Así me salvé tras caer de un avión y superé la adicción a la oxicodona

Así me salvé tras caer de un avión y superé la adicción a la oxicodona

El paracaídas no me abrió, pude morir. El dolor de mi cuerpo me hizo esclavo de los analgésicos.

#CómoSalíDe

Tengo el carácter y la autoridad para decirle a alguien que puede salir adelante, puede luchar, así se cierren puertas y se caiga el mundo.

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César Melgarejo / EL TIEMPO

Por: Yesid Moreno*
26 de agosto 2019 , 10:00 p.m.

Lo primero que uno intenta es levantarse. Paila, no me pude levantar. Imposible. Ahí fue cuando empecé a escupir pedacitos de dientes. Me los sacaba de las muelas, de un lado y otro de la boca. ¿Ustedes han soñado que se les caen los dientes? Es horrible. Era como una pesadilla de esas. Me desprendía partes por partes. Quería gritar que me ayudaran, pero no podía hablar, las palabras no salían. Sentí el sabor a sangre, empecé a vomitar sangre. En ese momento, dije: estoy vivo, me toca moverme de acá. Alguien va a venir a ayudarme. Me tienen que ayudar.

Caída libre

Fue el 14 de diciembre del 2008. Han pasado 10 años y pedacito. Yo había empezado una nueva etapa de mi vida como empresario. Fue un año de muchos cambios en mi vida.

Yo soy zootecnista y mecánico industrial. Trabajaba para una empresa que se llama 'Carrocerías el Sol', que me ofreció ser proveedor de muchos de los equipos que ellos fabricaban. Allí encontré una línea muy bacana: hacer equipos de ortesis y prótesis para animales y equipos de cirugía para medicina veterinaria.

Con ayuda de ellos, pude montar mi empresa: Equipos Industriales y Veterinarios de Colombia. Me dieron tornos, fresadoras, equipos de soldaduras, enrrolladoras. Eso para que fuera su proveedor. A los seis meses ya les había pagado los equipos. Tenía 30 empleados y todo funcionaba muy bien.

A mí siempre me han gustado los deportes extremos: bungee jumping, escalada, parapente, rafting, canotaje… Había probado varios durante unos 15 años, pero decidí que quería algo más duro. Entonces, hice el curso de paracaidismo en caída libre.

Ese día era la primera vez que iba a saltar solo. Salíamos del aeropuerto de Villavicencio. Se había programado un salto como para unas 20 personas, pero finalmente saltamos cuatro.

Uno salta normal y hace los procedimientos que conoce. Uno pasa por entre las nubes. Las condiciones allá arriba son muy diferentes a las que tenemos acá. Abriendo el equipo, yo sentí que me levanté por un viento lateral y volví a caer sobre las cuerdas.

Ya estaba enredado. Ahí solo queda el pilotillo, que es una de las partes del paracaídas, y uno tiene maniobras para desprenderse. La cosa estaba complicada. Sabía que me podía liberar, pero estaba totalmente amarrado.

Momentos previos a la caída #CómoSalíDeEstos fueron los momentos previos a mi caída.
#CómoSalíDe
Iba cayendo, iba cayendo, iba cayendo…

Yo salté como entre 3 y 4 kilómetros de altura, o sea como 9 mil a 14 mil pies. Y le confieso que no sé de tiempos, porque la percepción se cambia en ese momento. La primera impresión es un susto el hijueputa: “dios mío, esta mierda se acabó”. Uno piensa en actuar rápido y va evaluando si rompe, si se desenreda o qué hace. Es cuestión de segundos.

Luego, sentí que mis pensamientos se empezaban a extender a mi familia, las cosas que hice, las novias que tuve, hasta los profesores del colegio.

Yo creo que es la construcción que tenemos en el cerebro que hace que cuando nos vamos a despedir el tiempo se vuelva diferente. Hasta pude reflexionar. Al final, ¿sabe qué? Me sentía feliz. Sentía una euforia grandísima. “Bueno, nada más que hacer. Ojalá no quede muy vuelto nada en el piso, porque qué pena con mi familia”, pensaba yo: “Cómo se van a sentir”.

