Enamorarse de una monja y morir en el intento

Enamorarse de una monja y morir en el intento

En esta entrega de #MensajeDirecto, un hombre nos cuenta cómo se enamoró de una religiosa.

Mensaje Directo - monja

Después de un tiempo, me dio su número de teléfono y escuché por primera vez su voz. Era mucho más linda y suave de lo que yo la imaginaba.

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Ilustración María Paula Cardona

Por: Anónimo
11 de diciembre 2018 , 10:28 p.m.

Algunos meses después de pasar por una pequeña decepción amorosa empecé a sentirme listo para conocer nuevamente a alguien. Definitivamente no estoy hecho para estar solo. Me gusta querer y sentirme querido.

Decidí entonces emprender la búsqueda de una persona con la que pudiera lograr una relación seria y estable. El problema es que mi trabajo es muy solitario. Me aísla del contacto diario con las personas y mi círculo social es muy cerrado. Las posibilidades a mi alrededor eran pocas.

Lo pensé mucho y tumbé muchos de mis prejuicios sociales cuando decidí que era hora de buscar mi amor en internet, en una de esas salas de chat anónimas. Debía ser así porque no estaba dispuesto a revelar información personal y mucho menos poner una foto mía. Mi crianza conservadora no me permitía tales “ligerezas”.

Ingresé, creé una cuenta. Durante una hora o más intenté establecer conversaciones con varias personas. Casi nadie daba respuesta a mis saludos y lo único que recibía era enlaces de publicidad o invitaciones para entrar en páginas porno. Con esos resultados empecé a cuestionarse cómo había perdido estúpidamente una hora de mi vida. Pero justo antes de cerrar y empezar a burlarme de mí por creer en estas cosas, recibí un saludo muy amable de un usuario al que llamaré “Adri”.

- Hola. Buenas tardes, gracias por tu saludo, me dijo.

- Gracias a ti por corresponderlo. Mucho gusto, mi nombre es Omar*. ¿Y el tuyo?, le respondí.

- Adriana.

La conversación se extendió por más de una hora. Hablamos de muchas cosas. Me enteré, por ejemplo, de que era estudiante de décimo semestre de literatura y que tuvo que dejar su hogar para cumplir sus sueños profesionales. También me contó que tenía 26 años y otros detalles de su vida que me parecieron muy llamativos.

Antes de despedirnos intercambiamos nuestros correos electrónicos porque se negó a darme su número de celular.

Ella me impresionó. Me parecía interesante y tuve muchos deseos de conocerla mejor. Así que empecé a escribirle y a esperar sus respuestas. Le contaba detalles de mi día a día y esperaba que ella me contara también sus cosas.

Después de un tiempo, me dio su número de teléfono y escuché por primera vez su voz. Era mucho más linda y suave de lo que yo la imaginaba.

Crecía en mí el deseo de poder conocerla y saber si todo lo que yo estaba imaginando con ella podía hacerse realidad. Pero claro, también me asustaba la idea de que yo no le gustara o que, en persona, ella no fuera lo que yo esperaba. En algunas de nuestras conversaciones por correo ya me había hecho una descripción física y yo pensaba que si era verdad todo lo que decía, iba a ser inevitable enamorarme de ella.

Cuando nuestras charlas por teléfono comenzaron a hacerse más íntimas y los temas iban mucho más allá de preguntarnos cómo iban nuestros días, ella me dijo que tenía un secreto muy importante que debía contarme.

Mi mundo se vino abajo. Todos los sentimientos negativos se apoderaron de mí. ¿Era casada? ¿Se había aburrido conmigo? ¿Había conseguido a alguien más? ¿Le gustaban las chicas? Aún así y tratando de que ella notara mi inseguridad le respondí que confiara en mí y que contara ese secreto.

- “Soy monja”, dijo.

