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Jóvenes tienen menos sexo del que tuvieron sus padres y abuelos
Sexo marital

En Estados Unidos la edad promedio para casarse, en los años 80, era de 24,7 para los hombres y 22 para las mujeres; en el 2019, según The New York Times, avanzó hasta bordear los 30.

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Jóvenes tienen menos sexo del que tuvieron sus padres y abuelos

Casarse o vivir en unión libre son ideas cada vez más tardías entre los millennials.

Hubo una época en la que la celebración de un matrimonio era sinónimo de romanticismo puro y no había mejor razón para embarcarse en esa aventura –porque así se entendía, como una aventura– que estar enamorado. No es lo que hoy le toca vivir a Carolina Rebolledo, de 27 años y licenciada en Historia. En su entorno, quienes se casan lo hacen por razones netamente pragmáticas. Sin impulsividad, sin arrojo y con mucho análisis. Y quienes postergan el matrimonio, también.

“La mayoría de mis amigos casados tomaron esa decisión porque iban a irse fuera del país a estudiar un doctorado. Formalizan porque así se van juntos –explica Rebolledo–. El resto tal vez quisiera casarse o irse a vivir con su pareja, pero muchos no lo hacen porque no pueden. No alcanza la plata. Tienen que seguir estudiando, porque la presión laboral es alta: en todos los trabajos te piden un magíster, ya no basta solo con tener una carrera”.

Carolina está en pareja desde hace poco más de un año. Nunca han hablado de casarse, de vivir juntos o de si está en sus planes tener hijos. Dice que solo conversan “en el corto plazo, nunca en el largo. Me gustaría hacer un magíster y tener estabilidad económica antes de pensar en algo así”.

Javiera López, quien a sus 23 años está terminando su tesis para titularse de periodista y trabaja en el área de comunicaciones del movimiento No+AFP de Chile, vive una situación similar. Aunque no niega que “ha salido”, tener una pareja estable, seria, con proyección, no está en su radar. Explica que entre sus estudios y su trabajo no le queda tiempo. Simplemente está en otra. Además, cree que el peso económico de la vida en pareja es un factor clave para postergar esa decisión.

“Muchos jóvenes esperan hasta tener una situación económica firme antes de meterse en relaciones más formales. Hoy eso es difícil, porque hay mucha inestabilidad, muchos trabajos sin contrato. La gente joven está académicamente más preparada que nunca, y al mismo tiempo estamos más precarizados que nuestros padres y abuelos”, dice.

Javiera también esgrime argumentos ideológicos para rehuir del concepto clásico de relación de pareja. “Mi generación cuestiona el romanticismo desde lo feminista –asegura–. Se concebía como que iba a venir un príncipe a salvarnos, como si fuéramos (las mujeres) sujetos pasivos. Es algo que tenemos que repensar”.

El resto tal vez quisiera casarse o irse a vivir con su pareja, pero muchos no lo hacen porque no pueden. No alcanza la plata. Tienen que seguir estudiando, porque la presión laboral es alta

Amor precavido​

Las estadísticas respaldan la visión de Carolina y Javiera: en el mundo, los jóvenes están postergando el matrimonio. Por ejemplo, en Estados Unidos la edad promedio para casarse, en los años 80, era de 24,7 para los hombres y 22 para las mujeres; en el 2019, según The New York Times, avanzó hasta bordear los 30.

Los expertos y los estudios coinciden en que entre las razones para casarse pasados los treinta están la necesidad de proyectar los estudios y desarrollar una carrera profesional.

Helen Fisher, antropóloga, bióloga e investigadora sénior de The Kinsey Institute –centro pionero en investigación de conductas sexuales–, acuñó el concepto de “amor lento” para referirse a este escenario. Para Fisher, la mejor palabra para describir la mirada que los jóvenes tienen del amor es “precaución”: no solo quieren estar listos económica y profesionalmente antes de establecerse con una pareja, como relatan Carolina y Javiera, sino que, además, esperan hasta saber todo sobre los posibles candidatos, desde su personalidad y su desempeño en la cama hasta su cuenta bancaria y su situación legal. Quieren saber todo esto incluso antes de empezar la etapa de cortejo. Y esto, según la antropóloga, ha invertido el orden clásico de la vida en pareja: hoy, asegura, la primera “cita oficial” ya no es al comienzo de una posible relación, sino mucho después, y se entiende como el primer paso hacia la formalización de la pareja.

