Así se levantó mi familia tras la muerte de mi hermano mayor

Así se levantó mi familia tras la muerte de mi hermano mayor

Esta es la historia de cómo lo recuerdo y cómo he aprendido a ser hija única.

Hace once años aprendí a hablar de la muerte sin tenerle miedo

Mi familia: mamá, hermanito y papá, el 7 de diciembre de 2003. No teníamos idea de que, tan solo dos años después, la vida nos cambiaría para siempre.

Foto:

Archivo familiar

Por: Ana González Combariza
19 de abril 2019 , 01:54 p.m.

Hace once años mi hermano mayor murió a causa de una enfermedad que llegó sin avisar. Esta fue la peor experiencia del mundo y la que más enseñanzas nos dejó.

Enero del 2006: sonó el teléfono

Mi hermano mayor, mi único hermano, llevaba un poco más de un mes de haberse graduado del colegio. Tenía todas las expectativas puestas en su carrera, en convertirse en el mejor Ingeniero de Petróleos del país.

Académicamente siempre fue bueno, por no decir que excelente. Incluso, fueron muchos los fines de semana en los que sus amigos (muchos) llegaban a la casa para que les explicara cálculo, trigonometría, química y todas esas materias que a más de uno nos hicieron perder la esperanza en el colegio. Era un ejemplo a seguir.

Crecimos en un núcleo familiar que nos motivó y enseñó a amarnos como los hermanos más entrañables del mundo. Un papá trabajador, comprometido y consentidor; una mamá luchadora, amorosa y entregada. Ellos son los únicos responsables de que entre nosotros, ese cariño, al sol de hoy, no se haya extinguido.

Esta reflexión me lleva a pensar que en mi corta vida me he cruzado con muchos tipos de hermanos: los que no se hablan, los que solo se saludan, los que pelean todo el tiempo, los que dependen el uno del otro, los que se celan… pero, y así suene a cliché, ningunos como nosotros. Se llamaba Alcides González Combariza, me llevaba 5 años y con tan solo 18 dejó una huella imborrable en cada una de las personas que lo conocimos.

Hace once años aprendí a hablar de la muerte sin tenerle miedo

De niños éramos inseparables y, por supuesto, la época de Navidad y vacaciones la disfrutamos juntos incluso después de crecer y dejar los juguetes a un lado.

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Archivo familiar

Leucemia Linfoblástica Aguda

No recuerdo muy bien qué día era, pero sé muy bien que era casi el mediodía cuando sonó el teléfono, corrí a contestar y, sin pensarlo, esa persona que habló del otro lado de la línea se convertiría en la portadora de la peor noticia de nuestras vidas.

-Buenos días, estamos buscando a la señora Rosalba Combariza.
-No, ella no está en este momento. Hablas con la hija.
-Dile a tu mamita que a Alcides le tenemos que repetir unos exámenes.


Mi mamá volvió y, como si se tratara de un mensaje cualquiera, le dije que habían llamado de la clínica. Ese instante, ese pequeño momento, lo transformó todo... Para siempre.

Mi hermanito, siempre le dije y diré así, repentinamente tenía mucho sueño, acababa de curarse de Paperas, esa infección que afecta las glándulas de la saliva y que genera una hinchazón en los cachetes. Pero ahí no había acabado todo: bajó de peso y ahora tenía una bolita detrás de una de sus orejas, un ganglio inflamado que nos puso alerta.

Los exámenes de rutina han sido algo común en mi casa, quizá por prevención, y en esa oportunidad no fueron la excepción. Ir a la clínica, tomar sangre, esperar resultados. Ese fue el plan de ese día después de la terrorífica llamada.

Yo esperaba en mi casa, viendo televisión, ajena a todo. Eran unas vacaciones como cualesquiera otras y no pasaba nada emocionante. Luego de varias horas sonó el teléfono, esta vez era mi papá, hablaba de forma compasiva, tranquila, como tratando de explicarme algo. Me dijo que se demorarían, que estaban esperando a un doctor, pero que probablemente debían hospitalizar a mi hermanito de inmediato.

La razón no era clara todavía y fue cuando entendí aquella llamada de ese día.

