (1932). Se sabía también que era hija natural y que su madre había terminado en un manicomio.

“Era una niña de 23 años, de Bello, que había liderado a 400 obreras y consiguió que la fábrica cerrara durante casi un mes. Eso movilizó al país en ese momento, y hubo mucha gente que la apoyó desde otras ciudades”, anota la escritora.

Sus exigencias fueron cuatro peticiones puntuales, que a la luz de hoy parecen algo increíble: poder ir a la fábrica con zapatos y no descalzas, pues el dueño consideraba que le ensuciaban el suelo. Además, que no les atrasaran los relojes para hacerlas trabajar 14 horas diarias; que no las violaran ni abusaran de ellas los capataces de la empresa y que les pagaran lo justo. Las mujeres ganaban cuatro veces menos que los hombres.

Becerra viajó en varias oportunidades a Medellín durante el proceso de investigación, y en la revisión de uno de los archivos encontró una foto de Betsabé, que cuando regresó a su estudio, en Barcelona, pegó en la pared frente a su computador. A esa imagen se fueron uniendo otras que empezaron a llenar los vacíos de la vida de su valiente protagonista.

“Agradezco tanto a Betsabé que me regaló regresar a mi niñez, para recuperar cosas que tenía guardadas en mi memoria, que me habían impresionado de pequeña. Por ejemplo, yo era una niña muy silenciosa, observadora y amaba la naturaleza. Y como no teníamos dinero, nos entreteníamos con renacuajos, con los pájaros, subiendo a los árboles de mango o metiendo los pies en los charcos. Todo eso se lo regalé a mi personaje”, dice Becerra.

Betsabé Espinal fue una hilandera de Bello (Antioquia), de 23 años, que protagonizó una de las primeras huelgas femeninas en el país.

Agrega que este libro fue un desafío literario. “Era la primera novela en la cual iba a trabajar sobre un hecho histórico, pero en la que tenía que fabular casi todo”.

El contexto de la trama ocurre en la Medellín de 1920, en la que muchas mujeres que habían perdido a sus esposos en la guerra de los Mil Días terminan como cabezas de hogar, enriqueciendo la fuerza laboral.

“Era la primera vez que me metía en otra época. Con esa Medellín, que se llamó primero Villa de la Candelaria, con una arquitectura ya casi desaparecida. Al meterme en ese túnel del tiempo iba a vivir los cambios a nivel social y tecnológico. Era pasar de una ciudad a oscuras, iluminada por velas, a otra con luz eléctrica, que veía la llegada del automóvil”, dice la autora de De los amores negados y El penúltimo sueño.

Ángela Becerra

Durante seis años duró Becerra investigando y escribiendo la vida de Betsabé Espinal.

Foto:

Cesar Melgarejo/EL TIEMPO

Contrapunto social

Este contexto le permitió a Becerra reflejar en la trama esa sociedad de contrastes sociales tan marcados.

Precisamente, el contrapunto de la historia lo pone Capitolina Mejía, otra de las protagonistas del libro, una niña de la clase alta antioqueña que nace al mismo tiempo que Betsabé y con quien resulta “hermana de leche”.

La escritora anota que, de alguna manera, Capitolina llegó a llenar la infinita soledad que sufrió su protagonista, desde bebé, cuando incluso fue rechazada por su madre, Celsa Espinal. Ella era una humilde campesina para quien quedar embarazada era una catástrofe, a lo que se sumaba el saber que la criatura era una niña. La peor maldición en una sociedad tan machista como la de entonces.

Celsa, que trabajaba en la casa de la familia liderada por el patriarca Conrado Mejía, termina amamantando a Betsabé y a Capitolina al mismo tiempo.

El contrapunto de la historia lo pone Capitolina Mejía, otra de las protagonistas del libro, una niña de la clase alta antioqueña que nace al mismo tiempo que Betsabé.

