Cuando los 'antros' cierran, las rancheras suenan en la clase

Cuando los 'antros' cierran, las rancheras suenan en la clase

Para estudiar aquí no es necesario ponerse el uniforme de charro sino amar la música ranchera.

Escuela de mariachis en México

No importa la edad, solo se necesita amor por la música ranchera. En la foto, estudiantes de la Escuela de Mariachi Ollin Yoliztli.

Foto:

Cortesía de la Escuela de Mariachi Ollin Yoliztli

Por: Elizabeth Hernández Apraez
08 de mayo 2019 , 12:11 p.m.

El callejón de La Amargura no le hace honor a su nombre. Desde hace siete años, de uno de sus edificios salen alegres sonidos de vihuelas, guitarrones, guitarras, violines, arpas y trompetas, y después se oye la voz de algún cantante entonando a todo pulmón una ranchera. Cualquiera podría pensar que se trata de una cantina más de Garibaldi, pero no, todo ese alboroto es porque allí adentro, más de cien jóvenes aprenden a ser músicos de mariachi.

Son las once de una mañana soleada en la Ciudad de México. Seis alumnos de primer año de la Escuela de Mariachi Ollin Yoliztli están en su clase de Ensamblaje. El maestro Juan Pablo Rodríguez Alvarado les enseña a tocar 'La diferencia', de Juan Gabriel.

“Aunque malgastes el tiempo sin mi cariño y aunque no quieras este amor que yo te ofrezco/ y aunque no quieras pronunciar mi humilde nombre, de cualquier modo te seguiré queriendo”, va tarareando con una voz suave y pausada, al tiempo que mueve la mano derecha de un lado a otro como si esta fuera una batuta. “Corren, corren mucho”, les dice.

La mayoría de sus alumnos han heredado de padres, abuelos y bisabuelos el oficio del mariachi, casi todos andan vestidos de charros y se ganan la vida en la Plaza Garibaldi o dando serenatas de casa en casa, pero están en la escuela porque quieren profesionalizarse. “La música de mariachi es una tradición”, dice Karla Montiel, coordinadora académica, “es algo que siempre se ha dado de boca en boca, de generación en generación, sin embargo, no ha habido algo formal, que los músicos dijeran: mira tengo un papel y soy mariachi”.

Si tú te ves vestido de charro, nosotros te apoyamos


Bruno Vázquez Pedrozo quiere ser músico de mariachi, y no precisamente porque lleve el oficio en la sangre, es más, su acercamiento a las rancheras ha sido solo de oído, porque en su casa la escuchan sus padres. Tiene dieciséis años y en su cara infantil se dibuja una sonrisa cuando cuenta cómo llegó a la escuela.

“Todo sucedió muy de repente”, dice, “yo llevaba poco tiempo tocando la guitarra, un año apenas, y al entrar a la preparatoria no tenía muy claro qué estudiar, hasta que me enteré de esta escuela. Pensé: guau, sería muy padre ser músico, tocar una canción. Les conté a mis papás y ellos se sacaron de onda, pero me respondieron: `Si tú te ves vestido de charro, nosotros te apoyamos`”.

Ahora Bruno se dedica de tiempo completo a ser músico de mariachi, “y no pienso cambiar de decisión”, asegura con la determinación que le permiten sus dieciséis años.

Profesión mariachi

Una estatua de José Alfredo Jiménez con su sombrero, su guitarra y su gabán, da la bienvenida a los alumnos de la escuela. Alfredo Israel Contreras llegó aquí en septiembre del año pasado porque quiere repetir la historia de sus ancestros, que son músicos de mariachi. Su padre toca la trompeta, y su abuelo, el guitarrón.

“Desde niño yo los veía ensayando en la casa, mi papá le llevaba mariachis a mi mamá y a mí me gustaba escucharlos. Veía los trajes de mi papá, sus botines, la botonadura, y todo eso me llamaba la atención. Se podría decir que la primera música que yo fui consciente de que estaba escuchando fue la del mariachi”, dice.

Y aunque en sus cortos veintidós años de vida se ha nutrido musicalmente de las rancheras, considera que no conoce el estilo a fondo. “No es lo mismo escuchar una canción que ver la partitura. La partitura es como el esqueleto del mariachi”, afirma.

Amaury Ricardo Pua Gómez ya ha trabajado en grupos y siente que no es igual aprender en la escuela que en la calle. “Realmente allá afuera aprendes, no a la mala, pero sí es más duro; aquí te enseñan ritmos, canciones, cómo cantar, cómo pararte”.

Para él, ser músico de mariachi significa un gran orgullo, “la imagen que tiene la gente del mariachi es el estereotipo de las películas: el borracho y mujeriego, yo no lo creo, ser mariachi es el amor a la música, amor a ser lo que te gusta cantando, tocando las canciones de muchos compositores”.

En 2011, la UNESCO, declaró al mariachi Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por eso, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México creó esta escuela para profesionalizar el oficio.

