¿Quién inventó el espejo? ¿Y la cuchara? ¿Y los zapatos?

¿Quién inventó el espejo? ¿Y la cuchara? ¿Y los zapatos?

Casi nadie les ha dado crédito a aquellos que idearon las pequeñas maravillas de la vida cotidiana.

¿Quién inventó el espejo?

Los espejos se hacían antiguamente con metales o minerales muy bruñidos.

Foto:

IStock

Por: Juan Gossain
16 de enero 2019 , 11:33 p.m.

Hay quienes dicen que la curiosidad mató al gato. Pero también hay quienes afirman que la curiosidad es la madre del conocimiento. Por su lado, ustedes, al leer esta crónica, pensarán que yo no tengo nada que hacer ni nada mejor en qué perder mi tiempo.

Y yo, por mi parte, les digo a ustedes que desde niño, cuando apenas levantaba una cuarta del suelo, me dejé seducir por una curiosidad insaciable que desde entonces, y a lo largo de toda la vida, me ha empujado a buscarlo todo, averiguarlo todo, tratar de encontrarle el origen a todo.

La gente suele preocuparse por saber de dónde provienen los inventos más ingeniosos que dominan nuestras vidas, o los grandes aparatos tecnológicos, como el televisor, el computador, la luz eléctrica, el automóvil. ¿A quién se le ocurrieron esas ideas geniales que transformaron el mundo en que vivimos?

Pero nadie se ocupa de investigar por las pequeñas maravillas de la vida cotidiana, los milagros de la rutina, las minucias de cada día. ¿Quién fue el primero que cocinó un huevo o que lució en el dedo un anillo de matrimonio? ¿O el inventor de algo tan elemental y útil como la toalla? ¿O quién puso la primera almohada en la cabecera de su cama?

El espejo

Los antiguos sostenían, sabiamente, que el verdadero inventor del espejo fue la naturaleza misma. Fue el agua la primera que reflejó imágenes de hombres, animales, árboles, del cielo mismo.

Yo no quiero ni imaginarme el tremendo susto que se llevó la primera persona que vio su cara reproducida en un charco del camino o en un lago apacible. Debió de ser Eva, que andaba peinándose con coquetería la espesa cabellera.

Los primeros espejos de que se tiene noticia aparecieron sobre la Tierra 1.500 años antes de Cristo. Es decir, hace ahora más de 3.500 años. Se elaboraban sobre un metal al que pulían mucho para que quedara brillante. Los espejos prehistóricos eran casi siempre de cobre, aunque, a veces, también de plata. Hasta los sumos sacerdotes hebreos acostumbraban mirarse la cara en ellos, diariamente, porque pensaban que así podrían descubrir las imperfecciones de la naturaleza humana.

Desde entonces, el espejo ha ocupado un lugar destacado en las historias y leyendas de pueblos y naciones en casi todos los lugares del mundo.

Con el paso del tiempo, y mientras la humanidad iba progresando, los espejos ya no se fabricaban con metales pulidos, sino con vidrio. En ese sentido, quien inventó el espejo moderno, tal como lo conocemos hoy, con una capa de azogue en la parte trasera del vidrio, fue el químico alemán Justus von Liebig, hace aproximadamente doscientos años. Esa simplificación, al pasar del metal al vidrio, fue la que lo convirtió en un objeto popular y sencillo.

El espejo ha sido de una importancia decisiva en la historia humana, no solo para alimentar la vanidad de las damas que se están maquillando, sino para cuidar al caballero que se afeita con una cuchilla filosa.

Recuerden ustedes, a guisa de ejemplo, lo que nos enseñaban los profesores de historia en las escuelas. Que los primeros conquistadores españoles traían a América unos pequeños espejos para engatusar a los indios. Perplejos de verse a sí mismos en aquellas superficies, como si fuese un prodigio divino, el nativo daba oro o plata a cambio de quedarse con el espejito.

La cuchara

¿Y qué tal la asombrosa historia de la cuchara?

De todos los utensilios que hoy se emplean para comer, la cuchara es el más antiguo, más, incluso, que el propio cuchillo y el tenedor juntos. En Siria y Egipto se han encontrado cucharas que tienen alrededor de cinco mil años. El propio nombre de la cuchara es una pista para descubrir su origen y su nacimiento.

Resulta que la palabra ‘cuchara’ proviene del vocablo latino cochlea, que significa ‘caracol’. Ello se debe a que fue la caparazón del caracol, o las de otros moluscos, como las conchas de la ostra, lo primero que usaron los hombres prehistóricos para agarrar la comida. Antes lo hacían con la mano. Pero cuando apareció la primera sopa sobre este planeta, tuvieron que buscar algo para tomarla, para que no se les escurriera entre los dedos.

Tratándose de conchas naturales, no hubo necesidad de fabricarlas ni de tallarlas. Solo había que agacharse para recogerlas del suelo. A eso se debe, precisamente, que la cuchara sea el más antiguo de todos los artefactos de la mesa.

Con el paso de los años, el hombre le agregó el mango largo a la cuchara. Los investigadores que he consultado informan que algunas evidencias demuestran que ese mango es tan antiguo que existe desde el año dos mil antes de Cristo.

