Una ‘bonita inocentada’: Me casé con mi amor platónico

Una ‘bonita inocentada’: Me casé con mi amor platónico

Después de varios años me encontré con el hombre que me quitaba el sueño en la universidad.

Una ‘bonita inocentada’: Me casé con mi amor platónico

Después de 10 meses de relación me pidió que fuese su esposa.

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EL TIEMPO

Por: Cindy Aparicio Reyes
28 de noviembre 2018 , 08:16 a.m.

Cuando estaba en la universidad había un hombre que me quitaba el sueño. Pero no como suele pasar que a uno le gusta alguien, lo idealiza y al poco tiempo piensa esa sensación se desvanece. No. Él era todo. Era mi amor platónico.

Medía 1.92 metros. De tez morena, músculos grandes y fuertes. Tenía porte de basquetbolista y una pinta que a todas nos dejaba boquiabiertas. Nadie creía que era de mi natal Barranquilla. Siempre pensamos con mis compañeras que era de otra ciudad.

El paseaba por los pasillos de nuestra universidad, la Autónoma del Caribe, y paralizaba a todas las chicas. Siempre amable, tenía una sonrisa perfecta y un olor delicioso.

Yo, con 17 años, no tenía ni cinco de esperanzas con él. Mido apenas 1.67 de estatura y no tengo cuerpo como de quien practica mucho deporte. Jamás – creía yo- se iba a fijar en mí, pero no por eso lo iba a dejar mirar. Lo veía pasar todos los días y con el saludo que nos intercambiábamos era suficiente.

Como él era tan popular, la información sobre su vida llegaba “de papayita”, como decimos en la Costa. Sabíamos su edad, su nombre, su estado civil, qué carrera estudiaba, que tenía novia e incluso media beca. Por lo que supimos llevaban muchos años juntos.

Con el tiempo cruzamos más palabras, pero hasta ahí llegó. Como Barranquilla no es una ciudad muy grande, aparte de la U, coincidamos en ciertos eventos y discotecas de manera muy casual, pero yo obviamente no me atrevía ni siquiera a demostrar lo que sentía: El tipo me fascinaba tanto que yo quedaba muda.

Después de que se gradúo no lo volví a ver, pero él seguía siendo mi modelo de hombre, mi referencia. Siempre le pedía a Dios que, como él no iba a ser para mí, que al menos que mi futuro novio o esposo se le pareciera al menos un poco.

El 28 de diciembre de 2013 (día de los inocentes) salí de mi trabajo y me fui caminando por la calle 72. Para quienes no son barranquilleros, esta es una de las avenidas más transitadas y conocidas de la ciudad. Entonces, un hombre en una camioneta totalmente polarizada, empezó a pitar sin parar. El semáforo estaba en rojo y yo no entendía qué pasaba.

En esta ciudad es típico que los carros les piten a las mujeres, pero parecía que algo más pasaba. El claxon de ese carro no dejaba de sonar, pero no me atreví a voltear hasta que escuché mi nombre. Entonces me giré y, como si hubiese una cita del destino, ahí estaba mi negro.

El corazón me latía fuerte. Habían pasado cuatro años sin verlo y estaba sintiendo lo mismo que sentía en la universidad. No quise desaprovechar la oportunidad y le hice caso a mi corazón. Fui a saludarlo y él me dijo unas palabras que nunca olvidaré: “sin duda alguna verte es mi mejor regalo de cumpleaños”.

Como era día de los inocentes, supuse que era una broma y simplemente seguí su juego y le desee feliz cumpleaños entre risas y de manera muy superficial.

No sé si fue casualidad de la vida o deseo cumplido de Dios, pero mi amor platónico estaba frente a mí, me había lanzado un piropo y yo estaba volando literalmente. Intercambiamos números telefónicos y quedamos en vernos nuevamente.

Él me llamó cuando habían pasado unas dos horas desde ese encuentro. Era casi las 9:00 de la noche y me invitó a su fiesta de cumpleaños en una discoteca de la ciudad.
No tenía tiempo de alistarme y decidí decirle que no iba.

El día de la boda, en nuestro ‘primer baile’, le confesé que él siempre había sido mi amor platónico y que, a partir de ese día, ya era mi amor real.

Ustedes saben que hay cosas por las que una mujer se complica. Empieza uno a preguntarse qué ropa que me voy a poner, cómo llevo el pelo, las uñas. No es fácil decir que sí a una cita en menos den una hora. El tiempo trascurrió y volvimos a desaparecernos. El 1 de enero del siguiente año nos dimos el feliz año, pero no hubo más acercamientos.

Solo pasaron tres meses desde ese encuentro hasta cuando nos hicimos novios.
Nuestra primera cita fue muy espontánea. Un domingo, saliendo del trabajo, a eso de las 11:00 de la mañana, él me llamó y me invitó a almorzar. Me dijo que quería verme y que le parecía un lindo día para dialogar. Yo, feliz, acepté.

Fuimos a almorzar a Las Flores, popular barrio de Barranquilla, donde se come con vista al río y con unas brisas que, estoy segura, nos ayudaron para que nos diéramos el primer beso.

Hablamos de gustos, de nuestras relaciones pasadas y acordamos vernos en la noche en una reunión que él tenía con sus primos. Eso me encantó. Me demostraba interés, estaba pendiente de mí, no me ocultaba.

Desde ese día no paramos de vernos. Almorzábamos juntos, cenamos, íbamos a cine, a conciertos. El 13 de marzo de 2014 oficialmente le dimos juntos el título de noviazgo a nuestra relación.

En realidad no fue como convencionalmente sucede. Eso de “¿quieres ser mi novia?” no sucedió con nosotros.

Fue él quien me dijo que después de estar dos meses saliendo, nuestra relación debía pasar a un segundo plano y yo le dije: exacto, estoy de acuerdo. ¿Tú y yo para dónde vamos?

Él, entre risas y besos, me dijo: “Vamos para grandes cosas, novia mía”. Desde ahí, todo se formalizó, conocimos nuestras familias, amistades, y nos fuimos amoldando el uno al otro.

Después de 10 meses de relación me pidió que fuese su esposa en el restaurante “El giratorio” en el norte de la ciudad. No lo pensé ni un instante. Le dije que sí, convencida de que era el amor de mi vida.

Finalmente nos casamos el 19 de septiembre del año 2015. Durante toda la relación traté de decirle que él era el hombre que le pedí a Dios desde la universidad, pero no podía. Siempre sentía que no era el momento.

Lo hice el día de la boda, en nuestro ‘primer baile’. Le confesé que él siempre había sido mi amor platónico y que, a partir de ese día, ya era mi amor real.

Todo ha sido una maravilla, la inocentada más bonita. vivir en un sueño. No solo tengo conmigo un hombre que, a mí parecer, es el más lindo de todos, sino generoso y trabajador. Y, lo más importante, es que no tengo la imitación de él que le pedí a Dios, lo tengo a él, al original.

En septiembre pasado cumplimos tres años de casados y casi cinco de habernos vuelto a encontrar. Gilbert es un amor de hombre y hemos crecido mucho como pareja. Por ahora no tenemos hijos, pero viajamos y disfrutamos mucho estando juntos.

Ahora que vas a leer esto, mi amor quiero, darte las gracias. Gracias por llegar a mi vida y hacerme tan feliz.

Cindy Aparicio Reyes

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