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‘¡Por supuesto que soy feminista!’: Alma Guillermoprieto
Alma Guillermoprieto

Alma Guillermoprieto vivió con entusiasmo el sueño revolucionario en los años 70.

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Sebastián Jaramillo

‘¡Por supuesto que soy feminista!’: Alma Guillermoprieto

La periodista publica un libro sobre el movimiento social más importante de los últimos tiempos.

¿He sido feminista o no? ¿El feminismo es una forma de ver el mundo? ¿Las feministas tienen la obligación de hacer del feminismo su preocupación prioritaria? ¿Cómo es una feminista en el mundo de hoy? Alma Guillermoprieto empezó a sumar preguntas en su cabeza. Le pasó después de haber vivido un momento que primero la llenó de rabia y luego la puso a pensar: en un festival literario, el año pasado, tuvo una charla pública con una escritora que además de gran novelista es una reconocida activista del feminismo.

Alma, que había leído la obra literaria de su interlocutora con entusiasmo, condujo la charla hacia sus libros y no le hizo preguntas relacionadas con feminismo. Y entonces volaron las críticas del público. Las redes sociales estallaron con mensajes rabiosos contra la escritora y reportera mexicana. “Cómo iban a poner en esa charla a una señora que no sabía de feminismo”, decían. “¿Será que soy antifeminista? –se preguntó Alma–. ¡Pues por supuesto que no! Pero ¿será que soy feminista?”. Y con todas esas preguntas en la mente empezó a escribir –que es la mejor manera que tiene para pensar y entender– hasta que le dio forma al libro ‘¿Será que soy feminista?’, en el que reflexiona sobre la que para ella ha sido la revolución más grande que se ha dado “desde que, en un pasado remoto, una mitad de la humanidad fue sometida por la otra mitad”.

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¿Por qué la impactó tanto lo que pasó en esa charla?

Porque el matoneo me pareció injusto. No he visto ninguno de los tuits porque no estoy en redes sociales, y eso hubiera sido amargarme la vida de gratis. Pero me puso a pensar. Las acusaciones injustas siempre me han motivado mucho, sea a otras personas o a mí. Pero eso fue una semillita muy pequeña. A partir de ahí el tema adquirió otros visos. Siempre he sido feminista, por supuesto. Nunca se me ocurrió que no lo fuera. Pero de repente me empezó a parecer interesantísimo pensar en quién soy como mujer y qué significa ser mujer. Y encontré que tenía material para escribir.

En el libro cuenta que años atrás, cuando iniciaba su oficio, vivía inmersa en el sueño revolucionario latinoamericano, en el que no cabían las ideas feministas. ¿Era tan imposible conciliarlos?

Era imposible. Los revolucionarios no te decían “no puedes ser feminista”, pero desconfiaban profundamente de lo que era un cuestionamiento alternativo de un orden jerárquico. Las organizaciones revolucionarias guerrilleras son sumamente jerárquicas, por necesidad, por costumbre, por patriarcado. Y una rebeldía en esa jerarquía era amenazante. Por supuesto que se tenía que tolerar porque una de las metas de la revolución era “la justicia y la igualdad, compañera”. Pero en los hechos era difícil. La revolución flotaba en el ambiente de los años setenta como una cosa general. Nunca fui militante de una organización estructurada. Pero sí estaba, como tantas personas de mi generación, sobre todo a partir del viaje que hice a Cuba, totalmente a favor de la revolución latinoamericana.

Una de las preguntas que plantea en el libro es si para ser feminista hay que anunciarlo como un estandarte.

Esa es la pregunta del libro exactamente. Soy muy cautelosa ante cualquier rechazo a todos los tipos de feminismo que se están dando porque no tengo muy claro de dónde vienen esos rechazos. Cuestiono esa pregunta que he escuchado varias veces y que es la que está detrás de tantas dudas: “¿Eres feminista, pero hasta dónde?”. ¿Hasta dónde qué? Pues me imagino que hasta donde debe ser: que seamos iguales, que tengamos derechos, privilegios, obligaciones iguales. Esa no es una mala meta. Me parece que puede haber una contrarrevolución por ahí, y pienso que esa contrarrevolución se expresa más rabiosamente en los feminicidios, que son la negación absoluta, definitiva, de la humanidad de la mujer.