Fisher explica: “En mi época, la primera cita consistía en salir con una persona para echarle un vistazo y ver qué tal era. Hoy es algo más importante y tiene muchas reglas: se invita con anticipación, se va a un restaurante caro, se invierte tiempo y dinero que no se está dispuesto a gastar en alguien que se está recién conociendo. Por lo general, esta cita ocurre después de que las parejas han tenido sexo de manera regular y ya saben cómo es el otro entre las sábanas. Esto, que llamo ‘entrevista sexual’, no solo tiene que ver con cómo es su desempeño sexual, sino si sabe escuchar, si tiene sentido del humor, si puede ser amable”.

Para la terapeuta sexual Karen Uribarri, del Centro de Estudios de la Sexualidad de Chile –certificada por la International Coach Federation– y autora de los libros Manual de sexo a la chilena (2016) e Inteligencia sexual (2017), este cambio es positivo:

“Se critica mucho que los millennials no se comprometen, no tienen relaciones a largo plazo, pero finalmente lo que ellos hacen es casi como una carta Gantt para poder emparejarse, algo que las generaciones anteriores no hicieron. No sabíamos ni siquiera si el otro estaba endeudado, cuestiones que pueden arrastrarte a ti en el camino. Yo no recuerdo haber mirado si mi marido estaba metido en un problema legal, algo que uno debió haber hecho por autocuidado”.

Todo indica que esta cautela, si bien no es garantía de éxito, puede asociarse con una mejor vida de pareja futura. Así, al menos, lo sugieren datos recolectados por Helen Fisher a partir de los cuadernos demográficos de las Naciones Unidas entre 1947 y 2011: estos documentos registran datos de 80 diferentes culturas, y en todas ellas, la tendencia es que mientras más tarde ocurre el matrimonio, más posibilidad hay de que el vínculo se mantenga.

Más tiempo, menos sexo

Si la etapa de cortejo y de preparación para la vida en pareja hoy dura seis o siete años más que hace una década, la gran pregunta, entonces, es qué están haciendo los jóvenes, en relación con su sexualidad y vida amorosa, con este tiempo. Dada la irrupción y popularidad de las aplicaciones de citas y la progresiva pérdida de tabúes y culpas en relación con el sexo, la primera idea que surge es que estarían teniendo muchos encuentros informales o casuales, en desmedro de una relación estable.

Fisher explica que este prejuicio tiene su razón de ser. “Los seres humanos hemos evolucionado tres sistemas cerebrales para emparejarnos y reproducirnos: el impulso sexual, el amor romántico y los sentimientos de compromiso profundo. Si los jóvenes están postergando el romance y el compromiso, aún les queda el sexo”. Pero, advierte, los últimos estudios demuestran que esta idea preconcebida no se condice con la realidad. Los datos que maneja muestran que los jóvenes están teniendo menos encuentros sexuales de los que, a su edad, tuvieron las dos generaciones anteriores.
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En cambio, ha aumentado la frecuencia de la masturbación al doble en los hombres, y en más del triple para las mujeres. Un fenómeno que fue analizado en extenso hace meses por la revista The Atlantic, en un artículo donde advierte que “estamos en medio de una recesión sexual”. Ahí se citan, entre otros, los estudios de Jean M.

Twenge, profesor de psicología de la Universidad Estatal de San Diego, según los cuales las personas de veinte y tantos son dos veces y medio más proclives a abstenerse de tener relaciones sexuales que la generación X cuando tenía esa edad. Es más, el 15 por ciento reporta no haber tenido sexo desde su llegada a la adultez. El caso de Japón, también citado en el artículo, llama la atención: en ese país, ícono de las nuevas tecnologías, el 43 por ciento de los jóvenes entre 18 y 34 años se declaran vírgenes.