No sabemos qué es realmente el silencio hasta que estamos en él. En el cielo uno siente el silencio. Es una comunión con el infinito. Yo veía arriba y abajo y me preguntaba “¿será así a donde voy a ir?” Uno ve todo bonito, el piso, el cielo… Alcancé a ver el avión que ya iba lejos y a pensar que los que iban allá se iban a salvar. Uno piensa que el mundo se le acaba.

Pasé por unos arbustos y luego me recibió el pasto elefante. Donde yo caí quedó la forma de mi cuerpo y mi cabeza, como en los dibujos animados. Me acuerdo mucho del sonido. Yo no sé si usted ha escuchado caer varios huevos. Tienen un sonido particular, como de la cáscara y luego la parte líquida. Eso fue lo que sonó cuando yo caí. Todavía tengo ese sonido en la mente.

Donde yo caí quedó la forma de mi cuerpo y mi cabeza, como en los dibujos animados. Me acuerdo mucho del sonido

No fui capaz de levantarme. Cuando me di cuenta, los huesos de la mano estaban salidos y no me podía apoyar. Las piernas no respondían, como cuando se le duerme a uno un miembro. Me hormigueaban. Las podía mover un poco, pero no podía apoyarlas. Yo pensé en esperar que alguien fuera a ayudarme.

Creo que pasaron como 10 minutos hasta que escuché a alguien que gritaba: “¿Dónde está? ¿Me escucha? ¿Dónde está? ¿Me escucha?” Y yo feliz. Pero ahí empezaría lo más difícil del accidente.

Llegó alguien que hacía parte del club de paracaidismo. Abrió el pasto y, cuando me encontró, dijo: “¿Usted todavía está vivo?” Yo sonreí, pensé que era un chiste. Me imagino que era horroroso, sin dientes y con sangre. Me empezó a desapuntar el paracaídas. En lo poco que podía hablar, le pregunté qué hacía. “Tranquilo, ya va a pasar”. Se llevó el paracaídas y me dejó ahí. Creían que me iba a morir, pero no.


Yo todavía estaba muy eufórico de saber que estaba vivo. Pero pasaron 10 minutos y seguía ahí, no llegaba nadie más. Empezó a aparecer el dolor. “Me toca salir, yo por dentro tengo que estar mal”, pensaba.

Entonces, empecé a correr pasto y a arrastrarme con la otra mano. Podía abrir la pierna un poquito y con eso también me impulsaba. Yo creo que fueron unos 200 metros, con pausas. Me entraba esa tristeza tan berraca del desconsuelo, de la injusticia de un hombre contra otro hombre. Finalmente llegué a la pista del Aeropuerto Vanguardia, creo que después de media hora. Me acosté en el asfalto caliente, como en posición fetal.

Como a los 10 minutos llegó una camioneta roja. Ahí tuve la segunda impresión de haberme salvado. Pero esas personas no tenían idea de qué me había pasado. Nadie había reportado el hecho. “¿A usted qué le pasó? ¿Por qué está ahí?”. Les dije que había tenido un accidente. Ellos no eran un equipo de rescate, entonces me levantaron como no debían, me subieron al carro y me llevaron a la enfermería. Allá tampoco sabían nada. No había médicos ni tenían ambulancia disponible.

‘¿Aquí se mueren mucho?’

Estaba en una sala de cuidados intermedios. Había conmigo una, dos, tres camas. Llegó el cambio de turno de las 6 de la tarde. En ese momento, pensaba, “no me importa si es paraplejia o cuadriplejia, yo quiero seguir viviendo, tengo muchas cosas por hacer”.

#CómoSalíDe

Recuerdo mucho que cuando salió el hombre que me atendió, con las radiografías, tenía una cara de tristeza peor que la mía.

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César Melgarejo / EL TIEMPO

Pasaron varias horas. Ya había pasado por la enfermería del Aeropuerto, apenas podía pronunciar alguna palabra. Uno normalmente utiliza los dientes para pegar la lengua y pronunciar las palabras. Me aplicaron morfina. Para entonces, el dolor ya era muy, muy fuerte. Había pasado el shock inicial.

