'Aunque lo fue, Leandro Díaz nunca se sintió marginado'

'Aunque lo fue, Leandro Díaz nunca se sintió marginado'

En su nueva novela, Alonso Sánchez Baute busca sacar de la ‘invisibilidad’ al juglar vallenato.

Leandro Díaz

Leandro Díaz, acompañado de familiares y amigos, durante una temporada de Festival Vallenato, en Valledupar.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Liliana Martínez Polo
19 de mayo 2019 , 11:24 a.m.

La imagen de Leandro Díaz (1928-2013) y sus ojos cerrados, siempre guiado por su hijo Ivo Luis, es un ícono del vallenato. Lo son también las estrofas de El verano o el caminar de Matilde Lina y la venganza que fue la composición de La diosa coronada.

Díaz, ciego de nacimiento, dueño de un talento poético que llevó sus versos a ser interpretados por numerosos artistas vallenatos, es el protagonista de la nueva novela de Alonso Sánchez Baute (1964).

La novela, titulada simplemente Leandro, partió de las charlas con Ivo y personas del entorno del compositor. Estas conversaciones se daban por la curiosidad de Sánchez Baute y al final, se tradujeron en la novela biográfica que recrea no solo datos conocidos sino la forma como Leandro, siendo un niño ciego, explora el mundo y lo enfrenta sin la ayuda de sus padres, que lo ignoran por completo.

Sánchez Baute reconoce, en entrevista con EL TIEMPO, que no obstante haber nacido en Valledupar, su incursión en la investigación sobre la música vallenata es reciente, aunque ha escrito siempre sobre su región.

“Vengo metido en los temas de mi tierra desde Líbranos del bien (2008) –aclara–. Tengo dos universos literarios muy marcados: uno, el universo gay de la noche bogotana y el de Valledupar, en el que viví mis primeros 15 años. Pretendo seguir trabajándolos literariamente”.

Así, Al diablo la maldita primavera y De dónde flores si no hay jardín corresponden al primer grupo, mientras que Líbranos del bien y Leandro, al de las historias de la tierra cesarense.

Alonso Sánchez Baute

Alonso Sánchez Baute, escritor colombiano, autor de novelas como Leandro, Líbranos del bien y Al diablo la maldita primavera.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

“La música vallenata no es lo que escucho por instinto –reitera–. En el vallenato me he venido metiendo en los últimos años, por sus personajes e historia más que por la música. Hay expertos en discografía que saben quién grabó cada cosa. Eso no me mueve. En cambio, me gusta saber qué pasa con los personajes en ese contexto”.

¿Qué lo llevó a retratar la vida de un juglar?


Leandro Díaz es un juglar vallenato, pero mi interés en él no es ni siquiera como compositor. Como novelista me interesa saber qué pasó en su vida y de qué manera esta historia nos ayuda a comprender al hombre. Que haya sido un juglar es casual. Hay historias que me interesan de algunos personajes del vallenato, pero no creo que las cuente.

¿Por qué contó esta historia?

Leandro aparece en todos mis libros: está en el epígrafe de Al diablo la maldita primavera. En los otros lo menciono en algún lado. Siempre estuvo, incluso primero que Rafael Escalona, que era cercano a mi casa y a mí.

Con Escalona hubo una familiaridad, pero nunca me interesó contarlo porque era un triunfador. Leandro, no. Me interesan los personajes que crecen en la marginalidad. En Líbranos del bien, los personajes son marginales desde lo político, y en De dónde flores si no hay jardín, desde lo social. Hay mayor riqueza en ellos que en los ganadores como Escalona. Aquí parafraseo a Tolstoi, en Ana Karenina, cuando dice: “Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera”.

¿Qué lo cautivó de Leandro?

Me llamaba la atención la poética de sus composiciones. Pero la historia comenzó cuando me hice amigo de Ivo y comencé a reconocer a Leandro desde las historias que me contaba. Me llamó la atención que siendo uno de los dos caciques de la música vallenata, toda la narrativa se la hayan dedicado a Escalona. Eso habla de una invisibilización literaria.

¿Pocos libros hablan de Leandro Díaz?

Hay uno de Jaime Maestre Aponte. Es una biografía con mucho dato periodístico. En ningún momento se mete en la cabeza del personaje. No hay trabajo literario. No significa que no sea una buena aproximación. También hubo un documental para RTVC.

Pero Leandro es un personaje que genera muchas preguntas, por eso me llama la atención que su historia no estuviera contada y que, en contraste, se haya escrito tanto de Escalona, de Lisandro Meza, de Juancho Polo ‘Valencia’.

Aparte de su grandeza musical, había una intriga personal que tenía que ver con la invisibilización, con la marginalidad. A pesar de que Leandro nunca se sintió marginado, esto aclara que lo fue de alguna manera.

Me llamó la atención que siendo uno de los dos caciques de la música vallenata, toda la narrativa se la hayan dedicado a Escalona. Eso habla de una invisibilización literaria.

Eso viene desde la relación con el padre...

En literatura, el conflicto entre padre e hijo viene desde los griegos. Hay un desprecio desde el momento en que Leandro nace. Me lo contó su hijo Ivo, y no es un secreto. Lo mismo pasa con la madre. Esto habla antropológicamente del machismo que hace que una mujer sumisa, pese a que es su hijo, sangre de su sangre, lo desprecie para no ser abandonada por el hombre.