Luego de un par de horas más y de un traslado desde la clínica Reina Sofía a la Palermo, en el centro de Bogotá, le confirmaron a mis papás que debían contactarse con un oncólogo, un especialista al que uno jamás esperaría acudir. En nuestro caso fue el doctor Pedro Merchán, quien con el tiempo se convertiría en un confidente indispensable.

El diagnóstico: Leucemia Linfoblástica Aguda.

Confieso que comprendí la gravedad de la situación algunos días después. Inocentemente pregunté qué quería decir Leucemia y la respuesta me dejó fría: Cáncer en la sangre. Con el ánimo de que la noticia fuera un poco más llevadera, a mis papás y a mí nos dijeron que sería un tratamiento de quimioterapia y hospitalización por ciclos que irían acabando con las células malignas que desde ese momento recorrían el cuerpo de mi hermanito.

A mis 12 años, en medio de malas notas en el colegio y cambios de comportamiento, jamás imaginé que la palabra CÁNCER se convertiría en un acompañante en cada comida, salida, viaje, lectura. Nunca se cruzó por mi cabeza tener que aprender la gravedad de esas seis letras, pues siempre nos enseñan que las tragedias son ajenas.

Hoy en día pienso en que jamás le pregunté qué había sentido en ese momento, en qué pensó, qué fue lo primero que quiso gritar y no pudo...

Todas las noches hablábamos, aunque a veces no pudiera oírle muy bien por la máscara de oxígeno

Nuevos fines de semana en familia

Todo se transformó. El tiempo, las rutinas, los almuerzos y hasta la forma de hacer tareas. Mientras mi mamá se debatía entre doctores, enfermeras, medicamentos y estaba 24/7 con mi hermanito en la clínica, mi papá y yo mirábamos cómo nos defendíamos en la casa.

Imagínense ustedes, una preadolescente pegada al Messenger, pendiente de la novela del momento y las tragedias propias de la edad y un papá que debía salir de su oficina para ver cómo alistaba algo de comer para los dos. Las charlas se limitaban a temas banales, nada trascendentales.

Sin embargo había algo que estaba claro: los sábados y domingos debíamos despertarnos muy temprano para alistarnos y correr a la clínica. Nos gustaba llegar con ‘premios’ para mi hermanito quien, cansado de la típica comida de hospital, disfrutaba al máximo unos huevitos con chocolate y pan. Así era como a escondidas, e incluso haciéndonos amigos de varias enfermeras, lográbamos entrar esas delicias y compartir un desayuno en familia, en medio de esas cuatro frías y blancas paredes.

Fortalecimos nuestras habilidades con las cartas, encontrando palabras en sopas de letras, descubriendo varios crucigramas y sobretodo durmiendo. Él en su camilla y yo en uno de los sofás de la habitación, dormíamos juntos, era una linda forma de conectar nuestros sueños en ese horrible lugar.

Claro está, no solo nosotros lo visitábamos. Los pasillos de la clínica parecían un desfile: amigos del colegio, amigos del barrio, familiares, conocidos y hasta la que lo hizo sufrir por amor, todos llegaron allá a saludarlo, a darle ánimo, a decirle que podía con esa batalla.

Yo odiaba el “bueno nena, despídete que nos vamos” de mi papá. Lo odiaba y nunca se lo dije. No quería volver a la rutina, a tener que ver a mi mamá hasta la próxima semana, a solo recurrir al teléfono para hablar con mi hermano. Era una sensación de desprendimiento muy extraña; miedo, quizá.Todas las noches hablábamos, aunque a veces no pudiera oírle muy bien por la máscara de oxígeno que debía usar, pero hablábamos. Ojalá pudiera recordar el tono de su voz.

25 de enero de 2007: Ingeniero por un día

Llegó diciembre con su alegría y no podíamos disfrutarlo más. No nos importaban los 10 kilos menos de mi hermanito, ni que ya no tuviera pelo, ni que sus uñitas estuvieran moradas (consecuencia de los fuertes químicos que recorrían su cuerpo). No nos importaba porque su mejoría era notoria y lo único que queríamos era verlo sonreír y tratar de recuperar todo el tiempo que las duras jornadas hospitalarias nos habían hecho perder.