Un silencio. Jamás me hubiera imaginado algo así. Y lo paradójico es que esta revelación en lugar de desanimarme, me hizo sentir un interés especial. Me la imaginaba casta, seria y responsable. Pensar en esas cualidades e imaginar ser el primer y único hombre en su vida, me llevó a hacer todo lo posible por estar con ella sin pensar en lo que pudiera pasar adelante.

Pero primero tenía que saber si ella estaba dispuesta a dejar el convento y buscar una vida afuera, en ese exterior que era tan ajeno a su vida. No la presioné, pero sí si le hice ver las bondades de salir a ver el mundo. Le prometí que podía contar con todo mi apoyo.

Su confusión crecía y las posibilidades de que dejara su ministerio eran muy reales. Eso aumentaba en mí el deseo y las ansias de estar con ella. Finalmente se decidió a abandonar su servicio, en el que estuvo por cerca de nueve años.

Fuera del convento la vida iba a ser muy diferente para ella, pero cumplí mi promesa y comencé a ayudarle en todo lo que pude. Le ayudé a pagar un arriendo, a comprar algo de ropa y a conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse. Estaba pendiente de todas sus necesidades.

Para esa fecha, habían pasado cuatro meses desde nuestra primera conversación y nunca durante ese tiempo la había visto. Pero todas nuestras charlas y lo que sabíamos el uno del otro hacían que todo fluyera con naturalidad, que fuera real.

No tengo palabras para describir lo que sentí cuando llegó el día en que nos conocimos. El gusto, para mí fortuna, fue mutuo. Entonces empecé a rodar el plan para enamorarla: la llevé a buenos restaurantes, a un spa, la llené de detalles y siempre estaba pendiente de ella. Me sentía feliz y pensaba que ella también lo estaba.

Llegó el momento de la intimidad y la certeza de ser su primer hombre me enloquecía. Aunque había muchos miedos y tabúes en su cabeza, lo que sentía por ella era tan fuerte que estaba dispuesto a vencer con ella cualquier barrera que me pusiera la vida. Después de mucho tiempo sentía que había encontrado a alguien realmente importante y valioso para mí. Pero justo cuando mejor creía que marchaban las cosas, el camino de rosas se empezó a llenar de espinas y el rumbo de la situación se desvió de forma imposible de calcular para mí.

Era obvio que una mujer que había salido de un convento sentía mucho el peso de su conciencia. Su sueño y el de sus padres era que su hija siguiera los pasos de Dios. Por eso me pidió que nadie de su círculo podía enterarse de lo nuestro, para no pasar por la vergüenza de decepcionar a su familia.

Al principio no le vi problema y seguí con mi plan para aumentar nuestro cariño. Como estaba cerca de graduarse y vivíamos en ciudades diferentes, esto impedía vernos seguido. Pero yo seguí adelante, llamándola, escribiéndole, apoyándola en todo. Nuestros encuentros ocasionales eran muy apasionados, pero secretos y envueltos en el temor que ella sentía de ser descubierta. No podía abrirse del todo conmigo, y sus prejuicios y temores la hacían contenerse mucho de entregarse por completo a lo nuestro.

Pero justo cuando mejor creía que marchaban las cosas, el camino de rosas se empezó a llenar de espinas y el rumbo de la situación se desvió de forma imposible de calcular para mí.

El día de su graduación yo le tenía preparada una gran sorpresa, pero no pude entregársela porque sus padres estaban invitados y no podían ni enterarse de mi existencia.

Ese día su papá le dio una noticia que era muy buena para ella, pero muy mala para mí: le había conseguido un excelente puesto de trabajo en su pueblo natal, a cientos de kilómetros de mi residencia. Si antes vernos era difícil, ahora se tornaba mucho más complicado.

Ella estaba muy feliz, aunque me dolió que no me lo hubiera consultado. La felicité y le dije que podía seguir contando conmigo, pero era evidente que las cosas se iban a complicar mucho más por la distancia, los secretos y porque empecé a sospechar que ella no estaba a esta altura tan firme conmigo como yo con ella.

