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Álvaro Tirado Mejía cuenta la historia que le faltaba: la de su vida
Las coincidencias con Álfonso López Pumarejo

Álvaro Tirado es abogado, profesor universitario, diplomático, historiador, escritor y politólogo.

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Archivo EL TIEMPO

Álvaro Tirado Mejía cuenta la historia que le faltaba: la de su vida

Álvaro Tirado es abogado, profesor universitario, diplomático, historiador, escritor y politólogo.

Un capítulo condensado de El presente como historia, el libro de memorias del abogado y economista.

Desde muy niño tuve inclinación por la historia. Me deleitaba oír a los mayores, especialmente a mis abuelos y los relatos que ellos habían oído. Durante mi bachillerato devoré muchos libros sobre historia de Colombia y, en especial, las memorias de los principales actores.

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Ya en la Facultad de Derecho a mis lecturas jurídicas y a las de literatura agregué la de los historiadores clásicos como Jacobo Burckhardt, Johan Huizinga, Ernst Troeltsch, R. H. Tawney, Werner Sombart, Alfred von Martin, Arnold Hauser, E. H. Carr, Eric J. Hobsbawm, Albert Soboul y, motivado por un buen profesor de derecho romano, a Teodoro Momsem.

Así mismo, me beneficié de visiones novedosas sobre el desarrollo histórico, como las del peruano José Carlos Mariátegui, el argentino Rodolfo Puiggrós, el chileno Volodia Teitelboin, y de autores de historia económica como el norteamericano Earl Hamilton o el brasilero Celso Furtado, además de economistas como Leo Huberman, Paul Baran o André Gunder Frank.

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Lo que se imponía en ese momento era la historia política mirada con criterios muy estrechos. No existía la profusión de monografías sobre historia y, en especial, sobre historia económica que hoy se producen en las universidades. Tampoco se encontraban series históricas elaboradas y confiables sobre el comercio exterior. Las estadísticas económicas eran precarias y en el sector público apenas se estaban consolidando los equipos económicos de la Contraloría, el Ministerio de Hacienda, el Banco de la República, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) y el Departamento Nacional de Planeación (DNP).

Los hitos bibliográficos

En el campo de la historia económica, solo aparecían tres o cuatro autores. En primer término, Luis Eduardo Nieto Arteta, con su libro Economía y cultura en la historia de Colombia, editado en 1941. Este trabajo fue pionero y novedoso en el medio porque acudía a temas y a fuentes económicas, especialmente a las memorias de los secretarios de Hacienda (ministros) y, sobre todo, por la aplicación novedosa en el país de la visión marxista, así fuera en forma incipiente y mecánica.

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También existía el libro de Guillermo Torres García, Historia de la moneda en Colombia, publicado en 1945. Los diferentes trabajos del profesor Antonio García y el libro de Abel Cruz Santos, Economía y hacienda pública: de los aborígenes a la federación, que acababa de aparecer (1965), en la serie La historia extensa de Colombia, que se publicaba con motivo del sesquicentenario de la Independencia.

Estaba, por supuesto, la obra de Luis Ospina Vásquez. Don Luis, como se le decía, había dedicado su vida a la lectura, a la investigación y a reunir una inmensa biblioteca. Se graduó de abogado en la Universidad Nacional. En London School of Economics recibió una educación cosmopolita, muy por encima del conjunto de la gente de este país.

Pertenecía a una familia acaudalada, propietaria de tierras, pero especialmente vinculada a la historia política de Colombia, en la medida en que su abuelo, Mariano Ospina Rodríguez, fundador del Partido Conservador, había sido presidente.

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Por solicitud suya, y debido a que él sentía preocupación por el efecto que para su salud podría tener la altura de Bogotá, en 1975 lo acompañé en esa ciudad a un seminario realizado en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el cual se presentó el libro de William Paul McGreevey, Historia económica de Colombia: 1845-1930 (1975). Dicho evento marcó un hito en el desarrollo de los estudios históricos en el país, especialmente los de historia económica, por el número y la calidad de los participantes colombianos y extranjeros.

Con este libro se iniciaba en Colombia la cliometría, conocida en los Estados Unidos como la new economic history, la cual ha cobrado fuerza y tiene importantes representantes en Colombia, como Adolfo Meisel y María Teresa Ramírez.

Cuando apareció el libro de Luis Ospina Vásquez, Industria y protección en Colombia (1955), este pasó prácticamente desapercibido. Como una muestra de los prejuicios y del desierto cultural que habitaba en la sociedad del momento.

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Por la época en que elaboraba mi trabajo de grado, Estanislao Zuleta, quien dictaba cursos en la Universidad Libre de Bogotá, escribió sus notas de clase sobre Historia económica de Colombia que circularon en copia a máquina. Al mismo tiempo, Mario Arrubla publicó en la revista Estrategia, que era el órgano de difusión del grupo, unos ensayos sobre la caracterización y evolución de la economía colombiana, los cuales recogió en Estudios sobre el subdesarrollo colombiano (1969), libro que tuvo una enorme difusión.

Ambos trabajos influyeron mucho en la concepción de mi tesis y aportaron nuevos elementos a los historiadores de la llamada Nueva Historia. La revista Estrategia, de la cual solo se editaron tres números, amplió en grado sumo el horizonte cultural.

Apenas en los años 50,
el estudio de la economía en la academia empezó a tener lugar en Colombia. Quienes manejaban las finanzas y ocupaban el Ministerio de Hacienda eran abogados.