Hace once años aprendí a hablar de la muerte sin tenerle miedo

A pesar del tratamiento y de su transformación corporal no abandonó nunca el ánimo, las ganas de vivir.

Foto:

Archivo familiar

Compramos un nuevo árbol de navidad, llenamos la casa de verdes, rojos, azules, dorados… todos los colores que pudiéramos para decirle al mundo que nada ni nadie podría derrotar ese pequeño instante de agradecimiento con las oportunidades que se veían venir: mi hermanito empezaría un tratamiento menos agresivo, solo con algunas pastillas, desde la casa y podría entrar a estudiar. No hubo júbilo más grande.

Llegó enero de 2007, cumplíamos un año de padecer cáncer en familia. El 25 de ese mes mi hermanito hizo realidad uno de sus sueños: llegar a la universidad. Era un día soleado, hermoso. Mi mamá y yo lo acompañamos pero además lo esperamos a que saliera. Queríamos escuchar todo lo que tenía por contarnos. Me parece estar viéndolo con un suéter vinotinto, jeans, una maleta discreta donde llevaba un pequeño cuaderno y una sonrisa de oreja a oreja que adornaba su pálida cara, aún afectada por las 'quimios’.

Todavía recuerdo la emoción con la que contó lo que había visto dentro de la universidad, de las personas que conoció. Todavía recuerdo sus ganas…

Debíamos cumplir con una agenda ese día: recoger a mi papá en el trabajo e ir a consulta con el doctor Merchán. Así lo hicimos, juntos. Teníamos tanta alegría que jamás se nos pasó por la cabeza que algo podría salir mal.

“Alcides tuvo una recaída en la Leucemia, debemos empezar un tratamiento más fuerte. Las células malignas están haciendo resistencia”.

*Silencio absoluto*

Buscamos por todos los medios la mejor solución: un trasplante, un traslado a otro país, todo lo que fuera necesario.

“Alcides debes aplazar nuevamente la universidad”, dijo Merchán.

Él, callado y sin demostrar ni un solo segundo algo de angustia, solo se limitaba a asentir con su cabeza mientras escuchaba cada orden que el especialista le daba. ¡Vaya fortaleza!

En el camino de vuelta a la casa nadie mencionó una sola palabra. Nadie dijo qué pensaba, cómo se sentía. Era como una rabia generalizada con la vida, con Dios, con esa maldita enfermedad. Sin embargo, no nos rendimos. Fueron cuatro meses más ‘dejándolo todo en la cancha’.

Una noche los escalofríos llegaron y la fiebre se disparó. Una nueva hospitalización era inevitable y esa vez no sería como las otras. Cuidados Intensivos lo estaba esperando, y con él iba una Neumonía, una detestable Neumonía. Fueron pocos, pero determinantes, los días de su paso por la UCI de la clínica Reina Sofía.

El domingo 27 de mayo un grupo de doctores nos reunieron a mis papás y a mí para decirnos que el estado de salud de mi hermanito no se recuperaría, que era poco o nada lo que podía hacerse por él. Ninguno de los tres lo creyó. Las oraciones y el ánimo siguieron. Las sorpresas en la clínica y los masajitos que le gustaba que le hiciera en sus piecitos, también.

¿Qué tan grande tiene que ser el corazón de una mujer que se guarda el dolor para evitar que su otra hija sufra?

30 de mayo de 2007: nació el amor eterno

Eran las 3 de la mañana cuando mi papá entró a mi cuarto.

-Nena, nena, despiértate.

En medio de mi duermevela yo estaba convencida de que era un miércoles más de colegio y, justo cuando me iba a levantar, él se desplomó a los pies de mi cama.

-Nena, el socio nos dejó. El socio nos acaba de dejar.

Desde ese momento todo parecía estar rodeado de un aura extraña, pesada. No sabía qué hacer, ni por dónde empezar, ni qué decir, pues siempre nos enseñan que las tragedias son ajenas.

Todavía no puedo creer la entereza y el profundo amor con el que mi mamá, desde la clínica, se comunicó conmigo para decirme que estuviera tranquila. ¿Ella diciéndome que estuviera tranquila a mí? ¿Qué tan grande tiene que ser el corazón de una mujer que se guarda el dolor para evitar que su otra hija sufra?

