'Quiero volver a ver al chico que conocí en un café'

'Quiero volver a ver al chico que conocí en un café'

En esta entrega de #MensajeDirecto un lector nos cuenta la noche en la que conoció a un gran amor. 

Mensaje directo

Nuestro grupo favorito era La Oreja de Van Gogh. Y esa sería por mucho tiempo nuestra banda sonora.

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Juan Camilo Melo / EL TIEMPO

Por: Juan David Quintero
07 de noviembre 2018 , 07:28 a.m.

La música se cuela en casi toda nuestra vida. Es como un hilo conductor que nos conecta las experiencias y nos hace sentir vivos. Cada verso, cada melodía compone nuestra banda sonora, y por eso, cada canción es como el acorde exacto que nos devuelve a un momento, a un lugar, a una persona.

Esa noche, en el tranquilo pueblo de Garzón, había una brisa corta y desgastada; también tres vasos y un sinnúmero de historias sobre la mesa.

Debatía con dos amigas sobre los fracasos que todos tenemos en el terreno del amor y sobre cómo cada uno de ellos nos muestra una parte de quiénes somos. A ochos metros, un hombre se sentó a beber de a tragos un café que intentaba tener sabor a hogar, pero que no lograba compararse con la dulzura negra de los montes de Aburrá.

Al principio solo lo divisé de reojo y sin reparar mucho en él y en su camiseta vino tinto, pero en cuanto los minutos fueron pasando, nuestras miradas se cruzaban y se evitaban en una armonía perfecta. Jugábamos a las escondidas e intentábamos inocentemente sonreírnos. Sentí en ese momento el deseo de volver a verlo, de saber quién era ese hombre que se sentaba en la otra mesa de aquel café.

Esa primera noche no tuvimos una conversación profunda, pero ambos supimos que éramos una especie de extraños de otras tierras. Veníamos de otras regiones del país y nos sentíamos como la canción “huérfanos de patria y corazón”.

Tres días después, y con su mirada aún fija en mi mente, recibí un mensaje en Whatsapp. Era él. Hablamos un rato y nos dimos cuenta de que más cosas nos unían. Teníamos amigas en común y, además, trabajaríamos en el mismo proyecto en el que yo estaba laborando en ese momento.

Desde entonces todo fue fluyendo. Dos días hablando por teléfono, luego un encuentro casual en el parque del pueblo y una caminata casi infantil con el corazón y las emociones a mil. La música seguía conspirando a nuestro favor. Nuestro grupo favorito era La Oreja de Van Gogh. Y esa sería por mucho tiempo nuestra banda sonora.

No era posible retroceder. Así dejé que sucediera todo lo que pasa cuando uno de enamora. Qué me robara un beso y sonrojarme cada vez que lo volviera a ver. De un saludo simple pasamos a una mirada que parecía intimidante y coqueta. De una conversación trivial a un silencio que fluía sin incomodidad. Así me fui perdiendo en él, en su sonrisa conquistadora, en sus callados reclamos a la vida, en sus adoraciones a Dios, en sus lágrimas imperceptibles derramadas por las injusticias de este mundo cruel.

Lo abrazaba y sentía consuelo, lo escuchaba y vibraba de emoción, caminábamos juntos y me sentía en otro lugar, fantástico y casi perfecto. De nuevo, otra melodía que se hacía realidad pues para mí “la radio era una orquesta y mi calle era Nueva York, los coches eran carrozas para dos”. La música nos seguía.

Fue inevitable perderme en sus labios firmes de hombre, pero suaves y tiernos como los de un niño. Esquivé un poco mis propios miedos y tribulaciones para concederme el momento de sentir la pasión y vida que solo él me podía transmitir.

Me fue imposible negarme a trasnochar cruzando palabras, a caminar paciente entre las calles de aquel pueblo que nos había juntado, a sonreír sin restricción. Solo me bastó una vez para encontrarme en su mirada y sentir que mi alma rota y torturada aún podía amar. Sentí que no éramos dos extraños abrazándose por primera vez, sino dos almas errantes que tenían que encontrarse para sentir que en otra vida ya habían estado juntas.

Y de nuevo, la melodía. Las canciones de ese quinteto de San Sebastián predijeron el cruce entre él y yo, completaron nuestros encuentros y acompañaron el final de esa relación. Estábamos juntos imaginándonos en La Playa, jurando escribir “la canción más bonita del mundo” y nos dormíamos tarareando esa letra que reza:

“Y él contesta que todo irá bien, que las flores volverán a crecer donde ahora lloramos”. Unas cuantas semanas después sería yo quien sentiría enormes ganas de llorar.

Aquí es donde pienso que nuestra relación fue demasiado idílica, que le faltó sensatez, o simplemente yo aún no estaba listo para vivir con él un amor verdadero. Estoy seguro que lo nuestro se perdió porque no fui capaz de ser completamente honesto y traté de ocultar mis errores y mis debilidades.

Podría decirse que cortamos en sano, pero fueron muchas noches imaginándolo cantar.

“Si algún día nos cruzamos, no respondas ni hagas caso a los subtítulos que bajo mi sonrisa sabes ver”, esa canción suena de fondo en mi mente. Es la que más compartimos, es la que dio pie para que tomáramos caminos separados. Fue el telón musical para que todo terminara.

Hace ya dos años que pienso en lo que hoy es, en lo que ya no fue, en lo que fue y se perdió, en lo que no he podido olvidar. Pienso en su sonrisa y en que recorro de nuevo las calles como sintiendo que camina junto a mí. Imagino que entrecruza su mano con la mía en un bus, y que se esconde entre la almohada y me besa al despertar.

Cuando suena en mi playlist “Cuídate”, también de La Oreja de Van Gogh, es inevitable no sentirlo un poco cerca de mí. Es su canción favorita.

Recuerdo sus ojos oscuros desnudando todas mis penas turbias. Siento sus manos firmes recorriendo mi espalda, intentando quitarme el peso de la vida. Escucho su voz susurrándome fragmentos de canciones que siguen revoloteando por aquí. Pedacitos musicales se han colado en esta historia de amor con fecha de caducidad.

En el umbral de mi realidad, siento a veces el deseo de volver por última vez a su puerta, a intentar robarle una de las sonrisas que fueron mi motivo para ser alguien mejor. Pero no soy capaz. Quiero pedirle al destino que me deje de nuevo hacer el amor con él. Ruego por dormir a su lado, por encontrarme con el hombre y sus canciones. Quiero regresar con el chico del café.

¿Tiene una historia de amor curiosa o poco común? Nos interesa conocerla y publicarla en #MensajeDirecto. Escríbala y envíela a los correos cinmor@eltiempo.com y rafqui@eltiempo.com y lo contactaremos. Debe tener un mínimo de extensión de dos hojas y un máximo de cuatro hojas.

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