Se cumplen veinte años sin Hernando Santos

Se cumplen veinte años sin Hernando Santos

En la dirección de EL TIEMPO capoteó las crisis como cuando se puso delante de un toro.

Hernando Santos Castillo

De temperamento inquieto, prefería usar las escaleras hasta su oficina, en el cuarto piso, porque le impacientaba esperar el ascensor.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Leopoldo Villar Borda
19 de abril 2019 , 07:23 p.m.

Hace veinte años murió Hernando Santos Castillo, cuya vida se confundió con la de EL TIEMPO. Fue una vida notable en muchos sentidos, pero en especial admirable por la forma como ejerció la dirección del principal diario de Colombia durante 18 años, hasta su muerte el 20 de abril de 1999.

Siendo un escolar de primaria, su padre, Enrique Santos Montejo –quien escribía en EL TIEMPO, bajo el seudónimo de Calibán, ‘La danza de las horas’, la columna más leída del país–, lo llevaba al periódico los fines de semana y el muchacho jugaba entre los linotipos y las bobinas de papel. Allí nació una pasión por el periodismo que, junto con las del arte y la tauromaquia, lo absorbió de por vida.

Hernando Santos nació en Bogotá el 15 de agosto de 1922, un año después de la muerte de su tío Hernando Santos Montejo, en cuyo recuerdo fue bautizado. Calibán y Hernando Santos Montejo eran dos de los cuatro hermanos de Eduardo Santos, el dueño del periódico fundado el 30 de enero de 1911 por Alfonso Villegas Restrepo, a quien se lo compró dos años más tarde por cinco mil pesos.

Ingreso a EL TIEMPO

A muchos les asombrará saber que quien trabajó su vida entera en el periódico más importante del país y lo dirigió durante casi dos décadas no se formó como periodista sino como abogado, profesión que no ejerció. Se graduó en la Universidad del Rosario el 8 de abril de 1948 y se iba a casar el domingo siguiente, pero la catástrofe que se desató el 9 de abril lo obligó a aplazar el matrimonio.

Antes de aquel día fatídico había ingresado a EL TIEMPO como cronista taurino con el seudónimo de Rehilete. Su afición por los toros nació de la cercanía de su padre con el apoderado taurino español Domingo González, Dominguín, cuyos tres hijos fueron toreros y el menor de ellos, Luis Miguel, uno de los más grandes. Santos fue amigo de todos y desde joven compartió esa relación con Guillermo Cano, heredero de la dinastía periodística de ‘El Espectador’ y uno de sus amigos más entrañables.

El título del Rosario apenas sirvió para el recuerdo porque Hernando Santos, al igual que su hermano Enrique, solo vivió para EL TIEMPO. En 1949 ya era miembro de la redacción y dos años después empezó a escribir la columna ‘Detrás de las noticias’, que firmaba como Hersán y fue publicada hasta 1975, cuando lo nombran subdirector del periódico, para reanudarla 25 años después.

Los días difíciles

Como miembro de la redacción le correspondió vivir las dos fechas más difíciles en la vida de EL TIEMPO: el incendio del 6 de septiembre de 1952 y el cierre del 5 de agosto de 1955. El 21 de febrero de 1956, cuando apareció INTERMEDIO en reemplazo de EL TIEMPO, entró a ocupar la jefatura de redacción, junto con su hermano Enrique, en una edificación improvisada en el centro de Bogotá.

Desde allí participó en la batalla contra la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Tras las ‘jornadas de mayo’ de 1957, en las cuales la población se volcó a las calles, los bancos cerraron sus puertas y un paro nacional precipitó la caída del dictador, EL TIEMPO jugó un papel central en el proceso que condujo al Frente Nacional bajo el liderazgo de Alberto Lleras Camargo.

Entre los Santos y el fundador de la nueva república nacida tras la dictadura se forjó una estrecha relación. Era frecuente que en las noches, cuando se acercaba el cierre editorial, uno de los hijos de Calibán se comunicara con Palacio para comentar las noticias del día con el ‘Pre’, como ambos llamaban al jefe de Estado. El nexo de Lleras con el periódico había nacido en 1925, cuando perteneció a la redacción. Eduardo Santos y Calibán le profesaban una amistad que se transmitió a sus hijos.

Jefatura dual

En los años 60, en el cuarto piso del edificio de EL TIEMPO en la avenida Jiménez con la carrera 7.ª, inaugurado en 1961, el jefe de redacción se reunía diariamente con los redactores para asignar las tareas de la siguiente edición. Los hermanos Santos se turnaban día de por medio en la jefatura, y las reuniones se diferenciaban como el día de la noche.

Hernando simpatizaba con la izquierda y había sido partidario de los republicanos en la guerra civil española, mientras que su hermano Enrique se inclinaba por el franquismo. Sus desacuerdos eran tan evidentes que muchas veces, los textos pendientes de publicación bajo la jefatura de uno de ellos eran desechados por el otro al día siguiente. Con este peculiar sistema de alternación manejaban el contenido informativo, mientras el director, Roberto García-Peña, gobernaba las páginas editoriales.