Todas mis sospechas se fueron haciendo realidad: con el nuevo trabajo llegaron nuevos amigos, una vida más libre, un lugar con una vida nocturna ajetreada y un nuevo respaldo económico. Ella se alejaba de mí y yo sufría mucho en la distancia. Sus redes sociales eran totalmente diferentes a cuando la conocí y eso me hacía pensar que todo iba a terminar mal.

Ya no me contestaba, me llamaba eventualmente mientras yo no hacía sino pensar en ella. A pesar de la distancia, hacía todo lo posible por estar presente, y me iba hasta allá los fines de semana que ella podía recibirme.

Al poco tiempo, en una de sus salidas nocturnas, me llamó y me dijo que no iba a seguir conmigo, que había conocido a alguien en su trabajo y que quería estar con esa persona.

Me derrumbé. Lloraba y bebía pensando en todo lo que yo había hecho por ella. Maldecía el día que entré a esa sala de chat y le decía a Dios que no entendía por qué me había dejado llegar hasta ese punto.

Era una nueva decepción, sufría lo indecible por no llamarla, por no escribirle, y por evitar entrar en sus redes sociales para no enterarme de su nueva vida.

Han pasado dos años desde la última vez que hablamos, y sé que su vida no es feliz aún. La mía tampoco

Con el tiempo, ella también se enteró de la dureza de este mundo. El hombre que conoció en su trabajo se aprovechó de ella y la dejó para volver con su antigua pareja. Su belleza la convirtió en un objeto sexual y algunos hombres se acercaban solo con el interés de acostarse con ella.

Al principio ella parecía disfrutar de esa nueva vida, pero con el tiempo entendió que la libertad conlleva grandes responsabilidades a las que quizás no estaba acostumbrada en su vida religiosa.

Mientras tanto, yo seguía mi sufrimiento y pasaba a la etapa de resignación. Empezaba a entender que no ella no era para mí y que quizás debía acostumbrarme a estar solo. Estaba dando pasos para olvidarme de ella, hasta que una noche cualquiera, llamó.

Sentí muchas cosas al oír su voz al otro lado de la línea. Sentí ira, dolor, tristeza, pero también alegría por recordar lo que sentía por ella y todo lo que luché para estar a su lado.

La escuché. Se lamentaba por lo que se había convertido su vida. Eso fue duro para mí. Me contó la experiencia con su compañero de trabajo, el vacío que sentía porque las personas se querían aprovechar de su soledad. También me dijo que se arrepentía por haberme dejado. Yo notaba que su vida no era feliz.

Me contuve con todas mis fuerzas para no decirle que la perdonaba y que lo intentáramos de nuevo. Ya no estaba dispuesto a sufrir otra vez por ella. Con todo el dolor de mi corazón le dije que deseaba mucho que encontrara paz y tranquilidad en su vida, pero que ya mi momento con ella había terminado.

Han pasado dos años desde la última vez que hablamos, y sé que su vida no es feliz aún. La mía tampoco. De verdad la extraño. Recuerdo todo lo que estuve dispuesto a hacer por ella, incluso dejar mi trabajo e irme a vivir cerca de su casa. Quizás ella no era la persona indicada para mí, o yo no lo era para ella. Espero que algún día sea feliz y quisiera también encontrar esa felicidad.

Aunque me resigné a que no será a su lado, no he renunciado a encontrar a alguien para vivir. Aprendí a ser más cauteloso a la hora de entregar mis sentimientos, por lo que la próxima experiencia amorosa que tenga – si es que llega- será mucho más meditada y menos dictada por el corazón. Pero hay algo que no puedo negar: el tiempo que estuve a su lado fueron los días más felices de mi vida.

¿Tiene una historia de amor curiosa o poco común? Nos interesa conocerla y publicarla en #MensajeDirecto. Escríbala y envíela a los correos cinmor@eltiempo.com y rafqui@eltiempo.com y lo contactaremos. Debe tener un mínimo de extensión de dos hojas y un máximo de cuatro hojas.

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