En ese momento llegó mi amigo, Javier Avella, el mismo que grabó el video del salto desde el avión. Somos amigos entrañables. Me acuerdo de la cara de pánico y susto que puso. Le habían dicho que me había lastimado un tobillo. “Sáqueme de acá, lléveme para una clínica”, le pedí. Fue por su camioneta y me llevó a la Clínica Martha. De ahí, me remitieron al Hospital Departamental para que al menos me tomaran radiografías. Allá fueron muy diligentes. Recuerdo mucho que cuando salió el hombre que me atendió, con las radiografías, tenía una cara de tristeza peor que la mía.


-Encontré unas lesiones muy graves y serias.

-¿Está seguro?

-Sí, usted tiene aplastamiento y desplazamiento de las vértebras, no sé cómo puede moverse.


En ese tiempo yo hacía mucho ejercicio, era de los que más peso levantaba en sentadillas. Yo levantaba 250 kilos y eso era un espectáculo en cada gimnasio al que yo iba. Yo creo que eso fue lo que realmente me salvó de que las vértebras no se hubieran desplazado y seccionado más. Digamos que eso amarró para que yo no me desarmara.

Me devolví a la clínica Martha. Javier me llevó de nuevo. Esta vez iba con los resultados. Por la EPS, no me atendían en el Departamental. Apenas llegué a la Clínica, le entregué las radiografías como pude al ortopedista. “Uy, hermano, esto está grave”, dijo, y llamó a los camilleros. Había que esperar resultados de otros exámenes para saber qué tan grave era, pero me dejaron claro que mi vida estaba en riesgo. “Tenemos que hacer una cirugía exploratoria, puede haber muchos daños internos porque el golpe fue muy fuerte”. De ahí pasé a la sala de cuidados intermedios.

Apenas llegaban al cambio de turno, cuando miraban las historias clínicas de los otros pacientes, actuaban normal. Cuando miraban mi historia clínica me miraban con una lástima la berraca. “Dios, mío, ¿así tan grave es?” Mi esperanza era esa cirugía exploratoria y una osteosíntesis para fijar las vértebras.

Eran como las 11 de la noche cuando empezaron a sonar los equipos de la persona que estaba al lado izquierdo mío. ¡Como en las películas, igualito! Llegaron las enfermeras con su carrito, le hicieron reanimación al señor y al ratico llegó el médico y dijo: “hora de defunción…” Y yo pensaba, ¡ay, marica, se murió este man! Y recordaba las caras de los médicos cuando recibieron turno. ¿Esto será un sueño? ¿Qué está pasando? Se llevaron su cuerpo.

Como a la 1 de la mañana empezaron a sonar los equipos del que estaban en el otro lado. Lo mismo: enfermeras, reanimación, pito y murió. “¡¿Yo dónde estoy?!” Me puse a llorar. Les pregunté a las enfermeras si ahí moría mucha gente y me decían que no. Pero, ¿cómo es que esas personas que aparentemente estaban mejor que yo se mueran así, como si nada? Yo estaba muerto de pánico. No dormí.

En algún momento de la madrugada me preguntaron si estaba bien para firmar el consentimiento de la cirugía exploratoria o si llamaban a algún familiar. Yo estaba bien, pero en esa misma madrugada me pasó una cosa maravillosa: otra enfermera se me acercó muy cariñosamente y me dijo:

“Vea, yo veo su historia clínica y veo que usted es una persona joven y de bien, tiene mucho por hacer. Esta es una clínica de guerra, a esta clínica traen soldados heridos de toda la zona de conflicto, a los médicos les gusta mucho abrir, pero de todas las personas que yo he visto en ese tipo de cirugías, ninguna está bien. Usted tiene la oportunidad. No dé el consentimiento de que le hagan ningún procedimiento aquí. Usted es de Bogotá, allá hay más recursos y más especialistas.”

Eso me puso a pensar. “Hágame caso”, me insistió. Le hice caso. Llegaron a las 6 de la mañana con el consentimiento y les dije que no, que me trasladaran a Bogotá. Mi hermano, profesor de la Universidad Nacional, me sugirió la clínica Los Fundadores porque a él le recomendaron un médico neurocirujano que trabajaba allá.