A la manera de lo que estaba ocurriendo en Europa, donde declinaba la influencia del marxismo dogmático propio de los manuales soviéticos y de los partidos comunistas, la revista propuso una lectura crítica y no exclusiva de él. Asimismo, incorporó disciplinas como el psicoanálisis, la antropología, la etnología y la lingüística.

Ya aparecía entre nosotros la Escuela de Frankfurt y el grupo valoraba especialmente a Sartre y a la revista Temps Moderns.

En Bogotá, a un grupo de intelectuales le vino la idea de crear una organización política con miras a la transformación del país.

A este se le dio el pomposo nombre de Partido de la Revolución Socialista (PRS), cuyo cuartel general funcionaba en la librería La Tertulia, en la calle 19 con carrera 6.ª. Sus miembros, entre los cuales no había ni obreros ni campesinos ni empleados eran, en su mayoría, estudiantes de Filosofía e Historia de la Universidad Nacional.

Sus cabezas más visibles fueron Estanislao Zuleta y Mario Arrubla, y, entre sus miembros, se encontraban Jorge Orlando Melo, Margarita González, Germán Colmenares, Jorge Villegas, Jaime Mejía Duque, Humberto Molina, Bernardo Correa, Luis Antonio Restrepo (Toño), Javier Vélez y Hernando Llanos.

Por supuesto, la revolución no pasó por allí y posiblemente ni se dio cuenta de la existencia de un partido con nombre tan pomposo. Sin embargo, la sociedad y la cultura colombiana se beneficiaron en grado sumo de ese grupo, por la influencia que ha ejercido en la cátedra, en el desarrollo de las ciencias sociales y en el camino abierto para una interpretación de la sociedad colombiana con parámetros progresistas y democráticos.

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Desde Medellín me beneficié del aporte intelectual del grupo porque tenía una gran amistad con sus miembros, especialmente con los que cursaban estudios de historia, como Colmenares, Melo y Margarita González. Ellos me enviaban, desde la librería de Bogotá, los libros que Jaime Jaramillo Uribe y los otros profesores les indicaban como textos en los cursos de historia de la Universidad Nacional.

En mi caso, dicha influencia se manifestó cuando escribí mi tesis con miras al título de abogado y en la concepción de los trabajos históricos que posteriormente realicé. A mediados del siglo pasado, tuvieron mucha influencia en la región las teorías de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), establecida bajo la égida de Naciones Unidas en 1948.

Se trataba de un nuevo lenguaje y del énfasis que pensadores como Raúl Prébisch aplicaban a las economías de los países en desarrollo (término que surgió en esa época), a la teoría de la dependencia y al comercio exterior que, según su criterio, se realizaba en unas condiciones de desigualdad en relación con los países en desarrollo.

En 1957 la Cepal produjo un informe sobre la economía colombiana: El desarrollo económico de Colombia. Era el tercero que se elaboraba sobre el país. El primero fue publicado con el título Bases de un programa de fomento para Colombia (1951), que dirigió Lauchlin Currie, el cual, a su vez, fue producto de la primera misión del Banco Mundial en un país.

Por otra parte, en Colombia, apenas en los años cincuenta, el estudio de la economía empezó a tener lugar académicamente. Hasta esa época, quienes manejaban las finanzas y ocupaban el Ministerio de Hacienda eran abogados a los que se les daba el nombre de hacendistas.

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En la Universidad Javeriana se impartía la enseñanza de la economía en la Facultad de Derecho y el graduando salía con el título de abogado y economista. A finales de los años cuarenta surgieron las primeras carreras propiamente de Economía, en la Universidad Nacional, en un programa donde se destacaban los profesores Antonio García Nossa y Carlos Lleras Restrepo, y en la Universidad de los Andes.

En Medellín, en 1946, se creó la Escuela de Ciencias Económicas de la Universidad de Antioquia, dependiente de la Facultad de Derecho y, realmente, fue solo con el nuevo pénsum de 1959 y con la llegada de algunos economistas españoles, cuando los estudios económicos empezaron a desarrollarse en ese claustro.

Mi tesis de grado para optar por el título de abogado lleva el nombre de Apuntes para una historia económica de Colombia. Obtuvo una mención especial y, como anotó el jurado, presidido por Carlos Gaviria —que iba tres cursos más adelante en la Facultad de Derecho, pero ya se había graduado—, no fue laureada por no tratarse de un tema estrictamente jurídico.

Así fue publicado por la Editorial de la Universidad Nacional, en Bogotá, con el título de Introducción a la historia económica de Colombia (1971). A esta edición le han seguido veintitrés más, la última de las cuales la realizó la Universidad de Antioquia en 2019. Esto sin contar la gran cantidad de reimpresiones y las ediciones piratas.

Para el economista y exdirector del Banco de la República Adolfo Meisel Roca el libro “(...) resume buena parte de la literatura que sobre el tema se había publicado para la época en que se escribió. Ello contribuyó para convertirlo en el libro de historia económica de Colombia más exitoso de todos los tiempos, con veinte ediciones y más de cien mil copias vendidas”.

Por su amplia difusión en los años setenta, época de gran agitación universitaria, se decía con humor que este trabajo competía en circulación con el Libro rojo de Mao Tse Tung.

A la par de su gran difusión, el libro fue considerado por algunos como un trabajo de avanzada izquierda. Sin embargo, pasado el tiempo y después de que fue adoptado como texto en universidades y en bachillerato, lo que allí se plantea hoy es corrientemente aceptado y compartido, con lo cual se confirma el dicho de que las herejías de un momento son verdades del presente.

ÁLVARO TIRADO MEJÍA*

*Fragmento de su libro de memorias 'El Presente como historia'.

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