Incontinencia verbal / En defensa del idioma

Incontinencia verbal / En defensa del idioma

Para un ególatra, en conversaciones no se intercambian ideas, sino que se exhiben grandezas.

En defensa del idioma

En defensa del idioma, columna de Jairo Valderrama.

Foto:

Archivo Particular

Por: JAIRO VALDERRAMA V. PhD*
15 de julio 2020 , 07:47 p.m.

¿Les ha sucedido que terminan agotados luego de una conversación prolongada? Después de unos minutos, ¿caen en la cuenta de que ni siquiera han podido exponer una idea? ¿Notan cómo sigue resonando en la cabeza una metralleta incesante de palabras sobrepuestas y buscan, espantados, un lugar para enclaustrarse? Es entonces cuando juran que jamás propiciarán un monólogo como ese del cual han sido víctimas.

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Aun así, reafirmamos nuestra defensa por la libertad de expresión, a pesar de que nadie está obligado a aguantar el suplicio de escuchar ad infinitum el parloteo unidireccional de un fracasado o de quien padece esa enfermedad llamada apraxia del habla. Aunque sea una falta involuntaria en muchos hablantes, el interlocutor requiere de niveles excepcionales de paciencia para sostener un martirio tan prolongado.

Además, cuando ya conocemos a una persona que nos apabulla con su verborrea, queremos escapar apenas advertimos su presencia. Si es imposible evadirnos, arriesgamos un diálogo fugaz para huir a la primera oportunidad con cualquier pretexto. En ocasiones, la vergüenza o las normas de cortesía nos bloquean, y no queda más remedio que afrontar esta tortura sonora por unos minutos o hasta por unas horas si el destino se confabula para extender nuestro suplicio.

Esa “incontinencia verbal”, expresión utilizada por el profesor argentino Darío Sztajnszrajber, se deriva en la mayoría de los casos de un trastorno de la personalidad causada por una lesión nerviosa o en el cerebro, que impide dominar el impulso de echar mano de cualquier idea para regarla ante el primer desafortunado que aparezca. Por lo regular, un compañero de trabajo, un vecino o el tendero ofician como receptores inocentes de esa avalancha de palabras. Otras veces, la víctima es el humilde señor que disfruta de un café mientras lee un periódico o un libro, y quien jamás imaginó que un día sufriría con la pesadilla que le causa un desconocido incontrolable.

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Frente a estas cotorras, hay otro tipo que procede de manera similar, pero por una causa distinta: el egocéntrico. Habla muchísimo de sí mismo, de sus aciertos, de sus viajes, de sus conquistas amorosas o laborales. Se ha convencido de que derrocha el tiempo si cambia de tema: Solo él (o ella) debe ser el centro de atracción, porque sin su presencia la Tierra dejaría de girar, y la historia universal, de avanzar. Es el sujeto que vibra cuando estrecha la mano de sus “superiores”, y a los demás les regala si acaso solo el ceño fruncido.

Para este esclavo de Narciso, sus guardaespaldas permanentes son la soberbia y la arrogancia; su propia opinión es la que cuenta; busca siempre a quienes, al menos, finjan admirarlo; asegura que nunca ha cometido errores; imagina que es envidiado, y jamás se le ocurre pensar que las emociones que más suscita son el fastidio y la lástima.

Este perfil, que se ufana de ser superior, padece, en su interior, de mucha inseguridad; es decir, en la práctica está invadido por el complejo de inferioridad, el que de verdad existe. Por supuesto, nunca admitirá tal condición; sigue llevando su coraza de extravagancia para engañar a cualquier ingenuo y desprevenido con una apariencia que cree elegante, apoyando las yemas de sus dedos en el mentón, sacándose los anteojos sin motivo, tirando una y otra vez su cabeza un poco atrás con una ligera inclinación hacia un lado, mientras de nuevo frunce el ceño, como el dispositivo que activará la pleitesía que espera. Y claro: hablando, hablando, hablando…

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Para él, en las conversaciones no se intercambian ideas o posturas, sino que se exhiben las grandezas, como la suya, para reafirmar su omnisapiencia, para recibir los aplausos. No existe asamblea, reunión de trabajo, salón de clase o evento social en el que deje de intervenir, casi siempre con el mismo orden de las mismas palabrejas, aprendidas de otro modelo como él, quizás más ridículo. Su intención está lejos de aportar alguna opinión; solo desea figurar, mantener su reconocimiento en el círculo en que se mueve. Quiere ser amigo de todos, y todos aparentan serlo (es el costo de la caridad).

Por estos tiempos, las redes sociales han ampliado el protagonismo de este parlanchín y, con ello, la oportunidad de unos cuantos seguidores para reír a carcajadas. Cuando para de hablar, sus interlocutores deben soportar la prolongación visual de este parloteo, y en su reemplazo las selfis extienden esas imágenes afectadas, “posudas”. Detrás (¿o debajo?) de este charlatán, es frecuente encontrar a muchos otros que aplauden sus impertinencias, porque en el mundo social las alabanzas y los elogios de los tontos son los que más abundan, pero también son los que menos valen.

Así, los aplausos por la banalidad (“likes”) equivalen a las mentiras piadosas: siguen siendo mentiras. De manera parecida, conducir un vehículo costoso o residir en una zona exclusiva no funcionan como terapia ni rebajan el nivel de la estupidez de tanto ególatra, que con su continuado monólogo solo pretende autoafirmarse de forma inconsciente, que habla mucho para evitar, también, que con otros asuntos se evidencie su ignorancia. Por eso, aprende muy poco, porque casi nunca escucha. El repaso incesante de su palabrería funciona como las capas que recubren y encierran hasta el infinito su majadería y bloquean siempre la entrada de la razón, de la sensatez.

No obstante, acaso descubra algún día que el amigo irremplazable del pensamiento elaborado es el silencio. Quizás, cada noche encuentre refugio en los brazos de quien le creyó o en aquella compañía ideal que jamás cuestionará sus peroratas, la soledad.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V. 
*Profesor de la Universidad de la Sabana y doctor en Ciencias de la Información de la Universidad Austral de Buenos Aires, Argentina.​

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