Pasó otro día. Seguí en observación hasta que lograron la remisión a Bogotá. Mientras tanto, la enfermera que me recomendó no dejarme operar estuvo muy pendiente de mí. Me tranquilizaba. Todavía somos amigos.

Tras unos 50 minutos en ambulancia, ya escuchaba el afuera el ruido de Bogotá. Llegamos a la clínica, donde me hicieron resonancias, tomografías, exámenes más exhaustivos. Lo más grave era el desplazamiento de vertebras, además de la fractura en la mano, fisuras en los huesos maxilofaciales y lesiones sin especificar en el cerebro, porque se reventaron algunos vasos sanguíneos y había probabilidad de daños neurológicos en cualquier momento.

Cuando estaba ya en habitación y me daban algo de comida sólida, sentí que me estaba salvando. Si uno está todo el tiempo acostado, el mundo se le cambia. Yo me acuerdo que estaba ahí, cuando entró un tipo grandísimo. Se le veía en la cara que era una persona académicamente preparada, un tipo culto. Llegó con las bolsas de mis resultados en la mano. Fue un protocolo bacanísimo el del tipo:

-Muy bien. ¿Cómo fue el accidente?

-Doctor, me pasó esto…

-Uy, hermano, esa es una cosa que le pasa a uno en un millón. Pero bueno, hablemos de lo suyo.- Él ya sabía los resultados, pero no me decía. -¿Usted qué piensa hacer de aquí en adelante?

-¿Por qué, doctor? ¿Qué pasó? ¿Cómo voy a quedar?

-Bueno…


Y me seguía dando largas y largas. Y yo por dentro: Dios mío, la noticia más importante de mi vida me la va a dar este tipo ya. Me acuerdo que empecé a ponerme colorado, Dios mío. Aunque yo no soy muy entregado al catolicismo.

-Bueno, lo primero que tiene que hacer es buscarse un santo, rezarle y pagarle penitencia.

-¿Por qué, doctor?

-Porque usted va a volver a caminar.

-¿Eso no está muy grave, doctor?

-Sí, es gravísimo. La consecuencia más inmediata es que usted va a ser más enano.Yo me reí. Me dijo que me salvaba, pero con 5 o 6 centímetros menos. Me explicó que hubo desplazamiento de algunas vértebras, en otras hubo aplastamiento de más de 60 por ciento, pero que yo hablara y me comunicara era una buena señal. Además, tenía sensibilidad. Me preguntó si había tenido erecciones. Y sí, las había tenido. “Se salvó, hermano. Usted es un milagro. Tiene que cuidar su vida y hacer algo muy importante. Tendrá que encontrar qué es lo que tiene que hacer importante”.

Recuperación y abismo

Me hicieron cirugía en la mano, pero no en la columna. El médico me envió un corsé, que es como un chaleco, y debí usarlo por más de tres meses. Tuve que hacer fisioterapia. Me dijeron que probablemente iba a tener algunos problemas neurológicos por las lesiones sin determinar en el cerebro. No iba a saberlo sino hasta la recuperación. Pero bueno, prefería tener algo así que estar muerto o en una silla de ruedas. Cada vez estaba más tranquilo.

En seis meses pude volver a caminar solo. Al año ya estaba en un gimnasio. La recuperación física es muy sencilla. Los huesos se sueldan, todo funciona y uno queda bien, con dolores y esas cosas, pero es sencillo. Lo que realmente fue mucho más difícil para mí, y lo sigue siendo, fue la recuperación psicológica.

Por la gravedad de las lesiones, a lo que menos le pusieron cuidado fue a la cara. Pensaron que las fisuras del hueso maxilofacial se iban a consolidar solitas. Pero de un momento a otro empezaron los dolores en mi rostro.

Eran punzadas que me dejaban tendido en la cama, desesperado. Una vez lo sentí tan fuerte que cogí y me puse una inyección de xilocaína. Yo pensé que lo que había sentido en la espalda y en la mano era fuerte, pero el de la cara era de otro planeta.