Además hay un prejuicio religioso: la creencia de que la enfermedad es un castigo divino para el niño y para el padre. Por eso, lo primero que sintió el padre fue vergüenza. Esa razón religiosa es algo que contar: una institución que habla tanto de la familia, de proteger a los hijos y al tiempo separa y estigmatiza. Estos elementos hablan más del ser humano que del músico. Después, Leandro descubre que hay algo en la vida a lo que puede aferrarse…

Su talento…

En el momento en que los trabajadores lo aplauden se siente por primera vez tenido en cuenta. Eso no solo le alimenta el ego sino que le da un espacio en el mundo. ‘Si quiero que me quieran, puedo hacer esto para que me quieran’.

Al final, para eso componía. A las mujeres les hacía canciones por dos razones: por venganza o para conquistarlas. Pero, en últimas, lo hacía para que lo quisieran, porque al componer lo aplaudían y en esa media se sentía una persona.

Ivo y Leandro Díaz

Ivo Díaz canta con su padre, Leandro Díaz, en una parranda, en el 2005. En el acordeón está el rey de reyes Hugo Carlos Granados.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

La novela combina largas narraciones a entrevistas, mezcla los géneros...

No creo en los géneros. Mis libros no se guían por uno solo. Líbranos del bien es una investigación que a la vez es novela y no se puede catalogar fácilmente, porque hay ficción, hay crónica, reportaje, entrevista pregunta respuesta, autobiografía, biografía y ensayo. En Leandro se dan una multiplicidad de voces.

¿Leandro vivía aún cuando usted empezó el libro…?

Cuando comencé no tenía claro que sería un libro. Conocí a Leandro en el 2004, en una parranda en Valledupar. Estaba con Escalona. Me puse a hablar con él, y Escalona me dijo: “Cuando escribas esta historia, no dejes de contar que yo fui el que los presenté”. Pero no tenía eso en la cabeza.

Durante sus últimos años de vida, me encontré a Leandro en parrandas. Cuando comencé a hablar con Ivo se abrió este universo. Fue absolutamente generoso. Los vallenatos son así, llegas a su casa y comparten todo. Cuando iba a Valledupar, cogía el carro y me iba para Barrancas, Hato Nuevo o Codazzi, siguiendo la pista.

Conocí a Leandro en el 2004. Me puse a hablar con él y Escalona me dijo: 'Cuando escribas esta historia, no dejes de contar que yo fui el que los presenté'

¿Cuándo supo que sí sería un libro?

Hablaba con Carmen, una de las hermanastras. Ella mencionó a Erótida, tía de Leandro. Le pregunté en qué año murió y me dice: “Sí, ella está viva, vive a un par de cuadras”. Y me dije, ‘quiero conocerla’. Le tomé una foto en una hamaca y cuando comenzó a hablar, el gusanito de escritor dijo: ‘aquí hay una historia’...

Los dos problemas de los escritores son: quién cuenta la historia y cómo la cuenta. Con esas dos cosas, el 70 por ciento está hecho. Quise hacer una biografía y leí muchas. Al final, me quedó rondando El loro de Flaubert, de Julian Barnes. Quería que fuera un modelo, pero no resultó.

El año pasado publiqué Las formas del odio, sobre la polarización política. Son 15 ensayos, cada uno sobre una forma de odio. Después dije: ‘No quiero seguir en estas historias, necesito despejar la mente, descansar de la violencia’. En julio o agosto, la novela me hizo un guiño, como si la historia me dijera: ‘Ya estoy lista, cuéntame’. Y, de repente, todo sale. No es inspiración, es que lo has desarrollado tanto en tu cabeza que solo trascribes lo que tienes adentro. Sin embargo, hay ficción. El haberle dado voz a Leandro ya es ficción.

¿Por qué?


Leandro no aparecía como narrador inicialmente. La historia salía de conversaciones con Ivo y los demás. Pero Erótida me había dicho que Leandro era muy hablador de niño, y pensé: ‘No puedo robarle, él tiene que contar su propia historia’. Pero había vacíos en la investigación que no podía resolver él mismo. Por eso recurro a los otros: la tía, sus hermanos, su hijo, a las mujeres que tuvo, a Matilde. Son más de 12 narradores. Es una historia coral.

Alguien escribió en Twitter que esta es una historia vallenata. Yo digo que no, que es la historia de un ser humano que componía vallenatos, que es diferente.

¿Qué le dijeron del libro en Valledupar?

Me reclamaron porque no aparecían ciertas canciones importantes. Pero en el libro solo aparecen las canciones que necesitaba para contar la historia. Alguien escribió en Twitter que esta es una historia vallenata. Yo digo que no, que es la historia de una persona, de un ser humano que componía vallenatos, que es diferente.

¿Ivo leyó el libro?

Sí, antes de que saliera. Él sabe que la historia va más allá de la música.

¿Se aborda diferente a los personajes reales?

A Leandro lo abordé con respeto y amor. No tenía que hacerlo así, pero se dio así. Me tomo licencias con su historia porque soy escritor, no periodista ni biógrafo, y me interesa entender y llenar vacíos.

Me preguntan mucho si la familia ha leído el libro o si Ivo lo leyó, como hace un momento. Su preocupación es si me autorizó o no. Pero no necesitaba autorización. Hice una investigación y podía escribir lo que quisiera. Entonces, alguien dijo: ‘¡Es que contar que el papá lo despreciaba! Eso en Valledupar no se dice’. Me pareció tan banal. El libro toca la sensibilidad, pero no puedo distraerme de la realidad del personaje, a pesar de que hay ficción.

La ficción está en la forma de contar los hechos, porque, en general, estos se dieron. Por lo demás, la gente dice estar conmovida. La esposa de Ivo dijo que la hice llorar. Mi ideal no es hacer llorar, pero si uno logra que el lector se ponga en los zapatos del personaje, ya es una ganancia literaria.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO
Twitter: @Lilangmartin

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