En esa negación del feminismo hay hombres y también mujeres.

Ah, claro. En esa preocupación de “¿Eres feminista, pero hasta dónde?” participan muchas mujeres, sobre todo casadas mayores de 50 años. Porque un feminismo radical cuestiona los términos en que se da la relación con sus maridos. Para una mujer que busca tener un compañero de por vida, ceder en algo trae beneficios fundamentales. No cuestionar los términos de la relación asegura la permanencia. La no soledad. Pero mira, creo una cosa –y yo no me defino como radical ni militante, porque defiendo mi derecho a ser la feminista que quiero y pienso que debo ser–, y es que la libertad y la igualdad para las mujeres implica necesariamente una mayor libertad y mejor vida para los hombres. No tener que sostener ese falo en alto como si fuera una bandera, que debe ser muy cansador. La obligación de tener la razón, de ser responsables, de no reconocerse frágiles, cansa. Es un fardo. Me imagino que ha de ser muy rico no andar cargando eso.

¿Tendrían que ser más aliados del feminismo?

Sí, aunque el feminismo es algo que tienen que hacer las mujeres solas. Porque, si no, a los cinco minutos vamos a tener a dos manes ahí diciendo qué hacer.

(Lea también: El absurdo de abordar discusiones de género desde orillas opuestas)

¿Es necesaria la confrontación?

Muchas veces, y me parece que esa etapa es necesaria. Una vez una bailarina mayor que yo, y muy sabia, llegó a La Habana. Le pregunté cómo iba la danza en una serie de ‘performances’ de vanguardia que yo conocía. Y me dijo: “Me imagino que bien. Siempre tiene que haber vanguardia, pero no siempre tengo que verla”. Creo lo mismo en cuanto a los movimientos y las posturas más radicales. Esto hay que empujarlo. No seré yo la que lo empuje, pero es necesario que alguien lo haga. No estoy en las trincheras, pero alguien tiene que estar. Es un momento, y eso me da mucha alegría y mucha esperanza, en que las mujeres no aguantan más. Es general, es explosivo, llegó después de años de acumular rabia, indignidades. No soy peleonera por naturaleza, no soy radical; soy una persona conciliadora, pero alguien tiene que sentir la rabia, alguien tiene que patear las puertas del Palacio Nacional por los feminicidios en México.

Y llenarlo de grafitis. Allá está muy difícil la situación con los feminicidios.

Creo que el crimen de Íngrid Escamilla (de 25 años, asesinada brutalmente el pasado 9 de febrero en Ciudad de México) va a cambiar muchas cosas. Los medios sensacionalistas que publicaron las fotos de su cadáver ya tuvieron que pedir disculpas.

Usted siempre ha hecho un periodismo en el que las mujeres han estado muy presentes. En sus reportajes, son protagonistas.

Claro que sí. Mi editor en el ‘New Yorker’, Bob Gottlieb, siempre me decía: “¡Tú no eres feliz si no tienes a una mujer campesina cargando agua en ollas de barro, cuesta arriba, desde un río contaminado y miserable, y cantando!”. Me daba mucha risa porque es muy cierto. Me conmueve la gente que lucha y que tiene alegría a pesar de todo.

En este libro usa la palabra todes y otros términos incluyentes, para referirse a hombres y mujeres. ¿Va a seguir usándolos?

Una vez que lo puse, medio de broma, es difícil echar para atrás. Lo hice como para ponerle un poco de chile jalapeño, para ver si a la gente le da taquicardia. Dije: voy a probar a ver qué se siente. Y me gustó. Me dio alivio. Se ha escrito mucho sobre esto y los argumentos en contra son buenos. Pero ¿por qué yo, que soy mujer, tengo que referirme a mí misma como uno? En un mundo mejor, con el que quisiera soñar, será usado. No ahora, pero sí más pronto de lo que creemos.