“Capitolina Mejía Echavarría es la octava hija de un matrimonio que solo ha tenido mujeres y seguía esperando la llegada del niño. Y al nacer, su madre la rechaza y se niega a alimentarla”, explica Becerra.

En ese contexto aparece también Emmanuel Le Blue, un joven que llega de la París de los años 20 a Medellín, para hacerse cargo de los negocios de su padre, amigo del progenitor de Capitolina. Cuando Emmanuel conoce a Betsabé se enloquece de amor por ella.

Ángela Becerra

Becerra es autora de obras como 'De los amores negados' y 'El penúltimo sueño'.

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Cesar Melgarejo/EL TIEMPO

A favor del Me Too

Becerra, quien si tuviera que escoger otra época para nacer no dudaría en hacerlo en la fascinante movida artística de esa París, aprovecha para invitar a escena la vida bohemia que también despuntaba en la capital antioqueña. Para ello se permitió la licencia –como escritora– de regresar en el tiempo a personajes cuyas luchas emularon las de Betsabé Espinal.

“Encontré que en esa época había personajes emblemáticos como Epifanio Mejía, el gran poeta, que también terminó en un manicomio, o los Panidas (movimiento intelectual). Pero también quise que salieran Débora Arango, Frida Kahlo y la activista francesa Simone Veille”, comenta.

Mientras va contando ese universo que llena Algún día, hoy, Becerra mueve las manos y sus ojos brillan con el ímpetu de quien quiere compartir a su interlocutor el viaje más maravilloso que ha hecho en estos seis años de escritura.

Y en un momento de reflexión, se viene a su cabeza la imagen del famoso cuadro ‘La libertad guiando al pueblo’, del artista francés Eugène Delacroix, cuya protagonista le recuerda a Becerra a su aguerrida Betsabé. “Yo la miraba a ella y la veía con el puño en alto, con el seno afuera. Esa imagen me acompañó a lo largo de toda la novela”.

Como hecho curioso, la autora comenzó a escribir su historia en el 2013, antes del famoso discurso de Emma Watson en Naciones Unidas, que precedió los hechos que dieron origen al movimiento del Me Too.

El hombre tiene que tomar conciencia de que él se va ver beneficiado porque se le va acabar una carga que lleva sobre sus hombros años, de tener que ir de fuerte por la vida.

Y sin embargo, aunque su Betsabé es una pionera de todo este movimiento en favor de los derechos de la mujer, Becerra establece una clara distancia del llamado feminismo tradicional.

“Yo creo que había un caldo de cultivo, algo ahí latente, a punto de ebullición. El discurso de Emma Watson crea, dijéramos, el momento de valentía, como una Betsabé. Si comparamos esa época con la de hoy, hay relativamente lo mismo: la búsqueda por una igualdad, un respeto, que ha venido dándose a puntas cíclicas cada cierto tiempo. En los años 70 empezó ese feminismo rancio, con el que yo no estoy de acuerdo, porque cogió roles masculinos que asumieron las mujeres para ser respetadas”, explica.

En cambio, considera que estos nuevos movimientos enaltecen “la verdadera feminidad”. “Es un feminismo que exalta el talento de la mujer, la intuición femenina, la capacidad de sentir y de percibir las cosas. Y creo –dice– que esta es la punta de un iceberg, que está empezando a salir, pero sin miedo porque está calando en todas partes”.

Por eso, la escritora se aventura a extenderle una invitación al género masculino. “El hombre tiene que tomar conciencia de que él se va ver beneficiado porque se le va acabar una carga que lleva sobre sus hombros años, de tener que ir de fuerte por la vida, controlando sus emociones. Nosotras somos el 52 por ciento de los cerebros del mundo. ¿Cómo es posible que el mundo se vaya a perder del 52 por ciento de su inteligencia?”.

Ángela Becerra

Editorial Plantea, 816 páginas, $ 59.000.

Foto:

Archivo particular

CARLOS RESTREPO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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