“Creer que los jóvenes tienen más sexo solo porque está más disponible demuestra una falta de conocimiento sobre cómo funciona el cerebro humano”, acota Helen Fisher. “En Estados Unidos, por ejemplo, puedes tomar alcohol a cualquier hora. Pero, ¿vemos los bares llenos de gente todo el día? No. Del mismo modo, que el sexo esté disponible no significa que vayamos a aprovecharnos de eso, porque no es así como el cerebro está construido. Si estás preocupado por otras cosas, si no quieres comprometerte emocionalmente, si estás ocupado con tu trabajo o tus estudios, no vas a tener sexo simplemente porque es posible tenerlo”.

Según ha observado Uribarri, las aplicaciones de citas como Tinder o Grindr están dejando de tener el arrastre que antes tenían. “Cuando arrancaron eran mucho del encuentro rápido, pero ahora han ido declinando. Se han convertido en catálogos donde la gente se ve, se hace match, pero ni siquiera se habla. Las usan para saber si están dentro del mercado. Para saber cuán deseados somos, finalmente”, acota.

De acuerdo con Uribarri, hoy la aplicación que predomina entre los adultos jóvenes es MeetUp, que promueve encuentros grupales de personas que comparten intereses culturales, deportivos o de otro tipo. El objetivo no es que de esas reuniones surjan romances, pero tampoco se cierra la puerta a ello. Lo cual es un ejemplo más de que, a la hora de encontrar pareja, pareciera haber cada vez menos apuro y más libertad.

Bella DePaulo, doctora en psicología de la Universidad de Harvard, lleva años estudiando esta falta de presión. Cuenta que en Estados Unidos, casi un tercio de las personas no creen que sea esencial casarse o emparejarse de manera estable para tener una vida satisfactoria.

“La historia de cómo están cambiando nuestras vidas va más allá del matrimonio y el sexo –dice–. Tiene que ver con un creciente número de opciones sobre cómo vivir, sobre qué será importante para ti; lo que no tiene que ver necesariamente con tener una pareja o hijos. El tema es la elección: crecientemente, podemos decidir qué queremos y qué funciona mejor con nuestras vidas. Con respecto al sexo, esto significa que las personas ya no caen fácilmente en el bombo que se le da a ese tema.

Algunas personas simplemente no están tan interesadas en tener mucho sexo, y probablemente hoy se sienten más libres que nunca de actuar en forma acorde”.

En esta línea, lo que Fisher ha encontrado en sus investigaciones es que, entre quienes postergan o definitivamente rechazan la idea de establecerse en pareja, la figura que indiscutiblemente va en alza es la del “amigo con ventaja”, ese con el que se tiene sexo sin compromiso, sin convivencia y sin que necesariamente se entere la familia o los amigos.

Es la realidad que arroja la última encuesta ‘Singles in America’, que realizó en 2017 a nivel nacional en Estados Unidos, como parte de su asesoría para el sitio web de citas Match.com. Según sus hallazgos, el 54 por ciento de los encuestados –que describe como “una muestra representativa de los adultos solteros en Estados Unidos”– habrían tenido una relación de este tipo. Al desglosar por género, se ve que el 50 por ciento de las mujeres han tenido amigos con contacto sexual, contra el 58 por ciento de los hombres.

Hoy, en mi generación, nadie juzga al que no mantiene relaciones estables y anda picoteando, con poco compromiso. No se ve mal, no hay un juicio moral al respecto. El amigo con ventaja calza perfecto cuando no tienes tiempo ni ganas de concretar algo”, dice la licenciada en Historia Carolina Rebolledo. Con todo, son pocos los que no anhelan una compañía amorosa. Según la encuesta de Helen Fisher, muchas parejas pasan de la etapa de amigos con ventaja a la primera cita (34 %), y de ahí al matrimonio o la convivencia, situación que aparece como meta deseada por el 69 por ciento de los encuestados.

“Para muchos, los amigos con beneficios y el sexo aparentemente casual es un camino hacia el romance, el apego y el compromiso”, apunta Fisher en el documento de este estudio. Y acota: “El cerebro está hecho para amar, para emparejarse, y eso no ha cambiado en 300.000 años. El amor va a existir siempre que exista la raza humana y no va a cambiar su naturaleza profunda si empiezas el cortejo a los 26 años en vez de a los 18. La única diferencia es que hoy hacemos eso más lento, con más cuidado y, a mi modo de ver, de manera más inteligente”.

SOFÍA BEUCHAT
EL MERCURIO / GDA

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