Las diferencias no paraban ahí, pues mientras Hernando era bohemio y de trato sencillo, a su hermano le complacía más el ambiente del Jockey Club. Esto no impidió que se convirtieran en dos ‘monstruos’ del periodismo, como lo certificó el máximo galardón a su vida y obra que les otorgó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 1986. Sus vidas fueron paralelas hasta el punto de que se casaron con las hermanas Clemencia y Elena Calderón Nieto.

Enemigo de los lujos

Hernando Santos era enemigo de los lujos y generoso con sus colaboradores. Durante su jefatura de redacción conducía un Pontiac gris modelo 1954 cuya presencia frente al edificio del periódico, en una época en la que se permitía estacionar en la calle, indicaba que estaba en su oficina. Tenía aficiones sencillas como la de coleccionar estampillas y disfrutaba adquiriendo obras de arte.

De temperamento inquieto y fogoso, aguijoneaba a los redactores para que apuraran la preparación de las noticias y subía por las escaleras los cuatro pisos hasta su oficina porque le impacientaba esperar el ascensor. Estos afanes terminaron cuando el periódico se trasladó en 1978 a la avenida Eldorado, pues allí las oficinas de los directivos y la redacción están en el mismo piso.

Para entonces, la antorcha había pasado a la nueva generación. Calibán murió el 28 de septiembre de 1971 y Eduardo Santos, el 27 de marzo de 1974. Como este último no tuvo hijos hombres y su única hija murió en la niñez, el periódico quedó en manos de sus sobrinos. El 17 de julio de 1981, Hernando sustituyó a García-Peña en la dirección y Enrique se convirtió en editor general.

Testigo de la historia

Hernando Santos fue un testigo privilegiado de los hechos más destacados de la vida colombiana en el siglo XX. Uno que le dejó un grato recuerdo fue la visita de John F. Kennedy a Colombia, el 17 de diciembre de 1961. Acompañado por el presidente Lleras Camargo, Kennedy pasó ese día en un automóvil descubierto frente al edificio de EL TIEMPO con dirección al Palacio de San Carlos, que era la sede de la Presidencia de la República. Desde las ventanas que dan sobre la carrera 7.ª, Santos siguió el paso de la caravana, aclamada por miles de personas.

Muchas veces en esos años, aquellas ventanas fueron blanco de las pedradas lanzadas por manifestantes inconformes con el gobierno, las cuales identificaban a EL TIEMPO con el poder. No estaban equivocados, porque el diario siempre se caracterizó como un defensor de las instituciones y no fueron pocos los dolores de cabeza que esto le causó a Hernando Santos.

Uno de ellos ocurrió el 29 de marzo de 1977, cuando el presidente Alfonso López Michelsen convocó a los directivos del periódico para decirles que no podía continuar en la presidencia con la oposición de EL TIEMPO, expresada en la publicación de columnas que consideraba calumniosas. Aunque no lo mencionó por su nombre, se refería a los ataques lanzados con su particular humor por Lucas Caballero Calderón, el célebre Klim, en el espacio que tenía asignado en el periódico.

Ante la reacción del presidente, los directivos decidieron actuar y Hernando Santos, quien era entonces el subdirector, fue el encargado de disuadir a Klim, pero no lo consiguió porque el columnista prefirió renunciar.

Defensor de las instituciones

En esa y otras ocasiones en las que la posición de EL TIEMPO podía determinar la suerte de un gobierno, Santos siguió el ejemplo del ‘tío Eduardo’ en favor de la estabilidad de las instituciones. A medida que aumentaron sus responsabilidades dejó atrás su inclinación izquierdista y utilizó con discreción el poder de orientación del periódico en situaciones difíciles.

Cuando Pablo Escobar desató el narcoterrorismo, sufrió golpes que lo conmovieron hondamente. Primero fue el asesinato de su amigo Guillermo Cano, el 17 de diciembre de 1986; luego, el atentado contra el avión de Avianca en pleno vuelo el 27 de noviembre de 1989, en el cual murió Andrés Escabí, esposo de su hija Juanita, y después, el secuestro de su hijo Francisco el 19 de septiembre de 1990, que fue para él un calvario de ocho meses hasta cuando fue liberado.

Su posición al frente de EL TIEMPO lo situó ante serios dilemas, como el planteado por el escándalo del Proceso 8.000, que ensombreció el gobierno del presidente Ernesto Samper Pizano desde su inicio en 1994.

Mientras su sobrino Enrique Santos Calderón atacaba en forma persistente a Samper en su columna ‘Contraescape’, mantuvo el apoyo del periódico al presidente porque creía esencial la estabilidad del gobierno y temía las consecuencias de un vacío de poder.

Capoteó esta y otras crisis como en el ruedo cuando su pasión por la tauromaquia lo llevó a ponerse delante de un toro.

Nunca abandonó la ecuanimidad y la tolerancia, unas de sus principales cualidades, y se ufanaba con razón de no haber profesado odio por nadie.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
Para EL TIEMPO

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