¿Qué piensa del #MeToo? En el libro dice que algo no termina de cuadrarle, por estar tan relacionado con las redes sociales.

En el #MeToo abundan las injusticias. Pero el problema no es del feminismo, es de las redes sociales que no facilitan una discusión sino expresiones de rabia desatadas. El tema es que como el feminismo es una ola de impaciencia, de necesidad de cambio, no está en el momento ni en el ánimo de ponerse a hacer normas. Aunque esas normas hacen mucha falta. ¿Que intenten darte un beso en una fiesta es igual que un intento de violación? No, no lo es. Pero si el Estado tampoco cumple su papel de perseguir estos casos y de hacer justicia y emitir condenas, ¿qué van a hacer las mujeres? ¿En redes sociales? Pues la justicia se fue por la borda. El medio de las redes es envenenado, es histérico. Lo que debería existir es un sistema de justicia que funcione. Pero no hay. Y las mujeres están desprotegidas y vulnerables.

Es un momento, y eso me da mucha alegría y mucha esperanza, en que las mujeres no aguantan más. Es general, es explosivo, llegó después de años de acumular rabia e indignidades

Con el #MeToo las mujeres comenzaron a hablar…

Su gran logro, y es un logro inmenso, es que descubrimos hasta qué punto el maltrato ha sido un fenómeno universal. Toda mujer, estoy convencida, tiene un cuento de horror que contar. Pero eso nunca lo dijimos en público. A las mujeres les daba pudor contar lo que les habían hecho a ellas. Y es a ellos a quienes les tenía que dar pudor.

¿Usted siente que ha vivido acoso en su cotidianidad?

No, y eso fue lo que me hizo no pensar en el feminismo durante mucho tiempo. Porque viví una vida tan independiente, como reportera ‘freelance’, que nunca se me ocurrió que tenía por qué protestar. ¡Pero todas tenemos por qué protestar! Si rascas tantito, encuentras. Te puedo decir que en la adolescencia sí viví aterrorizada por el manoseo, las bromas, el insulto. Luego están esas cosas mínimas que ocurren, que no son particularmente ofensivas, pero que te colocan en tu lugar. Que le pasen la cuenta siempre al hombre, que estés hablando y busquen al hombre más cercano para escuchar lo que dice él. Yo, que he formado un apartamento y he hecho una casa, todavía no puedo hacer que los albañiles me obedezcan, por ejemplo. Puedes dejar todo esto a un lado porque para qué permitir que esas cosas te estorben. Pero colectivamente todo esto te va poniendo en tu lugar. Ahora, la palabra víctima sí tendríamos que salvarla y guardarla para las personas que realmente han sufrido un inmenso daño, como ser asesinadas. Las víctimas de las masacres en El Salado o de las decenas de miles de masacres en América Latina. Esas son víctimas. No quiero que se me llame víctima porque alguien en la calle me toqueteó. Es un cabrón el que lo hace. Pero no soy víctima. Porque me quita fuerza, me coloca en una condición mental vulnerable.

¿Escribir este libro la cambió en algo?

Creo que sí. Descubrí en mí una perspectiva del mundo que estaba ahí tácitamente, pero no explícitamente, y que ahora me cuesta trabajo echar para atrás. El libro es una polémica conmigo misma. Mientras iba desenredando y pensando, iban surgiendo más temas. Lo titulé con una pregunta porque es una meditación –no una doctrina– que quisiera compartir con otras mujeres. Y con otros hombres, también. Se ha ganado enormemente, pero ¿aquí nos vamos a quedar? No. Falta mucho todavía. Y mi gran pregunta al final es cómo vamos a llegar a los inmensos retos del futuro inmediato. Pues en las mejores condiciones posibles, como mujeres libres y pensantes.

En una de sus anteriores respuestas habló de la feminista que quiere y puede ser. ¿Cómo es esa feminista?

Una mujer con muchos menos miedos atávicos, heredados, con mucha más libertad de acción, y con una relación tranquila y equitativa con los hombres. Eso sería.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Editora de Lecturas

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