La xilocaína no me quitó el dolor, entonces me llevaron a una clínica en Kennedy. De 1 a 10, el dolor era de 1.000. Le gritaba al doctor, le pedía que hiciera algo más. Me aplicaron una intravenosa y eso me calmó. Iban como dos meses de recuperación en ese momento.

Lo que sucedió es que la fisura afectó tejidos y eso generó una infección. Se me formó un absceso en toda la parte derecha de la cara.

La inyección me aliviaba el dolor como por dos horas. Hasta que llamé a un médico conocido, le conté lo que tenía y me fui para donde él. Me hizo radiografías y de una la cirugía. Levantó la piel de la cara y empezó a raspar y a raspar. La infección había carcomido parte del hueso. Me dijo que estuve a tiempo para no sufrir una septicemia que me pudo matar en horas. Reconstruyó el hueso y volvió a cerrar.

De ahí en adelante, lo más difícil era que cada vez que yo salía a la calle, escuchaba una ambulancia y no podía parar de llorar. Veía a personas pidiendo plata y era peor. Escuchaba música y algunas canciones me producen eso. Me di cuenta de que mi mente no estaba normal.

Me tocó buscar ayuda de psiquiatría porque tenía muchos miedos, muchas tristezas, mucha rabia, porque las personas con quienes hice el vuelo me calificaron de mentiroso, decían que yo había salido de ahí en el carro con mi novia, y que no había tenido ningún accidente. Yo ni siquiera quería plata, quería que me pidieran perdón por haberme abandonado. Yo sentía que cada persona con necesidad de plata, como alguien que pedía en la calle, era mala, porque era capaz de matar o dejar morir. Entonces, me diagnosticaron estrés postraumático, ansiedad y depresión.

Lo que realmente fue mucho más difícil para mí, y lo sigue siendo, fue la recuperación psicológica

Llegué a tomarme hasta 70 pastillas diarias, entre las del dolor y las psiquiátricas. Para los dolores me enviaron oxicodona, que es un medicamento de origen opiáceo. Yo me atrevo a decir que produce más adicción que la heroína. Cuando me la tomaba sentía poder, se iba la depresión, pero yo no sabía que me estaba metiendo con el mismo diablo.

Entre todo lo que tomaba, yo no identificaba cuál era la que hacía que pudiera tolerar todas mis tristezas. A los dos meses, empecé a llegar al apartamento de la médica a pedirle, suplicarle, que me diera más pastillas.

Empecé a sentir abstinencia. El primer año tomaba dos pastillas de 10 miligramos. El segundo, entre tres y cuatro, porque uno empieza a generar tolerancia. Aunque no me doliera tanto, yo montaba la película del dolor para que me dieran más pastillas. Al cabo del cuarto o quinto año ya no tomaba de 10 sino de 40 miligramos. Consumía entre 10 y 15 pastillas en un día. Parecían ‘tic tac’.

Era imposible dejarla. Era una dependencia incontrolable. Hice al menos, y no le miento, 200 intentos de dejarla. Empezaba la abstinencia, el corazón a mil, a salir fluidos, a tener diarrea, a convulsionar, a sudar. Yo pensaba: “es difícil, pero yo he salido de cosas más difíciles que esta”. Entonces empecé a buscar ayuda. En la clínica me ofrecieron una recuperación, pero eso no me servía. Me daban otra pastilla para contrarrestar, pero seguía igual de adicto y de ansioso.

Para ese momento ya había perdido mi empresa casi en su totalidad. Durante mi recuperación, como yo hacía todo a distancia, delegué un administrador y luego una administradora. Las cosas se fueron perdiendo: herramientas, materiales… Los administradores empezaron a incumplir los pagos a proveedores y el sueldo de los empleados. Algunos trabajadores me empezaron a robar. Cuando ya se habían perdido casi 400 millones de pesos en insumos y sobrefacturación, estaba desesperado. Mi esposa de ese momento me dejó por todos los problemas.

Yo salía a estrellar taxistas en mi carro. Convertí ese carrito en una hoja arrugada. Tuve persecuciones de taxistas y policía, yo andaba como un loco. Cuando me metía en problemas, ponía mis discos de AC/DC. Nunca me cogieron. Siempre llegaba a la empresa, les decía a los empleados que estuvieran pendientes. ¡Pilas que me vienen persiguiendo! Tres veces hice eso.

