Mi esposo no sabe que mi segundo hijo no es de él

Mi esposo no sabe que mi segundo hijo no es de él

En la quinta entrega de #MensajeDirecto, una lectora revela un secreto que cambiaría a su familia.

Mi esposo no sabe que mi segundo hijo no es de él

En la quinta entrega de #MensajeDirecto, una lectora revela un secreto que cambiaría a su familia.

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Ilustración de Juan Camilo Melo / EL TIEMPO

26 de septiembre 2018 , 02:36 p.m.

A Gabriel lo conocí en el año 2004. Yo tenía 17 años de edad y él 23, los dos estábamos en la universidad, en carreras distintas.

Con mis amigas estábamos experimentando el dulce gozo universitario de salir de clase los viernes e irnos a un bar cercano a bailar, tomarnos unas cervecitas e interactuar con los chicos. Y fue uno de esos viernes cuando un amigo me lo presentó. Él ya estaba ‘prendido’ me sacó a bailar y fue muy coqueto, a mi amigo le dijo que yo le había encantado, que era bonita, interesante y sexy; pero a mí no me atrajo lo suficiente.

No fue amor a primera vista. Luego de unas semanas de mensajes, llamadas y encuentros en la universidad, comenzamos a salir. Y fue así como en un abrir y cerrar de ojos, una atracción química y animal nos poseyó. Él era feliz invitándome a salir y mientras su risa me causaba escalofríos y las mariposas revoloteaban en mi estómago, comencé a convertirme en la niña que todos sus amigos desearían tener al lado y él me exhibía como el mejor de sus trofeos.

La pasábamos de maravilla juntos y las cosas empezaron a progresar muy rápidamente. Nuestra conexión fue magníficamente íntima desde el principio. Había esperanza, promesa y química en el aire. Pero luego de unos meses enloqueció y huyó. Y me refiero a que realmente huyó. Evitó el contacto conmigo, no devolvió llamadas telefónicas.

Regresó, se disculpó, y dijo que me necesitaba que lo entendiera, que aún tenía secuelas de una relación que tuvo durante seis años y por eso sentía miedo de tener algo serio conmigo. Fue así como volvimos ¿por qué? por la falsa esperanza de creer que podía cambiarlo, que podía darle un giro de 180 grados a su vida y que conmigo sí funcionaría. A todo le corría, dejé de entrar a clases por cuidarlo si estaba enfermo o por compartir toda una tarde y noche con él.

Me enamoré, me entregué en cuerpo y alma. Pero a los dos años de estar juntos desapareció por segunda vez. Lloraba, lo buscaba, pasaba por los lugares donde sabía que tenía clase, lo esperaba en el parqueadero donde dejaba el carro, me ingeniaba encuentros por “coincidencia”. Pero él me saludaba y actuaba como si nada pasara o por salir del paso me preguntaba: “¿salimos este fin de semana?, yo te llamo”. Pero nada sucedía.

Cuando volvió, fue porque se enteró que había otra persona, un hombre muy guapo con el que no trascendieron las cosas porque la llama no se encendió en lo más mínimo. Por orgullo le dije a Gabriel que ya no me interesaba y estaba feliz con aquel joven que acababa de conocer.

A todo le corría, dejé de entrar a clases por cuidarlo si estaba enfermo o por compartir toda una tarde y noche con él.

Viaje al exterior y vida matrimonial

En septiembre de 2006 cuando habían pasado tres meses de la ruptura definitiva con Gabriel, mis mejores amigas me invitaron a un concierto vallenato. Estaba en furor la nueva ola. No quería ir, pensaba en él todo el tiempo.

Además, vivía con mi papá, un hombre conservador y muy estricto con los permisos. Les dije a ellas “mi papá no me deja ir, ustedes ya saben que con él toca ocho días antes”. Me convencieron y mi papá, sin poner problema, me dio permiso y plata.