Lo que pasó después está en mi cabeza como una película de terror y de suspenso.

Lo vi, con sus ojos cerrados, y lo abracé con el anhelo de que se despertara y me dijera que todo se trataba de un chiste o de que al menos levantara uno de sus brazos para despedirnos para siempre.

Mi hermanito luchó, me consta que luchó, hasta que su corazón le dijo que lo mejor era descansar.

Salir del dolor

‘Celebré’ mis 15 sola, me gradué del colegio sola, ingresé a la universidad sola y ahora trabajo sola, aunque esté rodeada de mucha gente. Perder a mi otra mitad aún hoy me desploma aunque he aprendido a comunicarme con él a diario y, como lo publiqué en Facebook hace unos días, no hay un solo segundo en el cual no lo piense.

La vida se detuvo, por supuesto, pero mis papás siempre han tenido claro que por él, por mí y por ellos mismos hay que hacer pequeños esfuerzos para sobrevivir en medio de la tristeza y la ausencia.

Mi papá, trabajador incansable, se rehúsa a creer en lo que pasó. Sin embargo, sigue disfrutando de su comida favorita, sigue eligiendo el lugar preciso para viajar en Navidad, sigue orando todas las noches para conectarse con su hijo mayor. A veces, decide madrugar los domingos para ir a misa, es la forma como puede volver a empezar.

También decide ver sus series favoritas los fines de semana, salir a comprar cd’s de sus cantantes predilectos y escoger una buena película para que los tres la veamos un domingo en familia.

Mi mamá prefiere pegarse a Dios. Se despierta todas las mañanas para dar las gracias y rezar el rosario tal y como lo aprendió en su hogar. No hay un solo día en el que no abra las cortinas de par en par. “Hay que dar señales de vida”, dice. No soporta el silencio y por eso disfruta poner música a todo volumen, no importa el género. Hay momentos en los que se le puede escuchar cantando vallenato, una salsa e incluso un reguetón.

No sale de la casa sin arreglarse o sin perfumarse. Le gusta distraerse con las novelas turcas que están tan de moda y suele visitar periódicamente el salón de belleza para mantener sus manos siempre intactas.

Es amiga de todo el barrio, pregunta por la salud de sus conocidos y puede pasar horas hablando por teléfono con mis tías o mi abuelita. Lee de todo y creó una obsesión por aprender sobre términos médicos.Ellos, cada uno con su modo de ser, han entendido que reírse es la mejor forma que tienen de recordar a mi hermanito.

Hace once años aprendí a hablar de la muerte sin tenerle miedo

Asumimos que no estamos solos. Que su presencia y compañía siempre están y estarán presentes a donde quiera que vayamos.

Foto:

Archivo familiar

A mí me gusta disfrutar de las pequeñas cosas. Es algo que todo el mundo dice, pero es verdad. Suelo pasar mucho tiempo con mis papás, descubrir restaurantes nuevos cada fin de semana o pasar horas con ellos chismeando sobre gente que conocemos.

El tiempo con mis amigos es muy importante. Me divierte salir a comer un helado o bailar en una rumba hasta que mis pies me digan ‘¡no más!’. Puedo también quedarme pegada a Netflix días enteros o leer para meterme en una historia que no sea la mía.

Después de todo esto mi vida se ha convertido en un ‘darle a los demás un poquito de alegría’, pues nunca se sabe cuándo puede ser la última vez que se ve, escucha o siente a alguien. Por eso me fascina dar abrazos, hacer chistes tontos, dedicar canciones cursis y reírme fuerte, muy fuerte.

Once años después los amigos de mi hermanito siguen visitándonos y son la muestra más grande de lealtad que conozco. Once años después aún pienso en cómo sería mi vida si él estuviera aquí. Once años después todos los domingos vamos a visitarlo y, contrario a lo que muchos piensan, esa media hora nos llena de vida y ganas de seguir adelante. Once años después he aprendido a hablar de la muerte sin tenerle miedo.

ANA GONZÁLEZ COMBARIZA
Periodista de ELTIEMPO.COM
Twitter: @Combariiza

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