Llegaba, tenían la puerta abierta y la cerraban. Me estaba volviendo loco. Yo decía: “Voy a matar o me van a matar a mí”, y todo era a raíz de la parte psicológica y de la oxicodona. Ya no me importaba nada.

Cuando solamente me quedaban 4 empleados, decidí liquidar la empresa. Regalé las maquinarias que me quedaban, no me quedé con nada. Me dije: “a mí lo que me toca pelear ahorita es contra la oxicodona. Es mi único enemigo, no tengo más”.

Algo que me llevó a esa decisión es que una vez me la tomé antes de salir de la casa. En algún momento, paré en un semáforo y dije: “Ay, no me he tomado mi oxicodona”. Y me tomé la otra, en un intérvalo de 15 minutos. Eso es gravísimo. Justo cuando iba llegando a Carrocerías El Sol, empezó mi corazón: ta… ta… ta.. ta.. ta.ta.ta.tatatatata… Se me empezaron a ir las luces. Abrí la puerta del carro y me tiré a la calle.

Como que fue cuestión de segundos porque nadie me ayudó. Me fui a la EPS y allá me dejaron en observación. Me dijeron que probablemente había tenido un paro respiratorio por la sobremedicación. Entonces empecé en serio la tarea de dejarla.

Probé con hipnosis, tomé yagé, trataba de retrasar la hora de tomarme la siguiente. Nada me servía. Empecé a documentarme y vi que en Estados Unidos y Europa mucha gente se muere por sobredósis de oxicodona. Estaba metido en un problema gravísimo.

Me acuerdo que tenía en mi casa dos tarros de oxicodona de 40 mg, como respaldo, y las que me daba la EPS. Un día llegué y dije: “No más, hijueputa. O me matan, o las mato”. Cogí y destapé todo lo que tenía y lo tiré al baño. Empezó el calvario más berraco. Eso fue hace poco. En el 2016. Dije: “Que me dé el agua hasta donde me dé”.

Yo sentía que no tenía mucho por qué vivir. Mi mujer me dejó, mi empresa se terminó. Pero dije: “pues lo voy a hacer porque yo soy de acero, no me voy a dejar”.

Yo había logrado estudiar casi tres años becado en la Universidad, sin ayuda de nadie. Logré terminar mi carrera de zootecnia. Antes, había hecho con las uñas diseño mecánico. Yo fui capaz de construirme como persona, de salvarme de un accidente, de hacer una empresa que generó 30 empleos. No me iba a dejar tumbar por eso. Entonces, empezó mi maratón contra la oxicodona. Fueron 100 días exactos de desintoxicación.

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Lo que realmente fue mucho más difícil para mí, y lo sigue siendo, fue la recuperación psicológica.

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César Melgarejo / EL TIEMPO

Uno vuelve a nacer

El primer día fue de muerte. Mi cama estaba llena de vómito. No dormí en las noches por las convulsiones y el sudor. Me bañaba tres o cuatro veces porque no podía dormir. En el día me tocaba doparme con otras pastillas para poder descansar. Lo bueno y lo malo es que eso me dejó desnudo psiquiátricamente. Es decir, todo lo que pensé que ya no tenía, sí lo tenía.

Como ya no estaba la oxicodona, volvió a aparecer la depresión, el odio hacia las personas. Me empecé a quedar como un huevo sin cáscara, totalmente vulnerable. Lloraba, sufría ataques de pánico, tenía paranoia. Hasta que por fin pasaron los 100 días y pude decir: ¡Chao oxicodona!

Entonces, continué con dependencia, pero con los otros medicamentos psiquiátricos. Hasta hace poco debía tomar de 2 a 4 pastillas para dormir y de 4 a 6 en el día para el trastorno de pánico y la depresión por estrés postraumático.