Las clases que reciben los estudiantes van desde solfeo, técnica vocal, instrumento, ensamble, armonías, e historia, hasta identidad del mariachi. Esta última materia la imparte un sicólogo y se pretende que los alumnos se identifiquen con lo que están estudiando, porque según explica Karla Montiel, “muchas veces aquí en México se estigmatiza al mariachi de manera fea, muchos dicen es el panzón, el borracho; queremos quitar esa mentalidad”.

Se sabe que cuando los alumnos van a trabajar los invitan a tomar tequila o cerveza, y a través de esta materia se les inculca a “defender su profesión, su música y su persona, que no permitan que los hagan menos por hacer música de mariachi, ellos son iguales que los músicos de orquesta o de cualquier otro género, no se deben sentir menos”, insiste la coordinadora académica de la escuela.

Sentimiento y memoria

Oliverio Huerta ya debutó en Garibaldi y a pesar de que tiene treinta y siete años y ha tocado con varias agrupaciones, decidió estudiar en la escuela “para ser un mejor músico, para ejecutar mi instrumento bien, aprender a solfear, conocer la técnica del mariachi”, dice este hombre que toca con maestría la vihuela.

Algo parecido le ocurrió a Cecilia Elizabeth Cortés, que desde los nueve años empezó en la música vernácula. Ahora tiene veintidós años y toca el violín y canta en dos grupos, uno mixto que lleva el nombre de Real Jaliciense, y en el femenil Mexicana Hermosa. “Antes estudiaba con maestros particulares, algunas veces iba sólo por el repertorio y no para la técnica, aquí se complementa más en solfeo, en canto, en otras materias”, dice.

Ahora hay gente más preparada, en cada grupo hay uno o dos que escriben música y empiezan a hacer sus propios arreglos, pero se ha desatendido un poco el sentir, la sensibilidad y la entrega


A sus veinte años, Víctor Uriel Velasco es el trompetista del Mariachi Camperos 2000 y se la pasa deleitando con rancheras a los turistas que visitan las Pirámides de Teotihuacán. “Quise seguir estudiando más porque viene gente de Brasil, de Colombia, sobre todo los de Colombia son los que nos piden canciones y nos admiran más, eso fue lo que me inspiró a ser músico de mariachi, saber cuánto nos valoran a los mexicanos”, cuenta, y una sonrisa se le riega por toda la cara.

“Eso significa el mariachi: la fiesta, la alegría”, agrega. “Por ejemplo, si vamos a unos cumpleaños, sobre todo a los de un padre que se lo ofrecen sus hijos, al ver su cara de emoción, o que lloran, ver esa alegría que les damos tan sólo al escucharnos, es muy bonito”.

Los profesores de la escuela son músicos de mariachi. Los alumnos tienen la oportunidad de estar en contacto con personajes como Víctor Cárdenas García, más conocido como El Pato, que fue integrante del mejor mariachi del mundo: El Vargas de Tecalitlán, y además trabajó con José Alfredo Jiménez y Lucha Villa.

A sus ochenta años, El Pato, no solo es el maestro de vihuela, sino también un contador de pequeñas anécdotas. Él vio cómo compuso José Alfredo Jiménez una de sus mejores rancheras: La media vuelta.

“Estábamos chupando, duramos como tres días encerrados, su esposa nos llevaba el desayuno y la comida y José Alfredo se puso a escribir la canción en servilletitas. Después su mujer se llevaba los papelitos y acomodaba las letras”.

El maestro Juan Pablo Rodríguez Alvarado considera que en la actualidad hay mucho conocimiento sobre el género. “Antiguamente tocábamos más por el amor y la entrega a la música mexicana. Ahora hay gente más preparada, en cada grupo hay uno o dos que escriben música y empiezan a hacer sus propios arreglos, pero se ha desatendido un poco el sentir, la sensibilidad y la entrega”.

De una cosa si está seguro el maestro Rodríguez y es que un buen músico de mariachi debe tener excelente memoria: “Es una de las cosas que los músicos clásicos de orquesta nos han valorado, por no decir envidiado, quizá porque ven la cantidad enorme de repertorio que tenemos de memoria, que como es posible que toquemos obras que muchos no entienden ni escritas”.

Para él, lo más bonito de la música mariachi es el sonido. “Amo eso, un mariachi completo de dieciséis músicos y todos tocando con el corazón es hermoso. Nosotros interpretamos toda la música del mundo, se puede tocar una clásica, música para bailar, para llorar, para sepultar a la gente, para darle la bienvenida, en todos los momentos del ser humano”.

Al ingresar a la escuela los estudiantes deben tener por lo menos dieciséis años y saber tocar algún instrumento. Se reciben aspirantes incluso del extranjero. Luego de cuatro años, salen convertidos en músicos de mariachi.

Para recibir las clases, los alumnos no necesitan ponerse el uniforme de charro. A partir de las nueve de la mañana empiezan a llegar al callejón de la Amargura vestidos de jeans y camisetas, con guitarras, violines y violas cargados a sus espaldas. La música nunca se acaba en Garibaldi, porque cuando los antros cierran, las rancheras empiezan a sonar en los salones de la escuela.

ELIZABETH HERNÁNDEZ APRÁEZ
Especial desde México para EL TIEMPO

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