Arma y utensilio

Muy pocos inventos han sido tan útiles en la historia de la humanidad como el cuchillo. Arma y utensilio, amigo y enemigo al mismo tiempo, el cuchillo es casi tan antiguo como el propio hombre. Y tan útil que, desde los orígenes del mundo, cuando todo estaba oscuro, le sirvió para matar el animal y también para comérselo.

Desde el comienzo, y hasta hoy, ha habido cuchillos que son fabricados prácticamente con todos los materiales de la naturaleza: de cuerno, de piedra, de marfil, de cerámica, de madera afilada y, por último, de metal.

Los cuchillos de comer aparecieron sobre la mesa alrededor del año 1500, hace aproximadamente quinientos años, en el siglo dieciséis. Antes de eso, la gente sufría mucho tratando de trozar a puro diente un pedazo de carne de vaca o un plátano entero.

Voy a contarles un hecho muy curioso: el cuchillo de mesa, tal como lo conocemos hoy, fue inventado por los franceses. Resulta que hasta entonces no solo tenía un filo cortante, sino también la punta afilada, como el puñal, para agarrar con esa punta los alimentos más duros.

Lo malo fue que, en medio de tantas intrigas políticas, en aquellos tiempos muchas personas murieron asesinadas con la punta del cuchillo mientras estaban comiendo.

Aquí viene el tenedor

Hasta que el duque de Richelieu, que se llamaba Armand de Vignerot, ordenó que les redondearan la punta a todos los cuchillos de su palacio parisino para evitar tales crímenes. Así fue como quedó redondeada para siempre, tal como podemos verla en el día de hoy.

Aquella sabia decisión del duque creaba, sin embargo, un auténtico problema: hasta entonces, los únicos implementos que se ponían en las elegantes mesas europeas eran la cuchara y el cuchillo. La punta aguda del cuchillo, precisamente, era la que permitía ensartar los alimentos sólidos, como la carne o las papas recién llegadas de América, para llevarlas a la boca.

En el antiguo Egipto, para poder acercar la comida al fuego, los cocineros empleaban un palo largo y grueso con dos horquillas o dientes. Muy parecidos a esos utensilios que después se usarían para recoger la hierba.

Desaparecida la punta aguda del cuchillo, fue un italiano, también de la nobleza, el duque veneciano Domenico Selvo, el que inventó el tercero y último de los clásicos elementos de la mesa: el tenedor de cuatro dientes. Sus primeros trinches los hizo de oro, y algunos se conservan en los museos como reliquias.

La bolsa del pie

Pocas prendas han variado tanto, a lo largo de la historia humana, como los zapatos. Su diseño ha venido cambiando casi desde el primer día, a lo largo del tiempo y de las transformaciones culturales.

La creación del zapato fue necesaria para proteger los pies del golpe de las piedras, la maleza y el frío. Los primeros modelos aparecieron en Babilonia, hace 3.600 años, y los llamaban simplemente ‘bolsa de pie’. Eso era lo que parecían: una bolsa que envolvía el pie y se anudaba con unas tiras de cuero crudo alrededor de los tobillos.

Mucho tiempo después, cuando aún faltaban quinientos años para el nacimiento de Cristo, las mujeres griegas de clase alta impusieron un invento elemental, revolucionario y típicamente femenino: le agregaron el tacón alto para no verse tan bajitas en comparación con los hombres.

Pero el colmo se produjo pocos años más tarde entre las señoras de la nobleza europea: usaban tacones muy altos, altísimos, tanto así que en algunos casos les aumentaban hasta medio metro, imagínese usted. Tan altos eran que, según el testimonio que dejaron algunos historiadores de la época, a veces se necesitaban dos sirvientes para ponérselos, uno a cada lado de la señora, alzándola para que pudiera alcanzar los zapatos. Yo no sé cómo no se desmoronaban desde semejante altura.

¿Izquierdo o derecho?

Como ya quedó dicho en el comienzo de esta crónica, mientras más profundizo en el alma de las pequeñas maravillas de la vida, y mientras más avanzo en ellas, más me asaltan nuevas curiosidades y detalles.

Por ejemplo: cuando iba embalado en la historia del zapato, se me vino una pregunta a la mollera: ¿siempre fueron distintos el izquierdo y el derecho? ¿O cuándo empezó esa diferencia?

No fue fácil encontrar la respuesta. Pero al fin la descubrí, perdida entre unos libros viejos. Resulta que a finales del siglo diecinueve, hace como ciento treinta años, un médico de Filadelfia, en Estados Unidos, empezó a preguntarse por qué a varios de sus pacientes les estaban doliendo los pies con tanta frecuencia. Descubrió que la forma del pie derecho es distinta a la del izquierdo, pero en el mundo entero todos los pares de zapatos se fabricaban exactamente iguales.

Desde entonces los empresarios del calzado cambiaron la forma del izquierdo. Santo remedio.

Epílogo

Y pensar que en estos tiempos, 3.600 años después de su invención, el clásico zapato de cuero, con su empeine y sus ojetes, está desapareciendo. Se extingue devorado por la modernidad.

Hoy, los zapatos usuales son de caucho, lona, gamuza, fibra sintética, sandalias, alpargatas. Los venerables zapatos de cuero han quedado reducidos a entierros y matrimonios.

JUAN GOSSAIN
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