Logré salir de la adicción a la oxicodona, aunque continuaban los problemas económicos. En medio de eso me acordé de alguna vez, cuando era estudiante, compré un raspado en el Simón Bolívar y me dolió el estómago. Y pensé: ¿por qué no los hacen limpios? Entonces se me ocurrió la idea de hacer una máquina de raspados. La hice como hobbie cuando tuve mi empresa. Fue de lo poco que me quedó.

Pedí en el parque Mundo Aventura que me dieran la oportunidad de montar ese negocio con mi máquina. Obtuve vía libre y en menos de un mes había vendido como 11 millones de pesos. Me di cuenta de que no necesitaba hacer cosas complicadas como órtesis y prótesis, que podía vivir de una cosa más sencilla que me permitiera ir al gimnasio, montar bicicleta, salir a pasear con mi actual esposa. Le aposté a eso y ahí me desenvuelvo ahorita.

Mi marca, Summer Ice, fue reconocida hace poco por el BID como una empresa prometedora para generar bienestar. La Cámara de Comercio también nos apadrinó.

Tengo una franquicia vendida en República Dominicana y estoy cerrando un negocio para tener una en Florida, Estados Unidos. A mediano plazo quiero que nuestra marca esté en cada pueblo. Ya no son solo raspados. Tenemos como 40 productos. Propaís también nos ha apoyado con financiación para contratar profesionales que me ayuden a direccionar el modelo de franquicia.

Aprendí que dentro de la aparente bondad de las personas hay mucha maldad y por eso toca ser cuidadoso.

Pero volvamos a mi recuperación. Como la desintoxicación me dejó tan rayado, fui a un médico particular y me recomendó hacer la prueba de empezar a bajarle a los medicamentos. Me dejó solamente dos, que todavía tengo como respaldo. Pero, ¿sabe dónde encontré la salida? Alguien me habló del cannabis medicinal, el CBD, que es la parte del cannabis que no tiene efectos psicoactivos.

Apenas lo probé, sentí que no tenía nada. Que había perdido años de mi vida sin encontrar la cura. Por primera vez, en 7 u 8 años de vida, supe que podía estar bien. Pero el CBD es muy caro, insostenible. Entonces seguí buscando alternativas de origen vegetal que sirven para el estrés postraumático, como las plantas esenciales o la esencia de flores. En las alternativas naturales encontré más respuestas.

Yo he reformulado mi vida hacia adelante. Una de las cosas que quiero hacer es que mi empresa siga creciendo, pero también quiero comprar una casa a las afueras de Bogotá y hacer un sitio de experiencias espirituales, apoyado por profesionales que ayuden a tratar la depresión, el estrés postraumático y la paranoia con alternativas naturales.

Perdí mi empresa, el capital, el esfuerzo de toda mi vida y una pareja. Pero ahora me doy cuenta de que gané mucho porque estoy con la mejor mujer del mundo, mi verdadero amor. Encontré un propósito en mi vida que va de la mano con mi esencia y filosofía de vida: que pueda generar bienestar a personas que tengan aspiraciones como las mías. Uno no viene a este mundo a ganar plata y surtir sus necesidades básicas. Uno viene a más cosas. No sé qué, algunos dirán que les gusta la poesía o la cultura, pero que no puedan hacerlo porque no tiene dinero. Para mí la felicidad completa es hacer cosas en función del amor.

Después de todo lo que me pasó, gané el conocimiento de lo que hoy me da paz y lo puedo trasladar a otras personas. Aprendí que dentro de la aparente bondad de las personas hay mucha maldad y por eso toca ser cuidadoso. Pero, sobre todo, aprendí que no perdí 10 años de vida, sino que le gané años a la vida.

Cuando uno aprende y entiende lo que estoy diciendo, gana. Muchas veces se pasa la vida queriendo encontrar la razón de existir: yo ya la encontré. Tengo el carácter y la autoridad para decirle a alguien que puede salir adelante, puede luchar, así se cierren puertas y se caiga el mundo. Uno puede volver a nacer, sin importar su edad.

Yo quedé midiendo menos. Pasé de 1,76 metros a 1,70. Pero ahora soy más grande.

YESID MORENO*

*Este texto contó con la producción y trabajo periodístico de Juan David López Morales, periodista de ELTIEMPO.COM.

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