En ese concierto conocí a Santiago, mi esposo. Un hombre poco agraciado físicamente, bebedor y cero dedicado a sus estudios. Pero también muy tierno, caballeroso y con un excelente sentido del humor.

Cuando llevábamos diez meses de noviazgo tomé la decisión de irme del país, paré mis estudios. Inicialmente iba a quedarme siete meses, pero me enamoré de ese lugar y viví allí cinco años. Mi pareja me siguió y a los cinco meses llegó donde estaba.

En 2008 me casé. Fuera de nuestro lugar de procedencia pasamos pruebas difíciles, pero día a día nuestra relación se fortalecía y llegué a sentir que por fin había olvidado a Gabriel.

Simplemente tomé la decisión de no dejar a Gabriel vivir y cumplir el rol de ser papá y le otorgué esa responsabilidad a Santiago, haciéndole creer que era suyo

Cuando creí que todo estaba perfecto y era feliz, me enteré de que Santiago me había sido infiel durante el tiempo que estuvo solo en Colombia. Y aunque no me casé enamorada ni creyendo que él era el hombre perfecto, sino más bien por capricho y ese deseo constante de querer salir de mi casa y de las normas de mi papá, fue inevitable no derrumbarme ante tal descubrimiento.

Un año más tarde, hice un viaje de vacaciones. Santiago se quedó. Gabriel supo que estaba en Colombia y nos vimos. Fuimos a tomar algo y a charlar. Parecía que lo hubiese visto ayer, los sentimientos estaban intactos, fue algo recíproco. Estuvimos en un bar hablando de nuestras vidas, él me pidió perdón y me dijo que se arrepentía de haberme dejado ir.

Esa noche terminamos en un motel y esa fue la prueba de fuego, pude confirmar que acostarme con él iba más allá de una penetración y un momento de placer, descubrí que era un tiempo en el que las almas se fusionaban y se sentía una conexión que no sé cómo describir. Durante mi estadía hubo un par de encuentros, luego regresé.

Mi vida matrimonial continuó, con altos y bajos. En 2011 quedé embarazada de mi primer bebé y al año siguiente tomamos la decisión de volver a nuestro país. Dos años más tarde tuvimos una nueva crisis con mi esposo, me di cuenta de otra infidelidad y tomé la decisión de dejarlo.

Estuvimos separados un mes, a los 20 días de estar sola, me vi con Gabriel, fuimos a tomarnos un par de cervezas y terminamos la noche en su apartamento. Solo que esta vez dejó una huella para toda la vida.

Pasaron 15 días cuando supe que nuevamente estaba embarazada. Ya había decidido perdonar a Santiago y continuar mi vida con él, pero no me sentí bien y decidí hacerme una prueba. 

Lo confieso, fui cobarde. No tuve el valor no de decirle a ninguno de los dos la verdad. Simplemente tomé la decisión de no dejar a Gabriel vivir y cumplir el rol de ser papá y le otorgué esa responsabilidad a Santiago, haciéndole creer que era suyo.

¡Fui cobarde! Tal como también lo fue el padre biológico de mi segundo hijo. Un año después de su nacimiento decidí contarle a Gabriel la verdad. Esto me respondió: “¿Sabes? Sigamos así, esta situación sería terrible para ti, creo que lo mejor es perderme la oportunidad de ser papá y no sacar esta noticia a la luz”.

Soy consciente de las cosas que le dije ese día, dos opciones estaban sobre la mesa, o decidía hacerse una prueba de paternidad y afrontarlo o se olvidaba para siempre del asunto y nunca preguntaría por él.

Su elección fue clara y hasta el momento ha sido coherente con la misma. Hoy él es soltero y yo continúo con mi hogar.

Verónica

¿Tiene una historia de amor curiosa o poco común? Nos interesa conocerla y publicarla en #MensajeDirecto. Escríbala y envíela a los correos cinmor@eltiempo.com y rafqui@eltiempo.com y lo contactaremos. Debe tener un mínimo de extensión de dos hojas y un máximo de cuatro hojas.

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